Medios

Ni desesperadas, ni al borde de un ataque de nervios: simplemente... Mujeres

Por Manuel Márquez - 31 de Octubre, 2006, 20:19, Categoría: Medios

Dado el aluvión de series que puebla las parrillas de programación de las diversas cadenas televisivas, tanto generalistas como temáticas, suelo ser bastante cauto a la hora de hacer probaturas con cualquiera de ellas: a decir de los entendidos (permitan, amigos lectores, que este humilde escribiente sea, a título personal, bastante más escéptico sobre el particular), su nivel de calidad general, o promediado, ha subido de tal manera que se hace difícil no resultar víctima de un enganchón fulminante con cualquiera de ellas, y bien sabido es –debe ser el signo de estos tiempos convulsos y acelerados- que no anda el horno de la disponibilidad temporal para tales dispendios. Si malamente saca uno un huequecito para ver una película de vez en cuando, abonarse -a piñón fijo- a una serie de emisión más o menos regular, y más o menos frecuente, puede convertirse, desde esa perspectiva, en una especie de pequeña tragedia cotidiana (puestos a exagerar y decir barbaridades, naturalmente).

De ese modo, fue totalmente casual el hecho de que, hace unas semanas (cuatro, si mal no recuerdo), empezara a ver, ya iniciado, el capítulo que la 2 de Televisión Española emitía en ese momento de la serie Mujeres. Y... touché: en pocos minutos, había pasado a convertirme en un integrante más de la fiel cohorte de seguidores (desconozco si muy o poco numerosa aunque está claro que la cadena en la que se emite tiene unos índices de audiencia bastante bajos, y ésa es una circunstancia que, sin duda, pesará, y mucho, a este respecto) de un universo poblado por un conjunto de mujeres que, sin vivir en Whisteria Lane ni estar más desesperadas de lo que cualquiera de sus congéneres podría llegar a estarlo (en una tesitura similar), se nos hacen, cada noche de lunes, cercanas, tiernas, entrañables; o, como decía el bardo, por lo menos queribles, amables...

Félix Sabroso y Dunia Ayaso, un tándem que ya ha demostrado una mano más que hábil en la creación de comedias sencillas, ligeras y plenas de ingenio (o sea, ésas que son tan fáciles de disfrutar como difíciles de hacer...) en el formato largo cinematográfico, han sido capaces de poner en pie y dar vida –con la ayuda, ciertamente impagable, de un elenco de actrices que no se puede calificar más que de excelente- a un entramado dramático en el que la naturalidad y cotidianidad de las situaciones –ésas que todos podemos identificar sin demasiado esfuerzo; cercanas, familiares (sin que, por ello, carezcan de efectividad narrativa)-, el equilibrio –exquisito- en el peso de las tramas y personajes, y la frescura y espontaneidad de sus diálogos –y ahí es donde el cuadro de intérpretes pone toda la carne en el asador: me niego a citar particularmente a ninguna de ellas, porque supondría no hacer justicia con el resto- consiguen un resultado final que brilla muy por encima de sus pretensiones.

Productos televisivos de este corte son los que reconcilian a un telespectador embrutecido por su sometimiento habitual a una auténtica andanada de banalidades y porquerías, con el gusto por la obra tan sencilla como bien hecha. Para ustedes, amigos lectores, mi más encarecida recomendación (valga la redundancia: no creo que fuera muy necesario explicitarla, pero me curo en salud...). Y para ellos y ellas, sus creadores y ejecutores, mi felicitación y mi agradecimiento: los martes por la mañana llego al trabajo algo más cansado, pero pienso, sinceramente, que mereció la pena...

NOTA: talento y generosidad son atributos que no siempre van de la mano, pero, en esta ocasión, sí. La simpatiquísima foto con la que, pese a los numerosos problemas que vengo teniendo en los últimos días para "pinchar" imágenes en el blog, tengo ocasión de ilustrar este artículo, se muestra con la autorización, y por cortesía, de Félix Sabroso y Dunia Ayaso.De corazón, muchas gracias.

Cuatro: del dicho al hecho...

Por Manuel Márquez - 11 de Octubre, 2006, 21:06, Categoría: Medios

La valoración de cualquier empeño personal, ya sea individual o colectivo, en función de las proclamas o declaraciones de sus responsables suele constituir, en la mayoría de las ocasiones, bien un acto de injusticia,bien de ignorancia, en la medida en que soslaya una constante tan humana como es la de la (más o menos amplia) distancia que suele mediar entre tales efusiones verbales y las realidades que, supuestamente, reflejan. Hay ocasiones en que la distancia, por lo reducida, casi justifica que no se hagan reproches al respecto, y que, en último extremo, demos por buenas las argumentaciones de su emisor. Pero hay otras en que esa distancia es tan abismal que ni la más potente de las collejas sería castigo suficiente para el mentirosillo de turno: en el caso de los responsables de Cuatro, una poderosa manta de palos seguiría quedándose corta...

El nacimiento de Cuatro, allá por el mes de noviembre del pasado año, vino envuelto en una campaña publicitaria cuyos mensajes de fondo pretendían subrayar el que, se supone, habría de ser rasgo distintivo de la cadena. Llamémosle, por ejemplo, estilo. Cuatro no iba a luchar por las audiencias masivas (empeño en el que dejaría que se siguieran despedazando a dentellada limpia aquellos que ya venían haciéndolo hasta la fecha, es decir, el resto de cadenas generalistas), sino que iba a hacer una televisión diferente, alejada de todo lo zafio y soez que, en ese momento, y desde hacía algunos años, se enseñoreaba del panorama catódico. En Cuatro, naturalmente, sólo habría sitio para una programación de calidad, con lustre, enfocada a un público preferentemente urbano, joven y culto, y, si en base a ella, el nicho de mercado no llegaba a alcanzar un volumen muy alto, no había mayor problema. Se trataba de buscar la calidad, y no la cantidad.

La cuestión es que la parrilla de programación empezó haciendo honor a tal declaración de intenciones, con un especial énfasis en unos servicios informativos tremendamente potentes y un abanico de series variado y contrastado, que venían a constituir los dos pilares básicos sobre los que se configuraba la oferta televisiva. Y así arrancó el invento: francamente bien, todo hay que decirlo, y con unas perspectivas ilusionantemente prometedoras. Pero ya conocen, amigos lectores, aquel refrán que reza aquello de que lo bueno, si breve, dos veces bueno: en la mente de los responsables de la cadena debió instalarse tal aserto en calidad de axioma incontrovertible, y, efectivamente, lo bueno duró poco. ¿Poco? No, poquísimo. El tiempo justo para constatar que incidir en una serie de líneas de programación y contenidos más acordes con los gustos imperantes rendía frutos inmediatos en forma de crecimiento de los índices de audiencia. Y ése fue el camino emprendido, hasta la fecha, en que, con la incorporación reciente (hace sólo una semana) del programa matinal de Concha García Campoy, es posible que podamos dar ya por cerrado el proceso de homogeneización y estandarización sufrido por el canal televisivo generalista y en abierto del grupo Prisa.

La parrilla de programación actual de Cuatro se parece bastante poco (prácticamente, nada) a aquella con la que la cadena arrancó sus emisiones, y sí es perfectamente asimilable a la de cualquiera otra de las cadenas generalistas: formatos similares en todas las franjas horarias, contenidos en línea con lo habitual en todas ellas (con especial dedicación al mundo de eso que viene en llamarse corazón –sic-) y otorgamiento del máximo protagonismo (hasta el punto de convertirlos en sus auténticos "buques insignia") a los programas de telerrealidad –sic-. En consonancia, los índices de audiencia empiezan a abandonar los ratios por debajo del 5 %, habituales hasta hace poco tiempo, para ir rascando, paulatinamente, cifras más cercanas al 7 % (más que estimable subida, sobre todo si se tiene en cuenta la velocidad con que la fragmentación de audiencias está haciendo mella en los grandes índices de las cadenas "mayores").

¿Qué es, pues, lo que no cambia? El discurso, obviamente. La dirigencia de Cuatro, en pleno, sigue proclamando a los cuatro vientos su condición de cadena de televisión "diferente". Y, qué quieren que les diga, amigos lectores, no cuela. No voy a negar que los programas punteros (magacines, concursos de telerrealidad y similares) de Cuatro procuran huir del encanallamiento brutal en que la mayoría de programas de tales formatos de otras cadenas se instalaron hace ya años, y que hay ciertos límites que, en base a unas determinadas convicciones periodísticas, no se llegan a traspasar, afortunadamente. Pero es difícil, muy difícil, conseguir que los formatos no terminen "contaminando", de alguna manera, los contenidos: se trata de un proceso inoculatorio de percepción muy tenue, casi imperceptible, pero imparable. Y, más allá de que me resulte más hermosa y estimulante la melena leonística de Vicky Martín Berrocal que las relucientes calvas de los infames hermanos Matamoros, sospecho que, a poco que se rasca, no se encuentra mucho más debajo de la una que de las otras. ¿Conclusión? Que con queso, a los ratones. Y aún dirán que es el doctor House el que tiene la cara muy dura....

Todo tiene un límite

Por Manuel Márquez - 26 de Septiembre, 2006, 16:57, Categoría: Medios

Hoy comienza la emisión, en la primera cadena de Televisión Española, y en horario estelar (diez de la noche: un horario muy apropiado para el público infantil, por cierto...) de un nuevo programa de eso que viene denominándose "telerrealidad" [sic] (¿...? no entiendo cómo se puede otorgar tal denominación a algo que, si por ciertos rasgos básicos se caracteriza, son los de la artificiosidad, elaboración y manipulación; misterios de las modas lingüísticas, supongo): El primero de la clase, un concurso-espectáculo que, en la línea de experiencias como las de OT y similares, reunirá a ocho escolares de 5º de Primaria que, por un lado, competirán por alcanzar un preciado galardón económico (48.000 euros en concepto de beca de estudios diferida a lo largo de varios años) y, por el otro, habrán de procurar enganchar a un segmento de la audiencia televisiva suficientemente amplio como para justificar la continuidad del programa a lo largo de las semanas inicialmente previstas, de forma que no les termine pasando como a tantos y tantos programas les viene sucediendo últimamente –para esto último, contarán con la inestimable ayuda y colaboración de destacados personajes del mundo de la cultura, todos ellos intelectuales y pensadores de renombre y con un enorme prestigio en los ámbitos académicos y universitarios de todo el mundo: Milene Domingues, Arancha de Benito, Fernando Romay; en fin, creo que sobran mayores comentarios...-.

