Octubre del 2006

Ni desesperadas, ni al borde de un ataque de nervios: simplemente... Mujeres

Por Manuel Márquez - 31 de Octubre, 2006, 20:19, Categoría: Medios

Dado el aluvión de series que puebla las parrillas de programación de las diversas cadenas televisivas, tanto generalistas como temáticas, suelo ser bastante cauto a la hora de hacer probaturas con cualquiera de ellas: a decir de los entendidos (permitan, amigos lectores, que este humilde escribiente sea, a título personal, bastante más escéptico sobre el particular), su nivel de calidad general, o promediado, ha subido de tal manera que se hace difícil no resultar víctima de un enganchón fulminante con cualquiera de ellas, y bien sabido es –debe ser el signo de estos tiempos convulsos y acelerados- que no anda el horno de la disponibilidad temporal para tales dispendios. Si malamente saca uno un huequecito para ver una película de vez en cuando, abonarse -a piñón fijo- a una serie de emisión más o menos regular, y más o menos frecuente, puede convertirse, desde esa perspectiva, en una especie de pequeña tragedia cotidiana (puestos a exagerar y decir barbaridades, naturalmente).

De ese modo, fue totalmente casual el hecho de que, hace unas semanas (cuatro, si mal no recuerdo), empezara a ver, ya iniciado, el capítulo que la 2 de Televisión Española emitía en ese momento de la serie Mujeres. Y... touché: en pocos minutos, había pasado a convertirme en un integrante más de la fiel cohorte de seguidores (desconozco si muy o poco numerosa aunque está claro que la cadena en la que se emite tiene unos índices de audiencia bastante bajos, y ésa es una circunstancia que, sin duda, pesará, y mucho, a este respecto) de un universo poblado por un conjunto de mujeres que, sin vivir en Whisteria Lane ni estar más desesperadas de lo que cualquiera de sus congéneres podría llegar a estarlo (en una tesitura similar), se nos hacen, cada noche de lunes, cercanas, tiernas, entrañables; o, como decía el bardo, por lo menos queribles, amables...

Félix Sabroso y Dunia Ayaso, un tándem que ya ha demostrado una mano más que hábil en la creación de comedias sencillas, ligeras y plenas de ingenio (o sea, ésas que son tan fáciles de disfrutar como difíciles de hacer...) en el formato largo cinematográfico, han sido capaces de poner en pie y dar vida –con la ayuda, ciertamente impagable, de un elenco de actrices que no se puede calificar más que de excelente- a un entramado dramático en el que la naturalidad y cotidianidad de las situaciones –ésas que todos podemos identificar sin demasiado esfuerzo; cercanas, familiares (sin que, por ello, carezcan de efectividad narrativa)-, el equilibrio –exquisito- en el peso de las tramas y personajes, y la frescura y espontaneidad de sus diálogos –y ahí es donde el cuadro de intérpretes pone toda la carne en el asador: me niego a citar particularmente a ninguna de ellas, porque supondría no hacer justicia con el resto- consiguen un resultado final que brilla muy por encima de sus pretensiones.

Productos televisivos de este corte son los que reconcilian a un telespectador embrutecido por su sometimiento habitual a una auténtica andanada de banalidades y porquerías, con el gusto por la obra tan sencilla como bien hecha. Para ustedes, amigos lectores, mi más encarecida recomendación (valga la redundancia: no creo que fuera muy necesario explicitarla, pero me curo en salud...). Y para ellos y ellas, sus creadores y ejecutores, mi felicitación y mi agradecimiento: los martes por la mañana llego al trabajo algo más cansado, pero pienso, sinceramente, que mereció la pena...

NOTA: talento y generosidad son atributos que no siempre van de la mano, pero, en esta ocasión, sí. La simpatiquísima foto con la que, pese a los numerosos problemas que vengo teniendo en los últimos días para "pinchar" imágenes en el blog, tengo ocasión de ilustrar este artículo, se muestra con la autorización, y por cortesía, de Félix Sabroso y Dunia Ayaso.De corazón, muchas gracias.

Grageas de cine XXVI: a propósito de... Viggo Mortensen y Gimlet

Por Manuel Márquez - 29 de Octubre, 2006, 20:34, Categoría: Cine: Grageas de ...

Aunque el enorme revuelo generado a raíz de Alatriste –ya palpable y evidente desde que se iniciara su rodaje, pero más agudo aún, si cabe, a partir de la fecha de su estreno-, puede hacer pensar que ésta constituía la primera experiencia de su protagonista, Viggo Mortensen, en el cine español, no es así, ni muchísimo menos. Hace la friolera de once años que el bueno de Viggo tuvo ocasión de protagonizar una película española: Gimlet, de José Luis Acosta.

