Cuatro: del dicho al hecho...

Por Manuel Márquez - 11 de Octubre, 2006, 21:06, Categoría: Medios

La valoración de cualquier empeño personal, ya sea individual o colectivo, en función de las proclamas o declaraciones de sus responsables suele constituir, en la mayoría de las ocasiones, bien un acto de injusticia,bien de ignorancia, en la medida en que soslaya una constante tan humana como es la de la (más o menos amplia) distancia que suele mediar entre tales efusiones verbales y las realidades que, supuestamente, reflejan. Hay ocasiones en que la distancia, por lo reducida, casi justifica que no se hagan reproches al respecto, y que, en último extremo, demos por buenas las argumentaciones de su emisor. Pero hay otras en que esa distancia es tan abismal que ni la más potente de las collejas sería castigo suficiente para el mentirosillo de turno: en el caso de los responsables de Cuatro, una poderosa manta de palos seguiría quedándose corta...

El nacimiento de Cuatro, allá por el mes de noviembre del pasado año, vino envuelto en una campaña publicitaria cuyos mensajes de fondo pretendían subrayar el que, se supone, habría de ser rasgo distintivo de la cadena. Llamémosle, por ejemplo, estilo. Cuatro no iba a luchar por las audiencias masivas (empeño en el que dejaría que se siguieran despedazando a dentellada limpia aquellos que ya venían haciéndolo hasta la fecha, es decir, el resto de cadenas generalistas), sino que iba a hacer una televisión diferente, alejada de todo lo zafio y soez que, en ese momento, y desde hacía algunos años, se enseñoreaba del panorama catódico. En Cuatro, naturalmente, sólo habría sitio para una programación de calidad, con lustre, enfocada a un público preferentemente urbano, joven y culto, y, si en base a ella, el nicho de mercado no llegaba a alcanzar un volumen muy alto, no había mayor problema. Se trataba de buscar la calidad, y no la cantidad.

La cuestión es que la parrilla de programación empezó haciendo honor a tal declaración de intenciones, con un especial énfasis en unos servicios informativos tremendamente potentes y un abanico de series variado y contrastado, que venían a constituir los dos pilares básicos sobre los que se configuraba la oferta televisiva. Y así arrancó el invento: francamente bien, todo hay que decirlo, y con unas perspectivas ilusionantemente prometedoras. Pero ya conocen, amigos lectores, aquel refrán que reza aquello de que lo bueno, si breve, dos veces bueno: en la mente de los responsables de la cadena debió instalarse tal aserto en calidad de axioma incontrovertible, y, efectivamente, lo bueno duró poco. ¿Poco? No, poquísimo. El tiempo justo para constatar que incidir en una serie de líneas de programación y contenidos más acordes con los gustos imperantes rendía frutos inmediatos en forma de crecimiento de los índices de audiencia. Y ése fue el camino emprendido, hasta la fecha, en que, con la incorporación reciente (hace sólo una semana) del programa matinal de Concha García Campoy, es posible que podamos dar ya por cerrado el proceso de homogeneización y estandarización sufrido por el canal televisivo generalista y en abierto del grupo Prisa.

La parrilla de programación actual de Cuatro se parece bastante poco (prácticamente, nada) a aquella con la que la cadena arrancó sus emisiones, y sí es perfectamente asimilable a la de cualquiera otra de las cadenas generalistas: formatos similares en todas las franjas horarias, contenidos en línea con lo habitual en todas ellas (con especial dedicación al mundo de eso que viene en llamarse corazón –sic-) y otorgamiento del máximo protagonismo (hasta el punto de convertirlos en sus auténticos "buques insignia") a los programas de telerrealidad –sic-. En consonancia, los índices de audiencia empiezan a abandonar los ratios por debajo del 5 %, habituales hasta hace poco tiempo, para ir rascando, paulatinamente, cifras más cercanas al 7 % (más que estimable subida, sobre todo si se tiene en cuenta la velocidad con que la fragmentación de audiencias está haciendo mella en los grandes índices de las cadenas "mayores").

