A salto de mata
Ya he tenido ocasión de extenderme en alguna otra ocasión, dentro de este blog, sobre cómo ciertas concatenaciones de noticias (¿casuales, no casuales...?) ponen de manifiesto la existencia de contradicciones, incongruencias, incoherencias difícilmente explicables –en términos concretos, y más allá de lugar común, aun no por ello menos cierto, de que la contradicción, la incongruencia y la incoherencia forman parte intrínseca de la condición humana-. La de hoy, pues, es una más, una de tantas, aunque he de reconocer, desde mi ignorancia y mis cortas entendederas, que, a más vueltas que le doy, más incapaz de veo de comprenderla.
Cuestión inmobiliaria. O LA cuestión inmobiliaria, quizá, puestos a ser más precisos. Búrbujas valorativas, cabalgadas especulativas, estrangulamientos hipotecarios.... conceptos y elementos de los que se habla insistentemente, que están en la mente de todos, y que constituyen, mal que bien, una realidad difícilmente rebatible como tal. Bien, bien, bien. Pero hay algo que no entiendo, que no logro entender de ninguna de las maneras. ¿Cómo se concilia el gravísimo problema de un amplísimo segmento de población, joven, con pocos recursos económicos –la famosa generación de mileuristas, de la que tanto se habla también-, que tiene prácticamente imposible el acceso a una vivienda digna en condiciones mínimamente aceptables, con ese frenesí constructor, esa fiebre del ladrillo, que está convirtiendo, no ya nuestras ciudades, sino cualquier pedazo de nuestro territorio, por mísero que sea y se ubique donde se ubique, en pasto de grúas y excavadoras?
Las leyes del mercado dicen, creo, que si hay un exceso de oferta (de plátanos, pantalones vaqueros o videojuegos, el producto concreto tanto da...), los precios bajan; hasta tal punto este fenómeno sucede en tales términos que, cuando se producen episodios de sobreproducción de un artículo concreto, los agentes que controlan el mercado del mismo prefieren destruir los excedentes a repartirlos gratuitamente, con el fin de evitar un derrumbe de precios. Y llegados a este punto, me pregunto ¿eso no vale para el producto vivienda? ¿no hay quien tumbe sus precios? Porque la oferta crece y crece sin freno alguno, y los precios, lejos de descender –o, en el peor de los casos, estabilizarse, o situarse en un ritmo de incremento suave-, siguen subiendo vertiginosamente.
No soy economista: salta la vista, y a leguas. Supongo que alguien con conocimientos técnicos en la materia me puede explicar, con relativa sencillez, los mecanismos y elementos en virtud de los cuales las cosas, en este terreno, son de esta manera; hasta he debido oírlos, en alguna ocasión, expuestos en cualquier tertulia radiofónica, debate televisivo o invento de similar jaez. Pero eso no eliminaría –ni siquiera reduciría- mi estupor o, más bien, mi considerable mosqueo: cuando las motivaciones técnicas no se atienen a una lógica comprensible para el común de los mortales, es que algo huele a podrido, y no precisamente en Dinamarca, sino bastante más cerquita: en Murcia, en Ciempozuelos o en la calita aquella en la que, hasta hace bien poco, uno podía bañarse en aguas paradisíacamente cristalinas en la más absoluta de las libertades y, dentro de bien poco, uno tendrá que esquivar mazacotes de treinta pisos para poder llegar a un trocito de playa infecto-contagiosa. Así es más fácil, también, que no se te olvide que, a la vuelta de la excursión playera, esa gruesa maroma que tu banco gusta de llamar crédito hipotecario, sigue estando ahí, en su mismo sitio: enroscada a tu cuello. Glups...
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El último ejemplar de político de raza en activo y con responsabilidades de poder; el último exponente de un tiempo y unos modos de hacer política ya pasados; el último representante de una estirpe de mandatarios cuyas luces y sombras necesitarán, aún, de un largo tiempo para poder ser desbrozadas con la suficiente claridad. Todo eso se dirá, se está diciendo ya, con motivo de su retirada, del presidente autonómico extremeño, Juan Carlos Rodríguez Ibarra. En cualquier caso, y como el del anuncio de la cerveza, todo un tipo.
Veinticuatro años al frente de la presidencia de la Junta de Extremadura: ahí es nada. A alguien capaz de conseguir algo así, más allá de los deméritos y defectos ajenos, no se le pueden negar méritos y virtudes propios: constancia, tenacidad, habilidad, astucia, inteligencia, visión estratégica, son elementos que, con toda seguridad, han ostentado lugar de privilegio en la "bolsa de viaje" de este avezado marinero de tierra adentro, y que le han permitido alcanzar un logro de tal calibre. Y es que nadar en aguas tan procelosas como las de la política sin ahogarte, y sin mayores daños apreciables que los de alguna pequeña vía de agua en la sala de máquinas (algo que también ha debido tener su peso, cómo no, a la hora de adoptar esta decisión, más allá de cualquier visión conspiranoica que a más de un analista se le ocurrirá también esgrimir), no es cosa sencilla, desde luego que no.
