11 de Mayo, 2006

Los jueves, cine: Kill Bill vol. 1 (U.S.A., 2003)

Por Manuel Márquez - 11 de Mayo, 2006, 21:35, Categoría: Cine: Los jueves, ... (críticas)

La ignorancia nunca puede ser esgrimida como una virtud, pero, en ocasiones –sólo en ocasiones, ojo-, hay que reconocer que constituye una ventaja. He de confesar que soy un auténtico ignorante acerca de esos mundos del cómic de acción japonés (lo soy igualmente acerca de varios millones de mundos más, pero permítanme que, por hoy, me ciña a éstos...) en los que Quentin Tarantino parece encontrar su pasto y alimento espiritual más frecuente y abundante, lo cual hace que mi acercamiento a Kill Bill volumen 1 se lleve a cabo con la carencia de cualquier referente, por mínimo que sea -digamos que su visionado es como el que puede hacer un peque de pañales ante su primera experiencia disneyiana: puro y presto al asombro-. ¿Consecuencia inmediata? Privado de la no siempre grata tarea de buscar guiños cinéfilos, homenajes reverenciales y ejercicios de estilo, me puedo dedicar a eso que, en muchas ocasiones, presa de cierto frenesí escrutador malamente justificable, no suelo hacer, y que es algo tan simple (y delicioso) como ver una película de cine.

La de Tarantino, por lo demás, se ofrece de manera magnífica a tal empeño, porque ofrece un aluvión pirotécnico de imágenes que incluso para alguien que, como es mi caso, no puede calificarse como un gran amante del cine de acción, resulta auténticamente deslumbrante. Brillantez compositiva, ritmo frenético –y, aún así, perfectamente ajustado al entramado narrativo del film-, disposición adecuada de los elementos formales y/o accesorios –músicas, vestuarios, peinados, decorados y efectos especiales perfectamente diseñados y ejecutados en función de la imaginería visual a la que sirven-, un elenco (muy en especial, en lo que se refiere a su flanco femenino) de un atractivo tremendo –con especial mención para una Uma Thurman que auna el glamour de una belleza estelar con unas hechuras de heroína de acción (sobre las cuales no había precedente alguno que permitiera adivinarlo) de manera admirable-; es fácil que a uno se le agoten los calificativos elogiosos y las apreciaciones positivas cuando se pone a la tarea de plasmar negro sobre blanco su opinión sobre la propuesta del controvertido director estadounidense, más aún si las mismas están recogidas "en caliente", aún bajo los efectos narcotizantes y electrizantes a la vez, valga la paradoja, de ese torrente de celuloide hirviente.

Pero, como decía la canción, y aunque no nos vayamos haciendo viejos, el tiempo pasa, y, con él, esos primeros (y, a veces, fugaces) efectos, de forma que esa impresión inicial va cediendo el paso a una apreciación más serena, más reposada, que se fundamenta, mayormente, en un proceso de masticación y reflexión de eso que hemos digerido en un momento previo. Y, en el caso de esta entrega tarantiniana, con resultados no tan satisfactorios como los que ofreciera esa primera impresión: se evidencia que el poso que tan espectacular ejercicio nos termina dejando no tiene mucho recorrido más allá de las retinas que tan impresionadas han quedado con su despliegue. No se trata de que uno no encuentra la más mínima profundidad de mensaje –posiblemente, el autor no la buscaba, pero este espectador, se lo puedo asegurar, tampoco: el de bucear en las pantallas a la búsqueda del sentido último de la existencia no se cuenta entre mis deportes favoritos, aunque, a veces, incurra en la fatuidad de practicarlo-, o de que la historia se presenta tremendamente deshilachada, con un sinfín de puntos desabrochados por los que se pierde la continuidad y la coherencia de la trama, carente de explicaciones para muchas de las dudas que se nos suscitan conforme la misma se va desarrollando –supongo que ésa es una falla que se soluciona (y supongo porque aún no he tenido ocasión de verla) en la segunda entrega de la saga-. No, no es eso, o no es sólo eso, sino que se trata de algo más intangible, más difícil de definir: una cierta sensación de vacío, de que lo que uno ha visto es un impresionante trampantojo tras el cual sólo hay palitroques de un armazón muy poco consistente. Es mi impresión, vaya...

En fin, como habrán podido comprobar los que hasta aquí hayan llegado (les felicito: no deja de tener su mérito –o de ser una demostración inmerecida de cariño personal-), en esta reseña no se han encontrado con un aluvión de referencias relativas a los precedentes, antecedentes y fuentes del producto reseñado: numerosos (y excelentes, algunos de ellos) son los artículos que podrán encontrar en la red que, dedicados a glosar este film, contienen volúmenes enciclópedicos de información de ese tenor. Me limitaré, para cerrar, a decirles que, aun con esas limitaciones apuntadas, Kill Bill volumen 1 me parece una excelente propuesta de lo que es: cine de entretenimiento, puro y duro cine de entretenimiento de una magnífica factura técnica. En los tiempos que corren, no es poco, amigos lectores, no es poco...

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