Personalmente, no siento el más mínimo interés por los programas de este corte y género, tan en boga y exitoso en estos últimos años. Y sobre sus supuestas calidades, o faltas de las mismas, así como sobre hasta qué punto cabe considerarlos, o no, exponentes de eso otro que se suele denominar "telebasura", no me voy a pronunciar, porque me faltan elementos de juicio y tampoco es una cuestión que me despierte excesivo entusiasmo. Es evidente que ahí están, con toda su pujanza y poderío, y, por otro lado, nada tengo que objetar a la cosificación a que se quieran ver sometidos (sus pingües beneficios esperan obtener a cambio de ello, también es obvio y evidente...) las personas adultas, MAYORES DE EDAD, que entran en su dinámica de funcionamiento participando, como protagonistas más o menos destacados, en ellos: es su libre voluntad, y cada cual, sin causar daño a otros, está en su derecho de hacer lo que le plazca.

Pero todo tiene un límite, cómo no. Y, en este caso, estamos hablando de niños, MENORES DE EDAD. Y en una televisión pública, sostenida con fondos a cuya obtención contribuimos todos los españolitos de a pie (los de limusina y palco, ya se sabe, se lo suelen montar de otra manera...). No estoy dispuesto a entrar en consideraciones acerca de los contenidos del programa (en principio, supuestamente "culturales"), así como sobre su línea y enfoque, y los posibles mecanismos que, para garantizar la integridad de los derechos de los menores participantes, se puedan articular –me consta que ya hay instancias políticas y administrativas (a las cuales el interés de los menores se la trae absolutamente al fresco, pero, ya se sabe, es la guerra, todo es munición...) moviéndose en ese terreno-; tampoco me vale el argumento de que se trata de participantes voluntarios, que cuentan, además, con la autorización y conformidad de sus progenitores. Me parece, tanto por una circunstancia como por la otra, lisa y llanamente, inadmisible.

Se supone que existe un consenso social básico, en toda sociedad próspera y avanzada (cual es el caso de la nuestra, creo), acerca de que determinados colectivos, en función de sus circunstancias (de edad, salud, posición socioeconómica, carácter minoritario, etc...), han de ser particularmente protegidos. Uno de esos colectivos es el de la infancia; y su protección no habría de limitarse a aquellas situaciones de riesgo que, por lo evidente o lo brutal de su percepción, son obvias. No basta con tomar medidas, penales o administrativas, contra la violencia familiar y escolar, o de protección de su integridad sexual, a través de la tipificación de cualquier conducta que pueda ser lesiva para la misma. Y tampoco es que pretenda comparar la importancia o gravedad de unas conductas o situaciones con las de otras. Pero creo que resulta evidente para cualquier mente medianamente lúcida, y sin necesidad de sesudos estudios psicológicos sobre el particular, que el sometimiento de unos críos de entre nueve y once años a la presión que conlleva un concurso televisivo, sea del formato que sea, pero más si es de este corte (prolongado en el tiempo y con un componente de espectacularización muy alto), no debe ser lo más sano ni procedente para su estabilidad emocional y su adecuado desarrollo educativo.

Tampoco me gustaría pecar de mojigatería ni de excesiva sacralización de una infancia a la que tampoco hay por qué recluir en ninguna suerte de búrbuja con la cual quede absolutamente aislada de su entorno social más próximo; pero creo, humildemente, que todo tiene un límite, y este proyecto televisivo no sólo lo sobrepasa, sino que, además, va muchísimos pueblos más allá del mismo. ¿Qué hubieran dicho Carmen Caffarel y los miembros del Consejo de Dirección de RTVE si este proyecto –esta especie de Ankawa, en el que a alguna lumbrera se le ha ocurrido la genialidad de sustituir monos, loros y serpientes por niños; total, ya puestos...- hubiera surgido auspiciado por una cadena privada de televisión? Pues eso, señores, un poquito de seriedad y de coherencia, que nunca están de más para aliñar cualquier ensalada.

Cosas de esas que no entiendo

Por Manuel Márquez - 8 de Agosto, 2006, 17:00, Categoría: Medios

Nada más lejos de mi ánimo e intención que el pretender introducirme en las profundidades y espesuras de los caminos por los que transita, con mucho mayor y mejor conocimiento de causa que el de este humilde escribiente, mi compañera en estas lides blogueras , Sonia Blanco (no en balde, su tesis doctoral, y buena parte de su dedicación universitaria, investigadora y docente, en materia de medios de comunicación, se centra, de manera concreta, en los procesos de espectacularización de la información en éstos); pero hay ocasiones en que ciertas imágenes le provocan a uno (de natural, por lo general, bastante poco sensible) una serie de reacciones en cadena, cuyo final lógico (en el contexto de que uno, al fin y al cabo, tiene una querencia bastante pronunciada por darle a la tecla) es éste: una reflexión, negro sobre blanco, y, destacadas entre muchas otras, un par de preguntas. ¿Por qué? ¿Para qué?

Trátase de lo siguiente. Hace unos días, un informativo de una cadena generalista, edición de mediodía, emitía unos imágenes relacionadas con un desastre meteorológico ocurrido en México, que causaba una serie de inundaciones con el resultado de cuantiosos daños tanto materiales como humanos: entre estos últimos, numerosas personas desaparecidas y fallecidas, entre las cuales se encontraba un niño de corta edad, cuyo cuerpo sin vida, cubierto de fango, desmadejado y envuelto en una frazada, era llevado en brazos por un adulto. Y ahí estaba su imagen: sin previo aviso, brutal, estremecedora... Primero, fue el horror, el espanto; después, la estupefacción, el desconcierto; y, finalmente, la indignación, o, para que ustedes me entiendan bien, un cabreo de órdago. El mismo que me ha empujado, definitivamente, a escribir estas líneas.

No se equivoquen, amigos lectores. No soy de los que cambian de canal cuando aparecen imágenes de guerras, matanzas, masacres y cualesquiera otros desmanes, naturales o no tanto, a los que tan dados somos los componenentes de esta curiosa especie humana. Tampoco me regodeo morbosamente en su contemplación, pero siempre me he considerado, con fundamento, eso que comúnmente se suele denominar ?un tío con mucho estómago?, al menos en lo relativo a imágenes televisivas ?otro cantar sería encontrarse con esas visiones ?en vivo y en directo?: afortunadamente, jamás me ví en tal tesitura, pero dudo mucho que mi cuajo y resistencia dieran de sí para muchos alardes-.

Por otro lado, siempre he sido contrario a cualquier tipo de censura, fuera en base al criterio que fuera (ya moral, ya ético, ya estético), sobre este tipo de imágenes: si algo pasaba, bien estaba mostrarlo tal cual sucedía, sin ningún tipo de retoque, aditamento o manipulación. Nunca está de más saber de qué pasta estamos hechos, y, si se quiere sensibilizar acerca de cierto tipo de horrores, no son tapujos y ocultaciones los medios más adecuados para conseguirlo.

Pero, qué quieren que les cuente; no sé si será la edad (uno ha pasado ya la barrera de los cuarenta: sí, cierto, no pasa nada, pero...) o la circunstancia personal (algo ?más bien, mucho- debe pesar el ser padre de un crío de corta edad, que aún no ha cumplido los cuatro añitos): la cuestión es que no fui capaz de soportar con entereza el visionado de esas imágenes, me derrumbé. Y, en cualquier caso, más allá de eso ?de hecho, es algo que aún a estas alturas me sigue rondando la cabeza-, no alcanzo a entender su necesidad, su conveniencia o su interés, desde el punto de vista informativo (que, al fin y al cabo, es del tipo de material del que estamos hablando). ¿Era necesario mostrar el hecho ?tan tremendo, tan descarnado- para dar cuenta de su acaecimiento? ¿Ayudaba esa imagen a algo, a alguien; hacía algún bien, algún beneficio, en general o en concreto? ¿Qué consiguió con ella el que la tomó, el que la mostró, el que la vió? Muchas preguntas para las que no encuentro respuesta, y es posible que casi prefiera no encontrarla. Miedo me da.

Hoy, en contra de lo que suele ser habitual en este blog, no habrá imágenes acompañando a un artículo. En su lugar, las dos preguntas: ¿por qué? ¿para qué?

¿"Publiseries"?

Por Manuel Márquez - 25 de Abril, 2006, 20:00, Categoría: Medios

Tenía ocasión de leer, hace sólo unos días, una breve reseña periodística acerca del II Foro Profesional del Anunciante, en la cual se daba cuenta de cómo personas vinculadas tanto a ese mundo (el de la publicidad) como al de su "primo hermano" (la televisión), ponían de manifiesto su coincidencia en la necesidad, ante la fuerte pérdida de eficacia de los mensajes publicitarios en un contexto televisivo cada vez más saturado, de una mayor implicación de los anunciantes "en la elaboración de los guiones de las series de televisión". Tras una primera reacción a caballo entre la estupefacción y el escándalo, he tenido ocasión de reflexionar largamente acerca de tal aserto, y créanme, amigos lectores, soy incapaz de sacar conclusión alguna (clara) al respecto: a lo sumo, vislumbro algunos destellos, y de ellos les voy a dar cuenta en las líneas subsiguientes.

