El jueves, milagro

Por Manuel Márquez - 14 de Marzo, 2006, 21:19, Categoría: Medios

Pues no, amigos lectores: no erraron el día ni la sección. Hoy no es jueves, y esto no es una crítica de cine. Este artículo no está dedicado a glosar la película berlanguiana con la que comparte título, sino que sólo pretende ser un modesto y sentido homenaje a una publicación semanal que, para sorpresa de propios y extraños (o, al menos, la mía, con toda seguridad), está a punto de cumplir treinta años de presencia ininterrumpida en los quioscos españoles. Les hablo, obviamente, del semanario de humor El jueves.

El nacimiento de este semanario, allá por el ya lejano año 1978, venía a coincidir con un momento de especial efervescencia social y política en nuestro país, del que el surgimiento de medios escritos con una particular vocación rompedora (encabezado, en las postrimerías de 1976, por ese icono libertario que fue Interviu) no era sino una manifestación más. El cadáver del dictador empezaba ya a enfriarse, y la oleada de libertad que nos sacudía dotaba de una particular significación a empeños como el de esta pandilla de cafres, que venía a recoger el testigo en una carrera cuyo último relevo venía dado por otra publicación de origen catalán (El papus), y cuyo referente histórico incuestionable (aun desde parámetros, tanto propios como de entorno, tan radicalmente diferentes) no era otro que el de la mítica La codorniz

El jueves venía a entroncar con esa línea, pero sus señas de identidad se decantaron, muy desde el principio, por una serie de elementos que, inalterados hasta el día de hoy (aun con la necesaria evolución que un periodo tan prolongado de vida siempre conlleva), la dotaron, y la dotan, de una personalidad tan irresistible como difícilmente imitable: la irreverencia por bandera -El jueves jamás ha dejado títere con cabeza, entendiendo por títere todo ser viviente, ya sea prototípico (genérico) o individualizado (personal)-, bajo un marcado cariz progresista -basta una somera mirada a los blancos predilectos de sus afilados dardos para atestiguarlo bien a las claras-; la atención permanente a la actualidad más rabiosa, sin desdeñar por ello una perspectiva muy abierta, con un abanico realmente abierto de objetos de interés, que no deja fuera del mismo prácticamente nada (pocos temas han escapado, y escapan, a su diabólico escalpelo); y una continuidad de autores y personajes que ha propiciado que alguno de ellos llegue a traspasar la frontera del papel (hay están las aventuras cinematográficas de Maki Navaja o el sargento Arensivia, surgidos de la genial pluma del llorado Ivà), y otra buena parte de los mismos (desde el profesor Cojonciano a El Dios, pasando por el inefable Martínez el facha -una de mis particulares debilidades, he de confesarlo: hasta lástima he llegado a sentir por el pobretico mío...-) haya llegado a alcanzar, sin ningún género de dudas, la categoría de auténticos personajes de culto, con fieles seguidores dispuestos a seguir sus andanzas en cualquier calibre, soporte o formato.

Más de 1.500 números publicados, con unas cifras de difusión más que respetables (por encima de los 80.000 ejemplares semanales), dan una exacta medida del éxito obtenido, y avalan plenamente lo que podría parecer, en un análisis somero, la consecuencia lógica de un trabajo bien hecho a la hora de elaborar un producto cuya etiqueta identificativa (la del humor) tiene un fuerte predicamento en nuestro país; algo, pues, normal y perfectamente esperable ¿A qué obedece, pues, esa extrañeza o sorpresa a la que aludía al principio de esta reseña? A dos factores fundamentales que les explico a continuación.

El primero está relacionado con los índices de lectura y difusión de prensa escrita en España: que, en un país como el nuestro, donde (más allá de los folletos de Carrefour y los catálogos de Ikea) se vende y se lee tan poquísimo material impreso, un producto como El jueves alcance las cifras a que aludía en el párrafo precedente (y más aún si se tiene en cuenta que su promoción publicitaria, en circuitos convencionales, es prácticamente inexistente) no se puede calificar más que de auténtico milagro, o, al menos, a mí así me lo parece.

El segundo factor, no menos importante, guarda relación con aspectos menos estadísticos (por así decirlo), aunque también entronque con una cuestión básicamente de idiosincrasia: y es que siendo, como somos, en general, los españolitos, tan proclives a reírnos de todo, hay que ver lo mal -fatal, diría más bien- que llevamos que en en ese "todo" estemos incluidos, eventualmente, nosotros mismos. Es ése el motivo por el que me causa un asombro, cercano al pasmo, que, en casi treinta años de andadura, El jueves haya sido capaz de aguantar las que, sin duda, han debido ser innumerables y potentísimas andanadas dirigidas a su línea de flotación, lanzadas desde los reductos (desgraciadamente, aún tan fuertes y numerosos) de la intolerancia y la incapacidad de asumir una crítica que envuelve la acidez en un manto de carcajadas. Es muy probable que el día que sus gentes nos cuenten (qué memorias tan jugosas que habrán de salir de ahí...) sabremos de multitud de historias tan sustanciosas como reveladoras acerca de más de un personaje o personajillo de esta nuestra piel de toro.

Eso sí, abrigo la absoluta confianza de que sabrán contárnoslas a su peculiar modo y manera, aliñaditas con un buen chorro de vitriolo, sin el más mínimo componente dramático (los llantos, para las tablas del teatro...) y riéndose de todo y de todos (en primer lugar, de ellos mismos: coherencia obliga...). Por tantos buenos ratos, tantas medias sonrisas (suaves) y tantas carcajadas (desaforadas): enhorabuena, felicidades y, sobre todo, muchísimas gracias, cabronazos...

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