A salto de mata VIII: amor de padre

Por Manuel Márquez - 24 de Julio, 2006, 18:56, Categoría: A salto de mata

Una imagen recurrente en todas las televisiones y periódicos, la del podio del Tour de Francia, finalizado ayer en París. Un podio que me llama poderosamente la atención, por la presencia en él, en contra de lo que suele ser habitual, de cuatro personas, en vez de tres: junto a los tres primeros clasificados en la general de la prueba ciclista, y tomado en brazos por su padre –Oscar-, Juan, Juan Pereiro. El crío que, algún día, y aun cuando no llegue a montar una bicicleta ni una sola vez a lo largo de toda su vida, podrá decir que él estuvo allí una vez, en el podio del Tour, aunque no pueda recordarlo, y que estuvo allí con su padre.

No conozco a Oscar Pereiro. La imagen que de él han transmitido los medios en los que tan recurrente ha sido su presencia a lo largo de la pasada semana, por mor de su maillot amarillo en el Tour, ha sido la de un chico extrovertido, simpático, fuerte y con mucha confianza en sí mismo. Y no es que no me la crea, o me inspire algún tipo de incredulidad, o recelo: es que ya es bien sabido que la imagen que trasnmiten los medios es mera y simplemente eso, una imagen: algo parcial, limitado, imposibilitado objetivamente para captar todos los matices y recovecos de aquello a lo que representa. Para poder hablar de él con fundamento, necesitaría más, mucho más; más datos, más elementos. Así que no hablaré de Oscar Pereiro.

Pero sí lo haré de algo puntual, algo evidente, algo concreto: su gesto, ese tomar a su hijo en brazos sobre el podio de París. Puede parecer algo obvio, lógico, natural; probablemente, así sea. De todos modos, compartir el mayor momento de gloria personal con un hijo es algo que no está al alcance de todos: suelen mandar circunstancias que no se controlan y que lo hacen imposible, inviable. Y, más allá de eso, incluso para aquellos a cuyo alcance está, no siempre es algo habitual, frecuente: supongo que priman otras consideraciones, otros enfoques, otras maneras de ver las cosas. En cualquier caso, ese gesto de Oscar Pereiro me parece hermoso, inmensamente hermoso. Y su hijo no podrá recordarlo, pero él sí podrá hacerlo: siempre, durante todo el resto de su vida, podrá recordar, y decir, qué él estuvo allí una vez, en el podio del Tour, y que estuvo allí con su hijo. Qué suerte. Qué envidia. Felicidades...

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