Un destello de reacción visceral en defensa de una (supuesta) pureza de la creación artística: si admitimos, en principio, la posibilidad de que una obra de ficción quede condicionada por un elemento que no sea la pura voluntad creadora de su autor (o autores), ¿qué queda de producto artístico-cultural en ella? ¿hasta dónde la "contaminación" de que quedaría impregnada –teniendo en cuenta que no hablaríamos de influencias vagas y difusas (que han de existir necesariamente en una obra que no se crea en un contexto "de laboratorio", sino en un mundo real que la circunda y condiciona), sino de inserciones puras y duras- no la anularía como tal, convirtiéndola en un mero vehículo publicitario más? Y, ojo, no planteo la cuestión en términos de calidades, dado que, entrando en tal línea argumentativa, terminaría topándome con mi firme convencimiento de que una de las áreas de creación audiovisual más fuertemente creativa (si no la que más, hasta alcanzar, a veces, niveles de auténtica excelencia) de estos últimos tiempos es, precisamente, la televisiva publicitaria. Vaya, que habría series de televisión en las que las "inserciones publicitarias", lejos de empeorarlas, conseguirían generar una mejora. Pero no son ésos los términos de la cuestión, claro está.

Un destello de aceptación (más o menos fatalista) de una realidad incuestionable: es la publicidad la que soporta económicamente el tinglado televisivo –al menos, en el momento presente: las opciones que se empiezan a vislumbrar por mor de la tecnología digital y la vía Internet aún están muy, muy verdes-, y resulta lógico que, si su inversión no obtiene resultados tangibles por las vías convencionales hasta ahora utilizadas (spots intercalados en la programación estándar, u otras fórmulas más o menos sofisticadas, en forma de esponsorizaciones, tiras animadas, etc...), busque la exploración de otras vías más contundentes (al menos, a priori). Y es posible que, incluso de esta forma, estuviéramos ante un planteamiento más claro y sincero que el que se suele dar actualmente, en el que los patrocinios encubiertos –vía exhibición "presuntamente casual" de productos, que se introducen en plano de forma casi subliminal- se han convertido en moneda tan común que ni siquiera nos llevamos las manos a la cabeza cuando nos los encontramos, tan ricamente, trufando aquí y allá secuencias y episodios. De esta forma, las cartas estarán boca arriba, y todos sabremos a qué atenernos.

Y un destello de apreciación de un cierto punto de contradicción amenazadora, que es el que aprecio cuando se habla, no sin bastante fundamento, de una elevación considerable en el nivel promedio de calidad de las series televisivas (hasta un punto en que empieza a considerarse que, posible y paradójicamente, se esté aplicando más talento cinematográfico en estos formatos que en el de las propias películas destinadas a la pantalla grande) sin que, en contrapartida, parezca que esa circunstancia pueda resultar suficiente como para "salvarlas" de las "fauces" del nuevo ogro, que, fagocitándolas, las devolvería a esa condición de mero producto televisivo al que un sometimiento excesivo a exigencia publicitarias las terminaría devolviendo.

Ya ven, amigos lectores, meros apuntes, simples observaciones a vuelapluma, y pocas certezas concluyentes (a los que siguen este blog de manera habitual, ya les resultará familiar esa falta de rotundidad y esa carencia de afirmaciones definitivas: las declaraciones con pretensiones canónicas y este humilde escribiente no formamos un duo muy bien avenido, no...). Si aspiro a alcanzar algunas, sólo podré conseguirlo con su ayuda. Les espero, pues...

La Sexta y el reparto del pastel (catódico)

Por Manuel Márquez - 18 de Abril, 2006, 20:26, Categoría: Medios

Con una denominación que más cercana parece a la del tradicional cómputo de títulos europeos del Real Madrid (ésta vendría a coincidir con la conquistada por el llamado "Madrid yeyé", año 1966) que a la de una cadena televisiva (aunque venga a guardar con éstas un inequívoco correlato enumerativo, además respetuoso con el tenor literal de los acontecimientos: se trata, efectivamente, de la sexta, de ámbito nacional y generalista, en abierto, que llega...), y con un doble señuelo, estructural (el de un elenco de profesionales y de entidades productoras de peso y renombre en el panorama audiovisual español) y coyuntural (los derechos de emisión televisiva en abierto del Mundial de fútbol de Alemania), de innegable potencia, surge esta nueva propuesta audiovisual, destinada, en principio, a no rellenar ningún hueco preexistente, ni proveer ninguna necesidad perentoria, ni dar cobertura a ninguna demanda de carácter extraordinario. Se trata, lisa y llanamente, de un cocodrilo más, con las fauces bien afiladas, dispuesto a dar sus buenas dentelladas en ese apetitoso pastel catódico en que las agencias de publicidad (se supone que atendiendo al reclamo de los consumidores –reales, en lo que atañe al continente, y presuntos, en lo que se refiere al contenido-) han convertido el cotarro televisivo.

La Sexta no aporta nada nuevo, ni en tono, ni en géneros, ni en contenidos: su propuesta es perfectamente homologable, y comparable, a la del resto de cadenas generalistas en cuyo ámbito convive (y compite), si exceptuamos su (grave) carencia de espacios informativos (una carencia que se verá corregida en el transcurso de los próximos meses, según las previsiones de la propia cadena), y dejamos de lado, dado que también se trata de algo meramente coyuntural, la circunstancia de que su cobertura (vía analógica) aún no abarca a todo el territorio nacional. En consecuencia, no estamos ante una oferta que pretenda ubicarse en ningún nicho específico de mercado, atendiendo a unas señas de identidad específicas y diferenciadoras; más bien al contrario, se trataría de un claro ejemplo del fenómeno "más de lo mismo", que únicamente aspiraría a encontrar su lugar bajo el sol a base de captar una parte suficientemente significativa de la actual audiencia de las cadenas preexistentes: tan significativa como para que sus ratios hagan llevar a los anunciantes un volumen de material publicitario suficiente para proporcionarles el deseado (y necesario, por cuestiones de mera supervivencia) umbral de rentabilidad.

Algo que no parece cuadrar con la declaración de intenciones de los dirigentes de este cadena, bastante en línea con la que meses atrás hicieran también los responsables de Cuatro, acerca de su escasa preocupación por obtener unos índices de audiencia parangonables con los de las cadenas de su mismo corte. ¿El argumento para tal despreocupación? El panorama, en un futuro inmediato, del espectro de consumidores televisivo aparece tan, tan fragmentado, que plantearse audiencias de dos dígitos, como las que alcanzan actualmente Antena 3, Telecinco o TVE-1, es algo sencillamente quimérico. Se tratará de apuntar a un segmento, o nicho, muy concreto de espectadores, darles lo que pidan, y tratar de mantenerlos fieles a la "marca" durante el mayor tiempo posible: ese mantenimiento proporcionará, en justa contrapartida, una estabilidad publicitaria (también basada en una especialización muy fuerte), que será la que haga viable el proyecto.

¿Están tan seguros de ello? No lo tengo yo tan claro, amigos lectores, y proclamas de ese tipo me suenan más al típico comentario corderil de quien no quiere levantar expectativas excesivas que a una voluntad cierta de manejarse en tales parámetros. Que no me lo creo, vaya, y que supongo que, llegado el momento, tras una etapa inicial de despegue, un periodo de gracia "asentatoria" que, como a toda gran cadena, habrá que concederle, la Sexta, como todas, irá a por eso mismo, a por todas, a por un pedazo de tarta tan grande como su boca y sus dientes le permitan.

Por otro lado, y si atendemos a la consistencia del argumento esgrimido, es probable que el mismo no carezca de algún fundamento, pero también es bien cierto que, desde otras situaciones y otros acontecimientos, nos llegan mensajes bien diferentes, muestras de unas pautas que apuntan a una dirección que poco tiene que ver con ese posible panorama de futuro. Sí, efectivamente, el zapeo no ha dejado de ser uno de los deportes más practicados en este país (y en los de su entorno cercano), pero, ¿qué pasa cuando una de las grandes megaestrellas de la comunicación televisiva de nuestro país –María Teresa Campos- cambia, a bombo y platillo, de cadena, pasando de Tele 5 (donde había convertido su programa de las mañanas en todo un referente) a Antena 3 (a la búsqueda de abandonar su sempiterna posición de segundón en ese tramo horario)? Pues que la gente no mueve un dedo. Ni real, ni metafórico. Puede más la fidelidad a la cadena, a la imagen de marca. Y las audiencias se asientan, no se desplazan.

Contradicciones, en fin, a la vista de quien no deja de ser, como es mi caso (y lo digo por si alguien, bien por ser recién llegado a estos ciberpagos, o bien porque su falta de agudeza o su exceso de cariño le habían impedido percibirlo aún) un simple aficionado a este fascinante mundo de los medios. Y las cosas, amén de las que veredes, que aún estarán por ver, amigos lectores. Seguiremos hablando de ellas.

Los simuladores: Superman tampoco vuela

Por Manuel Márquez - 4 de Abril, 2006, 19:53, Categoría: Medios

Intenso despliegue publicitario el que ha efectuado Cuatro, la cadena generalista del grupo Prisa, para el lanzamiento de su última entrega de ficción –además, y a diferencia de la que viene siendo línea habitual de la casa, de producción propia-, Los simuladores. Un formato importado de Argentina (de donde rescata también a uno de sus protagonistas, Federico d'Elia, que encarna el personaje de Santos, jefe del grupo), y que constituye una apuesta novedosa, sugerente, entretenida y con una premisa argumental poco frecuente por estos lares, en que la ficción seriada tiende a decantarse por la elección entre una dicotomía cerrada (drama-comedia) que deja muy poco margen para otros géneros y tonos narrativos.

