Grageas de cine XXIII: a propósito de... The matador (U.S.A., 2005)

Por Manuel Márquez - 19 de Septiembre, 2006, 18:34, Categoría: Cine: Grageas de ...

LOS GUAPOS TAMBIÉN SABEMOS ACTUAR....-

Que un galán de cine sufra un ataque, más o menos repentino, de ganas de demostrar que él, además de guapo y atractivo, también sabe interpretar, no es un fenómeno nuevo. Si el galán en cuestión cuenta además, como consecuencia de una fructífera y saludable carrera en el cine –sobre todo, desde el punto de vista crematístico-, con los posibles necesarios para poder manejar una productora propia que le facilite el proyecto adecuado para tales menesteres, la cuestión ya resulta francamente sencilla.

He aquí el caso de Pierce Brosnan. Y he aquí el caso de The matador (U.S.A., 2005), una peliculita menor a la que, más allá de su condición –innegable- de vehículo de lucimiento de Brosnan, no se le puede negar, tampoco, un puntito socarrón y desvergonzado que la hacen digna de la simpatía de todo aquel degustador de piezas cinematográficas alejadas de los registros más comercialmente al uso, además de ofrecer, en un formato cuya brevedad se agradece (poco más de noventa minutos), un ratito de entretenimiento a costa de desfigurar y caricaturizar, hasta el sarcasmo y el patetismo, la figura de un personaje que, por momentos, llega a inspirar una mezcla de terror y lástima en la cual nunca se sabe muy bien cuál, de los dos lados de la balanza, es el que pesa más.

Julian Noble. Ése es el nombre de ese elemento, un killer profesional, alcohólico y pedófilo confeso, a quien los años y los excesos le van presentando facturas que cada vez son más difíciles de saldar, y a quien un encuentro casual con un alma cándida, encarnada en la figura de un tal Danny Wright –personaje a quien da vida un también bastante acertado Greg Kinnear, sobrio, consistente y tremendamente creíble-, le permitirá asumir una penúltima pirueta desde la cual poder retroceder desde el borde del abismo (hasta el fondo del pozo, que tampoco las opciones redentoras para personajes de ese pelaje suelen ser, habitualmente, demasiado halagüeñas). Todo, absolutamente todo, en la película, gira alrededor de él. Y él es Pierce Brosnan.

Decir que Pierce Brosnan lo borda no constituye, ni muchísimo menos, ningún acto de injusticia: inmoral, excesivo, histriónico, exagerado, bruto y zafio, sabe dotar en todo momento a su interpretación de un descaro y una soltura que vienen a su personaje como anillo al dedo. Tampoco es tan complicado: personajes así son caramelitos que ningún actor con un mínimo de pretensiones puede dejar escapar vivo, y Brosnan lo explota a conciencia, y le saca todo el jugo, hasta su última gotita. Nada que objetar, pues, sobre ese particular.

Y la historia, aunque no se trata de ningún dechado de originalidad y se mueve constantemente dentro de los márgenes de la previsibilidad más absoluta (pese a sus elementos de intriga), resulta entretenida y, llevada al ritmo adecuado, como sucede en el caso de autos, se devora sin mayores problemas. En cuanto a las grandes reflexiones sobre la condición humana, o las vueltas de tuerca argumentales que dejan a la platea boquiabierta, quizá sea mejor, amigos lectores, que las busquen ustedes en productos de otro corte y perfil.

Ah, y tampoco se equivoquen, después de todo lo leído. ¿La dueña y señora de la función? Hope Davis, que se merienda en dos secuencias al prota y a su secuaz. ¿El secreto? Vean la película, y me lo cuentan luego...

Metablog I: Una duda elemental

Por Manuel Márquez - 15 de Septiembre, 2006, 11:14, Categoría: Metablog

Especializar, o no especializar. He ahí el dilema. O ésa es la cuestión. La duda al gusto hamletiano. ¿Qué hacer? He de confesarles, amigos lectores, que no tengo las ideas claras al respecto.

Atendiendo a las premisas con las que empecé a hacer este blog, no tendría mucho sentido especializar. Yo ya escribía, y escribo, sobre cine en otras publicaciones, especializadas en la materia. Pero me apetecía escribir sobre otros temas que, en esas publicaciones, no tenían cabida. Y, sobre todo, no emponzoñarme, no agriarme la sangre: esto de la escritura es, en ocasiones, un veneno al que, si no se le da salida, termina invadiendo todos los fluidos corporales y poniendo a uno de muy mal cuerpo –lo cual no significa que siempre resulte sencillo, pero ésa es harina de otro costal, objeto para otra reseña-.

¿Me sigue apeteciendo escribir sobre esos otros temas? A veces, sí; a veces, no. He de confesarles que me siento más cómodo escribiendo sobre cine que sobre cualquiera otra cuestión; debe ser una cuestión de querencia. Pero no siempre dispongo de "material escribible": un problema logístico que también condiciona posibles decisiones al respecto.

