Marzo del 2006

Breve divertimento X

Por Manuel Márquez - 29 de Marzo, 2006, 20:38, Categoría: Breves divertimentos

- Diversos medios se hacían eco el pasado sábado de las declaraciones de Francisco José Alcáraz, "PP-residente" de la Asociación de Víctimas del Terrorismo, haciendo alusión a la posibilidad de "reacciones" particulares por parte de algún miembro del colectivo que preside, en el supuesto de que, en un hipotético proceso negociador, el Gobierno haga dejación de sus responsabilidades y competencias en materia de justicia penal. Flaco favor hace a sus representados (que, en líneas generales, suelen mostrar una actitud batante menos obtusa que la de aquel que los representa, aunque eso no les exima de la responsabilidad que les corresponde desde el punto y hora en que lo mantienen en tal papel), y en muy desalmado papel les coloca, alguien capaz de decir tal barbaridad sin que le tiemblen los labios, pero lo peor del caso es que en los fondos y las formas de tales declaraciones subyace un espíritu batasuno que al que esto suscribe le retrotraen, con una mezcla de estupor, pasmo y vergüenza, a esos tiempos, cuando tan fuerte y duro llovía, en que los líderes abertzales, henchidos de la prepotencia y la arrogancia que confiere la plena consciencia de que eres temido porque cubriendo tus espaldas hay una serie de tipos dispuestos a descerrajar un tiro en la nuca de cualquier ciudadano normal, corriente y moliente, se dedicaban a impartir, desde sus púlpitos, condenas y absoluciones a todos los miembros de ese pueblo vasco a quien, decían, pretendían liberar. Nunca sufrimientos pasados pueden constituir el fundamento de la amenaza de sufrimientos futuros: eso no es justicia, es venganza. Y si el exterminio de millones de judíos en las cámaras de gas que procreó el horror nazi nunca puede erigirse en una justificación de las barrabasadas que el Estado israelí comete contra el pueblo palestino, tampoco el dolor de las víctimas del terrorismo puede constituir una hipoteca, una losa, sobre el itinerario al que próximamente habrá de darse inicio. Reconocimiento, respeto, solidaridad, estima, sí; cesiones a chantajes moralmente intolerables, no.

- Que ya no son pateras, que son cayucos, que no os enterais, mendrugos.... cambia la "eslora" , la "manga" y la categoría de las embarcaciones, pero éstos, aunque no participan en ese derroche pijotecnológico, revestido con tintes de "heroicidad siglo XXI", que viene a ser la Vuelta al Mundo de Vela, siguen empeñados en su particular y trágica regata, una regata en la que el premio consiste (sin medallas, sin besos en el podio, sin ramos de flores, sin contratos publicitarios de millones de euros) en llegar a Eldorado (o sea, la costa española más cercana, sea insular o peninsular). Ya no es la tragedia de los miles de muertos (que lo es), ni la desvergüenza de las autoridades "competentes" pasándose la patata caliente de mano en mano sin que nadie quiera agarrarla y tratarla como corresponde (que también lo es), ni la incapacidad para encontrar soluciones que acaban con tal sangría (que también lo es): lo que me parece absolutamente indecente es que ningún responsable político tenga la dignidad de hablar con claridad y plantear ése que sabemos que es el problema de fondo, y que es el de la solución al problema radica en el punto de origen, y no en el de destino, porque la tragedia no radica tanto en el no llegar como en el hecho de tener que salir, algo que sólo se evitaría con otro reparto de las estructuras de poder macroeconómico, y lo que eso supondría. Demasiada incorrección política, demasiado coste en caudal de votos, demasiado... en fin, sigamos disfrutando de nuestra flamante línea ADSL, nuestro hermoso coche en la puerta de casa, y nuestras pequeño burguesas vacaciones semanasanteras en la costa más cercana (a la que no llegaremos ni en patera ni en cayuco, faltaría...), cada palo que aguante su (cínica) vela, y a otro tema...

