Mayo del 2006

Grageas de cine XVII: a propósito de... La blanca paloma (España, 1989)

Por Manuel Márquez - 31 de Mayo, 2006, 21:45, Categoría: Cine: Grageas de ...

BANDERAS: AÑO 3 A.H.

Pese a lo que pueda parecer a estas alturas, con una carrera tan extensa y consolidada allende el océano, Antonio Banderas no empezó su andadura cinematográfica en Hollywood, sino bastante más cerca. Y cuando marchó a hacer las Américas, ya contaba con un currículum amplio y variado, en el que sobresalían, particularmente, las películas que protagonizó a las órdenes de Almodóvar, pero no fueron éstas las únicas que integraban el mismo. Había más, de muy desigual calidad, y, entre ellas –y no precisamente entre las más destacadas; más bien, todo lo contrario-, La blanca paloma, tercera película en la filmografía de su director, Juan Miñón -aunque primera en cuanto a su trascendencia, si atendemos a la escasa entidad de sus dos proyectos previos-.

Una propuesta ambiciosa, si se atiende al calado de los temas que en la misma se tocaban, tanto de carácter político-social (la violencia terrorista en Euskadi –que, por cierto, alcanzaba en aquel entonces uno de sus momentos más sangrientamente álgidos-) como de índole más estrictamente psicológico o personal (las turbias relaciones incestuosas en un entorno de sordidez y hostigamiento), o se observa el tremendo potencial de su reparto actoral –ya sea por el lado de los más veteranos (Francisco Rabal y Mercedes Sampietro, aunque el papel de esta segunda sea de carácter casi testimonial) como por el de las jóvenes promesas (Emma Suárez y Antonio Banderas en todo su esplendor veinteañero)-, pero que hacía aguas por su incapacidad para conseguir una trabazón consistente, creíble y dramáticamente atractiva de sus dos planos temáticos, así como por el pobre juego que se extrae de sus protagonistas, embarcados, creo que infructuosamente, en dar vida a un guión que peca, en la mayoría de las ocasiones, de pretenciosamente críptico.

En suma, una propuesta fallida por su pretenciosidad y porque, con el paso de los años, aún queda más de relieve cuán anclada a unos presupuestos estéticos y tonales muy concretos –los de ese tiempo- estaba. Y se pone en evidencia, una vez más, que una buena película no es tanto una cuestión de sumas, sino de equilibrios: algo que, en este caso, falla estrepitosamente. Tampoco es algo por lo que haya que tirarse de los pelos: francamente, pienso que la inmensa mayoría de las películas (por no decir que la práctica totalidad) de las pelis que Banderas ha protagonizado en Estados Unidos no son productos de mucha mayor calidad que éste. Misterios, en fin, acerca del real y profundo significado del verbo "triunfar"....

Varietés artísticas III: Bono, Madonna o la perversión de las etiquetas

Por Manuel Márquez - 24 de Mayo, 2006, 17:50, Categoría: Varietés artísticas

Vienen a coincidir en estas últimas fechas informaciones variadas acerca de dos megaestrellas del mundo del pop-rock internacional, como son Bono y Madonna, y sobre cuyos detalles, dado que han sido suficientemente difundidos en, prácticamente, todos los medios, me abstendré de entrar. Y tampoco se trata de una circunstancia extraña, ni extraordinaria, sino, más bien al contrario, de la más común de las monedas.

Grandes estrellas omnipresentes, de manera permanente, en los medios de comunicación más señalados, Bono y Madonna generan, de manera torrencial, toneladas de información que, si por algo fundamental se caracteriza, es porque siempre viene a redundar en una cierta "imagen de marca" que impregna a uno y a otra. En el caso de Bono, la del artista solidario y comprometido; en el de Madonna, la de la estrella escandalosa y provocadora. Se trata, evidentemente, de etiquetas, y, como tales, obedecen a una mezcla de realidad y ficción, certeza y falsedad, que, eso sí, genera inequívocamente un beneficio para su portador (o portadora): punto en el que radica el auténtico quid del asunto, como bien pueden comprender mis amigos lectores.

De todos modos, no cabe confundir un caso con otro, aun cuando existan coincidencias obvias entre ambos, ya que también existen diferencias sustanciales: mientras que en el caso de Bono (y, ojo, que se trata de un artista por el que no guardo una especial simpatía personal, aunque tampoco le tenga mayor animadversión), creo que nos encontramos ante una relación simbiótica entre el personaje público y las causas a las que, al menos aparentemente, sirve (y de las que, a su vez, se sirve para alimentar esa imagen de hombre comprometido y concienciado con los grandes problemas de la humanidad, que tan buenos réditos le proporciona en su traducción a venta de discos), en el caso de Madonna no parece haber causa más consistente y verificable que la del engradecimiento de su (ya bastante voluminosa, supongo) cuenta corriente.

Son planteamientos, enfoques, que, personalmente, no me gustan, en la medida en que implican la proyección de aspectos personales sobre la valoración artística de estos personajes, pero me temo que, en este mundo globalizado y sometido al imperio del estereotipo y de la imagen convenientemente cultivada, es difícil escapar a ellos. E, insisto una vez más, siempre que hay tener muy claroque se trata de supuestos que, desde situaciones de partida bastantes similares, también presentan diferencias de fondo.

En el caso de Bono, recuerdo que durante mis (bastantes) años como militante (bastante) activo de Amnistía Internacional, siempre renegué, incluso jurando en arameo, de las actitudes –en algunos casos, tan falsas como una moneda de chocolate...- de estos artistas que, como él, contribuían a prestar su imagen pública a la difusión de las actividades y fines de la organización, pero jamás dejé de reconocer, desde un mínimo de realismo y sensatez, lo positivas que resultaban para la obtención de más apoyos, tanto personales como económicos; o sea, que su eficacia estaba más que demostrada, y poco cabía objetar al respecto. Por otro lado, y a la hora de hacer una valoración positiva, aunque sólo sea en parte, y en contra de los gustos personales, tampoco podemos olvidar otras dos circunstancias fundamentales: se trata de un apoyo que, sin proyección pública, pierde la práctica totalidad de su potencial (con lo cual su prestación callada y anónima, aun cuando sería algo moralmente muy estimable, no tendría la efectividad antes apuntada); y, además, no podemos olvidar que existe una infinidad de artistas que, en similar circunstancia, y pudiendo prestarlo igualmente, prefieren reservar sus alardes para otras causas más personales.