Eso sí: más allá de la convicción algo intuitiva de la existencia de tales valores, yo me considero absolutamente incapaz de juzgar o analizar con rigor la trayectoria política de Rodríguez Ibarra, más allá de lo que se pueda concluir acerca de sus (muy sonadas) comparecencias y opiniones públicas y publicadas sobre algunos temas muy específicos de la actualidad nacional, que le otorgaron una proyección muy superior en alcance y ámbito territorial al que su estricto ejercicio de gestión política le podrían haber conferido en buena lógica.
Extremadura es un territorio con una escasísima proyección en los medios a nivel nacional, lo cual se traduce en una tremenda ignorancia acerca de su realidad social, económica, política y de cualquier otra índole. Ésa es una realidad difícilmente rebatible; y hablo desde un territorio muy cercano geográficamente al extremeño, como es el andaluz; pero, en el ámbito de los medios, las cosas son como son. En consecuencia, sería un ejercicio temerario, y bastante poco honesto, el de entrar en valoraciones sobre los resultados de la gestión de Rodríguez Ibarra en sus veinticuatro años de gobierno, cuando poco se sabe acerca de los mismos.
Pero a Rodríguez Ibarra no se le va a juzgar, no se le está juzgando, por su gestión política, entendida en términos de acción específica sobre su ámbito competencial propio. No, no, no... A Rodríguez Ibarra se le va a juzgar, se le está juzgando, por aquello que ha hecho de él un personaje relevante y conocido, que son sus declaraciones públicas, siempre bastante a contracorriente del tono y contenido habituales de los discursos políticos convencionales y siempre aptas para generar desplazamientos hacia un territorio en el que siempre ha demostrado encontrarse particularmente cómodo –y encantado de haberse conocido-, el de la polémica. Sus diatribas antinacionalistas y su defensa a ultranza de determinados personajes muy relevantes en la vida interna del Partido Socialista (e, incluso, en un momento dado, de la política nacional española) han hecho de él genio y figura, y, curiosamente, adalid de unas posturas fervientemente secundadas por un buen puñado de ciudadanos que, en cuanto a ubicación política y electoral, no se sitúa, precisamente, en posiciones cercanas (más bien, al contrario) a las de su etiqueta política oficial.
¿Audaz, valiente, franco, políticamente incorrecto? Bien, no seré yo quien niegue la posibilidad de adjudicar esos epítetos a los posicionamientos públicos de un personaje tan vehemente (y con un puntito histriónico indiscutible) como Rodríguez Ibarra. Pero, ojo, amigos lectores, no se llamen a engaño: él siempre ha medido perfectamente el alcance de lo que decía en cada lugar y en cada momento, y palabras que, en un determinado contexto, podían sonar a verdades como puños arrojados con toda sinceridad, y sin tapujos, en la cara del adversario –es decir, un ejercicio de arrojo y valentía-, tenían una dimensión de producto para consumo interno cuyos réditos electorales, a la vista ha quedado, han sido siempre cuantiosísimos.
Y es que ya la formuló muy bien el presidente Maragall, refiriéndose a otro ilustre prócer socialista (¿?) recientemente retirado de la vida política activa; rezaba aproximadamente tal que así: si los míos me votan porque son los míos y los que no son míos me votan porque pienso igual que ellos, pues me vota todo el mundo. Elemental, ¿no? Lo que no debe ser tan sencillo es hacerlo sin que se te vea el plumero. Más aún cuando lo llevas enseñando más de veinte años. Lo dicho: genio y figura... Feliz retiro, señor, se lo tiene bien ganado, supongo.
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Creo en las casualidades: en su existencia y en su importancia. Lo que no creo es que sean siempre determinantes, y que, por tanto, sean las que rigen de manera absoluta, más allá del imperio de las relaciones causa-efecto, los acontecimientos que tejen el devenir de nuestras existencias, ya sea a nivel personal o colectivo.
Han coincidido, o casi, en fecha reciente, dos informaciones en los medios que, aparentemente inconexas, creo que dan una idea bastante exacta de un cierto estado de cosas en un cierto ámbito de la vida social española; concretamente, el de la justicia. Creo que su aparición casi coincidente sí es plenamente casual; pero la interrelación entre una y otra nos ofrece una muestra evidente de cómo se tejen y encadenan las relaciones causa-efecto entre acontecimientos cuya apariencia inicial invita a pensar que no guardan relación alguna entre sí.
La primera noticia, de bastante calado –y, en consecuencia, amplia y profusamente recogida por toda la prensa nacional-, , aunque una primera mirada invite a reducirla a un mero apunte estadístico, es la que nos da cuenta del estado actual de atasco del sistema judicial español, visto desde una perspectiva global: los casos pendientes de resolución ascienden a la nada desdeñable cifra de 2.000.000, aproximadamente. Bien; un análisis en profundidad nos podría dar argumentos, explicaciones, causas y motivos sobre tal circunstancia, pero, en principio, dejémoslo ahí. Un dato objetivo. Y punto.
La segunda noticia –o, más que noticia, información, ya que no da cuenta de un hecho concreto y actual, sino que se trata de un reportaje de corte más bien genérico-, recogida en la edición de ayer de un diario de tirada nacional, nos habla de los "milagrosos" casos de nacionalización de afamados "futboleros", cuyos expedientes, ya sean administrativos o judiciales, gozan de una rauda tramitación, gracias a la inestimable "ayuda" proporcionada por los responsables y funcionarios de turno que, sabiamente "estimulados" (entradas, pases de favor, autógrafos, camisetas, regalillos de ese tipo: ya saben, nada ilegal, pura filfa, detallitos sin mayior importancia...) por los representantes de los clubes afectados, saben lo que hay que hacer para que esos procedimientos, de vital importancia para el sano y correcto funcionamiento de los servicios básicos de nuestro país, no se vean afectados por la mortífera dolencia de la que daba cuenta la primera noticia.