- Sigo alucinando (no me parece para menos el tema) con las noticias que siguen apariciendo, espigada y dispersamente, en la prensa, acerca de la desaparición de los fondos del MNCARS (Museo Nacional-Centro de Arte Reina Sofía) de una escultura de Richard Serra de ¡¡¡38 toneladas!!! (un pisapapeles, más o menos, vaya), valorada en unos 200.000 euros. Nadie es capaz de dar noticia cierta y contrastada de la actual ubicación de una escultura, cuya última localización conocida era la campa de una empresa dedicada específicamente a este tipo de operaciones (traslado y depósito de obras de arte), que ha sufrido diversos avatares financieros que han terminado derivando en su desaparición, y sobre la cual las últimas y más fundadas especulaciones coinciden en darla por enterrada con motivo de unas obras que sobre terrenos adyacentes a dicha campa se ejecutaron hace unos años. Más allá del simbolismo, casi esperpéntico, de tal episodio, y de las muchas consideraciones en que cabría extenderse acerca de los límites del arte moderno, qué es arte y qué no es arte (no quisiera, desde mi ignorancia en la materia, cebarme en el chiste fácil, pero, vistas las fotos de la "instalación escultórica", les puedo asegurar que cualquiera de ustedes, sin necesidad de ningún especial embrutecimiento, también la hubiera echado al contenedor más próximo de haberla encontrado en el jardín de su casa -yo, al menos, lo hubiera hecho; lo siento, soy así de bruto-), no quiero ponerme tampoco catastrofista, y hacer cábalas sobre lo que puede ser la gestión de las obras artísticas en el ámbito público, si es que este suceso pudiera tener algún carácter representativo al respecto. Por cierto, ¿se le ha ocurrido a alguien mirar por los pasillos del Ministerio de Fomento? Uno de sus más recientes máximos responsables parece que nos salió bastante aficionado a esto del arte...

- Ejercicios de búsqueda del punto medio, capítulo 10: entre el optimismo desmesurado, rayano en una ingenuidad bobalicona, y un pesimismo acre, caldo de cultivo de la desesperación y la mala sangre.

- Esta semana (ustedes disculpen, amigos lectores) no localicé ningún conceto apoteósico (a buen seguro que los habrá habido, pero no siempre son fáciles de localizar, o no se tiene la disposición de ánimo necesario para lanzar la caña en su pesca...). 

Grageas de cine VIII

Por Manuel Márquez - 26 de Marzo, 2006, 17:43, Categoría: Cine: Grageas de ...

- Les hablaba hace sólo unos días del centenario, gozosamente celebrado, incluso a nivel institucional, del escritor granadino Francisco Ayala: viene hoy de nuevo este autor a colación, dada su fuerte y notoria vinculación con el mundo del cine, arte por la que siempre proclamó su afecto, querencia y admiración, con la particularidad de que lo hizo desde muy temprano momento (sus primeros escritos sobre cine datan de la decada de los 20" del pasado siglo), y a contracorriente de lo que era posición imperante en la intelectualidad de la época, poco proclive a considerar el cine un territorio cultural digno de atención (motivo más que suficiente para considerar a Ayala un hombre de una honestidad e independencia de pensamiento verdaderamente admirables). Como recomendación, una obra: El escritor y el cine, editada por Cátedra, en su colección Signo e Imagen, en 1996; se trata de una recopilación de artículos periodísticos (recensiones generales, críticas, reflexiones...) relacionados, todos ellos, con el mundo del cine, y que, como elemento quizá más curioso y significativo, nos ofrece una gran diferencia en tono y lenguaje entre los primeros escritos y los últimos: circunstancia fruto, sin duda alguna, del enorme arco temporal que se abre entre unos y otros.

