A salto de mata

A salto de mata XI: incongruencias inmobiliarias

Por Manuel Márquez - 18 de Octubre, 2006, 18:51, Categoría: A salto de mata

Ya he tenido ocasión de extenderme en alguna otra ocasión, dentro de este blog, sobre cómo ciertas concatenaciones de noticias (¿casuales, no casuales...?) ponen de manifiesto la existencia de contradicciones, incongruencias, incoherencias difícilmente explicables –en términos concretos, y más allá de lugar común, aun no por ello menos cierto, de que la contradicción, la incongruencia y la incoherencia forman parte intrínseca de la condición humana-. La de hoy, pues, es una más, una de tantas, aunque he de reconocer, desde mi ignorancia y mis cortas entendederas, que, a más vueltas que le doy, más incapaz de veo de comprenderla.

Cuestión inmobiliaria. O LA cuestión inmobiliaria, quizá, puestos a ser más precisos. Búrbujas valorativas, cabalgadas especulativas, estrangulamientos hipotecarios.... conceptos y elementos de los que se habla insistentemente, que están en la mente de todos, y que constituyen, mal que bien, una realidad difícilmente rebatible como tal. Bien, bien, bien. Pero hay algo que no entiendo, que no logro entender de ninguna de las maneras. ¿Cómo se concilia el gravísimo problema de un amplísimo segmento de población, joven, con pocos recursos económicos –la famosa generación de mileuristas, de la que tanto se habla también-, que tiene prácticamente imposible el acceso a una vivienda digna en condiciones mínimamente aceptables, con ese frenesí constructor, esa fiebre del ladrillo, que está convirtiendo, no ya nuestras ciudades, sino cualquier pedazo de nuestro territorio, por mísero que sea y se ubique donde se ubique, en pasto de grúas y excavadoras?

Las leyes del mercado dicen, creo, que si hay un exceso de oferta (de plátanos, pantalones vaqueros o videojuegos, el producto concreto tanto da...), los precios bajan; hasta tal punto este fenómeno sucede en tales términos que, cuando se producen episodios de sobreproducción de un artículo concreto, los agentes que controlan el mercado del mismo prefieren destruir los excedentes a repartirlos gratuitamente, con el fin de evitar un derrumbe de precios. Y llegados a este punto, me pregunto ¿eso no vale para el producto vivienda? ¿no hay quien tumbe sus precios? Porque la oferta crece y crece sin freno alguno, y los precios, lejos de descender –o, en el peor de los casos, estabilizarse, o situarse en un ritmo de incremento suave-, siguen subiendo vertiginosamente.

No soy economista: salta la vista, y a leguas. Supongo que alguien con conocimientos técnicos en la materia me puede explicar, con relativa sencillez, los mecanismos y elementos en virtud de los cuales las cosas, en este terreno, son de esta manera; hasta he debido oírlos, en alguna ocasión, expuestos en cualquier tertulia radiofónica, debate televisivo o invento de similar jaez. Pero eso no eliminaría –ni siquiera reduciría- mi estupor o, más bien, mi considerable mosqueo: cuando las motivaciones técnicas no se atienen a una lógica comprensible para el común de los mortales, es que algo huele a podrido, y no precisamente en Dinamarca, sino bastante más cerquita: en Murcia, en Ciempozuelos o en la calita aquella en la que, hasta hace bien poco, uno podía bañarse en aguas paradisíacamente cristalinas en la más absoluta de las libertades y, dentro de bien poco, uno tendrá que esquivar mazacotes de treinta pisos para poder llegar a un trocito de playa infecto-contagiosa. Así es más fácil, también, que no se te olvide que, a la vuelta de la excursión playera, esa gruesa maroma que tu banco gusta de llamar crédito hipotecario, sigue estando ahí, en su mismo sitio: enroscada a tu cuello. Glups...

A salto de mata X: Ese hombre...

Por Manuel Márquez - 23 de Septiembre, 2006, 16:29, Categoría: A salto de mata

El último ejemplar de político de raza en activo y con responsabilidades de poder; el último exponente de un tiempo y unos modos de hacer política ya pasados; el último representante de una estirpe de mandatarios cuyas luces y sombras necesitarán, aún, de un largo tiempo para poder ser desbrozadas con la suficiente claridad. Todo eso se dirá, se está diciendo ya, con motivo de su retirada, del presidente autonómico extremeño, Juan Carlos Rodríguez Ibarra. En cualquier caso, y como el del anuncio de la cerveza, todo un tipo.

