11 de Julio, 2006

A salto de mata VII: Ciudadano Ratzinger

Por Manuel Márquez - 11 de Julio, 2006, 21:06, Categoría: A salto de mata

Ha pasado por España recientemente –por Valencia, para ser más concretos-, con el fasto y boato que le son propios y consustanciales a su condición de máximo mandatario de una institución que se predica como abanderada de la pobreza y la sencillez en el mundo –ya saben, lo de la Iglesia y la coherencia siempre fue un matrimonio de esos que ellos mismos gustan de calificar como "raritos", o "contra natura", y de coyunda bastante incierta, por lo inhabitual...-, el ciudadano alemán Joseph Ratzinger, también conocido por su alias –mucho más mediático, ciertamente- de Benedicto XVI. Me merece todo el respeto del mundo: tanto como el fontanero somalí Filomene Soyinga, como el abogado turco Ismail Ardayan, o como el camarero de Logroño (España), Antonio Pérez; como cualquier ser humano que haya sobre la faz de la tierra, por su condición de tal, única y exclusivamente. Ni más, ni menos.

¿Representante? No es una cuestión de negarle o restarle legitimidades: de ese tipo de ejercicios, aun cuando sea con otros destinatarios, ya se encarga, con dudosa fortuna, el ínclito don Mariano (Rajoy, por más señas). Pero, en cuanto a la representatividad, es lo chungo que tiene esto de las convicciones democráticas: a los que no sólo las tenemos –me consta que también las tienen millones y millones de católicos-, sino que entendemos que han de tener vigencia práctica en cualquier empeño que aúne libremente a un colectivo de personas –y esto segundo ya me parece que no lo tienen tan claro los seguidores católicos más fervientes-, nos resulta palmario que ésa sólo la puede otorgar un sistema electivo que establezca un vínculo lógico y coherente, articulado a través de un adecuado sistema de manifestación de voluntad al respecto, entre representados y representante. En el caso de este señor, elegido por una curia compuesta por poco más de doscientos señores –a los que tampoco ha elegido democráticamente nadie- entre una grey de cientos de millones de personas (según propia confesión: los datos no son míos, son suyos...), está claro que podremos hablar de muchos otros conceptos –importancia, relevancia, referencia-: de representación, lisa y llanamente, no.

¿Un referente para millones de católicos de todo el mundo? Probablemente, no seré yo quien lo discuta. Tampoco creo yo que haya mucha gente dispuesta a rebatirme un hecho tan incontrovertible como el de que comparte tal condición de referente con Ronaldinho, Nicole Kidman o Julio Iglesias. Es lo chungo que tiene esto de la preponderancia casi exclusiva de lo mediático: termina metiendo en el mismo saco frutas de muy diferente color, textura y sabor. Y a quien pudiera, con buen criterio y mejor voluntad, esgrimirme que, en el caso del papa romano, su condición de referente abarca, o se extiende, a ámbitos que los otros tres personajes nombrados no alcanzan ni pueden alcanzar, le pediría, humildemente, que sometiera ese aserto a la "prueba del sábado noche". Es muy sencilla de realizar: se trata de verificar, calculadora en mano, cuántos de esos millones de sus seguidores dedican un sábado noche a: a) ver un partido de fútbol en el que juegue Ronaldinho; b) ver una película protagonizada por Nicole Kidman; c) escuchar un disco de Julio Iglesias; y d) leer las últimas obras del señor Ratzinger. Y, con los números en la mano, hablamos: que obras son amores, y bla, bla, bla... (la frase también es de ellos, no mía). Ah, por supuesto, no le pediré a mi contertulio que cuente, también calculadora en mano –y aguantando el sudor frío...-, cuántos de esos millones de seguidores dedican el mismo sábado noche a actividades tan placenteras como poco caras a la jerarquía eclesiástica: afortunadamente, muchos más que los que se dedican a las cuatro antes nombradas. Y mejor para ellos, naturalmente.

En cualquier caso, ya les insisto, amigos lectores: respeto; ante todo, mucho respeto, y, a ser posible, mutuo (esto, más que la expresión de un deseo, es una humilde petición, que reitero por lo poco atendida que me la suelo encontrar). Y los unos, a lo de unos; y los otros, a lo de otros; y todos contentos, que cada cual es muy libre. Mejor así, supongo.

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