Si de lo que se trata es de decidir en base a un cálculo "estratégico", supongo que cualquier opción es neutra: el colectivo de lectores potenciales es tan amplio, dispero y heterogéneo, que, en un balance definitivo, las "ganancias" y las "pérdidas" se terminarían equilibrando, y en base, además, a las más variopintas motivaciones. O sea, tampoco esta vía me ofrece una solución interesante, y, me temo, me sume aún en dudas mayores que las que tenía cuando abordé inicialmente la cuestión: buenas alforjas para un no menos malo viaje...

¿Y ustedes, amigos lectores, qué opinan? Cualquier recomendación, sugerencia, opinión (o palabra de aliento: todos necesitamos, en un momento dado, una palmadita en el hombro, cómo no...) será bienvenida, y agradecida, aunque no pueda contar con la posiblidad de ser premiada, de resultar agraciada en un sorteo, con la bonita suma de 6.000 €. Desventajas de la gratuidad de los blogs...

Grageas de cine XXII: a propósito de... Paris Texas (Alemania, Francia, Italia; 1984)

Por Manuel Márquez - 11 de Septiembre, 2006, 16:38, Categoría: Cine: Grageas de ...

Temor. Ese era el sentimiento que me embargaba cuando, hace unos días, decidí, por fin, después de más de veinte años desde que la viera por vez primera, revisar Paris,Texas(Alemania, Francia, Italia, 1984), el mítico film con el que Wim Wenders se consagró como uno de los más grandes autores del panorama cinematográfico europeo, además de llevarse la Palma de Oro de la edición de Cannes de ese año, y convertir a Nastassia Kinski y su jersey rojo de angorina en un icono emotivo-sensual para toda una generación cinéfila. Temor a una (nueva, una más) decepción, temor a encontrarme con que el mito no estaba a la altura de lo que me cabía esperar de él a tenor de su ya algo difuso recuerdo.

Temor infundado. La que me pareciera una auténtica obra maestra en su momento, me había vuelto a conmover, me había vuelto a emocionar, me había vuelto a fascinar con ese retrato profundo y sentido de la desolación como único destino posible para el amor, armado sobre un despliegue de elementos que, conjugados globalmente, rozan de manera permanente, y a lo largo de todo el metraje de la película, lo sublime.

Las imágenes demoradas, sin prisa, de cuerpos y ojbetos posados sobre paisajes, ya naturales, ya urbanos, siempre muy abiertos, amplios, inabarcables, y teñidos de una luz de tonos rojizos que ya encamina el ánimo hacia los territorios del espíritu más acordes con el tono de la historia; la música, ese prodigio de la guitarra de Ry Cooder, que puntea las imágenes, reforzando, apuntalando el poso de melancolía que se va desgranando a lo largo de una trama triste, dura; y las interpretaciones de todo el elenco, pero, muy especialmente, de sus dos protagonistas: un Harry Dean Stanton que, con una presencia casi permanente en pantalla, y con toda la variedad de registros afectivos y situacionales, amplísima, que ha de desarrollar (desorientación, pérdida, búsqueda, duda, certidumbre, ilusión, frustración), consigue siempre transmitir un desvalimiento y melancolía de fondo que impregnan toda su actuación, y la dotan de una altura impresionante; y una Nastassia Kinski –cuyo personaje pesa más en su ausencia que en su (corta) presencia en pantalla- a la que le bastan dos, tres secuencias para encogerle el corazón al espectador más encallecido.

Creo, sinceramente, que, como los buenos vinos, Paris,Texas ha ganado, y mucho, con el paso de los años. Y, aunque nunca se sabe cual puede ser la percepción futura a cinco, diez, veinte años vista, la experiencia vivida en esta ocasión invita a albergar unas más que razonables expectativas positivas al respecto. Espero seguir estando por aquí para contarlo. Y ustedes, amigos lectores, que lo vean...

Grageas de cine XXI: a propósito de... El último metro (Francia, 1980)

Por Manuel Márquez - 13 de Agosto, 2006, 18:27, Categoría: Cine: Grageas de ...

Igual que pocos años antes hiciera con el mundo del cine en la maravillosa La noche americana (La nuit américaine, 1973), Truffaut proyecta, en El último metro (Le dernier métro, 1980), su mirada sobre el mundo del teatro, si bien lo hace en un contexto radicalmente diferente, sustituyendo el radiante y relajado ambiente de su rodaje fílmico de la primera por la sordidez y la opresión con que se ha desarrollar la preparación de un montaje teatral en la Francia ocupada por los nazis durante la Segunda Guerra Mundial. No crean, sin embargo, que, en función de tal contexto, la película guarda relación alguna con la genial obra maestra de Lubitsch Ser o no ser(To be or not to be, 1942), comedia de corrosiva acidez que también se desarrolla en unas coordenadas muy similares.

