Grageas de cine XIX: a propósito de... Las cosas que nunca mueren (Blue sky; U.S.A., 1994)

Por Manuel Márquez - 16 de Julio, 2006, 18:32, Categoría: Cine: Grageas de ...

Cuando uno es víctima habitual de tendencias compulsivas en los más diversos órdenes de su vida, no es difícil que experimente una transformación conforme a la cual, como Doctor Jekyll abocado a convertirse irremisiblemente en Mister Hyde, se pasa de ser candidato a cinéfilo a constituirse en cinéfago convicto y confeso. Es posible que no se trate de mi caso, en este momento –se supone que estoy realizando, más bien, el viaje de vuelta de esa "ruta turística"-, pero sí que pudo serlo en un tiempo no muy lejano, hace no tantos años, cuando no sólo veía películas sin tasa ni medida, sino que, por lo demás, era bastante poco (por no decir, para ser más propio y preciso, nada) selectivo a la hora de elegir títulos.

Los lodos provenientes de tales polvos aún están ahí, aunque sea vergonzantemente camuflados en bolsas de plástico de aspecto ciertamente sospechoso desparramadas por cualquier rincón de mi piso, y se manifestan en forma de pilas de cintas de vídeo que contienen un sinfín de títulos que, en su momento, me pudieron parecer de algún interés (¿?), y que, vistos hora, constituyen una muestra muy reveladora de cómo el criterio es algo que más vale la pena dejar macerar reposadamente a la espera de que el tiempo, juez implacable, haga ese trabajo que sólo él sabe hacer tan maravillosamente bien. Y, mientras tanto, contemplo, de vez en cuando, alguno de esos títulos, para vergüenza propia, y para darme el gustazo de practicar, después del visionado en cuestión, lo que viene a ser un remedo o adaptación de ese socarrón ejercicio carvalhiano con el que el héroe detectivesco del tan llorado Vázquez Montalbán ponía algo de orden y ligereza en su abultada biblioteca, sustituyendo, eso sí, los libros por cintas de vídeo y la glamourosísima chimenea de don Pepe Carvalho por el bastante más rústico y cutre cubo de la basura. Cosas que tiene la vida...

Uno de esos films vistos recientemente, es Las cosas que nunca mueren (Blue sky; U.S.A., 1994), una producción estadounidense rodada en 1991, dirigida por Tony Richardson, y protagonizada por dos intérpretes veteranos y de prestigio, como son Tommy Lee Jones y, sobre todo, Jessica Lange, que se encontraba, a la sazón, en la cúspide de su esplendor, tanto físico como artístico. Aquí, desde luego, era la estrella absoluta de la función, en un papel de esposa tarambana y desequilibrada que lleva por la calle de amargura tanto a su fiel y sacrosanto esposo (un bastante eclipsado y contenido Jones) como a sus dos rubísimas y amadísimas hijas (una de ellas, Amy Locane, que eclosionaría poco después, flor de un día, protagonizando Cry-baby, de John Waters, junto a Johny Depp –una de esas peliculitas por la que siento especial debilidad, y de la que tendré que hablarles en otra ocasión, muchísimo más largo y tendido, naturalmente...-), en un trabajo cuyo extremismo histriónico recuerda, en más de una secuencia, los momentos más descabalados de su anterior y celebradísima Frances (U.S.A., 1982). La mezcla de los devaneos y desequilibrios de la buena señora (dicho sea lo de buena en todos los sentidos: la Lange exhibe generosamente unas esplendideces al nivel de las más aclamadas maggiorate de los 50" y 60"), y sus repercusiones en la relación familiar, con una trama de pseudointriga militar-nuclear que, por poco desarrollada, apenas si queda en un mero esbozo, termina dando como resultado un film insípido, inconsistente y del que, momentos después de haberlo visto, apenas si cabe recordar eso en lo que tanto he insistido ya: la presencia exhuberante y deslumbrante de una Jessica Lange en registro estrellona integral. Y paren ustedes de contar.

En el mismo paquete (o sea, en la misma cinta de vídeo), iba incluida otra muestra impagable del "mejor cine estadounidense de los 90"", titulada Te puede pasar a ti (It could happen to you; U.S.A., 1994), de Andrew Bergman, con Nicholas Cage y Bridget Fonda: pero de esta comedia amable con la que Bergman –un director del que me había encantado su película anterior, Luna de miel en Las Vegas (Honeymoon in Vegas; U.S.A., 1992), tan mala como ésta, o peor, pero por la que también siento una especial debilidad- pretendía (quedándose, cómo no, a miles de millones de años-luz de distancia) emular al Capra más bonachón y sensiblero, mejor les hablo otro día, no sea cuestión de que, con una sola reseña, les cause una impresión demasiado fuerte, y termine dejándoles, irremediablemente, con la duda de si deberían compadecerme (por los gustos que, en un momento dado, tuve) o felicitarme (por el buen criterio con el que, en un momento dado, conseguí cambiarlos). ¿O debería ser al revés...?

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