Como, por ejemplo, Madonna. Esta señora tuvo muy claro, desde los inicios de su carrera, que lo de cultivar megalómanamente una imagen de transgresión, rebeldía y provocación le reportaría pingües y prolongados beneficios: visto lo visto, no cabe más que reconcer que, ciertamente, no se equivocó. Eso sí, también se habría de tener igual de claro que, más allá de escándalos de pacotilla y polémicas artificialmente engordadas y alimentadas por la multinacional discográfica de turno, Madonna Louise Ciccone transgrede poco y se rebela menos aún; al menos, este humilde escribiente carece de constancia alguna de la existencia de algún elemento del orden social establecido que haya visto peligrar seriamente los pilares en que se soporta por mor de las obras (y gracias) de la ínclita artista. Colocarse sobre los pechos unos conos afilados, diseño Gaultier, y un par de crucifijos, no rompe ninguna regla sacra; ni marcarse unos bailecitos procaces con una docena de tíos cachas en videoclips que más parecen destinados a pajilleros irredentos que a seguidores habituales de la música pop, empuja a nadie a las barricadas contra la moral sexual convencional. Ahora parece que, con su nuevo espectáculo, la emprende contra los políticos más destacados del nuevo orden mundial (Bush y Blair, fundamentalmente). Todos tranquilos, la sangre no llegará ni al 10 de Downing Street, ni a la Casa Blanca, ni al río, ni a ningún sitio. Las cosas de esta chica...

Algo sí que les puedo asegurar, amigos lectores, más allá del juicio de valor que personajes como Bono, Madonna y unas cuantas docenas más de ralea similar me puedan merecer: los solidarios, los justos, los rebeldes y los transgresores están en otros sitios, porque las luchas que ellos libran tienen lugar muy lejos de los oropeles, los fastos y los escenarios en los que aquellos se suelen mover. En serio...

Grageas de cine XVI: publicidad gratuita

Por Manuel Márquez - 15 de Mayo, 2006, 17:33, Categoría: Cine: Grageas de ...

Leo, en la edición del jueves, 11 de abril, de El País, una entrevista –que se reproduce por cortesía de una agencia de noticias estadounidense- a Tom Hanks, enmarcada dentro del catálogo de actos promocionales del (inminente) futuro bombazo de taquilla de la temporada, y del cual omito el título, porque no creo que resulte necesario, a estas alturas, que se lo recuerde (y en la mente de todos está). La entrevista de marras constituye un ejemplo de manual de lo que suele ser la perfecta entrevista promocional: propagandística (se dedica a glosar de manera descarada las –inacabables- bondades de la película, sin que se vislumbre por rincón alguno el más mínimo puntito que emborrone tan seráfico cuadro), vaga (se pierde en mil y una generalidades de corte semiesotérico o pretendidamente espiritualoide, sin aportar la más mínima información concreta, útil o interesante sobre la peli alrededor de la cual, supuestamente, gira –eso sí, quedan muy simpáticas e intentan dotar al producto de una "profundidad" más cercana a la del cine bergmaniano que a la del howardiano...-) e insustancial (es realmente complicado encontrar algo ilustrativo acerca de nada relacionado con el film, en particular, o, al menos, el personaje entrevistado, o el cine, en general, dado que, insisto, no proporciona ningún dato específico). En suma, infumable.

Que los aparatos mercadotécnicos de las productoras y distribuidoras pongan en marcha iniciativas de este tipo, me parece lógico y comprensible: forma parte de su trabajo, y constituyen una pieza más en ese brutal engranaje –al que se dedica una cantidad ingente de esfuerzos (traducibles en, o traducción de, según se mire, pasta gansa y fresca...)- cuyo objetivo último es bombardearnos, día y noche, de lunes a domingo, y en todo momento, sobre la peliculita en cuestión, a fin de empujarnos a las salas de cine a que la veamos. Pero que un medio al que se le supone seriedad, prestigio, empaque y un cierto nivel de rigor intelectual e informativo, como es El País, les haga el juego, me parece tan infumable como la propia entrevista en sí. Y, ojo, se lo está diciendo a ustedes, amigos lectores, alguien para quien la compra y lectura de El País es como la misa de un meapilas: diaria y sin remisión; o sea, nada sospechoso de guardarle poca simpatía a tal medio.

En fin, se agradecería que, por el bien de sus lectores y en aras del rigor informativo y el respeto debido a los mismos, en casos como el que nos ocupa, el diario tuviera la gentileza de incluir en el encabezamiento de la página esa etiqueta de "PUBLICIDAD" con la que se nos advierte de que lo que vamos a leer a continuación se trata, ni más ni menos, que de eso, de publicidad. Aunque no se cobre por ella en tal concepto (otras fórmulas más sibilinas habrá, supongo...). Y todos contentos, ¿no?

A salto de mata IV: así lavaba, así, así...

Por Manuel Márquez - 13 de Mayo, 2006, 19:56, Categoría: A salto de mata

Oigo en la radio una información acerca de una reunión interna de líderes del Partido Popular, en la cual, al parecer, su máximo líder, Mariano Rajoy, exhorta a los suyos a que las discrepancias internas no se aireen en los medios, sino que se resuelvan en el ámbito interno del partido –es decir, una formulación "en fino" del viejo aserto aquel que reza que "los trapos sucios se lavan en casa"-. Vana pretensión, me temo, en la medida en que atenta contra la lógica más elemental de las situaciones a las que hace referencia.