La propuesta, después de la emisión de sus dos primeras entregas, apunta muy buenas maneras: los guiones son imaginativos y, con el ineludible margen fantasioso que una mínima concesión a la espectacularidad televisiva debe hacer, bastante consistentes; el ritmo narrativo es ágil; la realización, bastante cuidada;y el elenco interpretativo (tanto sus cuatro protagonistas –rostros nuevos y muy prometedores, que, sin duda alguna, darán bastante juego en el medio de aquí en adelante-, como los colaboradores puntuales en las historias de cada episodio –aquí no hay lugar para secundarios-), de una frescura y solvencia a la altura de las situaciones y personajes que tienen que desarrollar.

No se trata, desde luego, de un empeño fácil. El punto de partida argumental –la existencia de un grupo de cuatro hombres con rasgos de carácter y habilidades técnicas y emocionales totalmente diferentes, y complementarias, que aúnan sus capacidades al servicio de causas justas de todo tipo y pelaje- ofrece dos puntos de enganche inequívocos, como son la simpatía que genera su adhesión siempre al servicio del más débil (que nos sitúa siempre de parte de los "buenos") y la emoción por la incertidumbre de saber cómo serán capaces de dar salida a situaciones complicadas y, siempre, al borde del precipicio (que obliga a un ejercicio de imaginación afilada y siempre alerta). Evidentemente, la solidez y buen funcionamiento de ambos puntos ha de descansar en la construcción atinada de los guiones, y eso es algo que, hasta ahora, ofrece señales bastante positivas, aunque habrá que esperar a la evolución de los capítulos subsiguientes, para saber si el listón se mantiene, o no, en el mismo nivel.

También es muy importante, para dotar a la propuesta de solidez e interés, que la construcción de los personajes resulte atractiva, y, en ese aspecto, el trabajo también está siendo muy acertado. Los cuatro integrantes del equipo ofrecen puntos muy elementales de coincidencia (su condición de hombres jóvenes y con grandes dosis de templanza –en este sentido, creo que es un acierto no haber introducido, bajo el sometimiento a los dictámenes de lo políticamente correcto, a ninguna mujer como componente del equipo, aunque quizá sí que está de más algún detalle ligeramente misógino (parece ser que no pasará ningún capítulo sin que al personaje de Jota le llegue la partenaire de turno ofreciéndosele carnalmente de manera bastante voraz), y, más allá de eso, perfiles tanto físicos como psicológicos diferenciados, aunque también lo suficientemente difuminados como para hacer creíble su capacidad de adaptación a todo tipo de personajes y cuadros de situación. Otro acierto innegable y que, al igual que el anterior, habrá que ir siguiendo en su evolución para poder contrastar en qué medida se asienta y consolida o, por el contrario, empieza a generar síntomas de agotamiento.

En definitiva, un inicio prometedor y muchas expectativas que sólo los capitulos sucesivos podrán confirmar o defraudar. Aunque ya se llega a hablar de los puntos de contacto entre esta serie y un fim como Misión imposible, no me parece, a pesar de las concomitancias que, ciertamente, pueda haber, una comparación afortunada: aquí no hay tanta alharaca tecnológica (ni, consecuentemente, efecto especial) y todo se fía, mayormente, a las sutilezas y artes simulatorias de los protagonistas. Claro está, siempre hay algún punto que, como antes apuntaba, y dentro de un clima de verosimilitud bastante conseguido, chirría un poquito, porque se introduce con el pie un tanto forzado, pero, claro está, estamos en el terreno de la ficción, pese a lo cual siempre habrá alguien a quien los retruécanos y jugarretas de estos cuatro tipos les parezcan absolutamente inverosímiles: a mí, sinceramente, lo que me resulta auténticamente increíble es que al doctor House, con lo insoportablemente borde que es, no lo corran a garrotazos un capítulo sí, y otro también. Y, en última instancia, no lo olviden, amigos lectores: Superman tampoco vuela...

Arreglos cosméticos (o antes sencilla que muerta)

Por Manuel Márquez - 21 de Marzo, 2006, 20:41, Categoría: Medios

Fuerte presencia en los medios, durante estos ultimos días, quizá semanas, de noticias relativas al plan de reestructuración que la SEPI tiene previsto poner en marcha en Radio Televisión Española: la tele, la de toda la vida. Un ente público que, después de cuarenta años sin competencia catódica, se ve ahora, sometido al empuje múltiple de las privadas –por un lado-, las autonómicas y locales –por otro-, las de nuevo cuño tecnológico (cable, satélite, digital terrestre y demás virguerías) –en perspectiva presente- y las de inminente llegada (especialmente, esa televisión por Internet que promete acabar con toda la marabunta actualmente rugiente...) –en perspectiva de próximo futuro-, no sólo en una posición de clara desventaja en cuanto a seguimiento –ahí están las índices de audiencia para confirmarlo-, sino con un horizonte a la vista más que negro, negrísimo.

Se habla de reducciones de plantilla (sustanciales), de cierres de centros (significativos) y de ajustes (esa palabra mágica bajo la que esos aprendices de brujo que se suelen denominar –especialmente, por parte de ellos mismos- gestores, camuflan toda suerte de desmanes): todo, en busca de un referente, un objetivo, una meta, que se bifurca en dos líneas: por un lado, la reducción del descomunal deficit contable-presupuestario (actual) –aunque no nuevo, ése es un monstruo cuyo engorde se ha venido gestando a lo largo de décadas de desidia y miradas hacia arriba (mientras se silbaba, cómo no...)-, y el establecimiento de unas bases económicas más saneadas sobre las cuales evitar que se vuelva a reproducir en tales volúmenes (futuros). En cualquier caso, líneas de actuación y objetivos que, afectando seriamente (como no podía ser de otra manera) a aspectos cuantitativos, ni tocan ni ponen en cuestión el formato, la estructura, ni, sobre todo, el modelo, digamos, político: seguiremos con la misma RTVE –aunque, muy probablemente, bastante más estilizadita, en condiciones de subirse a la pasarela y desfilar- que hemos venido disfrutando (o padeciendo) hasta la fecha.

¿Tiene eso algún sentido? En mi modesta opinión, amigos lectores, no. Una televisión pública de corte comercial, como es actualmente (y se pretende que siga siendo) la primera cadena de Televisión Española (que se trata, no nos engañemos, de la madre del cordero –por su volumen y su repercusión-; ni el segundo canal televisivo, ni los canales temáticos, ni las emisoras radiofónicas, son "el problema" y, por tanto, no será actuando sobre ellos como se halle la solución...) no tiene sentido alguno en un horizonte de mercado televisivo donde la iniciativa privada cubre, no sólo con suficiencia, sino de manera sumamente eficaz (es decir, con todas las cantidades de porquería que el mercado "pide"), la demanda de producto; y en el que, además, los horizontes de futuro, tanto próximo como a largo plazo, incidirán aún más en esa misma línea (es decir, más cadenas privadas generalistas, con una política de programación más agresiva –es decir, de menos calidad y de más impacto- y con más cuota de mercado). Pero, claro, esa existencia, o inexistencia, de sentido, topa –ay, amigo Sancho...- con una componente que la iniciativa privada no contempla (al menos, de forma explícita y directa), que es la política. Y ahí es donde cobra fundamento y explicación (aunque, quizá, no sentido, entendido desde un punto de vista moral) una televisión pública abierta y generalista: una fantástica herramienta de poder a la que ninguna fuerza política, ni en dictadura ni en democracia, ni con gobiernos de derechas ni con gobiernos de izquierdas (me refiero a los que, eventualmente, y en un futuro, pueda llegar a haber –la España democrática aún no ha conocido ninguno: lo del PSOE, sin ánimo de ofender, es "otra cosa"...-), ha querido, quiere ni, me temo, querrá renunciar bajo ningún concepto.

¿Podrían ser las cosas de otra manera? Evidentemente, sí: si nuestra clase política tomara buena nota de las prácticas habituales en países de nuestro entorno, donde existe un consenso unánime e incuestionado acerca de la necesidad de articular mecanismos que garanticen la independencia, imparcialidad y objetividad de los medios de titularidad pública (que no son tan difíciles de implantar, si hay voluntad para ello, y que allí, en Francia, Gran Bretaña, Alemania, etc... ya existen, y llevan funcionando muchos años con eficacia más que demostrada -sin perjuicio de que, esporádicamente, surgan fallas y disfunciones: son mecanismos humanos, no divinos-), y se decidiera por su importación, con los necesarios matices de adaptación a nuestra particular realidad social (sin necesidad, desde luego, de articular un libro blanco de casi trescientas páginas, plagado de obviedades o declaraciones de intenciones voluntariosas a las que nadie con responsabilidades al respecto piensa hacer caso alguno...), el problema estaría, si no totalmente resuelto, sí en vías de una buena perspectiva para su solución. Pero, ay, eso requeriría la existencia de algo que, actualmente, no existe en nuestro país: una dirigencia política con capacidad para el pacto de largo alcance y bajo la exclusiva perspectiva del interés general; viendo que nuestros dirigentes son incapaces de conseguir pactos de ese tenor en materias tan sensibles como la política educativa, o la exterior, o la antiterrorista, ¿cómo podríamos pretender que sí fueran capaces de conseguirlo en el tratamiento de los medios de comunicación de titularidad pública? Misión imposible, me temo. Temor que se ve, aún más si cabe, reforzado, cuando se contempla cuál es el panorama en el ámbito de otras televisiones públicas (las de nivel autonómico): ámbito donde el fenómeno de aprovechamiento torticero y manipulación informativa que se viene sucediendo, desde su creación, en la televisión estatal, se reproduce, repetido y multiplicado –hasta lo grotesco, en muchas situaciones-, ad nauseam (eso sí, entre los cruces ininterrumpidos de cañonazos dialécticos y ladridos y balidos varios, por parte de unos y otros –y que me perdonen perros y ovejas, que no han hecho nada para merecer comparación tan poco gratificante...-). O sea, que la tormenta, lejos de amainar, arrecia.