O sea, que, conforme a lo que dicta la Constitución española, todos somos iguales ante la ley... ma non troppo.
O sea, que no nos engañemos, que es mucho más importante para la ciudadanía de este país (al menos, para aquella que bebe los vientos por el Real Madrid...) que Ronaldo pueda dejar una plaza libre de extranjero para su club en el supersónico plazo de once meses que la resolución de un proceso contencioso-administrativo que permita la ampliación de las plazas del colegio de mi barrio, por la cual llevamos suspirando varios años (por poner un ejemplo, hay 2.000.000 donde elegir, que nadie se me enfade...).
O sea, que nadie se va a rasgar las vestiduras, ni va a pensar que se trata de algo escandaloso... ya se sabe, esto es España, y quien tiene un amigo, tiene un tesoro, ¿no...?
En fin, ¿ven ahora por qué yo no creo, siempre, en las casualidades...?
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Una imagen recurrente en todas las televisiones y periódicos, la del podio del Tour de Francia, finalizado ayer en París. Un podio que me llama poderosamente la atención, por la presencia en él, en contra de lo que suele ser habitual, de cuatro personas, en vez de tres: junto a los tres primeros clasificados en la general de la prueba ciclista, y tomado en brazos por su padre –Oscar-, Juan, Juan Pereiro. El crío que, algún día, y aun cuando no llegue a montar una bicicleta ni una sola vez a lo largo de toda su vida, podrá decir que él estuvo allí una vez, en el podio del Tour, aunque no pueda recordarlo, y que estuvo allí con su padre.
No conozco a Oscar Pereiro. La imagen que de él han transmitido los medios en los que tan recurrente ha sido su presencia a lo largo de la pasada semana, por mor de su maillot amarillo en el Tour, ha sido la de un chico extrovertido, simpático, fuerte y con mucha confianza en sí mismo. Y no es que no me la crea, o me inspire algún tipo de incredulidad, o recelo: es que ya es bien sabido que la imagen que trasnmiten los medios es mera y simplemente eso, una imagen: algo parcial, limitado, imposibilitado objetivamente para captar todos los matices y recovecos de aquello a lo que representa. Para poder hablar de él con fundamento, necesitaría más, mucho más; más datos, más elementos. Así que no hablaré de Oscar Pereiro.
Pero sí lo haré de algo puntual, algo evidente, algo concreto: su gesto, ese tomar a su hijo en brazos sobre el podio de París. Puede parecer algo obvio, lógico, natural; probablemente, así sea. De todos modos, compartir el mayor momento de gloria personal con un hijo es algo que no está al alcance de todos: suelen mandar circunstancias que no se controlan y que lo hacen imposible, inviable. Y, más allá de eso, incluso para aquellos a cuyo alcance está, no siempre es algo habitual, frecuente: supongo que priman otras consideraciones, otros enfoques, otras maneras de ver las cosas. En cualquier caso, ese gesto de Oscar Pereiro me parece hermoso, inmensamente hermoso. Y su hijo no podrá recordarlo, pero él sí podrá hacerlo: siempre, durante todo el resto de su vida, podrá recordar, y decir, qué él estuvo allí una vez, en el podio del Tour, y que estuvo allí con su hijo. Qué suerte. Qué envidia. Felicidades...
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Ha pasado por España recientemente –por Valencia, para ser más concretos-, con el fasto y boato que le son propios y consustanciales a su condición de máximo mandatario de una institución que se predica como abanderada de la pobreza y la sencillez en el mundo –ya saben, lo de la Iglesia y la coherencia siempre fue un matrimonio de esos que ellos mismos gustan de calificar como "raritos", o "contra natura", y de coyunda bastante incierta, por lo inhabitual...-, el ciudadano alemán Joseph Ratzinger, también conocido por su alias –mucho más mediático, ciertamente- de Benedicto XVI. Me merece todo el respeto del mundo: tanto como el fontanero somalí Filomene Soyinga, como el abogado turco Ismail Ardayan, o como el camarero de Logroño (España), Antonio Pérez; como cualquier ser humano que haya sobre la faz de la tierra, por su condición de tal, única y exclusivamente. Ni más, ni menos.
¿Representante? No es una cuestión de negarle o restarle legitimidades: de ese tipo de ejercicios, aun cuando sea con otros destinatarios, ya se encarga, con dudosa fortuna, el ínclito don Mariano (Rajoy, por más señas). Pero, en cuanto a la representatividad, es lo chungo que tiene esto de las convicciones democráticas: a los que no sólo las tenemos –me consta que también las tienen millones y millones de católicos-, sino que entendemos que han de tener vigencia práctica en cualquier empeño que aúne libremente a un colectivo de personas –y esto segundo ya me parece que no lo tienen tan claro los seguidores católicos más fervientes-, nos resulta palmario que ésa sólo la puede otorgar un sistema electivo que establezca un vínculo lógico y coherente, articulado a través de un adecuado sistema de manifestación de voluntad al respecto, entre representados y representante. En el caso de este señor, elegido por una curia compuesta por poco más de doscientos señores –a los que tampoco ha elegido democráticamente nadie- entre una grey de cientos de millones de personas (según propia confesión: los datos no son míos, son suyos...), está claro que podremos hablar de muchos otros conceptos –importancia, relevancia, referencia-: de representación, lisa y llanamente, no.