Veinticuatro años al frente de la presidencia de la Junta de Extremadura: ahí es nada. A alguien capaz de conseguir algo así, más allá de los deméritos y defectos ajenos, no se le pueden negar méritos y virtudes propios: constancia, tenacidad, habilidad, astucia, inteligencia, visión estratégica, son elementos que, con toda seguridad, han ostentado lugar de privilegio en la "bolsa de viaje" de este avezado marinero de tierra adentro, y que le han permitido alcanzar un logro de tal calibre. Y es que nadar en aguas tan procelosas como las de la política sin ahogarte, y sin mayores daños apreciables que los de alguna pequeña vía de agua en la sala de máquinas (algo que también ha debido tener su peso, cómo no, a la hora de adoptar esta decisión, más allá de cualquier visión conspiranoica que a más de un analista se le ocurrirá también esgrimir), no es cosa sencilla, desde luego que no.

Eso sí: más allá de la convicción algo intuitiva de la existencia de tales valores, yo me considero absolutamente incapaz de juzgar o analizar con rigor la trayectoria política de Rodríguez Ibarra, más allá de lo que se pueda concluir acerca de sus (muy sonadas) comparecencias y opiniones públicas y publicadas sobre algunos temas muy específicos de la actualidad nacional, que le otorgaron una proyección muy superior en alcance y ámbito territorial al que su estricto ejercicio de gestión política le podrían haber conferido en buena lógica.

Extremadura es un territorio con una escasísima proyección en los medios a nivel nacional, lo cual se traduce en una tremenda ignorancia acerca de su realidad social, económica, política y de cualquier otra índole. Ésa es una realidad difícilmente rebatible; y hablo desde un territorio muy cercano geográficamente al extremeño, como es el andaluz; pero, en el ámbito de los medios, las cosas son como son. En consecuencia, sería un ejercicio temerario, y bastante poco honesto, el de entrar en valoraciones sobre los resultados de la gestión de Rodríguez Ibarra en sus veinticuatro años de gobierno, cuando poco se sabe acerca de los mismos.

Pero a Rodríguez Ibarra no se le va a juzgar, no se le está juzgando, por su gestión política, entendida en términos de acción específica sobre su ámbito competencial propio. No, no, no... A Rodríguez Ibarra se le va a juzgar, se le está juzgando, por aquello que ha hecho de él un personaje relevante y conocido, que son sus declaraciones públicas, siempre bastante a contracorriente del tono y contenido habituales de los discursos políticos convencionales y siempre aptas para generar desplazamientos hacia un territorio en el que siempre ha demostrado encontrarse particularmente cómodo –y encantado de haberse conocido-, el de la polémica. Sus diatribas antinacionalistas y su defensa a ultranza de determinados personajes muy relevantes en la vida interna del Partido Socialista (e, incluso, en un momento dado, de la política nacional española) han hecho de él genio y figura, y, curiosamente, adalid de unas posturas fervientemente secundadas por un buen puñado de ciudadanos que, en cuanto a ubicación política y electoral, no se sitúa, precisamente, en posiciones cercanas (más bien, al contrario) a las de su etiqueta política oficial.

¿Audaz, valiente, franco, políticamente incorrecto? Bien, no seré yo quien niegue la posibilidad de adjudicar esos epítetos a los posicionamientos públicos de un personaje tan vehemente (y con un puntito histriónico indiscutible) como Rodríguez Ibarra. Pero, ojo, amigos lectores, no se llamen a engaño: él siempre ha medido perfectamente el alcance de lo que decía en cada lugar y en cada momento, y palabras que, en un determinado contexto, podían sonar a verdades como puños arrojados con toda sinceridad, y sin tapujos, en la cara del adversario –es decir, un ejercicio de arrojo y valentía-, tenían una dimensión de producto para consumo interno cuyos réditos electorales, a la vista ha quedado, han sido siempre cuantiosísimos.

Y es que ya la formuló muy bien el presidente Maragall, refiriéndose a otro ilustre prócer socialista (¿?) recientemente retirado de la vida política activa; rezaba aproximadamente tal que así: si los míos me votan porque son los míos y los que no son míos me votan porque pienso igual que ellos, pues me vota todo el mundo. Elemental, ¿no? Lo que no debe ser tan sencillo es hacerlo sin que se te vea el plumero. Más aún cuando lo llevas enseñando más de veinte años. Lo dicho: genio y figura... Feliz retiro, señor, se lo tiene bien ganado, supongo.