Visto lo visto, y ante el cariz que toma la situación, es difícil pensar en soluciones, viables y realistas, a corto y medio plazo; porque supongo que cualquier arreglo al que se llegue en este momento, en base al paquete de medidas puesto sobre la mesa, y acerca del cual se abrirá ahora una negociación más o menos ardua, no va a afectar a los fundamentos del sistema. Mi opinión particular, amigos lectores, ya la pueden colegir ustedes de lo expuesto en los párrafos precedentes: más allá de sus posibles repercusiones laborales (y mecanismos de corte social hay más que suficientes para evitar que esos posibles "daños colaterales" no sólo se minimicen, sino que no lleguen siquiera a producirse), eliminaría, lisa y llanamente, la primera cadena de televisión española, y reconvertiría mínimamente la actual segunda –para "acoplarle" algunos contenidos "rescatables" de la anterior-, de forma que la misma cubriría ese espectro de programación y público que las cadenas privadas (tanto generalistas como especializadas) dejan al descubierto por obvios motivos de salud financiera. ¿Y que haría, pues, el Gobierno, sin "sus" telediarios? Nada, señores, échenle imaginación, que para eso les pagan (a ustedes y a la caterva de asesores que perciben sueldos multimillonarios para eso, para que le echen imaginación). Y cuenten, en último extremo, con que siempre dispondrán de algún as en la manga, como regalar DVD"s de cocina junto al B.O.E. o poner algunas fotillos de Angelina Jolie y Brad Pitt, tales como sus padres los trajeron al mundo (eso sí, más creciditos...) en la web de La Moncloa -por cierto, algo mucho más gratificante para la salud mental que los telediarios de Urdaci-. Por ejemplo...

El jueves, milagro

Por Manuel Márquez - 14 de Marzo, 2006, 21:19, Categoría: Medios

Pues no, amigos lectores: no erraron el día ni la sección. Hoy no es jueves, y esto no es una crítica de cine. Este artículo no está dedicado a glosar la película berlanguiana con la que comparte título, sino que sólo pretende ser un modesto y sentido homenaje a una publicación semanal que, para sorpresa de propios y extraños (o, al menos, la mía, con toda seguridad), está a punto de cumplir treinta años de presencia ininterrumpida en los quioscos españoles. Les hablo, obviamente, del semanario de humor El jueves.

El nacimiento de este semanario, allá por el ya lejano año 1978, venía a coincidir con un momento de especial efervescencia social y política en nuestro país, del que el surgimiento de medios escritos con una particular vocación rompedora (encabezado, en las postrimerías de 1976, por ese icono libertario que fue Interviu) no era sino una manifestación más. El cadáver del dictador empezaba ya a enfriarse, y la oleada de libertad que nos sacudía dotaba de una particular significación a empeños como el de esta pandilla de cafres, que venía a recoger el testigo en una carrera cuyo último relevo venía dado por otra publicación de origen catalán (El papus), y cuyo referente histórico incuestionable (aun desde parámetros, tanto propios como de entorno, tan radicalmente diferentes) no era otro que el de la mítica La codorniz

El jueves venía a entroncar con esa línea, pero sus señas de identidad se decantaron, muy desde el principio, por una serie de elementos que, inalterados hasta el día de hoy (aun con la necesaria evolución que un periodo tan prolongado de vida siempre conlleva), la dotaron, y la dotan, de una personalidad tan irresistible como difícilmente imitable: la irreverencia por bandera -El jueves jamás ha dejado títere con cabeza, entendiendo por títere todo ser viviente, ya sea prototípico (genérico) o individualizado (personal)-, bajo un marcado cariz progresista -basta una somera mirada a los blancos predilectos de sus afilados dardos para atestiguarlo bien a las claras-; la atención permanente a la actualidad más rabiosa, sin desdeñar por ello una perspectiva muy abierta, con un abanico realmente abierto de objetos de interés, que no deja fuera del mismo prácticamente nada (pocos temas han escapado, y escapan, a su diabólico escalpelo); y una continuidad de autores y personajes que ha propiciado que alguno de ellos llegue a traspasar la frontera del papel (hay están las aventuras cinematográficas de Maki Navaja o el sargento Arensivia, surgidos de la genial pluma del llorado Ivà), y otra buena parte de los mismos (desde el profesor Cojonciano a El Dios, pasando por el inefable Martínez el facha -una de mis particulares debilidades, he de confesarlo: hasta lástima he llegado a sentir por el pobretico mío...-) haya llegado a alcanzar, sin ningún género de dudas, la categoría de auténticos personajes de culto, con fieles seguidores dispuestos a seguir sus andanzas en cualquier calibre, soporte o formato.

Más de 1.500 números publicados, con unas cifras de difusión más que respetables (por encima de los 80.000 ejemplares semanales), dan una exacta medida del éxito obtenido, y avalan plenamente lo que podría parecer, en un análisis somero, la consecuencia lógica de un trabajo bien hecho a la hora de elaborar un producto cuya etiqueta identificativa (la del humor) tiene un fuerte predicamento en nuestro país; algo, pues, normal y perfectamente esperable ¿A qué obedece, pues, esa extrañeza o sorpresa a la que aludía al principio de esta reseña? A dos factores fundamentales que les explico a continuación.

El primero está relacionado con los índices de lectura y difusión de prensa escrita en España: que, en un país como el nuestro, donde (más allá de los folletos de Carrefour y los catálogos de Ikea) se vende y se lee tan poquísimo material impreso, un producto como El jueves alcance las cifras a que aludía en el párrafo precedente (y más aún si se tiene en cuenta que su promoción publicitaria, en circuitos convencionales, es prácticamente inexistente) no se puede calificar más que de auténtico milagro, o, al menos, a mí así me lo parece.

El segundo factor, no menos importante, guarda relación con aspectos menos estadísticos (por así decirlo), aunque también entronque con una cuestión básicamente de idiosincrasia: y es que siendo, como somos, en general, los españolitos, tan proclives a reírnos de todo, hay que ver lo mal -fatal, diría más bien- que llevamos que en en ese "todo" estemos incluidos, eventualmente, nosotros mismos. Es ése el motivo por el que me causa un asombro, cercano al pasmo, que, en casi treinta años de andadura, El jueves haya sido capaz de aguantar las que, sin duda, han debido ser innumerables y potentísimas andanadas dirigidas a su línea de flotación, lanzadas desde los reductos (desgraciadamente, aún tan fuertes y numerosos) de la intolerancia y la incapacidad de asumir una crítica que envuelve la acidez en un manto de carcajadas. Es muy probable que el día que sus gentes nos cuenten (qué memorias tan jugosas que habrán de salir de ahí...) sabremos de multitud de historias tan sustanciosas como reveladoras acerca de más de un personaje o personajillo de esta nuestra piel de toro.

Eso sí, abrigo la absoluta confianza de que sabrán contárnoslas a su peculiar modo y manera, aliñaditas con un buen chorro de vitriolo, sin el más mínimo componente dramático (los llantos, para las tablas del teatro...) y riéndose de todo y de todos (en primer lugar, de ellos mismos: coherencia obliga...). Por tantos buenos ratos, tantas medias sonrisas (suaves) y tantas carcajadas (desaforadas): enhorabuena, felicidades y, sobre todo, muchísimas gracias, cabronazos...

Iker Jiménez, el encantador de serpientes

Por Manuel Márquez - 25 de Febrero, 2006, 13:24, Categoría: Medios

Desconozco cuántos de ustedes, amigos lectores, serán aficionados y/o seguidores de aquello que, hace no tanto tiempo, solía denominarse parapsicología, o mundo de lo paranormal, y que, hoy día, suele designarse con denominaciones más diversas y difusas (y bastante poco definitorias, todo hay que decirlo): a aquellos que lo son, y tienen acceso a los medios audiovisuales españoles, no les debería resultar extraño, más bien al contrario, un nombre, el de Íker Jiménez; a los que no lo son, no se preocupen por ello, y tiempo al tiempo: este joven periodista vitoriano aún dará mucho que hablar en un futuro próximo, y no necesariamente en ese ámbito temático tan limitado y específico en el que ha venido desarrollando, hasta ahora, su quehacer profesional. Alguien con tamaña capacidad para vender humo, haciéndolo pasar, además, por hormigón armado, puede aspirar a cotas muchísimo más altas que las ya alcanzadas, ya de por sí ciertamente estimables: no en balde, estamos ante el sucesor indiscutible de figuras periodísticas como Jiménez del Oso o Antonio José Alés, auténticas leyendas entre los fieles del mundillo.

Su reciente salto a las pantallas televisivas (Íker Jiménez dirige y presenta Cuarto milenio -domingos por la noche, en Cuatro-) no ha hecho más que confirmar y apuntalar (a base de un mimetismo absoluto, tanto en los temas tratados como en el enfoque con que se abordan) toda la batería de elementos que ya venía exhibiendo en su experiencia radiofónica -que aún se mantiene en antena-, con su programa Milenio 3, en las madrugadas del fin de semana en la cadena Ser: ésa que él gusta de denominar como "la nave del misterio", una nave cuyos cohetes propulsores, sabiamente guiados por su comandante astronauta, la han llevado hasta cotas de éxito -medible en audiencia- con las que, probablemente, ni el más avezado y certero de los gurús de los medios hubiera podido siquiera soñar.