Gimlet –de la que tengo un recuerdo algo difuso: lógico, si se tiene en cuenta que la ví hace bastantes años, con motivo de un pase televisivo en La 2, de RTVE- era, es, una suerte de film noir, con una atmósfera bastante turbia y misteriosa, que constituyó el espléndido debú en la dirección de su realizador, el que hasta aquel entonces era un joven y exitoso guionista televisivo, José Luis Acosta (un hombre afable y sencillo, al que tuve la ocasión de conocer personalmente pocos años después del estreno de su opera prima), y que unió como pareja protagonista a una estrella consolidada, como Ángela Molina, y un, en ese momento, prácticamente desconocido actor norteamericano de mirada enigmática y expresión difícilmente definible, que, desde luego, encajaba como anillo al dedo en el papel y la trama de un film totalmente a contracorriente de lo que el cine español venía ofreciendo por aquellas fechas, y que, con algo más de fortuna (y una promoción más potente, todo hay que decirlo), hubiera podido llegar a convertirse, fácilmente, en una auténtica pieza de culto.

Circunstancias del cine (y de la vida, que, para el caso, vienen a resultar similares...); mientras que José Luis Acosta –que sigue siendo un reputadísimo y cotizadísimo guionista televisivo-, sólo dirigió una película más, tras Gimlet (un film situado en las antípodas de éste, No dejaré que no me quieras, una comedia romántica, coral y ligera, de resultados, seamos sinceros, bastante mediocres, y con la que se dio un batacazo, tanto de crítica como de taquilla, ciertamente espectacular), ese chico pálido, ojeroso y enigmático, de un atractivo magnético e irresistible, se convirtió, previo paso por la trilogía anular, en una megaestrella de calibre internacional, y, como tal, volvió a aterrizar en nuestro país para encarnar a un personaje situado en las antípodas de aquel (que, puestos a acentuar sus rasgos mistéricos, carecía hasta de nombre) al que diera vida en esa su primera película en España. ¿Y Ángela Molina? Bien, gracias, cómo no....

Vayan, desde estas líneas, el reconocimiento para los méritos de un actor al que, más allá de su mayor o menor valía artística, creo que es difícil cuestionarle un carisma de proporciones brutales, y el recuerdo cariñoso para un director al que, más allá de eventuales tropezones y disgustos (y me consta que la experiencia de ese segundo film fallido fue para él tan agotadora como mortificante), me gustaría ver de nuevo detrás de una cámara dando el grito de ¡Acción! Ojalá sea pronto, y que ustedes, amigos lectores, y el que esto escribe, lo veamos y disfrutemos...

Elegidos para la gloria (The right stuff; U.S.A., 1983)

Por Manuel Márquez - 26 de Octubre, 2006, 19:41, Categoría: Cine: Los jueves, ... (críticas)

SINOPSIS ARGUMENTAL.-

Seleccionados entre la flor y nata de la aviación militar estadounidense, los siete integrantes del Programa Mercury serán los encargados de dar la réplica al fulgurante arranque del programa espacial soviético y, como tripulantes de las naves estadounidenses, convertirse en los primeros "hombres libres" que navegan por el espacio. Imbuidos del alto espíritu de su misión, estos hombres vivirán como una experiencia personal y familiar irrepetible su condición de símbolo del poderío norteamericano y asumirán la necesidad de desempeñar de manera irreprochable un papel que va mucho más allá de su mera experiencia profesional. Mientras tanto, sobrevolando los desiertos de Baja California, un héroe solitario, el piloto Chuck Yeager, continúa manteniendo su particular lucha, a riesgo de la propia vida, contra los límites de la barrera del sonido. Dos filosofías de la vida y dos formas, radicalmente opuestas, de afrontar la conquista de los cielos como un reto para la condición humana.

RESEÑA CRÍTICA.-

Difícil hallar un territorio más apropiado para la épica al gusto norteamericano que el de la conquista, ya sea la del lejano Oeste (semilla germinal capaz de engendrar todo un género específico, como es el western), ya sea la del espacio sideral, ésa sobre uno de cuyos primeros episodios –prácticamente, el comienzo de eso que, con la guerra fría como telón de fondo, vino a llamarse la carrera espacial- gira Elegidos para la gloria.

Una película con un arranque más que interesante, ya que busca un punto de conexión y de precedencia al cuerpo central de su trama, en un episodio anterior en el tiempo y en el proceso evolutivo de la técnica aeroespacial que habría de desembocar en los vuelos astronaúticos: el de la búsqueda (y superación) de la barrera del sonido, el mítico Match 1, en pos del cual dejó salud y vida más de un piloto probador, víctima del sometimiento a unas condiciones físicas extremas para los cuales ni la preparación corporal ni los elementos técnicos estaban debidamente acondicionados. En este tramo inicial de la película, cuyo protagonismo recae básicamente sobre el personaje de Chuck Yeager, una especie de "llanero" (valga la contradicción) solitario –al que da vida magistralmente un hierático y contenido Sam Shepard-, se sientan unas premisas bastante prometedoras, que nos hacen abrigar esperanzas de encontrarnos ante una historia tan intensa emocionalmente –a base de escarbar bajo los acontecimientos- como bien construida desde un punto de vista fílmico.