- A veces (sólo a veces, y procurando dosificar con mesura frecuencias y cantidades), uno se concede ciertas licencias (u homenajes, más bien): hace apenas un par de semanas, era incapaz de resistir la tentación –allí estaba, flamante y reluciente en la estantería de la sección de cine de unos grandes almacenes, esperando que mis ávidas zarpas se posasen sobre él, y lo trasladaran a la caja de pago más cercana-, y me agenciaba –edición especial en dos discos, plagadita de extras de calidad a contrastar (nunca se sabe...)- un DVD de uno de mis films de culto particular: El precio del poder, versión Brian de Palma (1980), con Toni Montana, esto, ejem... perdón, Al Pacino componiendo uno de las interpretaciones más espectaculares de toda su carrera cinematográfica. No me fustiguen, amigos lectores, que ya me fustigo yo solito: el film es excesivo, tramposo, efectista, ultraviolento, tendencioso, truculento... sí, cierto, no se lo discutiré, pero hagan un experimento muy sencillo: siéntense a verlo en su butaca preferida, intenten levantarse de ella a lo largo del visionado (dudo que lo consigan) y, cuando termine, miren su reloj y comprueben que, pese a lo que les pueda parecer, el tiempo transcurrido desde el comienzo no son veintinco ó treinta minutos, sino casi tres horas. Pasa, les aseguro que pasa (al menos, a mí así me sucede, y no una, sino en las mil y una ocasiones en que he "reproducido" el experimento en cuestión). Una auténtica gozada, aunque no, obviamente, para todos los paladares (faltaría...).

- Transcurrido poco más de un año desde que la viera por primera vez, con ocasión de su estreno en la pantalla grande, reveo Milion dollar baby, y vuelvo a rendirme fascinado ante la grandiosidad de la propuesta, ante el torrente emocional que se desata en la pantalla a medida que se va desgranando la historia y ante la capacidad de un Autor, con mayúsculas, para transmitir de una manera tan viva como profunda, todo el dolor que exhala de la peripecia vital de sus personajes. Sin ánimo de extenderme en consideraciones sobre las que ya tuve ocasión de hacerlo en su momento, con motivo de la crítica publicada en La Butaca -y a la que se puede acceder desde el enlace precedente-, sólo quería añadir un par de apuntes más, a vuelapluma: la confirmación de una convicción que, no por extendida y compartida con miles y miles de cinéfilos, deja de ser más clara, y que es la de que nos encontramos ante un clásico incontestable, de ésos que, por las extrañas químicas del celuloide es capaz de alcanzar tal condición sin someterse al veredicto del único juez que suele otorgar tal condición -el tiempo-; y, ligada a la anterior, la seguridad de que ésta será una de esas películas que, lejos de acusar el paso de los años, irá ganando en aprecio y estima generalizadas con el transcurrir de los mismos. Tiempo al tiempo (y ustedes perdonen, amigos lectores, si lo que he hecho no ha sido, en cierto modo, un ejercicio de ventajismo: es difícil equivocarse con obras de tantísima -y tan contrastada- calidad).

Los jueves, cine: El cuarto mandamiento (1942)

Por Manuel Márquez - 23 de Marzo, 2006, 21:07, Categoría: Cine: Los jueves, ... (críticas)

Las disquisiciones críticas acerca de una película sobre la cual existe la constancia de que su director renegó de la versión finalmente exhibida por la productora, resultado de una labor de montaje realizada por otro director (concretamente, Robert Wise) que ofreció un metraje de una duración inferior en nada menos que cuarenta y tres minutos respecto a la inicialmente montada por su autor, se hacen, cuanto menos, y en el mejor de los casos, complicadas. ¿De qué película estamos hablando? ¿Qué es eso que hemos tenido ocasión de ver? ¿Una obra cinematográfica, o el resultado de su ametrallamiento?

Si dejamos de lado tales consideraciones, y somos capaces de abstraernos de tal circunstancia, no se puede dejar de reconocer que, aun así, y en todo caso, El cuarto mandamiento sigue siendo una pieza cinematográfica de excepcional calidad, que no desmerece en absoluto –en cuanto a sus bondades técnicas- de su inmediata predecesora, la legendaria Ciudadano Kane, respecto a la cual nos ofrece una perfecta continuidad exploratoria –e incluso profundizadora- de ciertos aspectos, y a la que lo único que lastra de manera evidente es la existencia de ciertas lagunas narrativas, que quedan plenamente justificadas a la vista de lo apuntado en el párrafo precedente, sin que por ello deje de ofrecernos una historia redonda, completa y de un enorme interés humano.