Hay un viejo axioma (en cuya certeza creo a pies juntillas) que proclama que, en política, si quieres hacer carrera, y alcanzar puestos de responsabilidad (es decir, de poder), de quiénes has de preocuparte, realmente, es de tus enemigos (internos), no de tus adversarios (externos). Tiene su lógica aplastante: son aquellas personas que aspiran a los mismos puestos que tú quiénes te pondrán todas las chinas en el zapato (de manera más o menos noble, más o menos leal, más o menos limpia) para dificultarte el logro de ese objetivo, en la medida en que tu éxito significa su fracaso. Así de simple, así de crudo. Y, en cualquier caso, es bien sabido que las luchas limpias, leales y nobles no son la moneda más común en este mercado de la política –ni, posiblemente, en ningún otro en el que se ponen en juego cuestiones de poder, sea éste del tipo que sea-.

En ese contexto de lucha interna por el poder dentro de un partido, una herramienta de uso común y de efectividad más que demostrada es la desestabilización a través de campañas orquestadas: se trata de seleccionar un tema vistoso, que puede tener repercusión y calado entre el gran público, darle un enfoque determinado que sea contrario a los planteamientos de tu "enemigo" y darle el máximo "aire" posible; un aire que siempre, en todo caso, van a proporcionar los medios. ¿Qué sentido tiene organizar una campaña de descrédito contra Fulanito, o Menganito, si no va a tener repercusión en los medios de comunicación? Ninguno, porque su eficacia sería nula. ¿Consecuencia? Los trapos sucios no se lavan en casa, sino en medio de la calle, y con cuántas más luces y más taquígrafos por medio, mejor...

Traducido al castellano antiguo, y aplicado al caso concreto: si lo que Mariano Rajoy pretende, entre otras cosas, pero fundamentalmente, es que Alberto Ruiz Gallardón y Esperanza Aguirre dejen de tratarse a bofetada limpia, al ritmo de los pulserazos de Tita Cervera, en mitad del Paseo del Prado, lo tiene crudo, crudísimo, y más le valdría desistir del intento, si es que ha llegado a planteárselo seriamente. El problema es que tiene demasiado claro que las bofetadas que ambos se reparten mutuamente no tienen como objetivo último el eliminarse el uno a la otra, y la otra al uno, en la búsqueda de sus posiciones actuales, sino que apuntan más alto, hacia otro sillón. Ese mismo, señor Rajoy, ese mismo, blandito y calentito, ¿eh....? Disfrútelo mientras pueda, que nunca se sabe...

Varietés artísticas II: Pasión Vega

Por Manuel Márquez - 12 de Mayo, 2006, 20:46, Categoría: Varietés artísticas

Canal Sur TV emite, las noches de los lunes, un magazine de entretenimiento –formato estándar, modalidad "nuevos tiempos": entrevistas, actuaciones musicales, gags de humor, galería de friquis- conducido por la simpar María Jiménez y con todos sus elementos –estructura, decorados, tono...- teñidos de un puntito que podría llegar a parecer singular, y hasta original, si no fuera porque están descaradamente copiados de los del programa de Jesús Quintero –antes, Los ratones coloraos, en esta misma cadena; actualmente, El loco de la colina, en la Primera de TVE-, hasta un punto tal en que abrigo serias dudas acerca de si la productora del programa abonará, o no, a la del de Quintero los royalties correspondientes (supongo que sí).

Se trata de un programa -Bienaventurados es su título- que, en general, no me despierta mayor interés, con lo cual no suelo prestarle demasiada atención, pero el pasado lunes no pude evitar dedicarle unos minutos, a partir del momento en que descubrí, allí, detrás de un piano, a la poseedora de la que, probablemente, sea la mejor voz femenina del panorama de la música popular española: Pasión Vega, una malagueña risueña y sencilla, lejos de la pose afectada y los delirios de grandeza que suelen aquejar a sus compañeras de gremio, y que, con sólo unas pinceladas, ráfagas fragmentarias de temas de leyenda, consiguió, una vez más, deleitarme y dejarme extasiadito ante la pequeña pantalla.

¿Por qué Pasión Vega, con esas dotes vocales extraordinarias y esa personalidad tan encantadora, no rompe como la gran estrella que, indudablemente, debería ser desde hace ya tiempo? Más allá de lo que se puede atribuir sobre ello a las veleidades de ese mundillo tan incierto (y puñetero) en el que se mueve, en el que siempre es difícil pronosticar éxitos y fracasos en atención a criterios de lógica artística, sí que hay una circunstancia cierta, y es la de que estamos ante una artista que sufre un grave "desajuste de mercado". Y me explico.

La voz de Pasión Vega es de un timbre y tesitura que se adaptan perfectamente a un género como la copla; ése es el registro en el que alcanza su máxima brillantez y esplendor, una profundidad y elegancia totalmente sin parangón en el escalafón actual del género, y que nos remite a voces legendarias de artistas ya desaparecidas, encabezadas por la inmortal Concha Piquer. Y la copla, hoy día, amigos lectores, a pesar del empeño que, en la década de los 80" del pasado siglo, puso cierto sector más o menos intelectualoide por reivindicarla, airearla y elevarla a los altares (baste recordar las devociones almodovarianas sobre el particular), no atraviesa, desde luego, sus mejores momentos.

Como consecuencia de lo anterior, y a fin de sobrevivir en el mercado musical, nuestra artista se ve en la perspectiva de tener que adentrarse en géneros musicales más cercanos a la música ligera, aun con ciertos aires de canción de autor, en los que su brillantez vocal queda muy difuminada. Y ahí, en esa "liga", en la que el número de contendientes es mucho más numeroso, y las figuras más destacadas suelen moverse en otros registros (no sólo vocales, sino, fundamentalmente, de imagen pública), Pasión Vega no pasa de andar por la mitad de la tabla: competir con La oreja de Van Gogh, o con los innumerables "triunfitos" que pueblan las listas de éxitos musicales de nuestro país, no debe resultar muy cómodo para una chica que anda muy lejos, lejísimos, de gastar poses escandalosas, pasecitos de modelos o filigranas de ese tenor.

Una pena: a mí me encantaría que Pasión Vega pudiera triunfar por todo lo alto cantando excelsamente esas coplas maravillosas que forman parte del acervo más rico de la música popular de nuestro país; porque creo que se lo merece ella, y se lo merecen los amantes del género (yo no quisiera contarme entre ellos: a mí la copla me gusta, pero tampoco excesivamente). A falta de ello, disfrutémosla con aquello que se nos ofrece, y esperemos ocasiones más propicias. Tendrían que llegar...

