Los jueves, cine: Viridiana

Por Manuel Márquez - 2 de Marzo, 2006, 13:06, Categoría: Cine: Los jueves, ... (críticas)

Envuelto en los ropajes temáticos y formales de un drama tórrido, pasional, surcado morbosamente por vetas de una religiosidad mortificada, lo que verdaderamente nos ofrece un film como Viridiana es un retrato poliédrico de las mezquindades humanas, no tan diferenciadas por sus calidades intrínsecas como por su plasmación en tipos y actitudes humanas distintas, pero que se asemejan en un fondo común tan execrable por su baja estofa moral como temible por lo complicado que resulta no verse identificado en alguno de ellos, tantos y tan variados resultan.

Es un terreno en el que un director como Luis Buñuel se desenvuelve con una comodidad y una maestría realmente envidiables, y en el que su querencia (y su mordacidad vitriólica) le permiten alcanzar resultados narrativos espectaculares, si partimos de un entendimiento del espectáculo alejado del que comúnmente se le suele otorgar a un cine excelentemente dotado en el plano de la alharaca formal, pero carente de la más mínima profundidad temática (más cercano, pues, al perfil de encefalograma plano que a los comerciantes del ramo les suele resultar más querido –por más rentable-, desgraciadamente). No es que Viridiana carezca de recursos formales de enorme atractivo, tanto desde una perspectiva genérica –por ejemplo, la fotografía, muy contrastada, en blanco y negro, y la dirección artística, que enmarca la acción en unos escenarios recargados y con un punto tétrico impresionantes, sirven a la intencionalidad del relato fílmico con una precisión impresionante- como descendiendo a una visión más particularizada de sus diferentes secuencias –puestos a elegir alguna genialidad, entre tantas, me quedaría con ese plano congelado con el que Buñuel establece una parodia sangrante de la última cena, a cargo del pelotón mugriento que la protagonista acoge entre los muros de la mansión solariega donde pretende poner en marcha su peculiar "experimento redentor"-.

Pero eso no debería hacernos olvidar que en Viridiana, el espectáculo lo pone, realmente, un catálogo de personajes encargados de mostrarle a esa aspirante a monjita, una chica cándida, muy poco hábil emocionalmente (de ahí su refugio en el mundo de seguridades sin fisuras que le ofrece un ejercicio de la religiosidad brutal e irreflexivo, inducido, sin duda alguna, por su prolongada estancia en un centro monacal) y desconocedora de los recovecos del alma humana, ya sean los más simples y evidentes o los más arteros y rebuscados, que sobre la faz de este planeta, las cosas (y, sobre todo, las personas) distan mucho de ser esos seres superiores a los que cierta divinidad dotó de cualidades morales que los ennoblecían y elevaban sobre el resto de productos de la creación. Ni a título individual ni a título colectivo, para que no quede sombra de duda.

Miseria individual del rijo y la concupiscencia: ésa es la que muestran (y con ella atormentan a la inocente novicia) dos seres tan antitéticos como don Luis, tío de la criatura –afectado, suave en las formas, pero prisionero de pulsiones sexuales morbosas no satisfechas que lo convierten en un desequilibrio andante-, y el señorito Jorge, el hijo de don Luis –bruto, directo, consciente de su magnético y animal ascendiente sobre el género femenino (la rendición incondicional a sus encantos de Ramona, la sirvienta, se muestra a través de dos secuencias magistrales, plagadas de miradas aviesas y simbolismos muy característicos del lenguaje buñueliano)-. Ambos tienen muy claro que la turbación que experimentan ante un ser tan atractivo (la belleza de Silvia Pinal juega un papel fundamental a ese respecto) sólo hallará salida con la consumación de sus (bajas) pasiones, algo que cada cual intentará con sus muy peculiares métodos y maneras. Un contraste genial y excelentemente plasmado y desarrollado por el trabajo de dos geniales intérpretes, Fernando Rey y Paco Rabal, que se sitúan, con su maestría habitual, en extremos opuestos de modos y talantes, para ofrecer una composición de personajes que, bajo una antítesis formal, terminan mostrando más similitudes que diferencias (¿es la influencia de la sangre...? Buñuel no sabe, no contesta...).

Y miseria colectiva de la pobreza, la traición, la vileza y el resentimiento: el cuadro de mezquindades (irredimibles y manifiestas, remarcadas además con ese trazo grueso con el que el monstruo de Calanda gustaba de recrearse a la hora de cebarse en el esperpento y lo grotesco llevado a sus extremos más sublimes –por lo terribles, claro está-) que exhibe el pelotón de desheredados al que Viridiana, en una especie de camino de redención sustitutorio de su abandonada vocación monjil, decide dar calor y cobijo, se erige en una de las muestras más tremebundas de las bajezas y ruindades de nuestra especie que se hayan podido encontrar jamás en una pantalla de cine. Es difícil, entre tanta maldad, violencia e inmoralidad, discernir el más mínimo atisbo de comprensión o conmiseración con aquellos y aquellas que se constituyen, simultáneamente y sin solución de continuidad, en víctimas y verdugos: ni su pobreza, ni su incultura ni su –en algunos casos- evidente falta de un mínimo cociente intelectual consiguen que Buñuel extienda sobre ellas el más ligero manto de justificación. Quedan, pues, desnudas y sometidas al juicio implacable de un espectador al que, posiblemente, no le costará mucho trabajo exorcizar determinados demonios a base de marcar las distancias con quienes, evidentemente, se hallan a años luz de sus coordenadas vitales de toda índole. Pero están ahí, y son humanas, que nadie se olvide de ello (en cuyo caso, ya se encargará el director maño de recordárselo en películas posteriores).

En definitiva, la contemplación de Viridiana no es, ciertamente, una experiencia agradable, si por tal entendemos aquello que nos produce sensaciones placenteras. Pero enriquece, vaya si enriquece; y, además, nos aporta una enseñanza complementaria de indudable valía: son frecuentes las ocasiones en que el crítico de cine, ya sea profesional, ya sea aficionado, recurre al socorrido tópico que se concreta en la expresión, tan manida, de la "potencia visual". Bien, el caso de esta obra maestra que es Viridiana rehúye completamente esa condición de tópico manido, desde el punto y hora en que cada vez que uno la ve, y muy especialmente al contemplar algunas de sus secuencias más impactantes, siente el mismo vacío desasosegante, angustioso en la boca del estómago. No debe ser casual...

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