Porque en El cuarto mandamiento, más allá de sus alardes formales –extraordinarios-, su uso magistral de la profundidad del campo, el manejo exquisito de los movimientos de la cámara, la fastuosidad de los decorados interiores (un trabajo de dirección artística impecable) o el cuidado con que se aborda el encuadre de todos y cada uno de sus planos, lo que tenemos ocasión de ver es un relato en el que las grandes protagonistas son las pasiones humanas, ésas que, inmutables y eternas, son nuestras compañeras de camino inseparables y nos hacen identificarnos con los distintos personajes en la medida, y a medida, que se van encontrando y debatiendo con ellas: personajes que huyen del esquematismo del estereotipo para mostrársenos cuajados de riqueza, complejidad y recorrido vital.

En primer lugar, y por encima de todos, Eugene Morgan –Joseph Cotten-: imaginativo, afable, talentoso y constante, un dechado de virtudes canalizadas hacia el amor inquebrantable (que atraviesa la trama de principio a fin) por Isabel Amberson -Dolores Costello-, y fantásticamente bien encarnadas por un actor cuyo perfil siempre fue inequívocamente ése, el del bueno de la película; en cualquier caso, no se puede negar que, en este caso concreto, su adecuación al personaje es como la del guante (de su justa medida) a la mano.Y, en segundo, frente a él, su némesis, su pesadilla, el hombre encargado de interponerse, como obstáculo insalvable, entre sus pretensiones amorosas y el objeto de las mismas, George Amberson -Tim Holt-, un carácter totalmente antitético (engreído, tiránico, antojadizo, malcríado), que se va forjando (Welles nos lo muestra en una pincelada magistral, todo un preludio de lo que habría de venir) ya desde su infancia, y al que ni siquiera su amor (aunque frío y arrogante, imposible de ocultar bajo el manto de una supuesta indiferencia) por la hija de su acérrimo enemigo, Lucy Morgan (una tintineante y sorprendente Anne Baxter, que cuaja una de las más sólidas interpretaciones del film, en un personaje pleno de matices, pese a su carácter secundario), le hará ceder un paso en su incólume y tajante negativa a admitir a Morgan en el seno de la familia, como nuevo esposo de su madre viuda.

Entre ambos, y a expensas de esa lucha desigual y sin cuartel, se mueven las dos hermanas Amberson, Isabel y Fanny (ésta última, fantásticamente interpretada por una intensísima Agnes Moorehead), amadas y/o amantes en función del desarrollo de los avatares de la historia, pero, en cualquier caso, siempre víctimas de un entramado familiar y social que las condena a sepultar sus sentimientos y querencias bajo el peso de la conveniencia o, en última instancia, el capricho de un chantajista emocional incapaz de entender, aceptar y asumir los requerimientos emocionales de seres humanos que, no por su condición de mujeres, habrían de verse en la penosa obligación de no poder exteriorizarlos y dar rienda suelta a los mismos. Ahí es donde radica buena parte del elemento trágico de la historia y es ésa la clave bajo la cual se entienden las actitudes y comportamientos de sus protagonistas.

¿Hubiera conseguido Orson Welles, con el montaje que pretendía, habernos dado alguna clave más, haber redondeado aún más el entramado de la historia, haber ofrecido algún apunte más que clarificara ciertos aspectos sobre los que el film parece pasar de puntillas, dejándolos más en la condición de esbozo que de línea dramática? Con toda seguridad, sí, pero eso será algo que nunca podremos comprobar empíricamente. La única certeza es la de que, con su actitud, Welles se labró una reputación de "autor", no dispuesto, bajo ningún concepto, a aceptar imposiciones y limitaciones a sus intenciones creadoras, que le terminó condenando al ostracismo por parte de la gran industria hollywoodiense, ésa misma que, sólo tres años antes, le había abierto las puertas de par en par y le había ofrecido carta blanca para que diera rienda suelta a su frenesí inventivo. Paradojas de la vida. Una más....