A salto de mata IX: ¿Casualidades?

Por Manuel Márquez - 7 de Agosto, 2006, 16:18, Categoría: A salto de mata

Creo en las casualidades: en su existencia y en su importancia. Lo que no creo es que sean siempre determinantes, y que, por tanto, sean las que rigen de manera absoluta, más allá del imperio de las relaciones causa-efecto, los acontecimientos que tejen el devenir de nuestras existencias, ya sea a nivel personal o colectivo.

Han coincidido, o casi, en fecha reciente, dos informaciones en los medios que, aparentemente inconexas, creo que dan una idea bastante exacta de un cierto estado de cosas en un cierto ámbito de la vida social española; concretamente, el de la justicia. Creo que su aparición casi coincidente sí es plenamente casual; pero la interrelación entre una y otra nos ofrece una muestra evidente de cómo se tejen y encadenan las relaciones causa-efecto entre acontecimientos cuya apariencia inicial invita a pensar que no guardan relación alguna entre sí.

La primera noticia, de bastante calado –y, en consecuencia, amplia y profusamente recogida por toda la prensa nacional-, , aunque una primera mirada invite a reducirla a un mero apunte estadístico, es la que nos da cuenta del estado actual de atasco del sistema judicial español, visto desde una perspectiva global: los casos pendientes de resolución ascienden a la nada desdeñable cifra de 2.000.000, aproximadamente. Bien; un análisis en profundidad nos podría dar argumentos, explicaciones, causas y motivos sobre tal circunstancia, pero, en principio, dejémoslo ahí. Un dato objetivo. Y punto.

La segunda noticia –o, más que noticia, información, ya que no da cuenta de un hecho concreto y actual, sino que se trata de un reportaje de corte más bien genérico-, recogida en la edición de ayer de un diario de tirada nacional, nos habla de los "milagrosos" casos de nacionalización de afamados "futboleros", cuyos expedientes, ya sean administrativos o judiciales, gozan de una rauda tramitación, gracias a la inestimable "ayuda" proporcionada por los responsables y funcionarios de turno que, sabiamente "estimulados" (entradas, pases de favor, autógrafos, camisetas, regalillos de ese tipo: ya saben, nada ilegal, pura filfa, detallitos sin mayior importancia...) por los representantes de los clubes afectados, saben lo que hay que hacer para que esos procedimientos, de vital importancia para el sano y correcto funcionamiento de los servicios básicos de nuestro país, no se vean afectados por la mortífera dolencia de la que daba cuenta la primera noticia.

O sea, que, conforme a lo que dicta la Constitución española, todos somos iguales ante la ley... ma non troppo.

O sea, que no nos engañemos, que es mucho más importante para la ciudadanía de este país (al menos, para aquella que bebe los vientos por el Real Madrid...) que Ronaldo pueda dejar una plaza libre de extranjero para su club en el supersónico plazo de once meses que la resolución de un proceso contencioso-administrativo que permita la ampliación de las plazas del colegio de mi barrio, por la cual llevamos suspirando varios años (por poner un ejemplo, hay 2.000.000 donde elegir, que nadie se me enfade...).

O sea, que nadie se va a rasgar las vestiduras, ni va a pensar que se trata de algo escandaloso... ya se sabe, esto es España, y quien tiene un amigo, tiene un tesoro, ¿no...?

En fin, ¿ven ahora por qué yo no creo, siempre, en las casualidades...?

A salto de mata VIII: amor de padre

Por Manuel Márquez - 24 de Julio, 2006, 18:56, Categoría: A salto de mata

Una imagen recurrente en todas las televisiones y periódicos, la del podio del Tour de Francia, finalizado ayer en París. Un podio que me llama poderosamente la atención, por la presencia en él, en contra de lo que suele ser habitual, de cuatro personas, en vez de tres: junto a los tres primeros clasificados en la general de la prueba ciclista, y tomado en brazos por su padre –Oscar-, Juan, Juan Pereiro. El crío que, algún día, y aun cuando no llegue a montar una bicicleta ni una sola vez a lo largo de toda su vida, podrá decir que él estuvo allí una vez, en el podio del Tour, aunque no pueda recordarlo, y que estuvo allí con su padre.