Los jueves, cine: Kill Bill vol. 1 (U.S.A., 2003)

Por Manuel Márquez - 11 de Mayo, 2006, 21:35, Categoría: Cine: Los jueves, ... (críticas)

La ignorancia nunca puede ser esgrimida como una virtud, pero, en ocasiones –sólo en ocasiones, ojo-, hay que reconocer que constituye una ventaja. He de confesar que soy un auténtico ignorante acerca de esos mundos del cómic de acción japonés (lo soy igualmente acerca de varios millones de mundos más, pero permítanme que, por hoy, me ciña a éstos...) en los que Quentin Tarantino parece encontrar su pasto y alimento espiritual más frecuente y abundante, lo cual hace que mi acercamiento a Kill Bill volumen 1 se lleve a cabo con la carencia de cualquier referente, por mínimo que sea -digamos que su visionado es como el que puede hacer un peque de pañales ante su primera experiencia disneyiana: puro y presto al asombro-. ¿Consecuencia inmediata? Privado de la no siempre grata tarea de buscar guiños cinéfilos, homenajes reverenciales y ejercicios de estilo, me puedo dedicar a eso que, en muchas ocasiones, presa de cierto frenesí escrutador malamente justificable, no suelo hacer, y que es algo tan simple (y delicioso) como ver una película de cine.

La de Tarantino, por lo demás, se ofrece de manera magnífica a tal empeño, porque ofrece un aluvión pirotécnico de imágenes que incluso para alguien que, como es mi caso, no puede calificarse como un gran amante del cine de acción, resulta auténticamente deslumbrante. Brillantez compositiva, ritmo frenético –y, aún así, perfectamente ajustado al entramado narrativo del film-, disposición adecuada de los elementos formales y/o accesorios –músicas, vestuarios, peinados, decorados y efectos especiales perfectamente diseñados y ejecutados en función de la imaginería visual a la que sirven-, un elenco (muy en especial, en lo que se refiere a su flanco femenino) de un atractivo tremendo –con especial mención para una Uma Thurman que auna el glamour de una belleza estelar con unas hechuras de heroína de acción (sobre las cuales no había precedente alguno que permitiera adivinarlo) de manera admirable-; es fácil que a uno se le agoten los calificativos elogiosos y las apreciaciones positivas cuando se pone a la tarea de plasmar negro sobre blanco su opinión sobre la propuesta del controvertido director estadounidense, más aún si las mismas están recogidas "en caliente", aún bajo los efectos narcotizantes y electrizantes a la vez, valga la paradoja, de ese torrente de celuloide hirviente.

Pero, como decía la canción, y aunque no nos vayamos haciendo viejos, el tiempo pasa, y, con él, esos primeros (y, a veces, fugaces) efectos, de forma que esa impresión inicial va cediendo el paso a una apreciación más serena, más reposada, que se fundamenta, mayormente, en un proceso de masticación y reflexión de eso que hemos digerido en un momento previo. Y, en el caso de esta entrega tarantiniana, con resultados no tan satisfactorios como los que ofreciera esa primera impresión: se evidencia que el poso que tan espectacular ejercicio nos termina dejando no tiene mucho recorrido más allá de las retinas que tan impresionadas han quedado con su despliegue. No se trata de que uno no encuentra la más mínima profundidad de mensaje –posiblemente, el autor no la buscaba, pero este espectador, se lo puedo asegurar, tampoco: el de bucear en las pantallas a la búsqueda del sentido último de la existencia no se cuenta entre mis deportes favoritos, aunque, a veces, incurra en la fatuidad de practicarlo-, o de que la historia se presenta tremendamente deshilachada, con un sinfín de puntos desabrochados por los que se pierde la continuidad y la coherencia de la trama, carente de explicaciones para muchas de las dudas que se nos suscitan conforme la misma se va desarrollando –supongo que ésa es una falla que se soluciona (y supongo porque aún no he tenido ocasión de verla) en la segunda entrega de la saga-. No, no es eso, o no es sólo eso, sino que se trata de algo más intangible, más difícil de definir: una cierta sensación de vacío, de que lo que uno ha visto es un impresionante trampantojo tras el cual sólo hay palitroques de un armazón muy poco consistente. Es mi impresión, vaya...

En fin, como habrán podido comprobar los que hasta aquí hayan llegado (les felicito: no deja de tener su mérito –o de ser una demostración inmerecida de cariño personal-), en esta reseña no se han encontrado con un aluvión de referencias relativas a los precedentes, antecedentes y fuentes del producto reseñado: numerosos (y excelentes, algunos de ellos) son los artículos que podrán encontrar en la red que, dedicados a glosar este film, contienen volúmenes enciclópedicos de información de ese tenor. Me limitaré, para cerrar, a decirles que, aun con esas limitaciones apuntadas, Kill Bill volumen 1 me parece una excelente propuesta de lo que es: cine de entretenimiento, puro y duro cine de entretenimiento de una magnífica factura técnica. En los tiempos que corren, no es poco, amigos lectores, no es poco...

A salto de mata III: carta de amor

Por Manuel Márquez - 10 de Mayo, 2006, 19:28, Categoría: A salto de mata

Tras todo lo que se ha venido publicando en estos últimos días acerca de una supuesta carta de Mahmud Amadineyad, presidente del gobierno iraní, a George Bush, presidente de ya saben bien qué, este blog está en condiciones de ofrecerles, en exclusiva, una primicia auténticamente explosiva. Hemos conseguido, a través de nuestros contactos infiltrados en los entresijos más profundos de la CÍA –supongo que ahora se explicarán la reciente dimisión de Porter Goss: algo se vendría oliendo sobre esto...-, una copia de dicha carta, y, escrupulosa y fielmente traducida, se la ofrezco, amigos lectores, a continuación. Las valoraciones, ustedes mismos...