¿Un referente para millones de católicos de todo el mundo? Probablemente, no seré yo quien lo discuta. Tampoco creo yo que haya mucha gente dispuesta a rebatirme un hecho tan incontrovertible como el de que comparte tal condición de referente con Ronaldinho, Nicole Kidman o Julio Iglesias. Es lo chungo que tiene esto de la preponderancia casi exclusiva de lo mediático: termina metiendo en el mismo saco frutas de muy diferente color, textura y sabor. Y a quien pudiera, con buen criterio y mejor voluntad, esgrimirme que, en el caso del papa romano, su condición de referente abarca, o se extiende, a ámbitos que los otros tres personajes nombrados no alcanzan ni pueden alcanzar, le pediría, humildemente, que sometiera ese aserto a la "prueba del sábado noche". Es muy sencilla de realizar: se trata de verificar, calculadora en mano, cuántos de esos millones de sus seguidores dedican un sábado noche a: a) ver un partido de fútbol en el que juegue Ronaldinho; b) ver una película protagonizada por Nicole Kidman; c) escuchar un disco de Julio Iglesias; y d) leer las últimas obras del señor Ratzinger. Y, con los números en la mano, hablamos: que obras son amores, y bla, bla, bla... (la frase también es de ellos, no mía). Ah, por supuesto, no le pediré a mi contertulio que cuente, también calculadora en mano –y aguantando el sudor frío...-, cuántos de esos millones de seguidores dedican el mismo sábado noche a actividades tan placenteras como poco caras a la jerarquía eclesiástica: afortunadamente, muchos más que los que se dedican a las cuatro antes nombradas. Y mejor para ellos, naturalmente.
En cualquier caso, ya les insisto, amigos lectores: respeto; ante todo, mucho respeto, y, a ser posible, mutuo (esto, más que la expresión de un deseo, es una humilde petición, que reitero por lo poco atendida que me la suelo encontrar). Y los unos, a lo de unos; y los otros, a lo de otros; y todos contentos, que cada cual es muy libre. Mejor así, supongo.
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En ciertas situaciones, ante ciertos temas, quizá resulta conveniente esperar a que las marejadas mediáticas vayan remitiendo antes de lanzarse a emitir la opinión propia sobre el evento o circunstancia en cuestión: en el fragor batiburrillero, lo normal es que una humilde y tímida vocecita no llegue siquiera a oírse, menos aún a escucharse. Y no, amigos lectores, no se trata de una postura ventajista, basada en la pretensión de aprovecharse, fagocitándolas, de las toneladas de tinta (y cibertinta) vertidas con anterioridad sobre el asunto de marras, aunque tampoco cabe descartar que, a base de las numerosas lecturas de opiniones ajenas, algo termine filtrándose de las mismas en la formación y formulación de la propia; es algo mucho más sencillo: es el lujo del bloguero desahogado, que no tiene por qué tener prisa alguna en escribir sobre un tema en concreto, porque la actualidad y su blog son dos elementos de muy incierta –y, a lo sumo, circunstancial- ligazón (si es que existiera, que lo dudo). Así pues, pasados ya unos días, y con toda la calma del mundo, hablemos del enésimo fracaso de la selección española del fútbol, su eliminación en los octavos de final del Mundial de Alemania.
¿Fracaso? El fracaso es un concepto siempre relativo, se fracasa en función de una expectativa previa, de unos objetivos predeterminados cuya no obtención es la que determina, precisamente, su surgimiento. Y si hablamos de unos objetivos previamente señalados, supongo que todos podemos convenir en que, para que éstos sean realistas y, por tanto, dignos de ser entendidos como tales, han de estar fundados en una serie de premisas lógicas, razonables y coherentes, en función de un conjunto de circunstancias que, a tal efecto, se toman en consideración. Si yo proclamo a los cuatro vientos que el próximo año tengo previsto alcanzar una marca personal de 9"50 metros en la prueba atlética de salto de longitud, lo que estoy formulando no es un objetivo, sino un disparate, una memez, porque no existe fundamento lógico alguno sobre el que pueda basar esa pretensión (que, además, y como decía el torero aquel, no puede ser porque no puede ser, y, además, es imposible...).