No conozco a Oscar Pereiro. La imagen que de él han transmitido los medios en los que tan recurrente ha sido su presencia a lo largo de la pasada semana, por mor de su maillot amarillo en el Tour, ha sido la de un chico extrovertido, simpático, fuerte y con mucha confianza en sí mismo. Y no es que no me la crea, o me inspire algún tipo de incredulidad, o recelo: es que ya es bien sabido que la imagen que trasnmiten los medios es mera y simplemente eso, una imagen: algo parcial, limitado, imposibilitado objetivamente para captar todos los matices y recovecos de aquello a lo que representa. Para poder hablar de él con fundamento, necesitaría más, mucho más; más datos, más elementos. Así que no hablaré de Oscar Pereiro.

Pero sí lo haré de algo puntual, algo evidente, algo concreto: su gesto, ese tomar a su hijo en brazos sobre el podio de París. Puede parecer algo obvio, lógico, natural; probablemente, así sea. De todos modos, compartir el mayor momento de gloria personal con un hijo es algo que no está al alcance de todos: suelen mandar circunstancias que no se controlan y que lo hacen imposible, inviable. Y, más allá de eso, incluso para aquellos a cuyo alcance está, no siempre es algo habitual, frecuente: supongo que priman otras consideraciones, otros enfoques, otras maneras de ver las cosas. En cualquier caso, ese gesto de Oscar Pereiro me parece hermoso, inmensamente hermoso. Y su hijo no podrá recordarlo, pero él sí podrá hacerlo: siempre, durante todo el resto de su vida, podrá recordar, y decir, qué él estuvo allí una vez, en el podio del Tour, y que estuvo allí con su hijo. Qué suerte. Qué envidia. Felicidades...

A salto de mata VII: Ciudadano Ratzinger

Por Manuel Márquez - 11 de Julio, 2006, 21:06, Categoría: A salto de mata

Ha pasado por España recientemente –por Valencia, para ser más concretos-, con el fasto y boato que le son propios y consustanciales a su condición de máximo mandatario de una institución que se predica como abanderada de la pobreza y la sencillez en el mundo –ya saben, lo de la Iglesia y la coherencia siempre fue un matrimonio de esos que ellos mismos gustan de calificar como "raritos", o "contra natura", y de coyunda bastante incierta, por lo inhabitual...-, el ciudadano alemán Joseph Ratzinger, también conocido por su alias –mucho más mediático, ciertamente- de Benedicto XVI. Me merece todo el respeto del mundo: tanto como el fontanero somalí Filomene Soyinga, como el abogado turco Ismail Ardayan, o como el camarero de Logroño (España), Antonio Pérez; como cualquier ser humano que haya sobre la faz de la tierra, por su condición de tal, única y exclusivamente. Ni más, ni menos.

¿Representante? No es una cuestión de negarle o restarle legitimidades: de ese tipo de ejercicios, aun cuando sea con otros destinatarios, ya se encarga, con dudosa fortuna, el ínclito don Mariano (Rajoy, por más señas). Pero, en cuanto a la representatividad, es lo chungo que tiene esto de las convicciones democráticas: a los que no sólo las tenemos –me consta que también las tienen millones y millones de católicos-, sino que entendemos que han de tener vigencia práctica en cualquier empeño que aúne libremente a un colectivo de personas –y esto segundo ya me parece que no lo tienen tan claro los seguidores católicos más fervientes-, nos resulta palmario que ésa sólo la puede otorgar un sistema electivo que establezca un vínculo lógico y coherente, articulado a través de un adecuado sistema de manifestación de voluntad al respecto, entre representados y representante. En el caso de este señor, elegido por una curia compuesta por poco más de doscientos señores –a los que tampoco ha elegido democráticamente nadie- entre una grey de cientos de millones de personas (según propia confesión: los datos no son míos, son suyos...), está claro que podremos hablar de muchos otros conceptos –importancia, relevancia, referencia-: de representación, lisa y llanamente, no.

¿Un referente para millones de católicos de todo el mundo? Probablemente, no seré yo quien lo discuta. Tampoco creo yo que haya mucha gente dispuesta a rebatirme un hecho tan incontrovertible como el de que comparte tal condición de referente con Ronaldinho, Nicole Kidman o Julio Iglesias. Es lo chungo que tiene esto de la preponderancia casi exclusiva de lo mediático: termina metiendo en el mismo saco frutas de muy diferente color, textura y sabor. Y a quien pudiera, con buen criterio y mejor voluntad, esgrimirme que, en el caso del papa romano, su condición de referente abarca, o se extiende, a ámbitos que los otros tres personajes nombrados no alcanzan ni pueden alcanzar, le pediría, humildemente, que sometiera ese aserto a la "prueba del sábado noche". Es muy sencilla de realizar: se trata de verificar, calculadora en mano, cuántos de esos millones de sus seguidores dedican un sábado noche a: a) ver un partido de fútbol en el que juegue Ronaldinho; b) ver una película protagonizada por Nicole Kidman; c) escuchar un disco de Julio Iglesias; y d) leer las últimas obras del señor Ratzinger. Y, con los números en la mano, hablamos: que obras son amores, y bla, bla, bla... (la frase también es de ellos, no mía). Ah, por supuesto, no le pediré a mi contertulio que cuente, también calculadora en mano –y aguantando el sudor frío...-, cuántos de esos millones de seguidores dedican el mismo sábado noche a actividades tan placenteras como poco caras a la jerarquía eclesiástica: afortunadamente, muchos más que los que se dedican a las cuatro antes nombradas. Y mejor para ellos, naturalmente.