Nuestro gozo en un pozo: una vez finiquitada la parte introductoria, cuando entramos en el meollo central de la historia (la selección y preparación de los integrantes del Programa Mercury, así como los avatares que van surgiendo al hilo de sus vuelos sucesivos), a Philip Kaufman se le va la mano de forma tan espectacular como inexplicable, y, aunque desde un punto de vista técnico (como ejemplo significativo, la espectacularidad de las secuencias de los vuelos sigue siendo impresionante) y rítmico (no se debe ignorar, en el haber de la película, que sus más de 150 minutos de duración no se hacen lentos ni pesados), el film no pierde un ápice de sus méritos, en lo que se refiere al enfoque y planteamiento se convierte en un ejemplar del más zafio y ramplón cine patriotero-palomitero que la factoría hollywoodiense es capaz de pergeñar.

Esos soviéticos, convertidos en una extraña y paradójica mezcla de diabólicos satanases y peleles de baba caída (algo bastante contradictoria, la verdad sea dicha...); y esos norteamericanos, tan sanos, tan fuertes, tan honrados, tan listos, tan... todo, todo, no falta una sola virtud en ese puñado de generosos y abnegados héroes, y sus no menos entregadas y sufrientes esposas. Y barras y estrellas, y sonrisas de suficiencia (machacaremos a esos rusos...); y más barras y estrellas, y rostros tensos y crispados (llegaremos antes, y más alto, y más lejos...); y más barras y estrellas, aún, si cabe. Efectivamente, se le fue la mano.

No obstante, tampoco hay que descargar toda la responsabilidad del desaguisado en el debe del director –aunque, como responsable último, así haya de hacerse constar-: papel destacado en la debacle juega también el elenco actoral, con especial mención para los tres "mosqueteros", protagonistas principales: un Dennis Quaid que ofrece un repertorio desatado de sus más inoportunas muecas y risotadas (y pocos recursos más son los que tiene para ofrecernos el buen señor...), y, tristemente (en especial, a la vista de los muchos y muy buenos trabajos con que ambos nos han regalado a lo largo de sus prolíficas y fructíferas carreras; aquí sí que había, supongo, bastante margen de mejora), una pareja de buenos actores como son Ed Harris y Scott Glenn, que se disipan entre excesos gestuales y un histrionismo en los diálogos que los acerca más a una caricatura de sí mismos que a cualquier otro referente interpretativo más decente.

Una auténtica lástima, tanto por el talento desperdiciado como por la penosa constatación de que una tirada métrica realmente fastuosa de celuloide magníficamente filmado se convierte en algo vacuo e inane, al servicio de un relato fallido y distorsionado "gracias" a una intencionalidad lastrada por un exceso de parcialidad: y no se trata de plantear, aquí y ahora, un discurso ya bastante manido de antiyanquismo de progresía trasnochada, sino de afirmar que esas parcialidades casi nunca son buenas, ni en el cine, ni en la vida misma, y el patriotismo, que tanto y tan bien viste en desfiles y paradas militares, no es el aditamento más adecuado ni siquiera en territorios de conquista, porque, en última instancia, la conquista, la que avanza y trasciende, siempre es la del hombre y su especie, sin fronteras ni banderas (aunque tengan barras y estrellas...). Otra vez será...

Los jueves, cine: Mogambo (U.S.A., 1953)

Por Manuel Márquez - 20 de Octubre, 2006, 16:30, Categoría: Cine: Los jueves, ... (críticas)

SINOPSIS ARGUMENTAL.-

Victor Marswell vive su particular exilio como cazador y guía de safaris en las sabanas africanas, listo para prestar sus servicios –más o menos confesables- al mejor postor. Hombre de vuelta de todo, y con una profunda misoginia, se habrá de enfrentar, repentinamente, a dos mujeres que aparecen en su plácida existencia de forma inopinada e inesperada, y que son como la noche y el día: Eloise "Honey Bear" Kelly, casi tan de vuelta de todo como Marswell, y, con su toque sardónico, la auténtica horma de su zapato, pese a lo cual se enamorará de él perdidamente; y Linda Nordley, una tierna y cándida muchacha, que acompaña a su marido en la búsqueda de chimpancés para un reportaje fotográfico, y terminará encontrando algo bien distinto: una caída fatal y completa en las redes del guía, a cuyos pies se rendirá totalmente encendida de amor; un amor al que, sorprendentemente, éste corresponde de una forma que ni él mismo podía prever. Entre la espada y la pared, habrá de optar entre dejarse atrapar por los brazos de un sentimiento que creía ya extinguido para siempre –y arruinar el feliz matrimonio de la cándida Linda- o tomar –convenientemente ayudado por la solícita (y nada altruista: ella juega sus cartas...) Eloise-, medidas drásticas antes de que la situación pase a mayores...