Desde esa perspectiva, ¿cuál era el objetivo de la selección española en los Mundiales (ojo, me refiero al objetivo que cabía formular bajo las premisas arriba apuntadas, no ese globo que ciertos medios de comunicación, que han hecho de la participación española en el Mundial una referencia omnipresente –por obvios intereses comerciales, dado que se trataba de su producto estrella para esta temporada-, han hinchado hasta extremos que causaban vergüenza, tanto propia como ajena)?. Pues, posiblemente, el alcanzar el escalón que, finalmente, se ha alcanzado. ¿O es que los precedentes –más bien ruinosos- de campeonatos anteriores, o la marcha –más bien penosa- del equipo en la fase de clasificación, o el juego –más bien pobre- exhibido en los partidos preparatorios, invitaban a pensar en otra cosa? No me hablen de la primera fase; rivales como Ucrania, Túnez o Arabia Saudí no son, precisamente, los más adecuados para medir las posibilidades reales de un equipo que ha de afrontar las fases eliminatorias; no tanto por el potencial que pueden exhibir los equipos contrarios que alcanzan las mismas (que también), sino por la misma naturaleza y enfoque de dichas fases, en la que, sin margen para el error, sólo sobreviven aquellos que tienen claro que, puestos en la tesitura del morir o matar –futbolísticamente hablando, por supuesto-, hay que matar. La selección española ya ha demostrado sobradamente que, puesta en tal tesitura, da igual se apele al músculo (como tradicionalmente se hizo) o al cerebro (como parece haberse hecho en este campeonato), como en Sevilla: hay que morir. Y se muere. Y a casa. Y punto. Y final.
Visto así, no hay fracaso. Y, si no hay fracaso, no hay problema. Y, si no hay problema, no existe la necesidad de plantearse la búsqueda de soluciones. ¿O sí? Porque si de lo que hablamos no es de objetivos –aquello que se pretende bajo un fundamento lógico-, sino de aspiraciones –aquello que se desea, que se quiere conseguir-, es posible que las de la selección española sí sean más elevadas. Y para alcanzarlas, habida cuenta que la situación, a estas alturas, parece requerir más propiamente de un genio del diván futbolero que de la batuta de un sabio conocedor experto en la aplicación de determinados principios tácticos o técnicos, ¿no sería ya hora de despojarse de determinados prejuicios nacionalistas, y apelar a la capacidad acreditada de profesionales de allende nuestras fronteras que ya hayan demostrado, con triunfos y títulos en la alta competición, su valía al respecto? No podemos cubrir el plantel de jugadores con argentinos, alemanes, italianos o brasileños –que parecen disponer de un gen competitivo que aquí, en España, y salvo para jugar a los chinos, a la "pleisteishon", o negociar sus brutales percepciones económicas, los futbolistas debieron perder en los tiempos de Atapuerca, más o menos...-, pero sí podemos contar con un técnico de alguna de esas nacionalidades. Ahí está el ejemplo de Scolari, en Portugal: no parece que les vaya nada mal, más bien todo lo contrario. E, insisto, no creo que nadie deba rasgarse las vestiduras –porque, afortunadamente, no pasa nada, nada en absoluto-, cuando, domingo sí, domingo también, encontrar a más de tres ó cuatro jugadores nacidos en España en la alineación de los principales equipos de nuestra Liga ha llegado a convertirse en algo casi anecdótico.
Muchas otras cuestiones colaterales, y en cuyos recovecos me gustaría extenderme con disquisiciones mil, se van a quedar en el cibertintero –no sé si destinadas a ser rescatadas en ulterior momento, o condenadas a que sean otros los que sobre ellas opinen más extensamente (por fortuna, posiblemente...)-, despachadas con un mero apunte. O dos. El primero, la constatación de que hemos vivido el enésimo episodio de utilización política del fútbol, herramienta distractiva, en el más puro (y rancio) estilo franquista, en una demostración evidente de que la derecha y las oligarquías, con la imprescindible colaboración de una izquierda nominal exquisitamente educada, siguen gobernando este país (nunca han dejado de hacerlo, hasta la fecha...) –no es un fenómeno exclusivo de España, desde luego: veo los fastos franceses tras su victoria del pasado martes (y los datos de audiencia televisiva), y no me llega la camisa al cuerpo...-. Y el segundo, la preocupación que me genera el comprobar cómo se siguen reproduciendo, con el silencio vergonzante de medios supuestamente progresistas (a ver quién es el guapo que jode la fiesta, con lo que ha costado montarla...), pautas de comportamiento racistas y fascistas camufladas bajo supuestas exaltaciones patrioteras: no son ni mayoritarias ni, como en el caso del fenómeno anterior, exclusivas de nuestro país, pero mirar hacia arriba y silbar no creo que sea la política más adecuada. ¿O es que nos da miedo pensar que, en el fondo, podemos compartir algo más que la mera condición humana con ese hatajo de descerebrados que, bajo la "coartada-masa" del fútbol, se dedica a dar rienda suelta a sus instintos más cafres y deleznables? Quisiera pensar que no, y que, visto lo visto, en volumen y extensión geográfica –incluso para las excepciones: tampoco debe ser casual que uno de los pocos pueblos en que no termina de calar masivamente, sea el mismo que vota mayoritariamente a un señor como George Bush...-, lo de la pasión futbolera es, definitiva y felizmente, otra cosa, basada en un divertimento, un juego. Eso, otra cosa....