"Teherán, 7 de mayo de 2006

Querido George:

Te escribo estas letras para hacerte llegar, de primera mano, las últimas novedades acerca del estado de esos asuntillos que nos traemos entre manos, y que son de nuestro mutuo interés, sin que te las tergiversen esos medios tan puretas occidentales –sobre todo, europeos: tanto cuento con la vieja y sabia Europa, y aún no se enteran de qué va esto del mundo mundial-, tan liberales y demócratas ellos.

Definitivamente, hemos pensado que mejor no nos vamos a enrollar con los rusos ni con los chinos, y vamos a jugar fuerte la baza de que en el Consejo de Seguridad nos deis un toque severo de atención (por cierto, a ver si poneis más cuidado los miembros permanentes con el tema de los traductores contratados: en los últimos requerimientos había cada falta de ortografía que daba auténtico susto), eso sí, sin que tampoco os paseis mucho, que ahora mismo están las cosas marchando muy bien y creo que no es cosa de que, por forzar la máquina, se nos termine viendo el plumero. En consecuencia, creo que lo ideal sería que esta inicial no contuviera amenazas con fechas concretas, y ya más adelante, allá para el verano (cuando supongo que el barril de petróleo ya habrá alcanzado, e incluso superado, la barrera de los 100 $), podeis dar otra vuelta de tuerca más, con la vista puesta en el tope de los 150 $ allá para Navidad (buen regalo de Papá Noel, eh, cabroncete?). Ésta sí que es una escalada, y no la de la tensión, eh? Ja, ja, ja...

En cuanto al reparto que acordamos en nuestras últimas comunicaciones, también hemos pensado que habría que hacer algún pequeño reajuste: los incrementos del precio del barril, según nuestros cálculos, implican que tus empresas petroleras se van a embolsar, durante el presente año fiscal, unos beneficios que van a superar a los del año pasado en un 324"63 %. Partiendo de esos números, creemos que lo más equitativo sería que nuestro porcentaje de participación pasara del 38"5 % del que hablamos el pasado enero, a un más justo 42"5 %, sobre tales beneficios, en neto, por supuesto. Espero que veas la lógica y justicia de mi propuesta, y no me obligues a asaltar otra vez la embajada (je, je, je, buen chiste, eh?), que no estoy ya para esos trotes, los años –y tú lo sabes bien, mamoncete-, no pasan en balde.

Por lo demás, por aquí, todo fenomenal. Tengo al pueblo –vaya hatajo de tontainas- completamente "empamplinao" con mi discurso ultranacionalista de aspirante a nueva potencia del mundo mundial, de manera que comen en la palma de mi mano, y puedo hacer con ellos lo que se me ponga en la punt... ejem, ahí, donde tú sabes. Y, total, si las cosas se salen un poco de madre, ya sabes, no hay problema, tiras un par de misilillos en un desierto perdido y en dos días ya estamos montados otra vez en la borrica. Y es que son como críos, no crees?

En fin, amigo George, esto es todo por ahora. Espero noticias tuyas sobre las propuestas que arriba te he apuntado, pero sin prisa, y con buen rollito, que sabes que entre tú y yo no va a haber problema alguno. Un abrazo para Barbara y otro muy fuerte para ti (cuídate, y cuida de tu petróleo, cabrón, ja, ja, ja....).

Un fuerte abrazo de tu amigo,

Mahmud.-"

Grageas de cine XV: tostadas (fotográficas)

Por Manuel Márquez - 9 de Mayo, 2006, 19:58, Categoría: Cine: Grageas de ...

Dentro de esa amplia nómina de autores cinematográficos que, provenientes del lejano Oriente, se han hecho un hueco en las preferencias cinéfilas de la vieja Europa, uno de los nombres más señeros –y, posiblemente, el más celebrado, junto al del coreano Kim Ki Duk- es el del honkonés Wong Kar Wai: un hombre que ha hecho de la exquisitez y la delicadeza visuales un auténtico distintivo, una imagen de marca que impregna su producción más reciente y que dota a sus películas de una enorme belleza aunada con una sensibilidad que convierte a las mismas en auténticas joyas en celuloide.

Pero antes de esas majestuosas orfebrerías de Deseando amar (In the mood for love, 2001) o La mano (The hand, episodio incluido dentro del film colectivo Eros, 2004) –no he visto aún 2046, aunque todas las referencias de que dispongo apuntan a unas pautas más feístas en lo visual, menos esteticistas, aunque no por ello carentes de la misma fuerte carga poética de las dos mencionadas-, Kar Wai ya había entregado alguna película más que estimable. Una de ellas es la que he tenido ocasión de ver recientemente: en concreto, Happy together, una película que, más allá de sus peculiaridades narrativas (con una historia –por lo demás, nada extraordinaria: la relación, un tanto convulsa en su desarrollo, de una pareja homosexual- que avanza sin apenas "movimiento" a base de detenerse en pequeños apuntes, episodios nimios, que son los que van apuntalando una trama que encuentra su punto curioso y un tanto extravagante en lo extraño de su ubicación geográfica, especialmente), si hay algo por lo que destaca poderosamente es por el tremendo tono onírico de que dota a sus imágenes el tratamiento fotográfico que aplica a las mismas Chris Doyle, el director de fotografía australiano: una fotografía tremendamente "quemada", muy turbia, en la que se van alternando, por un lado, las coloraciones azules y ocres y, por otro, fragmentos en color con otros en blanco y negro. Un cóctel visual que desprende una sensación de auténtica irrealidad (valga la paradoja), de nebulosa en la que todo lo que vemos queda tamizado, como suspendido.

No alcanza, indudablemente, el nivel de sus films posteriores, ésos a que aludía al principio del anterior párrafo, pero sí ofrece ya trazas de una voluntad estilística, y una capacidad para desplegar un fortisimo arsenal seductor, que la hacen altamente recomendable: hay en ella más de una declaraciòn de intenciones y un buen puñado de expectativas que, con posterioridad, y por fortuna, se han visto confirmadas más que sobradamente. Si son credenciales suficientes para incitarlos a su visionado, es algo que dejo (cómo no...) a su discrecional elección, amigos lectores.

