18 de Octubre, 2006

A salto de mata XI: incongruencias inmobiliarias

Por Manuel Márquez - 18 de Octubre, 2006, 18:51, Categoría: A salto de mata

Ya he tenido ocasión de extenderme en alguna otra ocasión, dentro de este blog, sobre cómo ciertas concatenaciones de noticias (¿casuales, no casuales...?) ponen de manifiesto la existencia de contradicciones, incongruencias, incoherencias difícilmente explicables –en términos concretos, y más allá de lugar común, aun no por ello menos cierto, de que la contradicción, la incongruencia y la incoherencia forman parte intrínseca de la condición humana-. La de hoy, pues, es una más, una de tantas, aunque he de reconocer, desde mi ignorancia y mis cortas entendederas, que, a más vueltas que le doy, más incapaz de veo de comprenderla.

Cuestión inmobiliaria. O LA cuestión inmobiliaria, quizá, puestos a ser más precisos. Búrbujas valorativas, cabalgadas especulativas, estrangulamientos hipotecarios.... conceptos y elementos de los que se habla insistentemente, que están en la mente de todos, y que constituyen, mal que bien, una realidad difícilmente rebatible como tal. Bien, bien, bien. Pero hay algo que no entiendo, que no logro entender de ninguna de las maneras. ¿Cómo se concilia el gravísimo problema de un amplísimo segmento de población, joven, con pocos recursos económicos –la famosa generación de mileuristas, de la que tanto se habla también-, que tiene prácticamente imposible el acceso a una vivienda digna en condiciones mínimamente aceptables, con ese frenesí constructor, esa fiebre del ladrillo, que está convirtiendo, no ya nuestras ciudades, sino cualquier pedazo de nuestro territorio, por mísero que sea y se ubique donde se ubique, en pasto de grúas y excavadoras?

Las leyes del mercado dicen, creo, que si hay un exceso de oferta (de plátanos, pantalones vaqueros o videojuegos, el producto concreto tanto da...), los precios bajan; hasta tal punto este fenómeno sucede en tales términos que, cuando se producen episodios de sobreproducción de un artículo concreto, los agentes que controlan el mercado del mismo prefieren destruir los excedentes a repartirlos gratuitamente, con el fin de evitar un derrumbe de precios. Y llegados a este punto, me pregunto ¿eso no vale para el producto vivienda? ¿no hay quien tumbe sus precios? Porque la oferta crece y crece sin freno alguno, y los precios, lejos de descender –o, en el peor de los casos, estabilizarse, o situarse en un ritmo de incremento suave-, siguen subiendo vertiginosamente.

No soy economista: salta la vista, y a leguas. Supongo que alguien con conocimientos técnicos en la materia me puede explicar, con relativa sencillez, los mecanismos y elementos en virtud de los cuales las cosas, en este terreno, son de esta manera; hasta he debido oírlos, en alguna ocasión, expuestos en cualquier tertulia radiofónica, debate televisivo o invento de similar jaez. Pero eso no eliminaría –ni siquiera reduciría- mi estupor o, más bien, mi considerable mosqueo: cuando las motivaciones técnicas no se atienen a una lógica comprensible para el común de los mortales, es que algo huele a podrido, y no precisamente en Dinamarca, sino bastante más cerquita: en Murcia, en Ciempozuelos o en la calita aquella en la que, hasta hace bien poco, uno podía bañarse en aguas paradisíacamente cristalinas en la más absoluta de las libertades y, dentro de bien poco, uno tendrá que esquivar mazacotes de treinta pisos para poder llegar a un trocito de playa infecto-contagiosa. Así es más fácil, también, que no se te olvide que, a la vuelta de la excursión playera, esa gruesa maroma que tu banco gusta de llamar crédito hipotecario, sigue estando ahí, en su mismo sitio: enroscada a tu cuello. Glups...

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