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Me levanté ayer por la mañana, y no descubrí grietas en el suelo. Las paredes de los edificios ofrecían su estampa habitual, sin la presencia de ningún elemento que permitiera pensar en la existencia de algún problema estructural de orden interno que pudiera afectar a su estabilidad y verticalidad. Las calles estaban en su sitio; las farolas, los semáforos. Los coches circulaban con normalidad; las tiendas estaban abiertas; y, en el bar de la esquina, con su eficiencia y rapidez habituales, Toñi me ponía el cafelito y la tostada con aceite con la que me suelo regalar (casi) todas las mañanas de días laborables. En el trabajo, un día más, con sus cuitas, su dimes, diretes y eventualidades varias: ni mejor ni peor que otros días, otros lunes, simplemente igual en su diferencia, o diferente en su igualdad, coloquen ustedes, amigos lectores, el prisma donde más les plazca. Y, cuando volví a casa, los informativos de las grandes cadenas nacionales hablaban, unánime y obsesivamente (que ésa es harina de un costal al que habrá que dedicarle un tiempo y una reflexión en otro momento, quizá menos caluroso, en todos los sentidos), del tema que, naturalmente, más les/nos preocupaba: si "seríamos" capaces de dejar sentenciada la clasificación para los octavos de final del Mundial tras el partido de la noche frente a Túnez (que, finalmente, fue que sí...).
Y es que, obviamente, España no se había roto. ¿Alguien lo dudaba? Pues eso...
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Oigo en la radio una información acerca de una reunión interna de líderes del Partido Popular, en la cual, al parecer, su máximo líder, Mariano Rajoy, exhorta a los suyos a que las discrepancias internas no se aireen en los medios, sino que se resuelvan en el ámbito interno del partido –es decir, una formulación "en fino" del viejo aserto aquel que reza que "los trapos sucios se lavan en casa"-. Vana pretensión, me temo, en la medida en que atenta contra la lógica más elemental de las situaciones a las que hace referencia.
Hay un viejo axioma (en cuya certeza creo a pies juntillas) que proclama que, en política, si quieres hacer carrera, y alcanzar puestos de responsabilidad (es decir, de poder), de quiénes has de preocuparte, realmente, es de tus enemigos (internos), no de tus adversarios (externos). Tiene su lógica aplastante: son aquellas personas que aspiran a los mismos puestos que tú quiénes te pondrán todas las chinas en el zapato (de manera más o menos noble, más o menos leal, más o menos limpia) para dificultarte el logro de ese objetivo, en la medida en que tu éxito significa su fracaso. Así de simple, así de crudo. Y, en cualquier caso, es bien sabido que las luchas limpias, leales y nobles no son la moneda más común en este mercado de la política –ni, posiblemente, en ningún otro en el que se ponen en juego cuestiones de poder, sea éste del tipo que sea-.
En ese contexto de lucha interna por el poder dentro de un partido, una herramienta de uso común y de efectividad más que demostrada es la desestabilización a través de campañas orquestadas: se trata de seleccionar un tema vistoso, que puede tener repercusión y calado entre el gran público, darle un enfoque determinado que sea contrario a los planteamientos de tu "enemigo" y darle el máximo "aire" posible; un aire que siempre, en todo caso, van a proporcionar los medios. ¿Qué sentido tiene organizar una campaña de descrédito contra Fulanito, o Menganito, si no va a tener repercusión en los medios de comunicación? Ninguno, porque su eficacia sería nula. ¿Consecuencia? Los trapos sucios no se lavan en casa, sino en medio de la calle, y con cuántas más luces y más taquígrafos por medio, mejor...
Traducido al castellano antiguo, y aplicado al caso concreto: si lo que Mariano Rajoy pretende, entre otras cosas, pero fundamentalmente, es que Alberto Ruiz Gallardón y Esperanza Aguirre dejen de tratarse a bofetada limpia, al ritmo de los pulserazos de Tita Cervera, en mitad del Paseo del Prado, lo tiene crudo, crudísimo, y más le valdría desistir del intento, si es que ha llegado a planteárselo seriamente. El problema es que tiene demasiado claro que las bofetadas que ambos se reparten mutuamente no tienen como objetivo último el eliminarse el uno a la otra, y la otra al uno, en la búsqueda de sus posiciones actuales, sino que apuntan más alto, hacia otro sillón. Ese mismo, señor Rajoy, ese mismo, blandito y calentito, ¿eh....? Disfrútelo mientras pueda, que nunca se sabe...
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Tras todo lo que se ha venido publicando en estos últimos días acerca de una supuesta carta de Mahmud Amadineyad, presidente del gobierno iraní, a George Bush, presidente de ya saben bien qué, este blog está en condiciones de ofrecerles, en exclusiva, una primicia auténticamente explosiva. Hemos conseguido, a través de nuestros contactos infiltrados en los entresijos más profundos de la CÍA –supongo que ahora se explicarán la reciente dimisión de Porter Goss: algo se vendría oliendo sobre esto...-, una copia de dicha carta, y, escrupulosa y fielmente traducida, se la ofrezco, amigos lectores, a continuación. Las valoraciones, ustedes mismos...
"Teherán, 7 de mayo de 2006
Querido George:
Te escribo estas letras para hacerte llegar, de primera mano, las últimas novedades acerca del estado de esos asuntillos que nos traemos entre manos, y que son de nuestro mutuo interés, sin que te las tergiversen esos medios tan puretas occidentales –sobre todo, europeos: tanto cuento con la vieja y sabia Europa, y aún no se enteran de qué va esto del mundo mundial-, tan liberales y demócratas ellos.