A salto de mata II: Pesebres marbellíes

Por Manuel Márquez - 8 de Mayo, 2006, 22:16, Categoría: A salto de mata

Paseando mi soledad, por la playa de Marbella... lo que no nos recomendaba aquella pegadiza cancioncilla sesentera (otros tiempos bien distintos, supongo) era que nos tentáramos los bolsillos, por lo que nos pudiera pasar: visto lo visto, hubiera sido una sabia recomendación.

Una vez que, con el paso de los días, se empiezan a extinguir las iniciales efusiones mediáticas, quizá sea un buen momento para una reflexión más sosegada sobre determinados aspectos que surgen al hilo de este escandoloso y vergonzoso episodio de corrupción que se ha destapado, de manera tan abrumadora –por su extensión y volumen-, en este municipio señero de la Costa del Sol malagueña, pero que no debería sorprender por tratarse de algo reciente o algo novedoso (o exclusivo, u original: llámenlo ustedes como quieran, amigos lectores).

No es algo reciente: todas las tramas que la investigación policial y judicial ha puesto sobre el tapete arrancaban de mucho tiempo atrás; habían dado ya pie, en determinados momentos, a procedimientos judiciales e, incluso, a condenas penales –aunque la inmensa mayoría de ellas se centrara en la emblemática y carismática figura del ya fallecido sátrapa Gil y Gil-; y, sobre todo, giraban alrededor de cuestiones –fundamentalmente, de índole urbanística- acerca de las cuales era vox pópuli que algo olía a podrido, y no precisamente en Dinamarca, sino bastante más cerquita... Y aunque es bien sabido que nunca es bueno que el exceso de "ruido", en forma de rumorología difusa y extensión "calamárica" de culpabilidades, perturbe el rigor y la minuciosidad con que acusaciones concretas han de ser fundamentadas y concretadas, lo de Marbella era ya tan flagrante que asustaba la impunidad con la que todos sus protagonistas parecían moverse por aquellos pagos.

Y no es algo novedoso, ni exclusivo, ni original: vaya, que no es Marbella el único municipio de España en el que las irregularidades urbanísticas dan lugar a tramas de corrupción generalizada, aunque sí sea, posiblemente, el de dimensiones más espectaculares (algo coherente con la proyección inmobiliaria que corresponde a la zona en la que se ubica). Y no se trata de que la municipalidad marbellí ahora perseguida penalmente pueda hallar algún tipo de defensa, siquiera sea de tipo moral, en esa "falta de exclusividad" (ya se sabe, lo de mal de muchos...), pero sí que resulta evidente cuán justo y conveniente resultaría que éste de Marbella no fuera sino el pistoletazo de salida para un proceso que, lejos de cualquier pretensión de caza de brujas generalizada, sí sirviera, al menos, para "limpiar la era" mínimamente.

Vistas así las cosas, ¿por qué ahora, y por qué Marbella? Sobre la cuestión temporal, soy incapaz de pergeñar cualquier teoría explicativa que me resulte mínimamente satisfactoria (más allá de esas declaraciones tranquilizadoras de conciencias del tenor de "la cosa ya no podía demorar más", "esto tenía que terminar reventando", o "ya era hora": formulaciones demasiado elementales para una mente poco bien pensante...). Pero sobre la cuestión "geográfica", sí que tengo una convicción, y es la de que los regidores marbellíes y sus "satélites ladrones" están pagando no sólo la culpa propia, sino también la culpa ajena, la de aquel (Jesús Gil y Gil) que no respetó el principio de los "pesebres no comunicantes", ése en virtud del cual la clase política y la clase empresarial, en franca y saludable camaradería, se reparten las grandes tajadas del sistema económico sin inmiscuirse ni osar meter el hocico en el pesebre que no les corresponde (es decir, el ajeno) –otro día, posiblemente, me extienda en consideraciones más detalladas acerca del funcionamiento de este curioso "invento"-. Gil y Gil, que, como empresario se había labrado una inmensa fortuna en el sector inmobiliario, quiso también comer en el "pesebre político", extendiendo sus tentáculos más allá de ese reducto playero y folklórico que era "su" Marbella –en el cual sí se le consentían, sin mayores pegas, sus baladronadas y formas de hacer política de corte fascistoide y populista-, y ahí cavó su propia fosa. Y, como podemos ver ahora, no sólo la suya, sino también la de aquellos que le sucedieron. Creo, me parece... ¿Qué les parece a ustedes, amigos lectores?

Grageas de cine XIV: una rarita...

Por Manuel Márquez - 7 de Mayo, 2006, 16:03, Categoría: Cine: Grageas de ...

No resulta fácil, amigos lectores, para alguien que se califica a sí mismo como cinéfago, el hacer una confesión como la que les haré en las líneas subsiguientes, pero, en fin, hay que entender que el cinéfago, más allá de tal condición, ostenta la de ser humano, y todos sabemos que, en el ámbito de lo humano, todo tiene un límite. Lo cual significa que, en este caso concreto, y aun con los mejores intenciones, no siempre es uno capaz de acabar de ver una película cuyo visionado afronta con la mayor buena voluntad del mundo. ¿El nombre de la "víctima" -o, quizá, para ser más exactos, el verdugo-? Las manos vacías, de Marc Recha (España/Francia, 2003).

No soy yo, sino su mismo autor –en la presentación de la película que, previa a su emisión, realizaba dentro del programa Versión Española, de TVE-2 (el pasado lunes, día 1 de mayo)-, el que empieza confesando que no es el soporte televisivo (y más si la versión que se emite no respeta la banda de sonido original, sino que está doblada) el más adecuado para afrontar una obra de este corte. Apreciación que, en cualquier caso, comparto plenamente con él. Pero no me voy a escudar en esa circunstancia para justificar mi forma de proceder; la contemplación de esta obra en una magnífica sala oscura de cine, con pantalla supermegapanorámica, sonido "dorvisurraun" y sentado en una excelente y ergonomiquísima butaca, no hubiera impedido que sucediera lo que finalmente sucedió el pasado lunes: pasaporte directo a la cama, sin pasar por la casilla de salida, y presto a buscar, en los brazos de Morfeo, imágenes, si no más bellas y sugerentes que las que estaba viendo (que lo eran, y mucho) en la pequeña pantalla del salón de mi casa, sí, al menos, más estimulantes en lo personal.