¿Qué es, pues, lo que no cambia? El discurso, obviamente. La dirigencia de Cuatro, en pleno, sigue proclamando a los cuatro vientos su condición de cadena de televisión "diferente". Y, qué quieren que les diga, amigos lectores, no cuela. No voy a negar que los programas punteros (magacines, concursos de telerrealidad y similares) de Cuatro procuran huir del encanallamiento brutal en que la mayoría de programas de tales formatos de otras cadenas se instalaron hace ya años, y que hay ciertos límites que, en base a unas determinadas convicciones periodísticas, no se llegan a traspasar, afortunadamente. Pero es difícil, muy difícil, conseguir que los formatos no terminen "contaminando", de alguna manera, los contenidos: se trata de un proceso inoculatorio de percepción muy tenue, casi imperceptible, pero imparable. Y, más allá de que me resulte más hermosa y estimulante la melena leonística de Vicky Martín Berrocal que las relucientes calvas de los infames hermanos Matamoros, sospecho que, a poco que se rasca, no se encuentra mucho más debajo de la una que de las otras. ¿Conclusión? Que con queso, a los ratones. Y aún dirán que es el doctor House el que tiene la cara muy dura....

Metablog II: Qué hace un tipo como yo en un mundillo como éste...

Por Manuel Márquez - 6 de Octubre, 2006, 17:57, Categoría: Metablog

Desconozco las estadísticas –que, sin duda alguna, y con un grado de rigor y detalle apabullantes, me consta que, como las meigas, habellas, haylas- relativas a la edad media de los autores de blogs; pero, como seguidor regular y lector habitual de un buen puñado de ellos, y visto lo visto en la materia, tengo la completa seguridad de que la mía se halla, y bastante, por encima de la misma.

Es comprensible. El mantenimiento regular y prolongado de un blog es una tarea que, más allá de los talentos, habilidades y capacidades que cada cual le aplique, requiere de un elemento fundamental e ineludible: tiempo (libre, por supuesto; doy por descontado, y todos asumimos, que los días tienen veinticuatro horas para todo el mundo). Y es una mera cuestión estadística que la disponibilidad de tan preciado tesoro, en función de situaciones personales (sobre todo, de índole laboral y familiar) suele ser mucho más elevada a edades más tempranas. Arañar una ó dos horas diarias cuando se "goza" de un trabajo con cierto nivel de responsabilidad y se tienen críos pequeños no es logro sencillo –buena cuenta puedo dar de ello-, y ésa es una situación más habitual entre talluditos internautas cuarentones que entre la troupe de aguerridos blogueros veinteañeros. Me limito a constatar el hecho, sin entrar en valoración alguna sobre ello: sencillamente, no tengo valoración alguna que hacer al respecto.

Pero tampoco es grave. He de reconocer que, en numerosas ocasiones, observo con cierta distancia, que no desinterés, los temas que, dadas la profusión, vigor y fervor con que son tratados, parecen ser principal objeto de atención de la comunidad bloguera: la precariedad laboral, la dificultad para el acceso a la vivienda, los derechos de autor y su influencia en la capacidad de acceso a productos culturales, el futuro de Internet (y de la cacharrería tecnológica a él asociada). Supongo que tal distancia es la consecuencia lógica de encontrarme en una situación vital en la que tales asuntos no constituyen (afortunadamente) una preocupación que se experimenta en carne propia; pero tampoco me resulta difícil comprender la desazón que esas cuestiones generan en buena parte de esa comunidad que sí que los sufre, ni tampoco por ello dejo de sentirme partícipe, en cierta medida, de la misma.

