A salto de mata X: Ese hombre...

Por Manuel Márquez - 23 de Septiembre, 2006, 16:29, Categoría: A salto de mata

El último ejemplar de político de raza en activo y con responsabilidades de poder; el último exponente de un tiempo y unos modos de hacer política ya pasados; el último representante de una estirpe de mandatarios cuyas luces y sombras necesitarán, aún, de un largo tiempo para poder ser desbrozadas con la suficiente claridad. Todo eso se dirá, se está diciendo ya, con motivo de su retirada, del presidente autonómico extremeño, Juan Carlos Rodríguez Ibarra. En cualquier caso, y como el del anuncio de la cerveza, todo un tipo.

Veinticuatro años al frente de la presidencia de la Junta de Extremadura: ahí es nada. A alguien capaz de conseguir algo así, más allá de los deméritos y defectos ajenos, no se le pueden negar méritos y virtudes propios: constancia, tenacidad, habilidad, astucia, inteligencia, visión estratégica, son elementos que, con toda seguridad, han ostentado lugar de privilegio en la "bolsa de viaje" de este avezado marinero de tierra adentro, y que le han permitido alcanzar un logro de tal calibre. Y es que nadar en aguas tan procelosas como las de la política sin ahogarte, y sin mayores daños apreciables que los de alguna pequeña vía de agua en la sala de máquinas (algo que también ha debido tener su peso, cómo no, a la hora de adoptar esta decisión, más allá de cualquier visión conspiranoica que a más de un analista se le ocurrirá también esgrimir), no es cosa sencilla, desde luego que no.

Eso sí: más allá de la convicción algo intuitiva de la existencia de tales valores, yo me considero absolutamente incapaz de juzgar o analizar con rigor la trayectoria política de Rodríguez Ibarra, más allá de lo que se pueda concluir acerca de sus (muy sonadas) comparecencias y opiniones públicas y publicadas sobre algunos temas muy específicos de la actualidad nacional, que le otorgaron una proyección muy superior en alcance y ámbito territorial al que su estricto ejercicio de gestión política le podrían haber conferido en buena lógica.

Extremadura es un territorio con una escasísima proyección en los medios a nivel nacional, lo cual se traduce en una tremenda ignorancia acerca de su realidad social, económica, política y de cualquier otra índole. Ésa es una realidad difícilmente rebatible; y hablo desde un territorio muy cercano geográficamente al extremeño, como es el andaluz; pero, en el ámbito de los medios, las cosas son como son. En consecuencia, sería un ejercicio temerario, y bastante poco honesto, el de entrar en valoraciones sobre los resultados de la gestión de Rodríguez Ibarra en sus veinticuatro años de gobierno, cuando poco se sabe acerca de los mismos.

Pero a Rodríguez Ibarra no se le va a juzgar, no se le está juzgando, por su gestión política, entendida en términos de acción específica sobre su ámbito competencial propio. No, no, no... A Rodríguez Ibarra se le va a juzgar, se le está juzgando, por aquello que ha hecho de él un personaje relevante y conocido, que son sus declaraciones públicas, siempre bastante a contracorriente del tono y contenido habituales de los discursos políticos convencionales y siempre aptas para generar desplazamientos hacia un territorio en el que siempre ha demostrado encontrarse particularmente cómodo –y encantado de haberse conocido-, el de la polémica. Sus diatribas antinacionalistas y su defensa a ultranza de determinados personajes muy relevantes en la vida interna del Partido Socialista (e, incluso, en un momento dado, de la política nacional española) han hecho de él genio y figura, y, curiosamente, adalid de unas posturas fervientemente secundadas por un buen puñado de ciudadanos que, en cuanto a ubicación política y electoral, no se sitúa, precisamente, en posiciones cercanas (más bien, al contrario) a las de su etiqueta política oficial.

¿Audaz, valiente, franco, políticamente incorrecto? Bien, no seré yo quien niegue la posibilidad de adjudicar esos epítetos a los posicionamientos públicos de un personaje tan vehemente (y con un puntito histriónico indiscutible) como Rodríguez Ibarra. Pero, ojo, amigos lectores, no se llamen a engaño: él siempre ha medido perfectamente el alcance de lo que decía en cada lugar y en cada momento, y palabras que, en un determinado contexto, podían sonar a verdades como puños arrojados con toda sinceridad, y sin tapujos, en la cara del adversario –es decir, un ejercicio de arrojo y valentía-, tenían una dimensión de producto para consumo interno cuyos réditos electorales, a la vista ha quedado, han sido siempre cuantiosísimos.

Y es que ya la formuló muy bien el presidente Maragall, refiriéndose a otro ilustre prócer socialista (¿?) recientemente retirado de la vida política activa; rezaba aproximadamente tal que así: si los míos me votan porque son los míos y los que no son míos me votan porque pienso igual que ellos, pues me vota todo el mundo. Elemental, ¿no? Lo que no debe ser tan sencillo es hacerlo sin que se te vea el plumero. Más aún cuando lo llevas enseñando más de veinte años. Lo dicho: genio y figura... Feliz retiro, señor, se lo tiene bien ganado, supongo.

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