23 de Julio, 2006

Grageas de cine XX: a propósito de... Costa Brava (España,1994)

Por Manuel Márquez - 23 de Julio, 2006, 19:22, Categoría: Cine: Grageas de ...

Hay películas buenas. Hay películas malas. Y hay películas curiosas (que pueden ser buenas o malas, pero que, fundamentalmente, son curiosas). Costa brava, el debú en la dirección de su realizadora, Marta Balletbó-Coll, es una película curiosa: sencilla, humilde, fresca, tierna. Evidentemente, puede no gustar, sobre todo, si no simpatizas especialmente con la personalidad de sus dos intérpretes principales, que absorben, con un protagonismo absoluto, su trama central, y son el eje alrededor del cual gira toda la historia; o si no sientes atracción alguna por una determinada forma, muy despojada de artificios y un tanto "rústica" (por llamarla de alguna manera –y valga la paradoja, dado que es ésta una película que se desarrolla, salvo en las largas y preciosas excursiones por esa Costa Brava a que alude en el título, en entornos urbanos-), de hacer películas (según propia confesión, plasmada en los créditos, la peli fue filmada en sólo catorce días; de los cuatro duros con los que se hizo, no se realiza ninguna mención explícita, pero, dada la evidencia visual, tampoco parece mayormente necesaria...). Pero no se le puede negar su condición de producto diferente, muy a contrapelo de lo que vemos habitualmente en las salas de exhibición.

Costa brava es, también, una reivindicación, sin discursos grandilocuentes y sin formulaciones retóricas –y muchos años antes de que las pusiera bajo foco un film (por otro lado, totalmente distinto en su articulación y tono narrativos) como el celebradísimo Brokeback mountain-, de las relaciones homosexuales; en este caso, femeninas. En la línea de sus muy militantes compañeras canadienses Rose Troche o Patricia Rozema, Balletbó-Coll –una especie de Juan Palomo, o mujer orquesta (escribe el guión, produce, dirige e interpreta a la primera dama de la función), que exhibe un derroche de energías, al menos en sus apariciones en pantalla, realmente encomiable- posa una mirada amable y comprensiva sobre esa pareja integrada por Anna y Montse, en la que a la primera le toca asumir el papel de impulsora convencida y a la segunda el de escéptica dubitativa, desarrollando, con las circunstancias laborales de ambas –tanto en un caso como en otro, a la expectativa de una marcha lejana- como telón de fondo, una sencilla historia de amor, una historia en la que no hay cabida para el glamour ni el exceso, sino, más bien, para el entronizamiento de lo cotidiano, la exaltación de los pequeños placeres del día a día, la celebración de una palabra cariñosa, una sonrisa, un gesto como aquello que realmente importa.

Costa Brava, naturalmente, no es Casablanca, ni Lo que el viento se llevó. Tampoco lo pretende –y, si lo pretendiera, sería un auténtico fiasco: nada habría tan patético como desproporción tan monstruoso entre medios y fines-. Pero es una demostración entrañable de que, con una cámara en una mano y un puñado de ilusión en la otra, se puede hacer cine; un cine que, desde luego, no alcanza niveles de exquisitez o gran excelencia técnica, pero sí ostenta una capacidad indudable para tocar ciertas fibras sensibles.

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