Íker Jiménez es listo, tremendamente listo. Huye de las etiquetas que, habitualmente, han convertido los temas que constituyen su "campo de acción" (lo paranormal, lo paracientífico) en reducto para "friquis" incondicionales (él siempre habla de "misterio": nada tan dúctil como las palabras -para mí, amigos lectores, un misterio es lo de la OPA de Gas Natural o E.On o quién sabe sobre Endesa, por ejemplo...-); pregona un escepticismo (en teoría) que no cultiva (en la práctica), a base de constantes declaraciones de principios acerca de la posibilidad de una explicación racional (sobre la que, posteriormente, nunca incide, o, si lo hace, pasa de puntillas) para todos aquellos temas que trata, en cuyas dimensiones más "mistéricas" se ceba a continuación de manera intensa; y, sobre todo, se emplea con una labia melosa y envolvente, a la que acompaña excelentemente de unas dotes declamatorias que bien le podría envidiar (y de qué manera...) una buena parte de nuestra clase política: salvando las distancias (de tono y estilo), soy incapaz de recordar nada con tal potencial embaucador desde los tiempos más gloriosos de Felipe González.

Con el despliegue de tamañas habilidades, Íker Jiménez ha conseguido la cuadratura del círculo: conservar el cariño de los suyos (todos aquellos amantes de lo oculto, que constituyen el grueso de su legión de oyentes y televidentes, y cuya pasión por estos temas ya los lleva, sin necesidad de mucho estímulo, a un punto de cuasi idolatría por su pope mediático); captar el interés de un numeroso grupo de personas, a priori, poco predispuestas hacia dichos temas; y, lo que quizá sea más importante, no suscitar el rechazo de los que, desde posiciones de rigorismo científico y racionalista, suelen jugar el papel de fustigadores implicables de todos aquellos que se mueven en la esfera de los temas de esta índole. Bingo....

Tiene mucho mérito, porque no es nada sencillo. Y, pese al tono crítico que se puede vislumbrar en algunas de las aseveraciones hechas en los párrafos precedentes, me alegro por él, porque, aun con todas las prevenciones apuntadas, soy seguidor y admirador de Íker Jiménez. He de reconocerlo: a mí también me sedujo, en su día, y aún sigo balanceando, harto frecuentemente, la cabeza fuera del canasto... Y ahora, amigos lectores, habrán de disculparme: corro raudo a atender a los espíritus de mis antepasados, que andan aporreando la puerta...

Los tempos informativos

Por Manuel Márquez - 12 de Febrero, 2006, 20:51, Categoría: Medios

Hace algún tiempo (me resultaría totalmente imposible precisar cuánto, concretar en qué momento esto se despendoló hasta el punto al que ahora hemos llegado), la capacidad de denuncia de los medios de comunicación era un arma tan, tan poderosa -aquello del "cuarto poder", ¿recuerdan...?-, que todo aquel personaje, corporación, institución o similar susceptible de ser pillado en falta -es decir, la práctica totalidad de ellos: tal es la condición humana, me temo- tenía que jugar, permanentemente, con esa espada de Damocles sobre sus hombros, y arriesgar en el envite a un cara o cruz en el que todo se reducía a manejarse con la máxima habilidad para que tal evento no llegara a producirse. Una especie de lotería, o algo similar.

Hoy día, las cosas son más complejas (o más sencillas, según se mire), en la medida en que los peligros no se ciñen a una cuestión de probabilidades estadísticas, sino que el quid de la cuestión radica en la capacidad de aguante del tirón mediático. Y me explico: dado que la vorágine informativa impone que ningún tema, por trascendente que sea, pueda ocupar un espacio de atención significativo por mucho tiempo, de lo que se trata es de tener afinadas las herramientas y estrategias para ser capaces de aguantar el chaparrón durante dicho tiempo: si la respuesta es afirmativa, todos tus problemas, a ese respecto, están perfectamente resueltos. Tan triste como cierto, amigos lectores, y aunque, por mi parte,  les voy a proponer un ejemplo en los párrafos subsiguientes, tengo la completa seguridad de que no tendrán que hacer excesiva memoria para recordar un sinfín de casos que les resultarán igual de (escandalosamente) paradigmáticos.

A mediados de noviembre del pasado año, saltaba a los medios de comunicación -incluso de ámbito nacional- la noticia del lanzamiento de una acción por parte de Greenpeace contra la construcción de un macro-hotel en la cala de El Algarrobico, en los confines del Parque Natural de Cabo de Gata-Níjar, dentro del término municipal de Carboneras (Almería). Las imágenes que acompañaban a la información -tanto las fotografías en la prensa escrita, como las imágenes televisivas- confirmaban el espanto, y nos devolvían a la memoria de los más negros tiempos del desarrollismo sesentero, cuando la Costa del Sol malagueña, desde Nerja hasta Marbella, quedaba convertida en un amasijo informe de hormigón y cemento tendido a pie de costa: un hotel de monstruosas dimensiones, cuya entrada apenas distaba cincuenta metros de la línea de agua (es, ni más ni menos, que eso que pueden ver ustedes en la fotografía de la izquierda).

Naturalmente, saltó el escándalo, y las administraciones implicadas (Ayuntamiento de Carboneras, Junta de Andalucía y Ministerio de Medio Ambiente), todas ellas regidas por la misma fuerza política -el P.S.O.E.-, no tenían más remedio que saltar a la palestra, y tomar posiciones. El Ayuntamiento, para defender las bondades de tal iniciativa (los tropecientos mil puestos de trabajo directos que iba a generar) y argumentar que todo estaba en regla, con las preceptivas licencias municipales (no me considero ningún ecologista radical, pero ser capaz de decir eso y autocalificarse de progresista, ¿qué quieren que les diga...? Que Pablo Iglesias debe andar retorciéndose en su tumba, supongo...). La Junta, para lavarse las manos, cual Poncio Pilatos (no es asunto de mi competencia ni mi incumbencia; además, ¿no es unos kilómetros más arriba, allá por la comunidad valenciana, dónde tienen un serio problema de especulación urbanística masiva? Pues eso...). Y el Ministerio de Medio Ambiente, para, sin más remedio que dar la apariencia de que alguien ponía algo de sensatez ante tanto dislate, anunciar la inmediata apertura de un expediente a efecto de depurar las responsabilidades y analizar bla, bla, bla.... Eso sí, las tres administraciones tenían claro que se trataba de aguantar el chaparrón, y manejar la patata caliente con los dimes y diretes suficientes para dejar que el tema muriera -como así sucedió- de "muerte natural": y, efectivamente, pasaron los 15, 20 días de rigor, y el tema, con la misma abrupta virulencia con que apareció, se esfumó. Y nunca más se supo, hasta la fecha. Y me temo que las próximas noticias -o más que noticias, hechos consumados- serán las que todos ustedes, amigos lectores, se pueden barruntar.

Ejemplos como el descrito se pueden espigar a diario: es la dinámica, vertiginosa y voraz, de los medios la que da lugar a ellos. Probablemente, tampoco se trata de un fenómeno nuevo -nunca hubo lugar, en la historia del periodismo, para la eternización de las noticias; sería algo contra natura, que atentaría contra el sentido último de la información periodística, que exige actualidad permanentemente-, y el único elemento novedoso es el de la velocidad: ahora todo gira en un carrusel tremendamente acelerado. Pero así funciona. Y quizá no debería hacerlo, porque se pierde buena parte del sentido -el del papel fiscalizador de los abusos de los poderes públicos y privados- que algún día pudo tener la prensa. Pero ya lo dijo Bob Dylan: los tiempos están cambiando.... una barbaridad (bueno, esto ya no era de Dylan, ¿no...?).

Segundos fuera...

Por Manuel Márquez - 6 de Febrero, 2006, 21:16, Categoría: Medios

Sobre la relación entre Internet y los medios de comunicación convencionales, en todos sus soportes, es tantísima la tinta vertida (tanto "cibertinta", como de la de verdad...), que es fácil caer en la tentación de pensar que no merece la pena aportar nada más, en la medida en que, con toda probabilidad, no será nada nuevo, ni siquiera en lo que respecta a su formulación (¿existe alguien que tenga la certeza plena y permanente de que aquello que escribe no ha sido ya escrito? Le arriendo la fórmula, y a muy buen precio...). Así pues, resistamos y avancemos, ciñéndonos, en cualquier caso (para no divagar más allá de lo que ya es esperable en teorizaciones de este cariz), a un aspecto muy concreto, que es el del papel de intermediación de los medios.

En un mundo complejo y extenso, como es éste en el que nos movemos, el volumen de fuentes originarias de información, más allá de la propia realidad (las cosas que pasan, para entendernos), y en todos los ámbitos de interés informativo (lo que, en un orden académico, se entenderían como secciones) es bestial, inconmensurable. Y hasta no hace mucho, dichas fuentes sólo tenían una vía para hacer llegar la información generada a un público abierto, y ésta no era otro que la de los medios de comunicación. En consecuencia, quedaba reservada a éstos una misión de, por un lado, altavoz (sólo la presencia en ellos garantizaba que lo que la fuente quería transmitir podía llegar a un receptor inespecífico), y, por otro, filtro (ante un volumen tan inabarcable, el medio tenía que seleccionar necesariamente, y ahí operaba ya con criterios más o menos admisibles desde un punto de vista moral, pero, en cualquier caso, de aplicación ineludible). ¿Qué confería a los medios la atribución de esa "doble llave"? Algo muy elemental: una posición privilegiada, y, asociada a la misma, poder, un poder inmenso.

Internet no ha acabado, evidentemente, con el segundo de los papeles antes descritos -el de filtro-, porque no es ésa su misión, ni su vocación, ni su enfoque. Pero el papirotazo que ha asestado a los medios convencionales en su papel de altavoz ha sido tremendo, impresionante, y de un alcance que, muy probablemente, resulta aún hoy muy difícil de medir.

Siguiendo las recomendaciones del ínclito entrenador bilbaino Javier Clemente, bajaré del árbol, y les pondré, amigos lectores, un ejemplo de un caso concreto que he podido conocer bien, por mi experiencia personal y que, posiblemente, ilustra a la perfección y da concreción práctica a los apuntes teóricos delineados en los párrafos anteriores. Les hablaré de Amnistía Internacional.

