SINOPSIS ARGUMENTAL.-
En la glamourosa estación invernal italiana de Cortina d"Ampezzo se da cita, alrededor de la enorme expectación que despierta la presencia de la deslumbrante princesa Dala (y su no menos enorme joya, el diamante "Pantera rosa", el más grande y caro del mundo), toda una fauna de personajes del más variado pelaje: desde nobles de medio pelo o pelo entero (tanto da...) hasta ladrones de toda condición, a cuya cabeza se sitúa el mítico "Fantasma", toda una institución en el ramo tanto por la audacia y calibre de sus golpes como por su inagotable capacidad de seducción –condiciones ambas que habrá de poner en juego, junto a la inestimable colaboración de su cualificadísima banda, para conseguir su gran objetivo-. Ante tal amenaza, las fuerzas de la ley sólo pueden oponer a alguien de similar nivel, y ahí aparece, en el centro de tal marabunta, nuestro particular héroe: el ínclito inspector Clouseau, que habrá de desplegar todas sus artes y habilidades (¿?) para desmantelar la operación...
RESEÑA CRÍTICA.-
Hay ciertos directores a los que cuesta un tanto "colgarles la etiqueta" de autores, pese a que su cine tiene unas señas de identidad bien definidas, una suerte de "marca de la casa" que hace sus películas perfectamente reconocibles, sin dificultad alguna; debe ser por la falta de un pedigrí de suficiente nivel o por una cierta confabulación de la crítica para no otorgarles tal condición en base a no se sabe muy bien qué extraños criterios (al fin y al cabo, calificar a un cineasta como autor no equivale a considerarlo buen cineasta, al menos necesariamente). Ése parece ser el caso de Blake Edwards, continuador de una línea de alta comedia americana en la que siempre se desenvolvió como pez en el agua.
Buena muestra de esa soltura es la que exhibe en La pantera rosa: comedia de altos vuelos y pretensiones, urdida con mimbres de la mejor calidad, y un auténtico muestrario de golpes de efecto en la mejor tradición del slapstick clásico, adobado con un despliegue formal de auténtico lujo. Profusión de escenarios para el desarrollo de la acción (París, Roma, Los Ángeles, Cortina d"Ampezzo...), a cual más sofisticado, tanto en la vertiente de exteriores como de interiores; banda sonora, firmada por Henry Mancini, cuyo tema central, además de un auténtico bombazo en su momento, aún hoy constituye todo un clásico de la música cinematográfica, mil veces interpretado y versioneado; abundancia de escenas con presencia masiva de personajes, filmadas con notable efectividad y corrección, y en clara demostración de la mucha querencia del autor por exhibir sus dotes en ese terreno; y un repertorio de intérpretes constituido por cómicos de primerísimo nivel, entre los cuales sobresale de manera impresionante (y sin por ello desmerecer lo innegablemente acertado de los trabajos de David Niven –contenido y sarcástico: todo un gentleman mefistofélico...- o Capucine –a su tremenda belleza añade una actuación más que discreta...-) un tal Peter Sellers, genio y figura... Su creación (fantástica) de ese dechado de torpeza y apajolamiento que es el inspector Clouseau forma parte, por derecho propio, de la antología de personajes cómicos de la historia del cine, y dio inicio a una carrera tan prolífica como plena de éxitos.
Aun con tales credenciales, La pantera rosa no llega a alcanzar el rango de gran comedia. Más allá del golpe de efecto y de la eficacia del gag visual –la risa inmediata, la carcajada-, la comedia ha de cuajar su consistencia, su fundamento, en una solidez de guión auténticamente pétrea (cada cabo suelto es un "agujero negro" que engulle su resultante final); y en ésta se echa en falta tal solidez: la trama, con una base de intriga que, no por lo convencional, tendría que carecer de interés a priori, no llega a atrapar en su desarrollo, y uno no deja de tener la sensación, minuto a minuto, de cierta dispersión, de que entras y sales una y otra vez (como ciertos personajes en algunas secuencias...), sin llegar a quedarte nunca. Mal asunto, ése...
Con ello, y en definitiva, nos queda una comedia resultona, pero un tanto deslavazada y un pelín frustrante: te deja unas risas fugaces, te deslumbra con sus fuegos de artificio (artillería de grueso calibre...), pero también te deja con la sensación de que había materia prima y premisas para algo más, quizá para mucho más. ¿Será por eso por lo que a Blake Edwards no le le cuelga la etiqueta de "autor"? Quién sabe, quién sabe...