El último metro no se trata de una comedia, sino de un drama; drama en el que, como cabe esperar de toda película de Truffaut, hay un cierto hálito amable y bondadoso que consigue que la exasperación callada, el desánimo que, inevitablamente –dadas las circunstancias-, se abate sobre los protagonistas y sus cuitas, no llegue a resultar paralizante. Siempre hay ocasión para una sonrisa, una pequeña broma, y, además de eso, la ilusión de sublimar a través de la creación artística las miserias políticas y personales que asolaban a todo un país, y del que los personajes principales de esta historia son un magnífico exponente.

Y, por encima de todo, está el amor, la fuerza, el motor que, al fin y a la postre, como en toda la filmografía truffautiana, termina moviendo y justificando las acciones y actitudes de los encargados de encarnar sus historias; en este caso, y con una configuración que siempre resultó particularmente cara al autor francés, formando un triángulo desde cuyo vértice, una deslumbrante Marion Steiner –Catherine Deneuve en su momento, quizá, de máximo esplendor (¿cabe hablar, respecto a la superdiva francesa, de momentos de esplendor...?)-, bien secundada por un tan joven como solvente Gérard Depardieu, recorre, a través de un proceso tan sutil como ineludible, un itinerario sentimental en el que hay cabida para pasado, presente y futuro, para la pasión personal y la profesional, para el amor y para el arte.

Magnífica muestra del cine de su autor, este film se vio colmado con un buen número de premios César y con la candidatura francesa al Oscar a la mejor película de habla no inglesa de ese año. Una inmejorable ocasión para disfrutar de la creación de un cineasta de primerísimo nivel.

Cosas de esas que no entiendo

Por Manuel Márquez - 8 de Agosto, 2006, 17:00, Categoría: Medios

Nada más lejos de mi ánimo e intención que el pretender introducirme en las profundidades y espesuras de los caminos por los que transita, con mucho mayor y mejor conocimiento de causa que el de este humilde escribiente, mi compañera en estas lides blogueras , Sonia Blanco (no en balde, su tesis doctoral, y buena parte de su dedicación universitaria, investigadora y docente, en materia de medios de comunicación, se centra, de manera concreta, en los procesos de espectacularización de la información en éstos); pero hay ocasiones en que ciertas imágenes le provocan a uno (de natural, por lo general, bastante poco sensible) una serie de reacciones en cadena, cuyo final lógico (en el contexto de que uno, al fin y al cabo, tiene una querencia bastante pronunciada por darle a la tecla) es éste: una reflexión, negro sobre blanco, y, destacadas entre muchas otras, un par de preguntas. ¿Por qué? ¿Para qué?

Trátase de lo siguiente. Hace unos días, un informativo de una cadena generalista, edición de mediodía, emitía unos imágenes relacionadas con un desastre meteorológico ocurrido en México, que causaba una serie de inundaciones con el resultado de cuantiosos daños tanto materiales como humanos: entre estos últimos, numerosas personas desaparecidas y fallecidas, entre las cuales se encontraba un niño de corta edad, cuyo cuerpo sin vida, cubierto de fango, desmadejado y envuelto en una frazada, era llevado en brazos por un adulto. Y ahí estaba su imagen: sin previo aviso, brutal, estremecedora... Primero, fue el horror, el espanto; después, la estupefacción, el desconcierto; y, finalmente, la indignación, o, para que ustedes me entiendan bien, un cabreo de órdago. El mismo que me ha empujado, definitivamente, a escribir estas líneas.

No se equivoquen, amigos lectores. No soy de los que cambian de canal cuando aparecen imágenes de guerras, matanzas, masacres y cualesquiera otros desmanes, naturales o no tanto, a los que tan dados somos los componenentes de esta curiosa especie humana. Tampoco me regodeo morbosamente en su contemplación, pero siempre me he considerado, con fundamento, eso que comúnmente se suele denominar ?un tío con mucho estómago?, al menos en lo relativo a imágenes televisivas ?otro cantar sería encontrarse con esas visiones ?en vivo y en directo?: afortunadamente, jamás me ví en tal tesitura, pero dudo mucho que mi cuajo y resistencia dieran de sí para muchos alardes-.

Por otro lado, siempre he sido contrario a cualquier tipo de censura, fuera en base al criterio que fuera (ya moral, ya ético, ya estético), sobre este tipo de imágenes: si algo pasaba, bien estaba mostrarlo tal cual sucedía, sin ningún tipo de retoque, aditamento o manipulación. Nunca está de más saber de qué pasta estamos hechos, y, si se quiere sensibilizar acerca de cierto tipo de horrores, no son tapujos y ocultaciones los medios más adecuados para conseguirlo.