Breve divertimento IX

Por Manuel Márquez - 22 de Marzo, 2006, 21:39, Categoría: Breves divertimentos

- Un informe del Defensor del Pueblo andaluz pone de manifiesto un fenómeno que, no por previamente conocido (aunque no, posiblemente, con datos tan concretos), resulta menos escandaloso, especialmente ante las más que previsibles repercusiones que el actual episodio de sequía que venimos sufriendo va a terminar acarreando, más pronto que tarde: las pérdidas de agua que, por defectos en las conducciones, se producen, en cuantía y proporción variables (en unas más, en otras menos, pero, en cualquier caso, siempre en volúmenes más que sustanciales), en todas las capitales andaluzas. Creo que se trata de un asunto que, además, tiene muy fácil solución: basta con picar el suelo de forma que todas las conducciones de agua queden completamente descubiertas, a cielo abierto, de forma que la reparación de sus deficiencias pueda ser tratada como la rehabilitación de cualquier edificio, a cuya inauguración, en plena campaña electoral o fuera de ella, se puedan apuntar los responsables políticos de turno (cortes de cinta, primeras paladas de cemento y otros pollos mediáticos al uso...). No tengan duda alguna, amigos lectores: en menos de dos ciclos electorales, cuestión resuelta. Qué vergüenza, mami, qué vergüenza...

- Numeros medios se hicieron eco, a lo largo de la pasada semana, del cumpleaños número cien del intelectual y escritor granadino Francisco Ayala. Suceso, ciertamente, extraordinario, porque pese al tremendo avance de la ciencia médica, y lo que eso ha supuesto en términos de incremento sustancial de los índices de expectativa de vida, sigue siendo inusual el que una persona alcance edad tan elevada, y, más aún, que lo haga en las condiciones en que, según se ha podido comprobar de manera notoria, lo ha hecho Ayala, bastante en forma, dentro de sus lógicas limitaciones, o, al menos, lo suficiente como para haber podido aguantar de manera más que digna el aluvión de celebraciones que con tal motivo han tenido lugar. Altamente satisfactorio el que tales celebraciones, homenajes y reconocimientos puedan ser hechos en vida de su protagonista (dado que no suele ser lo más corriente; parece que la muerte sigue activando nuestros resortes más benevolentes, o, en cualquier caso, desactiva ciertos recelos y envidias, posiblemente porque ya no resultan necesarios ante la condición de finado del finado...); no obstante, se trata de una circunstancia que no disipa mis más que serias dudas acerca de si Ayala se trata de un autor tan leído como reconocido, que juraría yo que no (pero, claro está, ¿qué autor en este país es leído, si aquí leemos tan poco...?). En fin, disquisiciones quisquillosas aparte, mi felicitación desde aquí al centenario maestro.

- Para cerrar, hoy, divertimento. Atiendo (ya era hora, compañero...) la amable invitación de J.P. Bango para dar cumplida respuesta al enésimo meme circulante por la blogosfera, y sobre el cual me permitiré la licencia, una vez cumplimentado, de no extenderlo en red, aunque sólo sea por deferencia hacia las cargadísimas agendas blogueriles de quienes podrían ser más propios candidatos (o víctimas) a recibirlo. Y sin más preámbulos, respondamos:

    • Cinco lugares donde morir felizmente: ni cinco ni ninguno; me gusta demasiado vivir como para que la perspectiva de morir, tan ineludible como aún remota (eso espero...), me pueda resultar feliz en ningún lugar.
    • Cinco series de televisión: Los Soprano (U.S.A.); Roma (Gran Bretaña); Juncal (España); Aquellos maravillosos años (U.S.A.); Los Roper (Gran Bretaña).
    • Cinco películas inolvidables: Casablanca; El halcón maltés; Ladrón de bicicletas; Perdición; La noche del cazador (y varias decenas más, pero sólo nombro las cinco primeras que me vienen a las mientes).
    • Cinco libros imprescindibles: no hay libros, ni películas, ni cuadros, imprescindibles; hay millones de personas que han vivido, viven y vivirán felicísimas sin haber leído un libro, ni visto una película, ni contemplado un cuadro, en toda su vida. No es mi caso, pero no puedo hacer de mi caso categoría general.
    • Cinco canciones inmortales: todas las canciones son inmortales, por horrendas que artísticamente puedan resultar; en cualquier caso, y puestos a elegir, cinco cualesquiera de los Beatles, y varias decenas más de otros intérpretes.
    • Cinco trabajos interesantes: toda aquella actividad a la que te dedicas profesionalmente termina no gustándote, si es que te gustaba cuando empezaste a desempeñarla. Trabajar, en general, no resulta demasiado interesante.
    • Cinco blogueros a quienes pasar el testigo: insisto en lo dicho, aquí se acaba lo que se daba (por una vez, y sin que sirva de precedente). Ha sido un placer, amigos lectores.