RESEÑA CRÍTICA.-

Lejos de sus escenarios habituales –los grandes espacios abiertos del western más clásico o los campos de batalla del cine bélico-, John Ford se marcó esta excursión exótica, nada menos que a las remotas selvas centroafricanas, para manufacturar esta sencilla película, centrada en unos amores tan intensos y tórridos como el clima del territorio en el que transcurre su acción. Mogambo, de todos modos, huye, a lo largo de todo su metraje, de la condición de drama desbocado, y, pese a cuán bien se presta a ello su premisa argumental –ese triángulo atípico, en el que el vértice es ocupado por el protagonista masculino, objeto de la querencia y el deseo de dos encarnizadas (y completamente antitéticas) competidoras-, no entra en esa dinámica gracias al contrapunto de fina ironía y humor ligero (casi valseado, diríase, si no nos halláramos tan lejos de los ampulosos salones vieneses...) con que se tiñen tanto su trama como la caracterización de sus personajes (sobre todo, los dos que encarnan Clark Gable y Ava Gardner).

Es en esa línea en la que inciden tanto la intencionalidad del director (aunque Mogambo no es, propiamente, una película de autor, sino de estudio –y de sus estrellas-, la mano, sabia mano, de Ford se deja notar, y mucho) como, muy especialmente, las interpretaciones de los dos arriba citados, Gable y Gardner. El primero compone, con su personaje de Marswell, un excelente retrato del cazador (magnífica metáfora: resulta evidente que entre las piezas que gusta de cobrar destacan, muy particularmente, los ejemplares femeninos de su misma especie...) poco escrupuloso en todos los aspectos morales (o no), muy de vuelta de todo (o casi), y con un sentido del humor socarrón y bastante negro en más de una ocasión que le sirve para acotar su territorio, ése en el que no hay cabida para nada ni nadie que no sea su propio interés. En cuanto a la segunda, su trabajo como Eloise también raya a gran altura, y ofrece a Gable una réplica de nivel más que estimable (y, aún así, su belleza sigue resplandeciendo por encima de su talento: demasiada belleza, claro...). Algunos de los diálogos que se entablan entre los dos personajes gozan de una chispa y un ingenio que ya quisieran exhibir muchas y buenas comedias de la época dorada del género.

No podemos olvidar, tampoco, a la tercera pata del trípode, al que da vida Grace Kelly –también belleza deslumbrante, aun en unos parámetros radicalmente diferentes a los de Ava-, y que nos ofrece una versión completamente distinta de la vivencia amorosa, más apasionada, ésa que corresponde a la mujer que aún está de ida, mientras que su partenaire ya hace tiempo que volvió... Una historia con muy mal cariz, y que sólo puede terminar como malamente acaba: así lo mandan los cánones, y así se respetan en esta historia.

En este colorín simpático que es Mogambo (no hay mayores pretensiones en la película, y bien que se agradece) no hay ni trampa ni cartón, y sí que tenemos, en cambio, un divertimento agradable, bien filmado y manufacturado, con sabio manejo (dentro de la más cruda sencillez) de los recursos técnicos imprescindibles. Su regusto a ese cine de sesión vespertina de sábado (o matiné de domingo) es su mayor valor, y, como tal, merece la pena disfrutarla, entre el rugir de los leones y el tam-tam de los tambores....

A salto de mata XI: incongruencias inmobiliarias

Por Manuel Márquez - 18 de Octubre, 2006, 18:51, Categoría: A salto de mata

Ya he tenido ocasión de extenderme en alguna otra ocasión, dentro de este blog, sobre cómo ciertas concatenaciones de noticias (¿casuales, no casuales...?) ponen de manifiesto la existencia de contradicciones, incongruencias, incoherencias difícilmente explicables –en términos concretos, y más allá de lugar común, aun no por ello menos cierto, de que la contradicción, la incongruencia y la incoherencia forman parte intrínseca de la condición humana-. La de hoy, pues, es una más, una de tantas, aunque he de reconocer, desde mi ignorancia y mis cortas entendederas, que, a más vueltas que le doy, más incapaz de veo de comprenderla.

Cuestión inmobiliaria. O LA cuestión inmobiliaria, quizá, puestos a ser más precisos. Búrbujas valorativas, cabalgadas especulativas, estrangulamientos hipotecarios.... conceptos y elementos de los que se habla insistentemente, que están en la mente de todos, y que constituyen, mal que bien, una realidad difícilmente rebatible como tal. Bien, bien, bien. Pero hay algo que no entiendo, que no logro entender de ninguna de las maneras. ¿Cómo se concilia el gravísimo problema de un amplísimo segmento de población, joven, con pocos recursos económicos –la famosa generación de mileuristas, de la que tanto se habla también-, que tiene prácticamente imposible el acceso a una vivienda digna en condiciones mínimamente aceptables, con ese frenesí constructor, esa fiebre del ladrillo, que está convirtiendo, no ya nuestras ciudades, sino cualquier pedazo de nuestro territorio, por mísero que sea y se ubique donde se ubique, en pasto de grúas y excavadoras?