En cualquier caso, ya les insisto, amigos lectores: respeto; ante todo, mucho respeto, y, a ser posible, mutuo (esto, más que la expresión de un deseo, es una humilde petición, que reitero por lo poco atendida que me la suelo encontrar). Y los unos, a lo de unos; y los otros, a lo de otros; y todos contentos, que cada cual es muy libre. Mejor así, supongo.

A salto de mata VI: C'est fini (o se acabó lo que se daba...)

Por Manuel Márquez - 2 de Julio, 2006, 18:01, Categoría: A salto de mata

En ciertas situaciones, ante ciertos temas, quizá resulta conveniente esperar a que las marejadas mediáticas vayan remitiendo antes de lanzarse a emitir la opinión propia sobre el evento o circunstancia en cuestión: en el fragor batiburrillero, lo normal es que una humilde y tímida vocecita no llegue siquiera a oírse, menos aún a escucharse. Y no, amigos lectores, no se trata de una postura ventajista, basada en la pretensión de aprovecharse, fagocitándolas, de las toneladas de tinta (y cibertinta) vertidas con anterioridad sobre el asunto de marras, aunque tampoco cabe descartar que, a base de las numerosas lecturas de opiniones ajenas, algo termine filtrándose de las mismas en la formación y formulación de la propia; es algo mucho más sencillo: es el lujo del bloguero desahogado, que no tiene por qué tener prisa alguna en escribir sobre un tema en concreto, porque la actualidad y su blog son dos elementos de muy incierta –y, a lo sumo, circunstancial- ligazón (si es que existiera, que lo dudo). Así pues, pasados ya unos días, y con toda la calma del mundo, hablemos del enésimo fracaso de la selección española del fútbol, su eliminación en los octavos de final del Mundial de Alemania.

¿Fracaso? El fracaso es un concepto siempre relativo, se fracasa en función de una expectativa previa, de unos objetivos predeterminados cuya no obtención es la que determina, precisamente, su surgimiento. Y si hablamos de unos objetivos previamente señalados, supongo que todos podemos convenir en que, para que éstos sean realistas y, por tanto, dignos de ser entendidos como tales, han de estar fundados en una serie de premisas lógicas, razonables y coherentes, en función de un conjunto de circunstancias que, a tal efecto, se toman en consideración. Si yo proclamo a los cuatro vientos que el próximo año tengo previsto alcanzar una marca personal de 9"50 metros en la prueba atlética de salto de longitud, lo que estoy formulando no es un objetivo, sino un disparate, una memez, porque no existe fundamento lógico alguno sobre el que pueda basar esa pretensión (que, además, y como decía el torero aquel, no puede ser porque no puede ser, y, además, es imposible...).

Desde esa perspectiva, ¿cuál era el objetivo de la selección española en los Mundiales (ojo, me refiero al objetivo que cabía formular bajo las premisas arriba apuntadas, no ese globo que ciertos medios de comunicación, que han hecho de la participación española en el Mundial una referencia omnipresente –por obvios intereses comerciales, dado que se trataba de su producto estrella para esta temporada-, han hinchado hasta extremos que causaban vergüenza, tanto propia como ajena)?. Pues, posiblemente, el alcanzar el escalón que, finalmente, se ha alcanzado. ¿O es que los precedentes –más bien ruinosos- de campeonatos anteriores, o la marcha –más bien penosa- del equipo en la fase de clasificación, o el juego –más bien pobre- exhibido en los partidos preparatorios, invitaban a pensar en otra cosa? No me hablen de la primera fase; rivales como Ucrania, Túnez o Arabia Saudí no son, precisamente, los más adecuados para medir las posibilidades reales de un equipo que ha de afrontar las fases eliminatorias; no tanto por el potencial que pueden exhibir los equipos contrarios que alcanzan las mismas (que también), sino por la misma naturaleza y enfoque de dichas fases, en la que, sin margen para el error, sólo sobreviven aquellos que tienen claro que, puestos en la tesitura del morir o matar –futbolísticamente hablando, por supuesto-, hay que matar. La selección española ya ha demostrado sobradamente que, puesta en tal tesitura, da igual se apele al músculo (como tradicionalmente se hizo) o al cerebro (como parece haberse hecho en este campeonato), como en Sevilla: hay que morir. Y se muere. Y a casa. Y punto. Y final.