- Ejercicios de búsqueda del punto medio, capítulo 9: entre la credulidad ingenua y bobalicona, excesivamente abierta a todo lo que llega de fuera, y el resabio hosco y huraño, excesivamente cerrado a todo lo que llega de fuera.

- La apoteosis del "conceto", y VII: un "republicano juancarlista" (¿conoce alguno de ustedes, amigos lectores, a algún presidente de República cuyo nombre de pila sea Juan Carlos...?).

- Me llegan, tras el cierre, los ecos, sonoros -gozosamente- hasta el estruendo, de la noticia del día -posiblemente, del año, y, si me apuran, del siglo, hasta la fecha presente, y en España-. Cautela, y ojalá: el camino será, si es, largo y difícil, pero no hay alternativa, si realmente se pretende una solución.

Arreglos cosméticos (o antes sencilla que muerta)

Por Manuel Márquez - 21 de Marzo, 2006, 20:41, Categoría: Medios

Fuerte presencia en los medios, durante estos ultimos días, quizá semanas, de noticias relativas al plan de reestructuración que la SEPI tiene previsto poner en marcha en Radio Televisión Española: la tele, la de toda la vida. Un ente público que, después de cuarenta años sin competencia catódica, se ve ahora, sometido al empuje múltiple de las privadas –por un lado-, las autonómicas y locales –por otro-, las de nuevo cuño tecnológico (cable, satélite, digital terrestre y demás virguerías) –en perspectiva presente- y las de inminente llegada (especialmente, esa televisión por Internet que promete acabar con toda la marabunta actualmente rugiente...) –en perspectiva de próximo futuro-, no sólo en una posición de clara desventaja en cuanto a seguimiento –ahí están las índices de audiencia para confirmarlo-, sino con un horizonte a la vista más que negro, negrísimo.

Se habla de reducciones de plantilla (sustanciales), de cierres de centros (significativos) y de ajustes (esa palabra mágica bajo la que esos aprendices de brujo que se suelen denominar –especialmente, por parte de ellos mismos- gestores, camuflan toda suerte de desmanes): todo, en busca de un referente, un objetivo, una meta, que se bifurca en dos líneas: por un lado, la reducción del descomunal deficit contable-presupuestario (actual) –aunque no nuevo, ése es un monstruo cuyo engorde se ha venido gestando a lo largo de décadas de desidia y miradas hacia arriba (mientras se silbaba, cómo no...)-, y el establecimiento de unas bases económicas más saneadas sobre las cuales evitar que se vuelva a reproducir en tales volúmenes (futuros). En cualquier caso, líneas de actuación y objetivos que, afectando seriamente (como no podía ser de otra manera) a aspectos cuantitativos, ni tocan ni ponen en cuestión el formato, la estructura, ni, sobre todo, el modelo, digamos, político: seguiremos con la misma RTVE –aunque, muy probablemente, bastante más estilizadita, en condiciones de subirse a la pasarela y desfilar- que hemos venido disfrutando (o padeciendo) hasta la fecha.