No tengo nada en contra de este tipo de cine, poco convencional, que se sale de los estándares y cánones de las propuestas más comerciales y habituales en nuestras pantallas, tanto grandes como pequeñas. Entiendo que, para aquellos que puedan sentirse atrapados por sus planteamientos, es tan disfrutable y enriquecedor como cualquier otro, siempre que esté hecho desde el rigor, la calidad y el compromiso artístico. Pero, en mi opinión personal, no deja de parecerme una especie de "pornografía poética": al igual que el cine porno se despoja de todo aquello (historias, tramas, argumentos, personajes, interpretaciones) que no constituye la "almendra" y esencia de su fundamento y razón de ser, que no son otros que la exhibición inmisericorde de "metralla" en sus más variadas "fórmulas" (o posturas, o prácticas, el nombre es lo de menos), también este cine tan despojado de todo aquello que no es poesía en imágenes y sonidos me llega a resultar demasiado "ombliguista", demasiado reduccionista, demasiado ceñido a algo tan puro como, por ello mismo, inasible. O yo, en cualquier caso, me siento casi siempre (me pasa también con muchas películas iraníes, me pasa también con el cine de Angelopoulos) incapaz de asirlo. Qué se le va a hacer, cada uno es como es...

Tampoco tengo nada en contra de que a producciones de este tipo se las califique como "cine", porque de cine, se trata, al fin y al cabo (aunque no toda imagen y sonido en movimiento sea cine: la retransmisión televisiva de un partido de fútbol, según tengo entendido, no es cine...); pero creo que resultaría enormemente clarificador –y, teniendo en cuenta la vocación "etiquetadora" que buena parte de la crítica cinematográfica suele exhibir, nada complicado- dotarle de algún calificativo, que tuviera un marchamo oficial (algo así como lo del Dogma, o, mejor aún si cabe, una especie de Denominación de Origen, como los buenos vinos o los buenos jamones...), con el que, al menos, y a priori, tuviéramos claro a qué nos exponemos cuando lo abordamos. Anímense, amigos lectores, y hagan sus apue..., perdón, propuestas.

A salto de mata I: catalanadas

Por Manuel Márquez - 6 de Mayo, 2006, 13:27, Categoría: A salto de mata

Como cualquier "tema Guadiana" que se precie de ello, el de los avatares de la tramitación del Estatut catalán no deja de aparecer y desaparecer (ciertamente, más lo primero que lo segundo, todo hay que decirlo) de la primera plana de los medios. Superados, más o menos satisfactoriamente, sus primeros estadios parlamentarios, tanto a nivel autonómico como central, se encuentra ahora mismo en una fase pre-referendum sobre la cual el tema principal de controversia es el de los vaivenes en la postura de Esquerra Republicana de Catalunya -y las repercusiones que ese elemento puede tener sobre su presencia en el Ejecutivo catalán- acerca del mismo: que si voto nulo, que si voto en blanco, que si libertad de voto entre tres alternativas, que si voto negativo... Una circunstancia que, muy probablemente, en otro ámbito territorial terminaría constituyendo un obstáculo insalvable para la llegada a buen puerto de la "nave capitana" (o sea, el texto estatutario), pero que, tratándose de Cataluña, tengo la completa seguridad de que no será sino otra anécdota más, la enésima, de la cual los protagonistas de su escena política terminarán acordándose entre risas y brindis con cava del Penedés, cuando llegue el día (no demasiado lejano) en que, con su aprobación definitiva, se termine dando carpetazo a este episodio político-institucional.

Y es que no puedo dejar de confesar mi tremenda admiración por la capacidad de los catalanes -en ese aspecto, pienso que la clase política no es más que un fiel reflejo de lo que es el carácter y la idiosincrasia del pueblo al que representan y dirigen- para, bajo cualquier circunstancia y ante cualquier avatar, soslayar lo accesorio, lo secundario, lo que entorpece, lo que estorba, y quedarse con la almendra de las cosas, entendiendo por tal aquello que, en algún modo, es más favorecedor y guarda más conformidad con sus intereses generales. ¿Quién se acuerda ya de las constantes baladronadas y salidas de tiesto de Carod Rovira? ¿Quién recuerda los pasos en falso de Maragall -ya sea con los cambios de gobierno, con sus posturas enfrentadas respecto a las de la dirección central de su partido, por no hablar de aquel legendario "tres per cent" del que nunca más se supo....-? ¿Quién alude a la "larga cambiada" de CiU, que empezó colocando chinitas en el zapato con una vocación descarriladora encomiable -y poco esperable, dados sus referentes históricos- para terminar en su sitio, es decir, en el abrazo monclovita entre Rodríguez Zapatero y Mas, que le ha terminado otorgando un protagonismo con el que nadie contaba a priori? Ser capaces de superar todo eso, cuando hay tantos y tantos que no lo son, debe tener premio, y, en este caso, creo que los catalanes lo van a tener: el Estatut que quieren, les conviene y les interesa. Ni más, ni menos.

Me consta que esta opinión positiva, que no tengo empacho en denominar admiración (ya lo he hecho en el párrafo anterior, pero no me duelen prendas en reiterarme al respecto, amigos lectores), no tiene muy buena prensa en la opinión pública mayoritaria de determinados territorios (concretamente, éste en el que vivo -Andalucía- es uno de ellos; no el único, pero sí, quizá, uno de los más significados al respecto), donde está más extendida una visión crítica que tacha al pueblo catalán de excesivamente mercantilista, exclusivista y separatista. No estoy de acuerdo con ella: los exclusivismos y separatismos son posturas poco inteligentes (más aún hoy día, en un contexto de globalización galopante, en el cual las "arquitecturas territoriales de lo pequeño" tienen cada vez menos sentido), y como considero a los catalanes, en general, gente inteligente, me consta que andan bastante faltos de tales sentimientos. Sentimientos demasiado poco rentables, en todos los sentidos...