Visto así, no hay fracaso. Y, si no hay fracaso, no hay problema. Y, si no hay problema, no existe la necesidad de plantearse la búsqueda de soluciones. ¿O sí? Porque si de lo que hablamos no es de objetivos –aquello que se pretende bajo un fundamento lógico-, sino de aspiraciones –aquello que se desea, que se quiere conseguir-, es posible que las de la selección española sí sean más elevadas. Y para alcanzarlas, habida cuenta que la situación, a estas alturas, parece requerir más propiamente de un genio del diván futbolero que de la batuta de un sabio conocedor experto en la aplicación de determinados principios tácticos o técnicos, ¿no sería ya hora de despojarse de determinados prejuicios nacionalistas, y apelar a la capacidad acreditada de profesionales de allende nuestras fronteras que ya hayan demostrado, con triunfos y títulos en la alta competición, su valía al respecto? No podemos cubrir el plantel de jugadores con argentinos, alemanes, italianos o brasileños –que parecen disponer de un gen competitivo que aquí, en España, y salvo para jugar a los chinos, a la "pleisteishon", o negociar sus brutales percepciones económicas, los futbolistas debieron perder en los tiempos de Atapuerca, más o menos...-, pero sí podemos contar con un técnico de alguna de esas nacionalidades. Ahí está el ejemplo de Scolari, en Portugal: no parece que les vaya nada mal, más bien todo lo contrario. E, insisto, no creo que nadie deba rasgarse las vestiduras –porque, afortunadamente, no pasa nada, nada en absoluto-, cuando, domingo sí, domingo también, encontrar a más de tres ó cuatro jugadores nacidos en España en la alineación de los principales equipos de nuestra Liga ha llegado a convertirse en algo casi anecdótico.

Muchas otras cuestiones colaterales, y en cuyos recovecos me gustaría extenderme con disquisiciones mil, se van a quedar en el cibertintero –no sé si destinadas a ser rescatadas en ulterior momento, o condenadas a que sean otros los que sobre ellas opinen más extensamente (por fortuna, posiblemente...)-, despachadas con un mero apunte. O dos. El primero, la constatación de que hemos vivido el enésimo episodio de utilización política del fútbol, herramienta distractiva, en el más puro (y rancio) estilo franquista, en una demostración evidente de que la derecha y las oligarquías, con la imprescindible colaboración de una izquierda nominal exquisitamente educada, siguen gobernando este país (nunca han dejado de hacerlo, hasta la fecha...) –no es un fenómeno exclusivo de España, desde luego: veo los fastos franceses tras su victoria del pasado martes (y los datos de audiencia televisiva), y no me llega la camisa al cuerpo...-. Y el segundo, la preocupación que me genera el comprobar cómo se siguen reproduciendo, con el silencio vergonzante de medios supuestamente progresistas (a ver quién es el guapo que jode la fiesta, con lo que ha costado montarla...), pautas de comportamiento racistas y fascistas camufladas bajo supuestas exaltaciones patrioteras: no son ni mayoritarias ni, como en el caso del fenómeno anterior, exclusivas de nuestro país, pero mirar hacia arriba y silbar no creo que sea la política más adecuada. ¿O es que nos da miedo pensar que, en el fondo, podemos compartir algo más que la mera condición humana con ese hatajo de descerebrados que, bajo la "coartada-masa" del fútbol, se dedica a dar rienda suelta a sus instintos más cafres y deleznables? Quisiera pensar que no, y que, visto lo visto, en volumen y extensión geográfica –incluso para las excepciones: tampoco debe ser casual que uno de los pocos pueblos en que no termina de calar masivamente, sea el mismo que vota mayoritariamente a un señor como George Bush...-, lo de la pasión futbolera es, definitiva y felizmente, otra cosa, basada en un divertimento, un juego. Eso, otra cosa....

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