Las leyes del mercado dicen, creo, que si hay un exceso de oferta (de plátanos, pantalones vaqueros o videojuegos, el producto concreto tanto da...), los precios bajan; hasta tal punto este fenómeno sucede en tales términos que, cuando se producen episodios de sobreproducción de un artículo concreto, los agentes que controlan el mercado del mismo prefieren destruir los excedentes a repartirlos gratuitamente, con el fin de evitar un derrumbe de precios. Y llegados a este punto, me pregunto ¿eso no vale para el producto vivienda? ¿no hay quien tumbe sus precios? Porque la oferta crece y crece sin freno alguno, y los precios, lejos de descender –o, en el peor de los casos, estabilizarse, o situarse en un ritmo de incremento suave-, siguen subiendo vertiginosamente.

No soy economista: salta la vista, y a leguas. Supongo que alguien con conocimientos técnicos en la materia me puede explicar, con relativa sencillez, los mecanismos y elementos en virtud de los cuales las cosas, en este terreno, son de esta manera; hasta he debido oírlos, en alguna ocasión, expuestos en cualquier tertulia radiofónica, debate televisivo o invento de similar jaez. Pero eso no eliminaría –ni siquiera reduciría- mi estupor o, más bien, mi considerable mosqueo: cuando las motivaciones técnicas no se atienen a una lógica comprensible para el común de los mortales, es que algo huele a podrido, y no precisamente en Dinamarca, sino bastante más cerquita: en Murcia, en Ciempozuelos o en la calita aquella en la que, hasta hace bien poco, uno podía bañarse en aguas paradisíacamente cristalinas en la más absoluta de las libertades y, dentro de bien poco, uno tendrá que esquivar mazacotes de treinta pisos para poder llegar a un trocito de playa infecto-contagiosa. Así es más fácil, también, que no se te olvide que, a la vuelta de la excursión playera, esa gruesa maroma que tu banco gusta de llamar crédito hipotecario, sigue estando ahí, en su mismo sitio: enroscada a tu cuello. Glups...

Metablog III: el tamaño ¿importa...?

Por Manuel Márquez - 15 de Octubre, 2006, 20:26, Categoría: Metablog

Constato, como tendencia predominante en los blogs punteros, aquellos que suelen ocupar las primeras posiciones en los rankings de mayor prestigio, que los artículos suelen ser cortos, muy cortos. Con maquetaciones y formatos más o menos espectaculares, con aditamentos gráficos de mayor o menor entidad, pero, en cualquier caso, casi siempre con textos de poca extensión.

¿Aplicación del viejo refrán aquel de que "lo breve, si bueno, dos veces bueno"? ¿Adaptación a una pauta importada de manuales que proclaman la conveniencia de esa característica para todo texto escrito? ¿Consciencia de que todos andamos con demasiada prisa, y devorados desde múltiples frentes que reclaman nuestra atención, como para "perder" demasiado tiempo en la lectura de un texto más amplio? No lo sé; supongo que de todo habrá en la viña del señor (bloguero), y no debe ser fácil apelar a un motivo concreto. Pero creo no equivocarme en la apreciación de que la tendencia es ésa que señalo en el párrafo anterior.

Y me parece muy respetable; incluso, a veces, muy positiva: un ejercicio de contención termina obligando a un pulimentado del texto al que otros, ciertamente, no nos entregamos. Pero no es mi opción, a mí me gustan más los textos extensos, prolijos, desarrollados ampliamente. ¿Pesados, aburridos? Probablemente, también, al menos en algún caso, pero supongo que lector habrá (alguno que otro) que prefiera afrontar un texto largo a algo más parecido a un pie de fotografía que a un artículo (dicho sea sin ánimo crítico alguno). Cuestión de gustos, de querencias. Y, obviamente, cada uno con la suya.

En cualquier caso, este artículo, en concreto, ha resultado particularmente corto. Pero aún podría haberlo sido bastante más. Veamos, pues.

Ahora, la versión corta de Metablog III: Los blogs más seguidos suelen tener textos cortos, muy cortos. Prefiero los textos largos. Cada loco con su tema...

Más o menos.

Grageas de cine XXV: a propósito de.... Cleopatra (Argentina/España, 2003)

Por Manuel Márquez - 14 de Octubre, 2006, 8:47, Categoría: Cine: Grageas de ...

Ya me consta que no está bonito, ni resulta políticamente correcto, criticar a quien ya no está presente para rebatir las críticas; pero ése es un elemento con el que todo creador artístico ha de contar: él desaparecerá, y su obra, no; perdurará, expuesta a que cualquier receptor pueda opinar sobre la misma. Y no siempre lo hará, obviamente, de forma positiva.