Definitivamente, hemos pensado que mejor no nos vamos a enrollar con los rusos ni con los chinos, y vamos a jugar fuerte la baza de que en el Consejo de Seguridad nos deis un toque severo de atención (por cierto, a ver si poneis más cuidado los miembros permanentes con el tema de los traductores contratados: en los últimos requerimientos había cada falta de ortografía que daba auténtico susto), eso sí, sin que tampoco os paseis mucho, que ahora mismo están las cosas marchando muy bien y creo que no es cosa de que, por forzar la máquina, se nos termine viendo el plumero. En consecuencia, creo que lo ideal sería que esta inicial no contuviera amenazas con fechas concretas, y ya más adelante, allá para el verano (cuando supongo que el barril de petróleo ya habrá alcanzado, e incluso superado, la barrera de los 100 $), podeis dar otra vuelta de tuerca más, con la vista puesta en el tope de los 150 $ allá para Navidad (buen regalo de Papá Noel, eh, cabroncete?). Ésta sí que es una escalada, y no la de la tensión, eh? Ja, ja, ja...
En cuanto al reparto que acordamos en nuestras últimas comunicaciones, también hemos pensado que habría que hacer algún pequeño reajuste: los incrementos del precio del barril, según nuestros cálculos, implican que tus empresas petroleras se van a embolsar, durante el presente año fiscal, unos beneficios que van a superar a los del año pasado en un 324"63 %. Partiendo de esos números, creemos que lo más equitativo sería que nuestro porcentaje de participación pasara del 38"5 % del que hablamos el pasado enero, a un más justo 42"5 %, sobre tales beneficios, en neto, por supuesto. Espero que veas la lógica y justicia de mi propuesta, y no me obligues a asaltar otra vez la embajada (je, je, je, buen chiste, eh?), que no estoy ya para esos trotes, los años –y tú lo sabes bien, mamoncete-, no pasan en balde.
Por lo demás, por aquí, todo fenomenal. Tengo al pueblo –vaya hatajo de tontainas- completamente "empamplinao" con mi discurso ultranacionalista de aspirante a nueva potencia del mundo mundial, de manera que comen en la palma de mi mano, y puedo hacer con ellos lo que se me ponga en la punt... ejem, ahí, donde tú sabes. Y, total, si las cosas se salen un poco de madre, ya sabes, no hay problema, tiras un par de misilillos en un desierto perdido y en dos días ya estamos montados otra vez en la borrica. Y es que son como críos, no crees?
En fin, amigo George, esto es todo por ahora. Espero noticias tuyas sobre las propuestas que arriba te he apuntado, pero sin prisa, y con buen rollito, que sabes que entre tú y yo no va a haber problema alguno. Un abrazo para Barbara y otro muy fuerte para ti (cuídate, y cuida de tu petróleo, cabrón, ja, ja, ja....).
Un fuerte abrazo de tu amigo,
Mahmud.-"
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Paseando mi soledad, por la playa de Marbella... lo que no nos recomendaba aquella pegadiza cancioncilla sesentera (otros tiempos bien distintos, supongo) era que nos tentáramos los bolsillos, por lo que nos pudiera pasar: visto lo visto, hubiera sido una sabia recomendación.
Una vez que, con el paso de los días, se empiezan a extinguir las iniciales efusiones mediáticas, quizá sea un buen momento para una reflexión más sosegada sobre determinados aspectos que surgen al hilo de este escandoloso y vergonzoso episodio de corrupción que se ha destapado, de manera tan abrumadora –por su extensión y volumen-, en este municipio señero de la Costa del Sol malagueña, pero que no debería sorprender por tratarse de algo reciente o algo novedoso (o exclusivo, u original: llámenlo ustedes como quieran, amigos lectores).
No es algo reciente: todas las tramas que la investigación policial y judicial ha puesto sobre el tapete arrancaban de mucho tiempo atrás; habían dado ya pie, en determinados momentos, a procedimientos judiciales e, incluso, a condenas penales –aunque la inmensa mayoría de ellas se centrara en la emblemática y carismática figura del ya fallecido sátrapa Gil y Gil-; y, sobre todo, giraban alrededor de cuestiones –fundamentalmente, de índole urbanística- acerca de las cuales era vox pópuli que algo olía a podrido, y no precisamente en Dinamarca, sino bastante más cerquita... Y aunque es bien sabido que nunca es bueno que el exceso de "ruido", en forma de rumorología difusa y extensión "calamárica" de culpabilidades, perturbe el rigor y la minuciosidad con que acusaciones concretas han de ser fundamentadas y concretadas, lo de Marbella era ya tan flagrante que asustaba la impunidad con la que todos sus protagonistas parecían moverse por aquellos pagos.
Y no es algo novedoso, ni exclusivo, ni original: vaya, que no es Marbella el único municipio de España en el que las irregularidades urbanísticas dan lugar a tramas de corrupción generalizada, aunque sí sea, posiblemente, el de dimensiones más espectaculares (algo coherente con la proyección inmobiliaria que corresponde a la zona en la que se ubica). Y no se trata de que la municipalidad marbellí ahora perseguida penalmente pueda hallar algún tipo de defensa, siquiera sea de tipo moral, en esa "falta de exclusividad" (ya se sabe, lo de mal de muchos...), pero sí que resulta evidente cuán justo y conveniente resultaría que éste de Marbella no fuera sino el pistoletazo de salida para un proceso que, lejos de cualquier pretensión de caza de brujas generalizada, sí sirviera, al menos, para "limpiar la era" mínimamente.