Grageas de cine XIII: Aporreando... (las teclas)

Por Manuel Márquez - 5 de Mayo, 2006, 16:57, Categoría: Cine: Grageas de ...

Una de las que no ví en el momento de su estreno en salas comerciales y no por falta de ganas: La pianista, de Michael Haneke (Le pianiste; Francia/Austria, 2001). Expectante ante el halo de polémica que en su día generó por la (supuesta) dureza de algunas de sus imágenes (si alguien tiene la amabilidad de indicármelas, se lo agradecería enormemente: no fui capaz de detectarlas –o tengo la sensibilidad muy encallecida, a golpe de telediarios...-) y el prestigio alcanzado por su director en los círculos cinéfilos más exigentes (aspecto que nunca tengo muy claro si me predispone a favor o en contra de una película antes de verla; sobre ese curioso tema de los prejuicios cinematográficos, ya les contaré otro día, amigos lectores, más largo y más tendido...), tuve ocasión de verla, en pequeñas porciones y a lo largo de varios días (no se escandalicen: hace más de tres años que cualquier otra fórmula para ver una película se me ha hecho tremendamente difícil), hace una semana. ¿Resultado? 0-0, empate sin goles, aunque mucha emoción a lo largo de todo el partido.... Haneke plasma muy bien algunos de los elementos temáticos y anímicos que recorren la novela de Elfriede Jelinek en que se basa el guión: un cierto desasosiego; el desequilibrio mental de la protagonista y su concepción enfermiza de una sexualidad embrutecida a la par que sublimada; algo de la sordidez. Pero no consigue en ningún momento, pese a los planos largos, larguísimos, y quietos, quietísimos, y el tempo narrativo de una morosidad absoluta, que las imágenes se hagan opresivas, que generen en el fondo de estómago una losa de hormigón, que asesten un puñetazo brutal en el pecho que deje sin respiración: Jelinek sí lo consigue a lo largo de muchos de los pasajes de su novela, y te mantiene permanentemente con un regusto amargo en la comisura de los labios: ¿azufre, plomo...?

Si gustan ustedes de esos films inquietantes y con un punto algo morboso, la propuesta les puede resultar satisfactoria, y, por tanto, recomendable. En caso contrario, absténganse sin mayores penas (y, según las referencias, bastante fiables, de compañeros buenos conocedores de la obra de Haneke, ni se acerquen a cualquiera de sus restantes entregas: ésta pasa por ser una de las más fácilmente "fumables"...). En mi caso, y más allá de valoraciones globales sobre el film, sí que quiero quedarme con un aspecto concreto del mismo, sobre el que mi elección está muy, muy clara: el trabajo interpretativo de Isabelle Huppert, majestuoso. Su capacidad para soportarle la mirada a la cámara y plasmar las inflexiones, casi imperceptibles, de su ánimo a base de ligerísimos (más que ligerísimos, de observación al microscopio...) movimientos de ojos y boca, a lo largo de primeros planos prolongadísimos, interminables , es algo sólo al alcance de maestras, condición que ella ostenta y demuestra con creces en esta película. A un nivel de exigencia tremendo (aparece en una inmensa mayoría de planos del film, y siempre con un grado de presencia fuerte, cuando no determinante), responde con lo mejor de ella misma, y eso es mucho, muchísimo. Ríndome a sus pies, hermosa y sabia dama...

Grageas de cine XII: Aitana, mon amour...

Por Manuel Márquez - 1 de Mayo, 2006, 14:02, Categoría: Cine: Grageas de ...

Varios años después de su primer visionado, vuelvo a ver Celos (1999), la última película "no histórica" que dirigió Vicente Aranda -tras ella, vendrían Juana la Loca, Carmen y Tirante el Blanco- y un ejercicio demostrativo de la comodidad con que se desenvuelve este veterano director en historias de este corte: tórridas, pasionales, y con el sexo como motor de la acción (y no me refiero a la mayor o menor explicitud -siempre suele ser mayor...- con que se muestra en pantalla, sino al peso que el mismo cobra como elemento determinante en las decisiones de los personajes que hacen avanzar la trama).

Y, al igual que ya sucediera en Amantes -film con el que muestra concidencias numerosas, tanto en lo sólido de su pulso narrativo como en los elementos argumentales que comparte con él (triángulo de personajes implicados en una relación -aunque, en este caso, a diferencia de aquél, en planos temporales diferenciados-, maniobras y engaños de unos y otros en pos de sus particulares objetivos...)-, también en Celos el rubro interpretativo es de un primerísimo nivel: Daniel Giménez Cacho hace una interpretación soberbia, y, al igual que su compatriota Arturo de Córdova en la mítica Él (1952), de Luis Buñuel, aunque con un puntito menos histriónico, consigue trasladar a la pantalla toda la angustia enloquecedora que los celos incontrolados pueden provocar en un hombre inseguro, tímido e introvertido; Aitana Sánchez-Gijón le responde a idéntica altura, componiendo una Carmen que alterna sus arrebatos salvajemente pasionales -lo cual, por otro lado, nos brinda unas exhibiciones físicas que nada tienen que envidiar a las tan celebradas por los mitómanos eróticos de las mucho más "habituales" Maribel Verdú o Victoria Abril- con una cotidianidad cuya templanza y sencillez rutinaria hacen difícilmente imaginables los anteriores; y los secundarios -especialmente, María Boto, con un trabajo deliciosamente solvente, pero también, en papeles bastante más reducidos en presencia y extensión, Alicia Sánchez y Luis Tosar-, que no desmerecen en lo más mínimo a los dos protagonistas.

En suma, una propuesta interesante y digna de atención, a la cual, si hay que ponerle algún pero, es la de un final excesivamente truculento, cuyas pretensiones (especialmente, en lo que se refiere a su resolución desde el punto de vista visual) se le escapan por completo al autor de estas líneas, aunque le resultan excesivamente grandilocuentes, y, en consecuencia, poco congruentes con el tono general de la película. Un borrón que no empaña la valoración global, positiva, pero que deja un regusto desagradable en el momento más inoportuno. Aun así, muy recomendable, amigos lectores. Tengan feliz semana...

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