Viene el comentario al hilo de que, hace un par de días, el segundo canal de Radiotelevisión Española emitía, a título de homenaje y recuerdo del director argentino recientemente fallecido Eduardo Mignogna, su último film, Cleopatra. Es comprensible la elección si tenemos en cuenta la doble circunstancia de que se trataba del último de sus films que fue estrenado en España, y de que el mismo contaba con la participación en la producción de dicha cadena televisiva. Pero lo cierto es que, aun contando con que no conozco íntegramente la filmografía (por otro lado, no muy extensa) del realizador finado, hay en la misma alguna película bastante más interesante que esta especia de road movie, una suerte de remedo de Thelma y Louise a la argentina, eso sí, bastante desmejorado en relación con el "original", en la medida en que toda su trama, salvo aquellos de sus avatares (y no son pocos) que pecan de una inverosimilitud manifiesta, resulta de una previsibilidad que termina por hacerla mortalmente aburrida.

Exprimir de manera inmisericorde, como hace el malogrado Mignogna, las dotes interpretativas de esa gran dama de la pantalla argentina que es Norma Aleandro termina generando (o, más bien, degenerando, si se me permite el juego de palabras) una sensación de cierto hartazgo, hasta un punto en que uno llega a experimentar ciertas dudas acerca de si el film tiene algún otro objeto que no sea el de servir de plataforma de exhibición de toda la panoplia de habilidades de la actriz –cuya presencia en plano es casi permanente-, además de suponer un lastre demasiado pesado para su acompañante, la joven (y, ciertamente, muy bella) Natalia Oreiro, que, aun contando con la generosa presencia en pantalla que le otorga el peso de su personaje, más que ensombrecida o disminuida, termina quedando sepultada bajo losa de tamaño calibre. ¿Leo Sbaraglia...? Pasaba por ahí, y nos dejó unas sonrisas lánguidas, que le quedaron muy vistosas. ¿Ah, que me dicen que también tenía un papel en el film? Perdonen, no me llegó a quedar muy claro...

En fin, amigos lectores, ¿qué más quieren que les diga? Poco más; eso sí, que si hubiera tenido ocasión de elegir, por supuesto, La fuga: no la encontrarán en ninguna de esas listas de las cien mejores de la historia, o de las mil y una que hay que ver (como si hubiera alguna que no haya que ver...), pero les puedo asegurar que es mucho más entretenida. Creo...

Cuatro: del dicho al hecho...

Por Manuel Márquez - 11 de Octubre, 2006, 21:06, Categoría: Medios

La valoración de cualquier empeño personal, ya sea individual o colectivo, en función de las proclamas o declaraciones de sus responsables suele constituir, en la mayoría de las ocasiones, bien un acto de injusticia,bien de ignorancia, en la medida en que soslaya una constante tan humana como es la de la (más o menos amplia) distancia que suele mediar entre tales efusiones verbales y las realidades que, supuestamente, reflejan. Hay ocasiones en que la distancia, por lo reducida, casi justifica que no se hagan reproches al respecto, y que, en último extremo, demos por buenas las argumentaciones de su emisor. Pero hay otras en que esa distancia es tan abismal que ni la más potente de las collejas sería castigo suficiente para el mentirosillo de turno: en el caso de los responsables de Cuatro, una poderosa manta de palos seguiría quedándose corta...

El nacimiento de Cuatro, allá por el mes de noviembre del pasado año, vino envuelto en una campaña publicitaria cuyos mensajes de fondo pretendían subrayar el que, se supone, habría de ser rasgo distintivo de la cadena. Llamémosle, por ejemplo, estilo. Cuatro no iba a luchar por las audiencias masivas (empeño en el que dejaría que se siguieran despedazando a dentellada limpia aquellos que ya venían haciéndolo hasta la fecha, es decir, el resto de cadenas generalistas), sino que iba a hacer una televisión diferente, alejada de todo lo zafio y soez que, en ese momento, y desde hacía algunos años, se enseñoreaba del panorama catódico. En Cuatro, naturalmente, sólo habría sitio para una programación de calidad, con lustre, enfocada a un público preferentemente urbano, joven y culto, y, si en base a ella, el nicho de mercado no llegaba a alcanzar un volumen muy alto, no había mayor problema. Se trataba de buscar la calidad, y no la cantidad.

La cuestión es que la parrilla de programación empezó haciendo honor a tal declaración de intenciones, con un especial énfasis en unos servicios informativos tremendamente potentes y un abanico de series variado y contrastado, que venían a constituir los dos pilares básicos sobre los que se configuraba la oferta televisiva. Y así arrancó el invento: francamente bien, todo hay que decirlo, y con unas perspectivas ilusionantemente prometedoras. Pero ya conocen, amigos lectores, aquel refrán que reza aquello de que lo bueno, si breve, dos veces bueno: en la mente de los responsables de la cadena debió instalarse tal aserto en calidad de axioma incontrovertible, y, efectivamente, lo bueno duró poco. ¿Poco? No, poquísimo. El tiempo justo para constatar que incidir en una serie de líneas de programación y contenidos más acordes con los gustos imperantes rendía frutos inmediatos en forma de crecimiento de los índices de audiencia. Y ése fue el camino emprendido, hasta la fecha, en que, con la incorporación reciente (hace sólo una semana) del programa matinal de Concha García Campoy, es posible que podamos dar ya por cerrado el proceso de homogeneización y estandarización sufrido por el canal televisivo generalista y en abierto del grupo Prisa.