En cualquier caso, está muy claro que esta casa es grande, muy grande; enorme, diría yo. Tan enorme, que hay sitio para todos, sin dificultad alguna. Y, cómo no, tal cual cantara el bardo Joan Manuel, cada loco con sus temas: más o menos amplios, más o menos diversos, más o menos interesantes. Y a quien Dios le lea, que San Pedro le actualice el contador de visitas... Todos contentos, ¿no? Eso sí, no puedo evitar, de vez en cuando (procuro no recrearme demasiado en el ejercicio, porque no creo que sea bueno para la salud), una reflexión, casi furtiva, sobre lo que me hubiera supuesto, en estrictos términos de disfrute, haber podido contar con un blog hace quince, veinte años. Cábalas, elucubraciones, o la nostalgia de lo que no se vivió –la peor, la peor...-. En fin, dejémoslo estar.

Grageas de cine XXIV: a propósito de... Tesis (España, 1996)

Por Manuel Márquez - 30 de Septiembre, 2006, 12:18, Categoría: Cine: Grageas de ...

Hace algunos días, el pasado mes de agosto –no recuerdo la fecha con precisión-, un canal temático, dedicado al suspense y el misterio –Calle 13, disponible en Digital+ y diversas plataformas de televisión por cable-, emitía, en horario estelar (diez de la noche), Tesis, la celebradísima opera prima de Alejandro Amenábar. Hasta aquí, nada extraordinario: al fin y al cabo, se trata de una película que, doce años después de su estreno, ha sido emitida en numerosas ocasiones por diversos canales de televisión, tanto abiertos como de pago. Lo curioso, lo llamativo, radicaba en la circunstancia de que la copia emitida se trataba de una versión audiocomentada con los comentarios a cargo del propio director. ¿Decisión expresa del programador de turno o un error técnico atribuible –como tantos y tantos otros- a las carencias de toda índole que suelen aquejar a las cadenas televisivas en esta época del año? Lo ignoro. Si se trata de lo primero, mis más sinceras y efusivas felicitaciones al responsable; y si de lo segundo, qué quieren que les diga: benditos errores, a veces...

La experiencia –y conste que no soy muy dado a su puesta en práctica, pese a haberse convertido en una opción tremendamente accesible, dada la proliferación que ha experimentado a través de las ediciones "lujosas" en DVD (las de doble disco, para entendernos) de numerosas películas- me resultó enormente entretenida, enriquecedora y su potencial didáctico me resultó, sencillamente, alucinante: les puedo asegurar, amigos lectores, que se aprende más cine escuchando los comentarios de Amenábar sobre su película que leyendo toneladas de papel impreso dedicado a esto del cine (cubiertas, generalmente, por dosis "empachantes" de esta cháchara de tres al cuarto que nos solemos gastar los que a ello nos dedicamos, con mayor o menor fortuna...) o asistiendo a cualquier seminario (por lo general, astrónomicamente oneroso...) a cargo de los más sesudos expertos en el séptimo arte.

Comentarios que, pese a lo prolijo y detallado (el director desmenuza su película con la delectación caníbal de un Pantagruel desbocado), no resultan, en ningún momento, ni aburridos ni epatantes, gracias al lenguaje sencillo y el tono desenfadado con que se expresa su hacedor. Sencillez y desenfado que no están reñidos en lo más mínimo con el rigor técnico –Amenábar no se priva de utilizar con cierta profusión un amplio catálogo de términos y expresiones con ese carácter, aunque, gracias a su afán clarificador, son perfectamente entendibles para cualquier aficionado con unos fundamentos básicos- y un espíritu autocrítico –el autor, aunque tampoco se autoflagele innecesariamente, huye de cualquier atisbo de autocomplacencia, y señala, sin empacho alguno ni afectación impostada, los mil y un detalles que, a su juicio, cambiaría y mejoraría en su film- que dotan a tales comentarios de un grado de interés altísimo.