¿Tiene eso algún sentido? En mi modesta opinión, amigos lectores, no. Una televisión pública de corte comercial, como es actualmente (y se pretende que siga siendo) la primera cadena de Televisión Española (que se trata, no nos engañemos, de la madre del cordero –por su volumen y su repercusión-; ni el segundo canal televisivo, ni los canales temáticos, ni las emisoras radiofónicas, son "el problema" y, por tanto, no será actuando sobre ellos como se halle la solución...) no tiene sentido alguno en un horizonte de mercado televisivo donde la iniciativa privada cubre, no sólo con suficiencia, sino de manera sumamente eficaz (es decir, con todas las cantidades de porquería que el mercado "pide"), la demanda de producto; y en el que, además, los horizontes de futuro, tanto próximo como a largo plazo, incidirán aún más en esa misma línea (es decir, más cadenas privadas generalistas, con una política de programación más agresiva –es decir, de menos calidad y de más impacto- y con más cuota de mercado). Pero, claro, esa existencia, o inexistencia, de sentido, topa –ay, amigo Sancho...- con una componente que la iniciativa privada no contempla (al menos, de forma explícita y directa), que es la política. Y ahí es donde cobra fundamento y explicación (aunque, quizá, no sentido, entendido desde un punto de vista moral) una televisión pública abierta y generalista: una fantástica herramienta de poder a la que ninguna fuerza política, ni en dictadura ni en democracia, ni con gobiernos de derechas ni con gobiernos de izquierdas (me refiero a los que, eventualmente, y en un futuro, pueda llegar a haber –la España democrática aún no ha conocido ninguno: lo del PSOE, sin ánimo de ofender, es "otra cosa"...-), ha querido, quiere ni, me temo, querrá renunciar bajo ningún concepto.

¿Podrían ser las cosas de otra manera? Evidentemente, sí: si nuestra clase política tomara buena nota de las prácticas habituales en países de nuestro entorno, donde existe un consenso unánime e incuestionado acerca de la necesidad de articular mecanismos que garanticen la independencia, imparcialidad y objetividad de los medios de titularidad pública (que no son tan difíciles de implantar, si hay voluntad para ello, y que allí, en Francia, Gran Bretaña, Alemania, etc... ya existen, y llevan funcionando muchos años con eficacia más que demostrada -sin perjuicio de que, esporádicamente, surgan fallas y disfunciones: son mecanismos humanos, no divinos-), y se decidiera por su importación, con los necesarios matices de adaptación a nuestra particular realidad social (sin necesidad, desde luego, de articular un libro blanco de casi trescientas páginas, plagado de obviedades o declaraciones de intenciones voluntariosas a las que nadie con responsabilidades al respecto piensa hacer caso alguno...), el problema estaría, si no totalmente resuelto, sí en vías de una buena perspectiva para su solución. Pero, ay, eso requeriría la existencia de algo que, actualmente, no existe en nuestro país: una dirigencia política con capacidad para el pacto de largo alcance y bajo la exclusiva perspectiva del interés general; viendo que nuestros dirigentes son incapaces de conseguir pactos de ese tenor en materias tan sensibles como la política educativa, o la exterior, o la antiterrorista, ¿cómo podríamos pretender que sí fueran capaces de conseguirlo en el tratamiento de los medios de comunicación de titularidad pública? Misión imposible, me temo. Temor que se ve, aún más si cabe, reforzado, cuando se contempla cuál es el panorama en el ámbito de otras televisiones públicas (las de nivel autonómico): ámbito donde el fenómeno de aprovechamiento torticero y manipulación informativa que se viene sucediendo, desde su creación, en la televisión estatal, se reproduce, repetido y multiplicado –hasta lo grotesco, en muchas situaciones-, ad nauseam (eso sí, entre los cruces ininterrumpidos de cañonazos dialécticos y ladridos y balidos varios, por parte de unos y otros –y que me perdonen perros y ovejas, que no han hecho nada para merecer comparación tan poco gratificante...-). O sea, que la tormenta, lejos de amainar, arrecia.