Vistas así las cosas, ¿por qué ahora, y por qué Marbella? Sobre la cuestión temporal, soy incapaz de pergeñar cualquier teoría explicativa que me resulte mínimamente satisfactoria (más allá de esas declaraciones tranquilizadoras de conciencias del tenor de "la cosa ya no podía demorar más", "esto tenía que terminar reventando", o "ya era hora": formulaciones demasiado elementales para una mente poco bien pensante...). Pero sobre la cuestión "geográfica", sí que tengo una convicción, y es la de que los regidores marbellíes y sus "satélites ladrones" están pagando no sólo la culpa propia, sino también la culpa ajena, la de aquel (Jesús Gil y Gil) que no respetó el principio de los "pesebres no comunicantes", ése en virtud del cual la clase política y la clase empresarial, en franca y saludable camaradería, se reparten las grandes tajadas del sistema económico sin inmiscuirse ni osar meter el hocico en el pesebre que no les corresponde (es decir, el ajeno) –otro día, posiblemente, me extienda en consideraciones más detalladas acerca del funcionamiento de este curioso "invento"-. Gil y Gil, que, como empresario se había labrado una inmensa fortuna en el sector inmobiliario, quiso también comer en el "pesebre político", extendiendo sus tentáculos más allá de ese reducto playero y folklórico que era "su" Marbella –en el cual sí se le consentían, sin mayores pegas, sus baladronadas y formas de hacer política de corte fascistoide y populista-, y ahí cavó su propia fosa. Y, como podemos ver ahora, no sólo la suya, sino también la de aquellos que le sucedieron. Creo, me parece... ¿Qué les parece a ustedes, amigos lectores?
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Como cualquier "tema Guadiana" que se precie de ello, el de los avatares de la tramitación del Estatut catalán no deja de aparecer y desaparecer (ciertamente, más lo primero que lo segundo, todo hay que decirlo) de la primera plana de los medios. Superados, más o menos satisfactoriamente, sus primeros estadios parlamentarios, tanto a nivel autonómico como central, se encuentra ahora mismo en una fase pre-referendum sobre la cual el tema principal de controversia es el de los vaivenes en la postura de Esquerra Republicana de Catalunya -y las repercusiones que ese elemento puede tener sobre su presencia en el Ejecutivo catalán- acerca del mismo: que si voto nulo, que si voto en blanco, que si libertad de voto entre tres alternativas, que si voto negativo... Una circunstancia que, muy probablemente, en otro ámbito territorial terminaría constituyendo un obstáculo insalvable para la llegada a buen puerto de la "nave capitana" (o sea, el texto estatutario), pero que, tratándose de Cataluña, tengo la completa seguridad de que no será sino otra anécdota más, la enésima, de la cual los protagonistas de su escena política terminarán acordándose entre risas y brindis con cava del Penedés, cuando llegue el día (no demasiado lejano) en que, con su aprobación definitiva, se termine dando carpetazo a este episodio político-institucional.
Y es que no puedo dejar de confesar mi tremenda admiración por la capacidad de los catalanes -en ese aspecto, pienso que la clase política no es más que un fiel reflejo de lo que es el carácter y la idiosincrasia del pueblo al que representan y dirigen- para, bajo cualquier circunstancia y ante cualquier avatar, soslayar lo accesorio, lo secundario, lo que entorpece, lo que estorba, y quedarse con la almendra de las cosas, entendiendo por tal aquello que, en algún modo, es más favorecedor y guarda más conformidad con sus intereses generales. ¿Quién se acuerda ya de las constantes baladronadas y salidas de tiesto de Carod Rovira? ¿Quién recuerda los pasos en falso de Maragall -ya sea con los cambios de gobierno, con sus posturas enfrentadas respecto a las de la dirección central de su partido, por no hablar de aquel legendario "tres per cent" del que nunca más se supo....-? ¿Quién alude a la "larga cambiada" de CiU, que empezó colocando chinitas en el zapato con una vocación descarriladora encomiable -y poco esperable, dados sus referentes históricos- para terminar en su sitio, es decir, en el abrazo monclovita entre Rodríguez Zapatero y Mas, que le ha terminado otorgando un protagonismo con el que nadie contaba a priori? Ser capaces de superar todo eso, cuando hay tantos y tantos que no lo son, debe tener premio, y, en este caso, creo que los catalanes lo van a tener: el Estatut que quieren, les conviene y les interesa. Ni más, ni menos.
Me consta que esta opinión positiva, que no tengo empacho en denominar admiración (ya lo he hecho en el párrafo anterior, pero no me duelen prendas en reiterarme al respecto, amigos lectores), no tiene muy buena prensa en la opinión pública mayoritaria de determinados territorios (concretamente, éste en el que vivo -Andalucía- es uno de ellos; no el único, pero sí, quizá, uno de los más significados al respecto), donde está más extendida una visión crítica que tacha al pueblo catalán de excesivamente mercantilista, exclusivista y separatista. No estoy de acuerdo con ella: los exclusivismos y separatismos son posturas poco inteligentes (más aún hoy día, en un contexto de globalización galopante, en el cual las "arquitecturas territoriales de lo pequeño" tienen cada vez menos sentido), y como considero a los catalanes, en general, gente inteligente, me consta que andan bastante faltos de tales sentimientos. Sentimientos demasiado poco rentables, en todos los sentidos...
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