Entiendo perfectamente que no se trata de una opción cuya práctica generalizada o frecuente quepa contemplar por parte de las cadenas generalistas , aunque, posiblemente, sí por las temáticas o especializadas, que para eso habrían de estar, supongo. Y tampoco es una opción demasiado recomendable, como espectador, respecto a una película que no se ha visto con anterioridad. Pero les puedo asegurar, amigos lectores, que, si se ha visto la película y se tienen ganas de conocer sus entresijos, se trata de un ejercicio la mar de estimulante y enriquecedor. Prueben, prueben, y cuénteme: espero con sumo interés cuanto hayan de contarme sobre el experimento.

Todo tiene un límite

Por Manuel Márquez - 26 de Septiembre, 2006, 16:57, Categoría: Medios

Hoy comienza la emisión, en la primera cadena de Televisión Española, y en horario estelar (diez de la noche: un horario muy apropiado para el público infantil, por cierto...) de un nuevo programa de eso que viene denominándose "telerrealidad" [sic] (¿...? no entiendo cómo se puede otorgar tal denominación a algo que, si por ciertos rasgos básicos se caracteriza, son los de la artificiosidad, elaboración y manipulación; misterios de las modas lingüísticas, supongo): El primero de la clase, un concurso-espectáculo que, en la línea de experiencias como las de OT y similares, reunirá a ocho escolares de 5º de Primaria que, por un lado, competirán por alcanzar un preciado galardón económico (48.000 euros en concepto de beca de estudios diferida a lo largo de varios años) y, por el otro, habrán de procurar enganchar a un segmento de la audiencia televisiva suficientemente amplio como para justificar la continuidad del programa a lo largo de las semanas inicialmente previstas, de forma que no les termine pasando como a tantos y tantos programas les viene sucediendo últimamente –para esto último, contarán con la inestimable ayuda y colaboración de destacados personajes del mundo de la cultura, todos ellos intelectuales y pensadores de renombre y con un enorme prestigio en los ámbitos académicos y universitarios de todo el mundo: Milene Domingues, Arancha de Benito, Fernando Romay; en fin, creo que sobran mayores comentarios...-.

Personalmente, no siento el más mínimo interés por los programas de este corte y género, tan en boga y exitoso en estos últimos años. Y sobre sus supuestas calidades, o faltas de las mismas, así como sobre hasta qué punto cabe considerarlos, o no, exponentes de eso otro que se suele denominar "telebasura", no me voy a pronunciar, porque me faltan elementos de juicio y tampoco es una cuestión que me despierte excesivo entusiasmo. Es evidente que ahí están, con toda su pujanza y poderío, y, por otro lado, nada tengo que objetar a la cosificación a que se quieran ver sometidos (sus pingües beneficios esperan obtener a cambio de ello, también es obvio y evidente...) las personas adultas, MAYORES DE EDAD, que entran en su dinámica de funcionamiento participando, como protagonistas más o menos destacados, en ellos: es su libre voluntad, y cada cual, sin causar daño a otros, está en su derecho de hacer lo que le plazca.

Pero todo tiene un límite, cómo no. Y, en este caso, estamos hablando de niños, MENORES DE EDAD. Y en una televisión pública, sostenida con fondos a cuya obtención contribuimos todos los españolitos de a pie (los de limusina y palco, ya se sabe, se lo suelen montar de otra manera...). No estoy dispuesto a entrar en consideraciones acerca de los contenidos del programa (en principio, supuestamente "culturales"), así como sobre su línea y enfoque, y los posibles mecanismos que, para garantizar la integridad de los derechos de los menores participantes, se puedan articular –me consta que ya hay instancias políticas y administrativas (a las cuales el interés de los menores se la trae absolutamente al fresco, pero, ya se sabe, es la guerra, todo es munición...) moviéndose en ese terreno-; tampoco me vale el argumento de que se trata de participantes voluntarios, que cuentan, además, con la autorización y conformidad de sus progenitores. Me parece, tanto por una circunstancia como por la otra, lisa y llanamente, inadmisible.

