SINOPSIS ARGUMENTAL.-
Brad Majors y Janet Weiss son una ñoña y almibarada parejita de novios que, tras asistir a la boda unos amigos, sufre un percance con su automóvil, en medio de una fuerte tormenta, que les obliga a dirigirse, en busca de ayuda, al único lugar habitado cercano al punto donde se encuentran: el castillo donde el doctor Frankie N. Furter, un alienígena transexual proveniente del planeta Transilvania, despliega un fastuoso espectáculo festivo, rodeado de su corte de freakies, y se dedica en cuerpo y alma a insuflar vida a su magna creación: Rocky, una especie de remedo frankensteiniano de cuerpo soberbiamente perfecto y capacidad cerebral inversamente proporcional a su belleza física. La impactante experiencia les hará descubrir algunas facetas ocultas de su personalidad, de cuyo hallazgo serán ellos los primeros sorprendidos...
RESEÑA CRÍTICA.-
Hay fenómenos que, observados desde una realidad cultural algo distante (y distinta), tanto en lo geográfico como en lo temporal, y aun haciendo un enorme esfuerzo de asimilación para intentar comprenderlos, me resultan, sencillamente, inexplicables. Por ejemplo, la fascinación que, aun hoy día, y entre una inmensa legión de seguidores, continúa despertando este The rocky horror picture show, espectáculo teatral y película de culto, merecedora de un sinfín de webs y objeto de frecuentes reposiciones en los escenarios (en cambio, y curiosamente, no ha vuelto a ser revisada cinematográficamente después de esta ya añeja adaptación de 1975).
Y es que podría ser bastante explicable que este musical, surgido en una época en que, tras una larga travesía del desierto (después de sus años de apogeo, coincidentes con la época dorada de los grandes estudios hollywoodienses), el género parecía revitalizarse, mediante la trasposición al celuloide de diversos espectáculos nacidos en Broadway y sus aledaños al calor de las corrientes contraculturales de las postrimerías de los 60 (con Hair o Jesuschrist Superstar como hitos señeros: hippismo, pacifismo y protesta edulcorada a base de besos y flores para unos tiempos convulsos...), sorprendiera a un público entusiasta ante su carga iconoclasta y rompedora, con sus buenas raciones de imagen escandalosa vía sexo, terror y estética agresiva (glam hasta el paroxismo) y su mensaje anticonvencional y de una cierta espiritualidad (¿) esotérica y rebuscada.
Pero visto hoy, con los ojos primisecurales de quien, en pleno 2003, ya ha tenido ocasión de verlas "de todos los colores", habría que convenir que el producto no ha envejecido demasiado bien, y, tras sus cueros y travestidos, que le siguen dotando de un envoltorio de espectacular colorín, asoma un punto de cutrez de grueso calado, además de otros muchos "agujeros negros": números musicales poco más que discretos, muy deudores de los vientos de la moda de su tiempo; un guión de texto totalmente descabalado y en el que, tras un pretendido mensaje espiritualista y trascendentaloide, hay una vacuidad y (lo que es peor) un grado de incoherencia impresionante (la historia no tiene pies ni cabeza; y los personajes entran y salen, aparecen y desaparecen, sin ton ni son); y unas interpretaciones, que en ninguna de sus vertientes (ni en la "dramática" ni en la más estrictamente "musical" –canto y danza-), alcanzan un nivel de excesiva altura -si acaso, se agredece, y más a título de curiosidad que en otro aspecto, el ver a una jovencísima y casi primeriza Susan Sarandon exhibir con cierta generosidad su agreste belleza facial y corporal (los talentos interpretativos aún estaban muy por pulir...); del resto, mejor no entrar en calificaciones detalladas-.
Concluyendo, mucho ruido y pocas nueces... Uno se acerca al mito, con la curiosidad expectante del que pretende descubrir qué puede haber en algo que llega a teñirse más con las connotaciones de objeto de adoración que con las de obra menor (nacido en las afueras del West End londinense) venida a más –que es de lo que realmente, y en esencia, se trata-, y se topa cruelmente con la cruda realidad: ¿Esto era The rocky horror picture show? Pues, apaga y vamonos...