La parrilla de programación actual de Cuatro se parece bastante poco (prácticamente, nada) a aquella con la que la cadena arrancó sus emisiones, y sí es perfectamente asimilable a la de cualquiera otra de las cadenas generalistas: formatos similares en todas las franjas horarias, contenidos en línea con lo habitual en todas ellas (con especial dedicación al mundo de eso que viene en llamarse corazón –sic-) y otorgamiento del máximo protagonismo (hasta el punto de convertirlos en sus auténticos "buques insignia") a los programas de telerrealidad –sic-. En consonancia, los índices de audiencia empiezan a abandonar los ratios por debajo del 5 %, habituales hasta hace poco tiempo, para ir rascando, paulatinamente, cifras más cercanas al 7 % (más que estimable subida, sobre todo si se tiene en cuenta la velocidad con que la fragmentación de audiencias está haciendo mella en los grandes índices de las cadenas "mayores").

¿Qué es, pues, lo que no cambia? El discurso, obviamente. La dirigencia de Cuatro, en pleno, sigue proclamando a los cuatro vientos su condición de cadena de televisión "diferente". Y, qué quieren que les diga, amigos lectores, no cuela. No voy a negar que los programas punteros (magacines, concursos de telerrealidad y similares) de Cuatro procuran huir del encanallamiento brutal en que la mayoría de programas de tales formatos de otras cadenas se instalaron hace ya años, y que hay ciertos límites que, en base a unas determinadas convicciones periodísticas, no se llegan a traspasar, afortunadamente. Pero es difícil, muy difícil, conseguir que los formatos no terminen "contaminando", de alguna manera, los contenidos: se trata de un proceso inoculatorio de percepción muy tenue, casi imperceptible, pero imparable. Y, más allá de que me resulte más hermosa y estimulante la melena leonística de Vicky Martín Berrocal que las relucientes calvas de los infames hermanos Matamoros, sospecho que, a poco que se rasca, no se encuentra mucho más debajo de la una que de las otras. ¿Conclusión? Que con queso, a los ratones. Y aún dirán que es el doctor House el que tiene la cara muy dura....

Metablog II: Qué hace un tipo como yo en un mundillo como éste...

Por Manuel Márquez - 6 de Octubre, 2006, 17:57, Categoría: Metablog

Desconozco las estadísticas –que, sin duda alguna, y con un grado de rigor y detalle apabullantes, me consta que, como las meigas, habellas, haylas- relativas a la edad media de los autores de blogs; pero, como seguidor regular y lector habitual de un buen puñado de ellos, y visto lo visto en la materia, tengo la completa seguridad de que la mía se halla, y bastante, por encima de la misma.

Es comprensible. El mantenimiento regular y prolongado de un blog es una tarea que, más allá de los talentos, habilidades y capacidades que cada cual le aplique, requiere de un elemento fundamental e ineludible: tiempo (libre, por supuesto; doy por descontado, y todos asumimos, que los días tienen veinticuatro horas para todo el mundo). Y es una mera cuestión estadística que la disponibilidad de tan preciado tesoro, en función de situaciones personales (sobre todo, de índole laboral y familiar) suele ser mucho más elevada a edades más tempranas. Arañar una ó dos horas diarias cuando se "goza" de un trabajo con cierto nivel de responsabilidad y se tienen críos pequeños no es logro sencillo –buena cuenta puedo dar de ello-, y ésa es una situación más habitual entre talluditos internautas cuarentones que entre la troupe de aguerridos blogueros veinteañeros. Me limito a constatar el hecho, sin entrar en valoración alguna sobre ello: sencillamente, no tengo valoración alguna que hacer al respecto.

Pero tampoco es grave. He de reconocer que, en numerosas ocasiones, observo con cierta distancia, que no desinterés, los temas que, dadas la profusión, vigor y fervor con que son tratados, parecen ser principal objeto de atención de la comunidad bloguera: la precariedad laboral, la dificultad para el acceso a la vivienda, los derechos de autor y su influencia en la capacidad de acceso a productos culturales, el futuro de Internet (y de la cacharrería tecnológica a él asociada). Supongo que tal distancia es la consecuencia lógica de encontrarme en una situación vital en la que tales asuntos no constituyen (afortunadamente) una preocupación que se experimenta en carne propia; pero tampoco me resulta difícil comprender la desazón que esas cuestiones generan en buena parte de esa comunidad que sí que los sufre, ni tampoco por ello dejo de sentirme partícipe, en cierta medida, de la misma.