Se supone que existe un consenso social básico, en toda sociedad próspera y avanzada (cual es el caso de la nuestra, creo), acerca de que determinados colectivos, en función de sus circunstancias (de edad, salud, posición socioeconómica, carácter minoritario, etc...), han de ser particularmente protegidos. Uno de esos colectivos es el de la infancia; y su protección no habría de limitarse a aquellas situaciones de riesgo que, por lo evidente o lo brutal de su percepción, son obvias. No basta con tomar medidas, penales o administrativas, contra la violencia familiar y escolar, o de protección de su integridad sexual, a través de la tipificación de cualquier conducta que pueda ser lesiva para la misma. Y tampoco es que pretenda comparar la importancia o gravedad de unas conductas o situaciones con las de otras. Pero creo que resulta evidente para cualquier mente medianamente lúcida, y sin necesidad de sesudos estudios psicológicos sobre el particular, que el sometimiento de unos críos de entre nueve y once años a la presión que conlleva un concurso televisivo, sea del formato que sea, pero más si es de este corte (prolongado en el tiempo y con un componente de espectacularización muy alto), no debe ser lo más sano ni procedente para su estabilidad emocional y su adecuado desarrollo educativo.

Tampoco me gustaría pecar de mojigatería ni de excesiva sacralización de una infancia a la que tampoco hay por qué recluir en ninguna suerte de búrbuja con la cual quede absolutamente aislada de su entorno social más próximo; pero creo, humildemente, que todo tiene un límite, y este proyecto televisivo no sólo lo sobrepasa, sino que, además, va muchísimos pueblos más allá del mismo. ¿Qué hubieran dicho Carmen Caffarel y los miembros del Consejo de Dirección de RTVE si este proyecto –esta especie de Ankawa, en el que a alguna lumbrera se le ha ocurrido la genialidad de sustituir monos, loros y serpientes por niños; total, ya puestos...- hubiera surgido auspiciado por una cadena privada de televisión? Pues eso, señores, un poquito de seriedad y de coherencia, que nunca están de más para aliñar cualquier ensalada.

A salto de mata X: Ese hombre...

Por Manuel Márquez - 23 de Septiembre, 2006, 16:29, Categoría: A salto de mata

El último ejemplar de político de raza en activo y con responsabilidades de poder; el último exponente de un tiempo y unos modos de hacer política ya pasados; el último representante de una estirpe de mandatarios cuyas luces y sombras necesitarán, aún, de un largo tiempo para poder ser desbrozadas con la suficiente claridad. Todo eso se dirá, se está diciendo ya, con motivo de su retirada, del presidente autonómico extremeño, Juan Carlos Rodríguez Ibarra. En cualquier caso, y como el del anuncio de la cerveza, todo un tipo.

Veinticuatro años al frente de la presidencia de la Junta de Extremadura: ahí es nada. A alguien capaz de conseguir algo así, más allá de los deméritos y defectos ajenos, no se le pueden negar méritos y virtudes propios: constancia, tenacidad, habilidad, astucia, inteligencia, visión estratégica, son elementos que, con toda seguridad, han ostentado lugar de privilegio en la "bolsa de viaje" de este avezado marinero de tierra adentro, y que le han permitido alcanzar un logro de tal calibre. Y es que nadar en aguas tan procelosas como las de la política sin ahogarte, y sin mayores daños apreciables que los de alguna pequeña vía de agua en la sala de máquinas (algo que también ha debido tener su peso, cómo no, a la hora de adoptar esta decisión, más allá de cualquier visión conspiranoica que a más de un analista se le ocurrirá también esgrimir), no es cosa sencilla, desde luego que no.