Como muchos de ustedes sabrán, Amnistía Internacional es una de las más importantes Organizaciones No Gubernamentales del mundo, y se dedica al trabajo de defensa y salvaguarda de los derechos humanos en un ámbito y perspectiva universales, con especial incidencia en la lucha contra las violaciones que se cometen contra los más inherentes a la condición y dignidad de la persona. Viene desarrollando esta tarea desde su fundación, en 1961, y en el éxito de sus iniciativas -reconocido, a día de hoy, de forma prácticamente únanime- siempre ha tenido una importancia fundamental el papel de los medios, en la medida en que los mismos eran ese altavoz que permitía dar a conocer los casos individuales por cuya resolución abogaba la organización.

Aun con una presencia importante en los medios, contando con su colaboración, su simpatía y su apoyo, seguía existiendo un problema frecuente. ¿Cuál? La discordancia entre lo que era foco de interés informativo (en función de los criterios propios de los medios) y lo que era objeto de trabajo prioritario para Amnistía Internacional; esa discordancia generaba una "oscuridad informativa", un "trabajar fuera de foco", que mermaba considerablemente -en la medida en que la difusión y, consiguientemente, la captación de apoyos era mucho menor- las posibilidades de éxito de una acción.

Las cosas han cambiado, en ese sentido, enormemente. Para Amnistía Internacional sigue siendo importante, fundamental, contar con una fuerte presencia en los medios, y en pos de ello se sigue trabajando de manera intensa y sistemática. Pero los medios ya no son la única vía para dar a conocer las vías de trabajo y las acciones de la organización. Y la capacidad de movilización que se genera a través de las campañas que se ponen en marcha vía web ha demostrado unas potencialidades auténticamente impresionantes.

Extrapolen ustedes las circunstancias del caso narrado a cualquier otro ámbito de su interés vital (creo que huelga ya a estas alturas que les diga que uno de los míos, y prioritarios, es el del trabajo por los derechos humanos), y saquen sus conclusiones. Menos cancha para los intermediarios -aun cuando les siga quedando un inmenso terreno de juego-, o segundos fuera. ¿A las puertas de una auténtica revolución? Sigamos atentos...

Tony Soprano: o, por lo menos, querible...

Por Manuel Márquez - 31 de Enero, 2006, 21:45, Categoría: Medios

Aunque no se trata de un fenómeno nuevo –ya había un número considerable de ellas editadas en soporte videográfico-, ha sido el DVD el que ha provocado una auténtica eclosión de ediciones de series televisivas, hasta el punto de que se hace inimaginable a día de hoy que una serie de televisión medianemente exitosa no sea lanzada al mercado, en un plazo de tiempo relativamente corto, para gozo y disfrute de aquellos televidentes que la hayan seguido en su emisión catódica.

Ante tal avalancha de ofertas, se hace preciso aplicar un criterio bastante selectivo, so pena de encontrarse, más pronto que tarde, en dos situaciones nada recomendables: primera, la de no encontrar ni un hueco en todas las estanterías de casa para poder encasquetar un simple cenicero; y segunda –y no por ello menos grave-, la de tener que escarbar en unos bolsillos esquilmados, al borde de la extenuación absoluta, para poder comprar una baguette integral con la que acompañar la pitanza diaria. Como ven, amigos lectores, situaciones ambas dos a las que nadie en sus cabales desea verse abocado, pero a las que no es nada complicado llegar –aunque no les hable por experiencia propia, los casos en mi entorno cercano son tan numerosos y horripilantes que darían para un artículo monográfico tremendamente jugoso-; se hace al respecto lo que buenamente se puede, y, hasta este momento, se ha conseguido, al menos, minimizar los daños, lo cual no es poco. De hecho, puedo presumir, con un puntito de vanidad, de que la única serie (concretamente, sus tres primeras temporadas) que ocupa un lugar en mi videoteca particular es ésa que ustedes pueden imaginar, a tenor del título que encabeza este artículo: sí, efectivamente, Los Soprano.

Que mi fascinación por el universo bizarro y lunático en el que se desenvuelve esta caterva de indocumentados que pueblan el "territorio Soprano" no es algo exclusivo ni personalísimo, ya me consta sobradamente, no en balde estamos ante una de esas series que se suelen calificar como "de culto". Lo que me cuesta más trabajo entender es de dónde puede partir tal fascinación, si tengo en cuenta que el personaje de Tony Soprano, esa especie de Rey Sol alrededor del cual giran todos y cada uno de los personajes –tanto los de su esfera, digamos, "profesional", como los del ámbito familiar- que pululan por su peculiar mundillo –y un personaje con el cual su intérprete, el simpar James Gandolfini, ha alcanzado un grado tal de simbiosis que se me hace imposible, a estas alturas, verlo creíble en un registro diferente-, viene a resultar un compendio de todos aquellos atributos que, de concurrir en un ser real, una persona de carne y hueso, harían que la misma me resultara alguien absolutamente abominable.

Tony Soprano es un hombre que, en un plano consciente, carece de la más mínima capacidad reflexiva acerca de su moralidad: él asume, de manera estricta, los códigos heredados de la más rancia tradición mafiosa, y entiende que el mantenimiento de su estatus –no tanto frente a sus adversarios (externos) como frente a sus potenciales enemigos (internos)- depende, básicamente, de dos factores: su capacidad para llevar a cabo un ejercicio totalmente brutal –desproporcionado, siempre, y gratuito, llegado el caso- de la violencia física (no hay imperio sin una demostración permanente de poderío: el amedrentamiento como vía hacia el respeto; ¿les recuerda a ustedes, amigos lectores, a algún país actualmente presente militarmente en suelo iraquí?), y su convicción de que todo aquello que cualquier mortal entiende que no es susceptible de transacción económica –la dignidad, el honor, la integridad y cualesquiera otras menudencias por las que se preocupan las gentes pequeñas-, se puede comprar con dinero.

Tony Soprano es capaz de apalear –por sí o por persona interpuesta, tanto da- a todo aquel que no se pliega a sus exigencias –generalmente, relacionadas con sus pingües (e ilegales) negocios-; Tony Soprano es un diligente esposo que no ve incompatible tal condición con el mantenimiento de una amante (más o menos estable) e innumerables ligues ocasionales (aquellas que han de dar cumplimiento a esas fantasías sexuales a las que no está bonito que dé rienda suelta una casta y cristiana madre de familia, la ejemplar y sufrida Carmela); Tony Soprano asimila el amor a sus hijos con la concesión de cualquier capricho (en lo material) contrapesado con un férreo control de todo aquello que atañe a sus deseos o anhelos (en lo afectivo). En conclusión, Tony Soprano es, parece, una auténtica joya.

Pero, ¿qué es todo eso que Tony Soprano exhibe tan impúdica como brutalmente? Fachada, sólo la fachada tras la que se esconde un hombre vulnerable, un hombre que duda, un hombre que sufre. Ellos, esas personas que integran su mundo, no pueden verlo, porque él lo esconde; nosotros, sí: es la magia de la ficción televisiva. Por eso, porque sabemos que el oso no es el oso feroz, sino un grandullón y enorme osito de peluche, nos compadecemos de Tony Soprano. Por eso, porque sabemos que, aunque no sea blando, sí que puede que sea tierno, sentimos lástima por Tony Soprano. Y por eso, porque podemos reconocernos en su vulnerabilidad, en su debilidad, en su sufrimiento, nos identificamos con Tony Soprano. Eso, nada más (y nada menos) que eso, es lo que lo hace (como al elegido de la canción de Silvio Rodríguez) querible, ¿besable, amable...? Todo un tipo, mi Tony...

¿Las mejores intenciones?

Por Manuel Márquez - 24 de Enero, 2006, 12:29, Categoría: Medios

 

Pues no, amigos lectores, no es mi intención la de hablarles del film de Bille August que fue estrenado en España con tal título, sino de algo bastante más difuso e inconcreto: me refiero a las intenciones y propósitos con que los medios de comunicación manejan ésa que constituye la materia prima de su producto final, la información. 

Entiendo que algún alma cándida me pueda argüir lo que debiera ser obvio. ¿Intenciones? Muy sencillo: mostrarnos la realidad, contarnos lo que pasa, ¿no? Pues no; sinceramente, pienso que no. Aun suponiendo que eso fuera materialmente posible (que no lo es, por imperativos de espacio y tiempo: la realidad es demasiado amplia como para poder mostrarla en su globalidad dentro de un marco físico limitado –no habría suficientes páginas para un periódico de extensión razonable, ni suficientes horas para un informativo televisivo o radiofónico convencional-), permítanme que tenga mis serias dudas acerca de si, además, está en la voluntad y el ánimo de las personas que dirigen esos medios que tienen la responsabilidad de "contarnos lo que pasa".

No se trata tampoco de pintar un panorama apocalíptico, basada en paranoias conspiratorias o en proclamas catastrofistas, con invocaciones a la implantación real de algún Leviatán o Gran Hermano encargado de manipularnos, alienarnos y hacer de nosotros marionetas cómplices, por omisión aturdida, de las injusticias que consagra un orden económico y social manifiestamente desequilibrado a favor de grandes (y escasas) oligarquías. Por muy tentador o sugerente que pueda pintar, no tengo el más mínimo interés en ese discurso, ni por vocación ni por convicción, aun reconociéndole su buena parte de fundamento cierto. Y es que las cosas suelen funcionar de una forma, por así decirlo, mucho más pedestre.