En cualquier caso, está muy claro que esta casa es grande, muy grande; enorme, diría yo. Tan enorme, que hay sitio para todos, sin dificultad alguna. Y, cómo no, tal cual cantara el bardo Joan Manuel, cada loco con sus temas: más o menos amplios, más o menos diversos, más o menos interesantes. Y a quien Dios le lea, que San Pedro le actualice el contador de visitas... Todos contentos, ¿no? Eso sí, no puedo evitar, de vez en cuando (procuro no recrearme demasiado en el ejercicio, porque no creo que sea bueno para la salud), una reflexión, casi furtiva, sobre lo que me hubiera supuesto, en estrictos términos de disfrute, haber podido contar con un blog hace quince, veinte años. Cábalas, elucubraciones, o la nostalgia de lo que no se vivió –la peor, la peor...-. En fin, dejémoslo estar.

Los jueves, cine: Teresa Raquin (Therese Raquin; Francia, 1953)

Por Manuel Márquez - 5 de Octubre, 2006, 21:24, Categoría: Cine: Los jueves, ... (críticas)

SINOPSIS ARGUMENTAL.-

Sepultada bajo la losa de dieciséis años de un matrimonio con su pusilánime primo Camille, carente de la más mínima pasión, y siempre bajo la ominosa presencia de la madre de éste, Teresa Raquin conoce a Laurent, un camionero afable y atractivo que se enamora perdidamente de ella, amor al que ella corresponde con idéntica intensidad. Pero esta relación no tendrá un camino fácil: al principio, serán las reticencias de Camille para dejar marchar libremente a su esposa; y, una vez que éste desaparece, será Riton, un buscavidas chantajista, el que complique los planes de vida en común de una pareja perseguida constantemente por el aliento de la tragedia.

RESEÑA CRÍTICA.-

Basándose en la novela homónima de Emile Zola (sobre la cual construye un guión actualizado temporalmente y con algunos ligeros retoques en lo que respecta al desarrollo sustancial de la trama), el veterano cineasta francés Marcel Carné edifica un drama tan sobrio como intenso, marcado por las soberbias interpretaciones de sus protagonistas y el sostenimiento de un ritmo pausado y perfectamente cadenciado.

Sin grandes alardes visuales (película en un blanco y negro bastante discreto, y con movimientos de cámara carentes de cualquier pretensión espectacular –medidos, concisos y precisos-), Carné desarrolla una historia que, bajo su fondo dramático, oculta corrientes subterráneas de miseria moral y fatalismo trágico, que se ponen de relieve tanto en su ambientación (esa casa-tienda de la familia Raquin, con un halo de tosquedad y ranciedumbre perfectamente logrados: diríase que incluso llega a olerse...) como en los giros que va dando la historia, que la hacen entroncar con grandes clásicos del género negro (hacia el que deriva lenta pero inexorablemente), de los cuales se aprecian reminiscencias más que evidentes (es inevitable recordar títulos de la década anterior, como Perdición, de Billy Wilder, o El cartero siempre llama dos veces, de Tay Garnett: también aquí aparecerá la muerte como el instrumento que, utilizado para eliminar las barreras interpuestas ante una pasión irrefrenable, termina erigiendo muros sutiles e invisibles más infranqueables que aquellos que pretendía derribar), hasta llegar a un final que, con un cierto punto de truculencia (juega a un encadenamiento de casualidades trágicas que terminan por abortar la posibilidad de un deseado final feliz), bien hubiera podido firmar el mismísimo Hitch en su momento de máximo apogeo creativo.

Fatalismo, represión, pasiones contenidas... difícilmente hubieran podido hallar mejor encarnadura tales sentimientos que los que le brinda una espléndida Simone Signoret: hierática y triste, la intensidad de su mirada y la rigidez de su porte (impasible el ademán, salvo en contadísimos casos, y no es por falta de ocasiones: la profusión de primeros planos es muy, muy amplia) dotan a su Teresa Raquin de un halo de verismo a la altura de las más grandes. A su trabajo da réplica más que digna un no menos acertado (aunque quizá no raye a tanta altura) Raf Vallone: más sonriente y efusivo en su traza externa, su mayor mérito radica en saber dar a su personaje los matices que corresponden a su evolución conforme a los avatares de la trama, que lo van haciendo más gris, más sombrío a medida que la misma avanza. Y tampoco se puede dejar de mencionar, en el capítulo de los intérpretes –aun cuando la presencia de su personaje sea mucho menor-, el excelente trabajo de Louise Sylvie, en el papel de Madame Raquin, la suegra y tía de Teresa: esa mirada mezcla de pánico y odio ciego, tras quedar paralítica, perfectamente plasmada en unos grandes primeros planos sobrecogedores, es de las que hielan la sangre.

Poco antes de que los jóvenes bárbaros de la nouvelle vague empezaran a "darle la vuelta al calcetín" del cine francés, este (tan denostado) por ellos Marcel Carné nos regaló esta excelente película, un auténtico lujo pleno de aciertos tanto en su plantemiento como en su ejecución, que compensa plenamente, con sus magníficas hechuras, el poso de amargura que lo triste de su historia deposita en el fondo del espectador mínimanente sensible. Se ruega, en consecuencia, a degustadores habituales de comedietas palomiteras y descerebradas se abstengan de la ingesta de este producto: les puede producir una muy molesta urticaria...

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