Eso sí: más allá de la convicción algo intuitiva de la existencia de tales valores, yo me considero absolutamente incapaz de juzgar o analizar con rigor la trayectoria política de Rodríguez Ibarra, más allá de lo que se pueda concluir acerca de sus (muy sonadas) comparecencias y opiniones públicas y publicadas sobre algunos temas muy específicos de la actualidad nacional, que le otorgaron una proyección muy superior en alcance y ámbito territorial al que su estricto ejercicio de gestión política le podrían haber conferido en buena lógica.

Extremadura es un territorio con una escasísima proyección en los medios a nivel nacional, lo cual se traduce en una tremenda ignorancia acerca de su realidad social, económica, política y de cualquier otra índole. Ésa es una realidad difícilmente rebatible; y hablo desde un territorio muy cercano geográficamente al extremeño, como es el andaluz; pero, en el ámbito de los medios, las cosas son como son. En consecuencia, sería un ejercicio temerario, y bastante poco honesto, el de entrar en valoraciones sobre los resultados de la gestión de Rodríguez Ibarra en sus veinticuatro años de gobierno, cuando poco se sabe acerca de los mismos.

Pero a Rodríguez Ibarra no se le va a juzgar, no se le está juzgando, por su gestión política, entendida en términos de acción específica sobre su ámbito competencial propio. No, no, no... A Rodríguez Ibarra se le va a juzgar, se le está juzgando, por aquello que ha hecho de él un personaje relevante y conocido, que son sus declaraciones públicas, siempre bastante a contracorriente del tono y contenido habituales de los discursos políticos convencionales y siempre aptas para generar desplazamientos hacia un territorio en el que siempre ha demostrado encontrarse particularmente cómodo –y encantado de haberse conocido-, el de la polémica. Sus diatribas antinacionalistas y su defensa a ultranza de determinados personajes muy relevantes en la vida interna del Partido Socialista (e, incluso, en un momento dado, de la política nacional española) han hecho de él genio y figura, y, curiosamente, adalid de unas posturas fervientemente secundadas por un buen puñado de ciudadanos que, en cuanto a ubicación política y electoral, no se sitúa, precisamente, en posiciones cercanas (más bien, al contrario) a las de su etiqueta política oficial.

¿Audaz, valiente, franco, políticamente incorrecto? Bien, no seré yo quien niegue la posibilidad de adjudicar esos epítetos a los posicionamientos públicos de un personaje tan vehemente (y con un puntito histriónico indiscutible) como Rodríguez Ibarra. Pero, ojo, amigos lectores, no se llamen a engaño: él siempre ha medido perfectamente el alcance de lo que decía en cada lugar y en cada momento, y palabras que, en un determinado contexto, podían sonar a verdades como puños arrojados con toda sinceridad, y sin tapujos, en la cara del adversario –es decir, un ejercicio de arrojo y valentía-, tenían una dimensión de producto para consumo interno cuyos réditos electorales, a la vista ha quedado, han sido siempre cuantiosísimos.

Y es que ya la formuló muy bien el presidente Maragall, refiriéndose a otro ilustre prócer socialista (¿?) recientemente retirado de la vida política activa; rezaba aproximadamente tal que así: si los míos me votan porque son los míos y los que no son míos me votan porque pienso igual que ellos, pues me vota todo el mundo. Elemental, ¿no? Lo que no debe ser tan sencillo es hacerlo sin que se te vea el plumero. Más aún cuando lo llevas enseñando más de veinte años. Lo dicho: genio y figura... Feliz retiro, señor, se lo tiene bien ganado, supongo.

Los jueves, cine: Desaparecido (Missing; U.S.A., 1982)

Por Manuel Márquez - 21 de Septiembre, 2006, 19:14, Categoría: Cine: Los jueves, ... (críticas)

Hay cineastas (autores, en general) a los cuales su adscripción a una línea genérica o temática determinadas les termina endosando, más que una etiqueta, una auténtica losa; losa bajo la cual quedan sepultadas apreciaciones mucho más sutiles, diversas y enriquecedoras que las que cabe despachar con la tramitación del (cómodo) expediente que siempre supone el acudir a la etiqueta en cuestión, y, con ella, despachar el asunto de un plumazo.