Pero, qué quieren que les cuente; no sé si será la edad (uno ha pasado ya la barrera de los cuarenta: sí, cierto, no pasa nada, pero...) o la circunstancia personal (algo ?más bien, mucho- debe pesar el ser padre de un crío de corta edad, que aún no ha cumplido los cuatro añitos): la cuestión es que no fui capaz de soportar con entereza el visionado de esas imágenes, me derrumbé. Y, en cualquier caso, más allá de eso ?de hecho, es algo que aún a estas alturas me sigue rondando la cabeza-, no alcanzo a entender su necesidad, su conveniencia o su interés, desde el punto de vista informativo (que, al fin y al cabo, es del tipo de material del que estamos hablando). ¿Era necesario mostrar el hecho ?tan tremendo, tan descarnado- para dar cuenta de su acaecimiento? ¿Ayudaba esa imagen a algo, a alguien; hacía algún bien, algún beneficio, en general o en concreto? ¿Qué consiguió con ella el que la tomó, el que la mostró, el que la vió? Muchas preguntas para las que no encuentro respuesta, y es posible que casi prefiera no encontrarla. Miedo me da.

Hoy, en contra de lo que suele ser habitual en este blog, no habrá imágenes acompañando a un artículo. En su lugar, las dos preguntas: ¿por qué? ¿para qué?

A salto de mata IX: ¿Casualidades?

Por Manuel Márquez - 7 de Agosto, 2006, 16:18, Categoría: A salto de mata

Creo en las casualidades: en su existencia y en su importancia. Lo que no creo es que sean siempre determinantes, y que, por tanto, sean las que rigen de manera absoluta, más allá del imperio de las relaciones causa-efecto, los acontecimientos que tejen el devenir de nuestras existencias, ya sea a nivel personal o colectivo.

Han coincidido, o casi, en fecha reciente, dos informaciones en los medios que, aparentemente inconexas, creo que dan una idea bastante exacta de un cierto estado de cosas en un cierto ámbito de la vida social española; concretamente, el de la justicia. Creo que su aparición casi coincidente sí es plenamente casual; pero la interrelación entre una y otra nos ofrece una muestra evidente de cómo se tejen y encadenan las relaciones causa-efecto entre acontecimientos cuya apariencia inicial invita a pensar que no guardan relación alguna entre sí.

La primera noticia, de bastante calado –y, en consecuencia, amplia y profusamente recogida por toda la prensa nacional-, , aunque una primera mirada invite a reducirla a un mero apunte estadístico, es la que nos da cuenta del estado actual de atasco del sistema judicial español, visto desde una perspectiva global: los casos pendientes de resolución ascienden a la nada desdeñable cifra de 2.000.000, aproximadamente. Bien; un análisis en profundidad nos podría dar argumentos, explicaciones, causas y motivos sobre tal circunstancia, pero, en principio, dejémoslo ahí. Un dato objetivo. Y punto.

La segunda noticia –o, más que noticia, información, ya que no da cuenta de un hecho concreto y actual, sino que se trata de un reportaje de corte más bien genérico-, recogida en la edición de ayer de un diario de tirada nacional, nos habla de los "milagrosos" casos de nacionalización de afamados "futboleros", cuyos expedientes, ya sean administrativos o judiciales, gozan de una rauda tramitación, gracias a la inestimable "ayuda" proporcionada por los responsables y funcionarios de turno que, sabiamente "estimulados" (entradas, pases de favor, autógrafos, camisetas, regalillos de ese tipo: ya saben, nada ilegal, pura filfa, detallitos sin mayior importancia...) por los representantes de los clubes afectados, saben lo que hay que hacer para que esos procedimientos, de vital importancia para el sano y correcto funcionamiento de los servicios básicos de nuestro país, no se vean afectados por la mortífera dolencia de la que daba cuenta la primera noticia.

O sea, que, conforme a lo que dicta la Constitución española, todos somos iguales ante la ley... ma non troppo.

O sea, que no nos engañemos, que es mucho más importante para la ciudadanía de este país (al menos, para aquella que bebe los vientos por el Real Madrid...) que Ronaldo pueda dejar una plaza libre de extranjero para su club en el supersónico plazo de once meses que la resolución de un proceso contencioso-administrativo que permita la ampliación de las plazas del colegio de mi barrio, por la cual llevamos suspirando varios años (por poner un ejemplo, hay 2.000.000 donde elegir, que nadie se me enfade...).

O sea, que nadie se va a rasgar las vestiduras, ni va a pensar que se trata de algo escandaloso... ya se sabe, esto es España, y quien tiene un amigo, tiene un tesoro, ¿no...?

En fin, ¿ven ahora por qué yo no creo, siempre, en las casualidades...?

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