2 de Julio, 2006

A salto de mata VI: C'est fini (o se acabó lo que se daba...)

Por Manuel Márquez - 2 de Julio, 2006, 18:01, Categoría: A salto de mata

En ciertas situaciones, ante ciertos temas, quizá resulta conveniente esperar a que las marejadas mediáticas vayan remitiendo antes de lanzarse a emitir la opinión propia sobre el evento o circunstancia en cuestión: en el fragor batiburrillero, lo normal es que una humilde y tímida vocecita no llegue siquiera a oírse, menos aún a escucharse. Y no, amigos lectores, no se trata de una postura ventajista, basada en la pretensión de aprovecharse, fagocitándolas, de las toneladas de tinta (y cibertinta) vertidas con anterioridad sobre el asunto de marras, aunque tampoco cabe descartar que, a base de las numerosas lecturas de opiniones ajenas, algo termine filtrándose de las mismas en la formación y formulación de la propia; es algo mucho más sencillo: es el lujo del bloguero desahogado, que no tiene por qué tener prisa alguna en escribir sobre un tema en concreto, porque la actualidad y su blog son dos elementos de muy incierta –y, a lo sumo, circunstancial- ligazón (si es que existiera, que lo dudo). Así pues, pasados ya unos días, y con toda la calma del mundo, hablemos del enésimo fracaso de la selección española del fútbol, su eliminación en los octavos de final del Mundial de Alemania.

¿Fracaso? El fracaso es un concepto siempre relativo, se fracasa en función de una expectativa previa, de unos objetivos predeterminados cuya no obtención es la que determina, precisamente, su surgimiento. Y si hablamos de unos objetivos previamente señalados, supongo que todos podemos convenir en que, para que éstos sean realistas y, por tanto, dignos de ser entendidos como tales, han de estar fundados en una serie de premisas lógicas, razonables y coherentes, en función de un conjunto de circunstancias que, a tal efecto, se toman en consideración. Si yo proclamo a los cuatro vientos que el próximo año tengo previsto alcanzar una marca personal de 9"50 metros en la prueba atlética de salto de longitud, lo que estoy formulando no es un objetivo, sino un disparate, una memez, porque no existe fundamento lógico alguno sobre el que pueda basar esa pretensión (que, además, y como decía el torero aquel, no puede ser porque no puede ser, y, además, es imposible...).

Desde esa perspectiva, ¿cuál era el objetivo de la selección española en los Mundiales (ojo, me refiero al objetivo que cabía formular bajo las premisas arriba apuntadas, no ese globo que ciertos medios de comunicación, que han hecho de la participación española en el Mundial una referencia omnipresente –por obvios intereses comerciales, dado que se trataba de su producto estrella para esta temporada-, han hinchado hasta extremos que causaban vergüenza, tanto propia como ajena)?. Pues, posiblemente, el alcanzar el escalón que, finalmente, se ha alcanzado. ¿O es que los precedentes –más bien ruinosos- de campeonatos anteriores, o la marcha –más bien penosa- del equipo en la fase de clasificación, o el juego –más bien pobre- exhibido en los partidos preparatorios, invitaban a pensar en otra cosa? No me hablen de la primera fase; rivales como Ucrania, Túnez o Arabia Saudí no son, precisamente, los más adecuados para medir las posibilidades reales de un equipo que ha de afrontar las fases eliminatorias; no tanto por el potencial que pueden exhibir los equipos contrarios que alcanzan las mismas (que también), sino por la misma naturaleza y enfoque de dichas fases, en la que, sin margen para el error, sólo sobreviven aquellos que tienen claro que, puestos en la tesitura del morir o matar –futbolísticamente hablando, por supuesto-, hay que matar. La selección española ya ha demostrado sobradamente que, puesta en tal tesitura, da igual se apele al músculo (como tradicionalmente se hizo) o al cerebro (como parece haberse hecho en este campeonato), como en Sevilla: hay que morir. Y se muere. Y a casa. Y punto. Y final.