¿Costa Gavras? Cine político. ¿DesaparecidoMissing; U.S.A., 1982-? Un buen film político.

Craso error. Y una auténtica lástima. Desaparecido, sin dejar de ser cine político, que lo es, y, además, de manera inequívoca, desde el punto y hora en que tanto su trama central -basada en el caso de la desaparición de un ciudadano estadounidense durante las primeras horas del golpe de estado de Pinochet en Chile contra el gobierno legítimo de Salvador Allende, en aquel aciago 11 de setiembre de 1973, y su búsqueda por parte de sus familiares más cercanos (su compañera sentimental y su padre) con la colaboración (ejem...) de la embajada de su país- como las diversas lecturas que, a partir de la misma, cabe extraer, tienen esa naturaleza, es algo más, mucho más que eso. Desaparecido es una de las películas más estremecedoras, uno de los dramas más intensos, que el cine haya podido dar a lo largo de toda su historia, además de uno de los retratos más descorazonadores que de la condición social del hombre, y del entramado sobre el que la misma se articula, haya podido hacer jamás cineasta alguno. Ni más, ni menos.

No es Costa Gavras el único que, al mismo tiempo que nos asesta un puñetazo en la mismísima boca del estómago de los que tumban al suelo y hacen que cueste mucho levantarse, nos hace un regalo de muchísimos quilates con su película. Al frente de su elenco, Jack Lemmon, en uno de sus papeles postreros, hace un trabajo soberbio, derrochando toda la sabiduría acumulada a lo largo de sus muchos y muy fructíferos años de carrera y demostrando que no sólo ha sido uno de los mejores comediantes de todos los tiempos, sino un actor, así, sin apellidos de género, grande, enorme: la evolución de la actitud de su personaje, desde el estupor del americanito medio acomodado, escéptico y receloso, a la convicción asqueada de un San Pablo que ha terminado cayendo del caballo a fuerza de que un grupo de desalmados se empeñe en atentar contra un mínimo de su inteligencia, y cómo consigue dotarla de credibilidad y, sobre todo, transmitirnos su dolor, constituyen, sin duda alguna, un ejercicio grandioso de interpretación. Y a su lado, dándole réplica, si no a su misma altura, sí al menos dignamente, una encomiable Sissy Spaceck: su trabajo no es, ni mucho menos, de poco nivel (le mereció, al igual que a su compañero, una nominación al Oscar a la mejor actriz; ni uno ni lo otro consiguieron, relegados por otros dos grandes, como Ben Kingsley y Meryl Streep, respectivamente), pero resulta difícil no palidecer bajo el fulgor de una prestación tan, tan brillante como la que Jack Lemmon ofrece a lo largo de todo el metraje.

Costa-Gavras no dejó, ni ha dejado a día de hoy, de dirigir con regularidad después de Desaparecido: hasta once películas posteriores (dos de ellas, de autoría colectiva) llevan su firma, y, en todas ellas, se mantiene constante su vocación de denuncia, su contenido marcadamente político y, sobre todo, su voluntad de no esconderse, de no dejar de decir, bien alto y bien claro, que, pese a quien pese –habrá a quien guste, y habrá a quien no-, él sí se posiciona. Y sigue estando en el mismo sitio. Desgraciadamente, ellos –esos a quienes tan rotunda y descarnadamente desenmascara en Desaparecido-, también. Y siempre habrá quien no quiera verlo: es legítimo, está en su derecho; todos, en un momento dado, pese al empeño de gente como Costa-Gavras, miramos para otro lado. Pero, después de ver películas como ésta, ya no podremos decir jamás que no sabíamos: la mirada es libre, ver o no ver depende de la voluntad de cada cual; la ignorancia, cuando has visto, ya no lo es, porque ya no existe....

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