Grageas de cine XIII: Aporreando... (las teclas)

Por Manuel Márquez - 5 de Mayo, 2006, 16:57, Categoría: Cine: Grageas de ...

Una de las que no ví en el momento de su estreno en salas comerciales y no por falta de ganas: La pianista, de Michael Haneke (Le pianiste; Francia/Austria, 2001). Expectante ante el halo de polémica que en su día generó por la (supuesta) dureza de algunas de sus imágenes (si alguien tiene la amabilidad de indicármelas, se lo agradecería enormemente: no fui capaz de detectarlas –o tengo la sensibilidad muy encallecida, a golpe de telediarios...-) y el prestigio alcanzado por su director en los círculos cinéfilos más exigentes (aspecto que nunca tengo muy claro si me predispone a favor o en contra de una película antes de verla; sobre ese curioso tema de los prejuicios cinematográficos, ya les contaré otro día, amigos lectores, más largo y más tendido...), tuve ocasión de verla, en pequeñas porciones y a lo largo de varios días (no se escandalicen: hace más de tres años que cualquier otra fórmula para ver una película se me ha hecho tremendamente difícil), hace una semana. ¿Resultado? 0-0, empate sin goles, aunque mucha emoción a lo largo de todo el partido.... Haneke plasma muy bien algunos de los elementos temáticos y anímicos que recorren la novela de Elfriede Jelinek en que se basa el guión: un cierto desasosiego; el desequilibrio mental de la protagonista y su concepción enfermiza de una sexualidad embrutecida a la par que sublimada; algo de la sordidez. Pero no consigue en ningún momento, pese a los planos largos, larguísimos, y quietos, quietísimos, y el tempo narrativo de una morosidad absoluta, que las imágenes se hagan opresivas, que generen en el fondo de estómago una losa de hormigón, que asesten un puñetazo brutal en el pecho que deje sin respiración: Jelinek sí lo consigue a lo largo de muchos de los pasajes de su novela, y te mantiene permanentemente con un regusto amargo en la comisura de los labios: ¿azufre, plomo...?

Si gustan ustedes de esos films inquietantes y con un punto algo morboso, la propuesta les puede resultar satisfactoria, y, por tanto, recomendable. En caso contrario, absténganse sin mayores penas (y, según las referencias, bastante fiables, de compañeros buenos conocedores de la obra de Haneke, ni se acerquen a cualquiera de sus restantes entregas: ésta pasa por ser una de las más fácilmente "fumables"...). En mi caso, y más allá de valoraciones globales sobre el film, sí que quiero quedarme con un aspecto concreto del mismo, sobre el que mi elección está muy, muy clara: el trabajo interpretativo de Isabelle Huppert, majestuoso. Su capacidad para soportarle la mirada a la cámara y plasmar las inflexiones, casi imperceptibles, de su ánimo a base de ligerísimos (más que ligerísimos, de observación al microscopio...) movimientos de ojos y boca, a lo largo de primeros planos prolongadísimos, interminables , es algo sólo al alcance de maestras, condición que ella ostenta y demuestra con creces en esta película. A un nivel de exigencia tremendo (aparece en una inmensa mayoría de planos del film, y siempre con un grado de presencia fuerte, cuando no determinante), responde con lo mejor de ella misma, y eso es mucho, muchísimo. Ríndome a sus pies, hermosa y sabia dama...

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