Todo tiene un límite

Por Manuel Márquez - 26 de Septiembre, 2006, 16:57, Categoría: Medios

Hoy comienza la emisión, en la primera cadena de Televisión Española, y en horario estelar (diez de la noche: un horario muy apropiado para el público infantil, por cierto...) de un nuevo programa de eso que viene denominándose "telerrealidad" [sic] (¿...? no entiendo cómo se puede otorgar tal denominación a algo que, si por ciertos rasgos básicos se caracteriza, son los de la artificiosidad, elaboración y manipulación; misterios de las modas lingüísticas, supongo): El primero de la clase, un concurso-espectáculo que, en la línea de experiencias como las de OT y similares, reunirá a ocho escolares de 5º de Primaria que, por un lado, competirán por alcanzar un preciado galardón económico (48.000 euros en concepto de beca de estudios diferida a lo largo de varios años) y, por el otro, habrán de procurar enganchar a un segmento de la audiencia televisiva suficientemente amplio como para justificar la continuidad del programa a lo largo de las semanas inicialmente previstas, de forma que no les termine pasando como a tantos y tantos programas les viene sucediendo últimamente –para esto último, contarán con la inestimable ayuda y colaboración de destacados personajes del mundo de la cultura, todos ellos intelectuales y pensadores de renombre y con un enorme prestigio en los ámbitos académicos y universitarios de todo el mundo: Milene Domingues, Arancha de Benito, Fernando Romay; en fin, creo que sobran mayores comentarios...-.

Personalmente, no siento el más mínimo interés por los programas de este corte y género, tan en boga y exitoso en estos últimos años. Y sobre sus supuestas calidades, o faltas de las mismas, así como sobre hasta qué punto cabe considerarlos, o no, exponentes de eso otro que se suele denominar "telebasura", no me voy a pronunciar, porque me faltan elementos de juicio y tampoco es una cuestión que me despierte excesivo entusiasmo. Es evidente que ahí están, con toda su pujanza y poderío, y, por otro lado, nada tengo que objetar a la cosificación a que se quieran ver sometidos (sus pingües beneficios esperan obtener a cambio de ello, también es obvio y evidente...) las personas adultas, MAYORES DE EDAD, que entran en su dinámica de funcionamiento participando, como protagonistas más o menos destacados, en ellos: es su libre voluntad, y cada cual, sin causar daño a otros, está en su derecho de hacer lo que le plazca.

Pero todo tiene un límite, cómo no. Y, en este caso, estamos hablando de niños, MENORES DE EDAD. Y en una televisión pública, sostenida con fondos a cuya obtención contribuimos todos los españolitos de a pie (los de limusina y palco, ya se sabe, se lo suelen montar de otra manera...). No estoy dispuesto a entrar en consideraciones acerca de los contenidos del programa (en principio, supuestamente "culturales"), así como sobre su línea y enfoque, y los posibles mecanismos que, para garantizar la integridad de los derechos de los menores participantes, se puedan articular –me consta que ya hay instancias políticas y administrativas (a las cuales el interés de los menores se la trae absolutamente al fresco, pero, ya se sabe, es la guerra, todo es munición...) moviéndose en ese terreno-; tampoco me vale el argumento de que se trata de participantes voluntarios, que cuentan, además, con la autorización y conformidad de sus progenitores. Me parece, tanto por una circunstancia como por la otra, lisa y llanamente, inadmisible.

Se supone que existe un consenso social básico, en toda sociedad próspera y avanzada (cual es el caso de la nuestra, creo), acerca de que determinados colectivos, en función de sus circunstancias (de edad, salud, posición socioeconómica, carácter minoritario, etc...), han de ser particularmente protegidos. Uno de esos colectivos es el de la infancia; y su protección no habría de limitarse a aquellas situaciones de riesgo que, por lo evidente o lo brutal de su percepción, son obvias. No basta con tomar medidas, penales o administrativas, contra la violencia familiar y escolar, o de protección de su integridad sexual, a través de la tipificación de cualquier conducta que pueda ser lesiva para la misma. Y tampoco es que pretenda comparar la importancia o gravedad de unas conductas o situaciones con las de otras. Pero creo que resulta evidente para cualquier mente medianamente lúcida, y sin necesidad de sesudos estudios psicológicos sobre el particular, que el sometimiento de unos críos de entre nueve y once años a la presión que conlleva un concurso televisivo, sea del formato que sea, pero más si es de este corte (prolongado en el tiempo y con un componente de espectacularización muy alto), no debe ser lo más sano ni procedente para su estabilidad emocional y su adecuado desarrollo educativo.

Tampoco me gustaría pecar de mojigatería ni de excesiva sacralización de una infancia a la que tampoco hay por qué recluir en ninguna suerte de búrbuja con la cual quede absolutamente aislada de su entorno social más próximo; pero creo, humildemente, que todo tiene un límite, y este proyecto televisivo no sólo lo sobrepasa, sino que, además, va muchísimos pueblos más allá del mismo. ¿Qué hubieran dicho Carmen Caffarel y los miembros del Consejo de Dirección de RTVE si este proyecto –esta especie de Ankawa, en el que a alguna lumbrera se le ha ocurrido la genialidad de sustituir monos, loros y serpientes por niños; total, ya puestos...- hubiera surgido auspiciado por una cadena privada de televisión? Pues eso, señores, un poquito de seriedad y de coherencia, que nunca están de más para aliñar cualquier ensalada.

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