Visto así, no hay fracaso. Y, si no hay fracaso, no hay problema. Y, si no hay problema, no existe la necesidad de plantearse la búsqueda de soluciones. ¿O sí? Porque si de lo que hablamos no es de objetivos –aquello que se pretende bajo un fundamento lógico-, sino de aspiraciones –aquello que se desea, que se quiere conseguir-, es posible que las de la selección española sí sean más elevadas. Y para alcanzarlas, habida cuenta que la situación, a estas alturas, parece requerir más propiamente de un genio del diván futbolero que de la batuta de un sabio conocedor experto en la aplicación de determinados principios tácticos o técnicos, ¿no sería ya hora de despojarse de determinados prejuicios nacionalistas, y apelar a la capacidad acreditada de profesionales de allende nuestras fronteras que ya hayan demostrado, con triunfos y títulos en la alta competición, su valía al respecto? No podemos cubrir el plantel de jugadores con argentinos, alemanes, italianos o brasileños –que parecen disponer de un gen competitivo que aquí, en España, y salvo para jugar a los chinos, a la "pleisteishon", o negociar sus brutales percepciones económicas, los futbolistas debieron perder en los tiempos de Atapuerca, más o menos...-, pero sí podemos contar con un técnico de alguna de esas nacionalidades. Ahí está el ejemplo de Scolari, en Portugal: no parece que les vaya nada mal, más bien todo lo contrario. E, insisto, no creo que nadie deba rasgarse las vestiduras –porque, afortunadamente, no pasa nada, nada en absoluto-, cuando, domingo sí, domingo también, encontrar a más de tres ó cuatro jugadores nacidos en España en la alineación de los principales equipos de nuestra Liga ha llegado a convertirse en algo casi anecdótico.

Muchas otras cuestiones colaterales, y en cuyos recovecos me gustaría extenderme con disquisiciones mil, se van a quedar en el cibertintero –no sé si destinadas a ser rescatadas en ulterior momento, o condenadas a que sean otros los que sobre ellas opinen más extensamente (por fortuna, posiblemente...)-, despachadas con un mero apunte. O dos. El primero, la constatación de que hemos vivido el enésimo episodio de utilización política del fútbol, herramienta distractiva, en el más puro (y rancio) estilo franquista, en una demostración evidente de que la derecha y las oligarquías, con la imprescindible colaboración de una izquierda nominal exquisitamente educada, siguen gobernando este país (nunca han dejado de hacerlo, hasta la fecha...) –no es un fenómeno exclusivo de España, desde luego: veo los fastos franceses tras su victoria del pasado martes (y los datos de audiencia televisiva), y no me llega la camisa al cuerpo...-. Y el segundo, la preocupación que me genera el comprobar cómo se siguen reproduciendo, con el silencio vergonzante de medios supuestamente progresistas (a ver quién es el guapo que jode la fiesta, con lo que ha costado montarla...), pautas de comportamiento racistas y fascistas camufladas bajo supuestas exaltaciones patrioteras: no son ni mayoritarias ni, como en el caso del fenómeno anterior, exclusivas de nuestro país, pero mirar hacia arriba y silbar no creo que sea la política más adecuada. ¿O es que nos da miedo pensar que, en el fondo, podemos compartir algo más que la mera condición humana con ese hatajo de descerebrados que, bajo la "coartada-masa" del fútbol, se dedica a dar rienda suelta a sus instintos más cafres y deleznables? Quisiera pensar que no, y que, visto lo visto, en volumen y extensión geográfica –incluso para las excepciones: tampoco debe ser casual que uno de los pocos pueblos en que no termina de calar masivamente, sea el mismo que vota mayoritariamente a un señor como George Bush...-, lo de la pasión futbolera es, definitiva y felizmente, otra cosa, basada en un divertimento, un juego. Eso, otra cosa....

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