A salto de mata II: Pesebres marbellíes

Por Manuel Márquez - 8 de Mayo, 2006, 22:16, Categoría: A salto de mata

Paseando mi soledad, por la playa de Marbella... lo que no nos recomendaba aquella pegadiza cancioncilla sesentera (otros tiempos bien distintos, supongo) era que nos tentáramos los bolsillos, por lo que nos pudiera pasar: visto lo visto, hubiera sido una sabia recomendación.

Una vez que, con el paso de los días, se empiezan a extinguir las iniciales efusiones mediáticas, quizá sea un buen momento para una reflexión más sosegada sobre determinados aspectos que surgen al hilo de este escandoloso y vergonzoso episodio de corrupción que se ha destapado, de manera tan abrumadora –por su extensión y volumen-, en este municipio señero de la Costa del Sol malagueña, pero que no debería sorprender por tratarse de algo reciente o algo novedoso (o exclusivo, u original: llámenlo ustedes como quieran, amigos lectores).

No es algo reciente: todas las tramas que la investigación policial y judicial ha puesto sobre el tapete arrancaban de mucho tiempo atrás; habían dado ya pie, en determinados momentos, a procedimientos judiciales e, incluso, a condenas penales –aunque la inmensa mayoría de ellas se centrara en la emblemática y carismática figura del ya fallecido sátrapa Gil y Gil-; y, sobre todo, giraban alrededor de cuestiones –fundamentalmente, de índole urbanística- acerca de las cuales era vox pópuli que algo olía a podrido, y no precisamente en Dinamarca, sino bastante más cerquita... Y aunque es bien sabido que nunca es bueno que el exceso de "ruido", en forma de rumorología difusa y extensión "calamárica" de culpabilidades, perturbe el rigor y la minuciosidad con que acusaciones concretas han de ser fundamentadas y concretadas, lo de Marbella era ya tan flagrante que asustaba la impunidad con la que todos sus protagonistas parecían moverse por aquellos pagos.

Y no es algo novedoso, ni exclusivo, ni original: vaya, que no es Marbella el único municipio de España en el que las irregularidades urbanísticas dan lugar a tramas de corrupción generalizada, aunque sí sea, posiblemente, el de dimensiones más espectaculares (algo coherente con la proyección inmobiliaria que corresponde a la zona en la que se ubica). Y no se trata de que la municipalidad marbellí ahora perseguida penalmente pueda hallar algún tipo de defensa, siquiera sea de tipo moral, en esa "falta de exclusividad" (ya se sabe, lo de mal de muchos...), pero sí que resulta evidente cuán justo y conveniente resultaría que éste de Marbella no fuera sino el pistoletazo de salida para un proceso que, lejos de cualquier pretensión de caza de brujas generalizada, sí sirviera, al menos, para "limpiar la era" mínimamente.

Vistas así las cosas, ¿por qué ahora, y por qué Marbella? Sobre la cuestión temporal, soy incapaz de pergeñar cualquier teoría explicativa que me resulte mínimamente satisfactoria (más allá de esas declaraciones tranquilizadoras de conciencias del tenor de "la cosa ya no podía demorar más", "esto tenía que terminar reventando", o "ya era hora": formulaciones demasiado elementales para una mente poco bien pensante...). Pero sobre la cuestión "geográfica", sí que tengo una convicción, y es la de que los regidores marbellíes y sus "satélites ladrones" están pagando no sólo la culpa propia, sino también la culpa ajena, la de aquel (Jesús Gil y Gil) que no respetó el principio de los "pesebres no comunicantes", ése en virtud del cual la clase política y la clase empresarial, en franca y saludable camaradería, se reparten las grandes tajadas del sistema económico sin inmiscuirse ni osar meter el hocico en el pesebre que no les corresponde (es decir, el ajeno) –otro día, posiblemente, me extienda en consideraciones más detalladas acerca del funcionamiento de este curioso "invento"-. Gil y Gil, que, como empresario se había labrado una inmensa fortuna en el sector inmobiliario, quiso también comer en el "pesebre político", extendiendo sus tentáculos más allá de ese reducto playero y folklórico que era "su" Marbella –en el cual sí se le consentían, sin mayores pegas, sus baladronadas y formas de hacer política de corte fascistoide y populista-, y ahí cavó su propia fosa. Y, como podemos ver ahora, no sólo la suya, sino también la de aquellos que le sucedieron. Creo, me parece... ¿Qué les parece a ustedes, amigos lectores?

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