Los medios de comunicación –los de masas, los que tienen un impacto verdadero en la conformación de eso que se da en llamar opinión pública-, en el marco de una economía capitalista de mercado, como es la nuestra (tanto la de este país como la de los de su entorno), son el producto de empresas mercantiles. Empresas cuyo objetivo último no es la transmisión de información (más o menos veraz), la puesta en conocimiento de la realidad circundante a los ciudadanos que los consumen, sino, como en cualquier otra empresa mercantil, la obtención de un beneficio –bien es cierto que cabe hallar una excepción en el supuesto de medios de comunicación de titularidad pública, pero sobre éstos mejor corramos un tupido velo (o hablemos otro día, para no atragantarnos con excesos)-. ¿Y –me preguntará alguien, bientintencionadamente- es incompatible la obtención de un beneficio con la veracidad y objetividad de la información? Pues no siempre ni necesariamente; pero en un supuesto de conflicto de intereses, ya se imaginan ustedes lo que pienso acerca de a qué se le confiere la prioridad pertinente. Blanco, y en botella...

¿Renegar, pues, de los medios? No, tampoco se trata de eso: en mi caso, he de confesar que soy un consumidor voraz de prensa en todos sus formatos, registros y soportes. Eso sí, procuro aplicar un mínimo de cautela y ciertas prevenciones "operativas" a la hora de valorar las informaciones que me transmiten, partiendo de la base que ha de implicar el conocimiento de las empresas responsables del producto, sus tendencias, querencias, afinidades y recelos: es ese mecanismo (no siempre de fácil aplicación: cada vez se hila más fino en ese aspecto) el que permite corregir sesgos, parcialidades y otros aditamentos indeseables. O, lo que es lo mismo, se trata de abordar la información que se recibe con un mínimo de espíritu crítico.

Aun así, resulta evidente que, por más prevenciones que se articulen y lleven a la práctica, hay aspectos contra las que resulta de todo punto imposible actuar. Me refiero, concretamente, a lo que no aparece, a lo que no se cuenta. Que, además, por los motivos arriba expuestos, es muchísimo más, en términos cuantitativos, que lo que sí aparece, lo que sí se cuenta. Ahí es donde realmente radica un peligro contra el que no existe arma posible: la información inexistente –pese a la existencia de hechos que, por su relevancia e interés, tendrían que ser objeto de la misma- es el más tremebundo de los molinos de viento al que Quijote alguno pueda pretender hacer frente. Y también tengo la completa seguridad de que no hay selecciones neutrales, también en este terreno operan intencionalidades muy, muy específicas ¿Resignación, pues? No, no, no: búsqueda incesante a través de medios alternativos. Pero ésa es –además de tarea ardua y costosa- harina de otro costal.

Otro día, amigos lectores, hablamos de los medios públicos, si bien les parece.

Fidelidades televisivas

Por Manuel Márquez - 17 de Enero, 2006, 9:31, Categoría: Medios

Un suelto en un diario del pasado domingo: Silvia Jato, una de las presentadoras estelares de Antena 3, abandona esta cadena para pasar a su más directa competidora, Tele 5 (no especifica de qué tipo de programa se hará cargo, aunque cabe suponer que las perspectivas serán las de asumir la presentacion de algún programa de entretenimiento, dado que ha sido en tales formatos en los que la orensana ha aportado mejores registros). Que una noticia de este tenor, que no hace tantos años hubiera generado un cierto revuelo "metamediático" (válgame el "palabro", hermanos...), pase actualmente desapercibida, sin pena ni gloria, obedece, sin duda alguna, al hecho de que se ha convertido en un fenómeno tan habitual, tan cotidiano, que no genera sorpresa alguna. Una más, un nuevo caso. ¿Qué ha pasado, en una televisión que devora iconos a velocidad de vértigo, para que los otrora "buques insignia", las estrellas cabeza de cartel, se hayan convertido en el objeto de un baile frenético, más parecido al de San Vito que a otros de ritmos más reposados, que les hace perder su condición de tales?

Y es que, no nos engañemos; hoy día, el único referente indicador de una cadena televisiva con ciertos visos de estabilidad (ma non troppo: también se cambia cada cierto tiempo, aunque con algo más de mesura) es la "mosca de la esquina": los programas y sus protagonistas están tan tremendamente sometidos a la dictadura del audímetro que resulta impensable que una cadena esté dispuesta a mantener más allá de un periodo mínimo (concepto indeterminado, éste del periodo mínimo, que si por algo se caracteriza, es por su cada vez menor duración) a cualquiera de ambos que no esté cubriendo las expectativas (y no meramente subjetivas, o aproximativas, sino cuantificadas en cifras muy concretas y rigurosas) fijadas de antemano. De ahí a que el "mercado de fichajes" televisivo se convierta en un magma convulso en el que todo se mueve a una velocidad de espanto, un solo paso. Y ya se dio.

¿El signo de los tiempos? Posiblemente: la aceleración, digna de estudio einsteniano, de los cambios televisivos no hace sino acompasarse a un vértigo social generalizado en el que hasta la mismísima obsolescencia se hace obsoleta en un pispás; vértigo que, en todo caso, no tiene este humilde escribiente muy claro si no resultará excesivo incluso para los individuos más integrados en la dinámica social predominante. Y que, desde luego, sí que resulta claramente incompatible con el mínimo de estabilidad y asentamiento que, para la fidelización y anclaje de una audiencia respecto de un programa o una figura determinadas, se requiere en condiciones normales. Pero, claro está –y ésta no es, amigos lectores, una pregunta retórica...-, ¿cuáles son las "condiciones normales"?

La cuestión es que hablar de fidelizaciones y familiaridades en esta agitada coctelera, en la que no resulta extraño oír hablar de nichos de audiencia, segmentación de mercados y zarandajas de ese tenor como si fueran conceptos ordinarios, "de los de toda la vida", quizá resulte hasta ingenuo, o de un tierno romanticismo, pero uno no deja de tener su corazoncito, y, sin ánimo de ponerse en tesitura "batallitera", recuerda con cierta nostalgia aquella época en que los grandes comunicadores imprimían a una cadena televisiva un sello, un marchamo identificativo, más asociado a cuestiones de espíritu que a índices estadísticos (bien es cierto también que, en un régimen de cadena única, era imposible un planteamiento de mercado abierto). ¿Sería posible, quizá, y en beneficio de todos, un punto equidistante entre regímenes de funcionamiento tan distantes, tan dispares? A eso, amigos lectores, contesten ustedes, si son tan amables...

Jesús Quintero: loco, pero no tonto...

Por Manuel Márquez - 10 de Enero, 2006, 14:06, Categoría: Medios

Tras una temporada de descanso, posterior a la finalización de la emisión en Canal Sur TV de sus Ratones coloraos, vuelve, en horario estelar y en la cadena de cadenas –por más que los índices de audiencia se empeñen en marcar tendencias contrarias a tal consideración-, la primera de TVE, el inefable Jesús Quintero, más conocido antaño, y aun a día de hoy –y qué difícil que le está resultando descolgarse de la "denominación de origen"- como el loco de la colina.

Loco, pero no tonto. O sea, que más bien diría que se lo hace. El loco, digo... Jesús Quintero se ha convertido, en la actualidad, en una especie de referente de un perfil, el suyo propio –personal, intransferible-, al que, sin embargo, traiciona en lo sustancial de manera inmisericorde, muy lejanos ya aquellos tiempos en que, desde su púlpito radiofónico, a primeros de los años ochenta del pasado siglo, creara escuela, otorgando a las hasta entonces lánguidas madrugadas de radio el rango de objeto de interés y especial seguimiento, a base de congregar a todo un pelotón de oyentes ávidos por saborear su especial manejo de los silencios, sus estentóras carcajadas, con ese puntito socarrón y maquiavélico, y su extraña, casi alquímica, capacidad para, cumpliendo el viejo sueño de Sylock, arrancar libras de carne sin derramar una sola gota de sangre de sus invitados-entrevistados.

Ese Quintero, que en su momento trasladó sus esquemas radiofónicos al formato televisivo, con evidente acierto (algunos de sus programas forman parte ya, por méritos propios, de la pequeña –o grande, quién sabe- historia de la televisión en España) y sin viaje de retorno (jamás ha vuelto a dicho medio), además de un éxito bastante notable -en consonancia con lo acertado de su trabajo-, logró cuajar una maniobra que, según nos enseña la experiencia más que reiterada, no siempre alcanza buen puerto, dado lo complicada de la misma (de cadáveres exquisitos está lleno el puente que enlaza a ambos soportes comunicativos, ahí están las hemerotecas para atestiguarlo).

Pero su última aventura televisiva, esos Ratones coloraos que tan excelentemente han funcionado en la televisión pública andaluza, nos han mostrado a un Quintero tramposo, un loco muy poco loco y con una doble faz bastante cínica: la de aquel que, pretendiendo erigirse en paladín de la lucha contra la telebasura –a base de diatribas en su línea más lisérgica y mefistofélica: abstracciones a base de mucha filosofía de barra de bar, puros fuegos de artificio-, no dudó en edificar sus magníficas ratios de público sobre la base de exprimirle el jugo (o, al menos, intentarlo: en muchos casos, ciertamente, no había zumo alguno que sacar de tales "frutas"...) a toda esa caterva de personajes que constituían (y aún constituyen, y no sabemos qué cuerda le quedará a este relojito...) el sustento de toda la bazofia que llena el espectro catódico de las grandes cadenas generalistas.

A eso, por más que se vista el muñeco con la (bastante presuntuosa, por cierto) pretensión de buscar el "lado oculto", esa faceta humana que los carroñeros (los otros, qué gracia...) no son capaces de sacar (y él sí, qué gracia...), le llamamos en mi tierra, que es también la de Jesús Quintero, echarle mucho morro. Pero, en fin, amigos lectores, como siempre cabe la posibilidad de que aquel que ha tenido (talento, y mucho, y grandes dotes para la comunicación televisiva, aunque también esos ratoncitos coloraos nos ofrecieron a un Quintero bastante aliviado –prácticamente, con el piloto automático-), algo haya retenido, habrá que esperar y ver si, para esta nueva singladura televisiva, aún dispone de algún conejo que sacar de la chistera. Ojalá, y suerte...

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