Visto lo visto, y ante el cariz que toma la situación, es difícil pensar en soluciones, viables y realistas, a corto y medio plazo; porque supongo que cualquier arreglo al que se llegue en este momento, en base al paquete de medidas puesto sobre la mesa, y acerca del cual se abrirá ahora una negociación más o menos ardua, no va a afectar a los fundamentos del sistema. Mi opinión particular, amigos lectores, ya la pueden colegir ustedes de lo expuesto en los párrafos precedentes: más allá de sus posibles repercusiones laborales (y mecanismos de corte social hay más que suficientes para evitar que esos posibles "daños colaterales" no sólo se minimicen, sino que no lleguen siquiera a producirse), eliminaría, lisa y llanamente, la primera cadena de televisión española, y reconvertiría mínimamente la actual segunda –para "acoplarle" algunos contenidos "rescatables" de la anterior-, de forma que la misma cubriría ese espectro de programación y público que las cadenas privadas (tanto generalistas como especializadas) dejan al descubierto por obvios motivos de salud financiera. ¿Y que haría, pues, el Gobierno, sin "sus" telediarios? Nada, señores, échenle imaginación, que para eso les pagan (a ustedes y a la caterva de asesores que perciben sueldos multimillonarios para eso, para que le echen imaginación). Y cuenten, en último extremo, con que siempre dispondrán de algún as en la manga, como regalar DVD"s de cocina junto al B.O.E. o poner algunas fotillos de Angelina Jolie y Brad Pitt, tales como sus padres los trajeron al mundo (eso sí, más creciditos...) en la web de La Moncloa -por cierto, algo mucho más gratificante para la salud mental que los telediarios de Urdaci-. Por ejemplo...

Los jueves, cine: Frenesí (1972)

Por Manuel Márquez - 16 de Marzo, 2006, 21:41, Categoría: Cine: Los jueves, ... (críticas)

**** ADVERTENCIA PREVIA: La presente reseña contiene comentarios que, por versar directamente acerca de aspectos relevantes de la trama del film, pueden suponer una molestia para aquellos lectores que tengan el deseo o la previsión de ver el mismo en fecha próxima.

Es doctrina bastante extendida entre los estudiosos de la creación artística la que predica que los autores (o, al menos, la inmensa mayoría de ellos) suele desplegar un único tema o motivo a lo largo de toda su obra; tema o motivo que se va formulando y reformulando, a veces bajo ropajes que les prestan una apariencia irreconocible, pero siempre, en esencia, el mismo. En el caso de Hitchcock, resulta bastante evidente –aunque, curiosamente, sólo una de sus películas lleva ese título- que ese tema es el del falso culpable, y Frenesí no supone sino un eslabón más (el penúltimo) de esa cadena, aunque presente algunas peculiaridades sobre las que merece la pena detenerse.

Estamos en 1972: el mago Hitch tiene ya 73 años, una salud bastante quebrantada (su sobrepeso crónico comenzaba a hacer estragos) y una carrera cinematográfica legendaria, plagada de éxitos impresionantes de crítica y público, y en la cual, sobre un nivel medio de producción extraordinario, sobresale un buen puñado de títulos destinado a constituir a referencia histórica del séptimo arte. Quizá, en tales circunstancias, se imponía un cierto punto de relax y, ciertamente, en Frenesí se advierten detalles y curiosidades que nos transmiten una sensación, un ánimo de divertimento –un puntito irónico, también, aunque esté jamás estuvo ausente de la obra hitchcockiana- que parecen más propios de un autor que ya está de vuelta que de un aspirante a la gloria.

De todos modos, tales apuntes no nos deben llevar a una apreciación desenfocada, o errónea: Frenesí es una buena película, un excelente thriller cuya trama se desarrolla con el vigor y la precisión que caracterizan toda la filmográfia hitchcockiana, y en el que podemos apreciar, aun con los matices ya apuntados, las constantes temáticas y estilísticas que impregnan la misma en su totalidad.

Por ejemplo, en el dibujo de los personajes principales: los dos protagonistas (o antagonistas, para ser más precisos) son figuras harto explotadas en películas anteriores de sir Alfred. Robert Rusk, el psicópata asesino, es un ser frío, calculador, fuertemente influido por su madre, aunque no sea ella –a diferencia de lo que sucedía con sus precedentes Bruno Anthony, en Extraños en un tren, o Norman Bates, en Psicosis-, al menos aparentemente, la motivadora o instigadora de sus impulsos criminales, que hallan su base en una patología psico-sexual que le lleva a convertirse en un auténtico asesino en serie. Por otra parte, tenemos a Dick Blaine, el prototipo del perdedor, destinado a convertirse en un "falso culpable" de manual –la concatenación de circunstancias, hábilmente dispuestas por el guión, lo empujan sin remisión a su condena-, con el que, paradójicamente, y en contraste con lo que suele ser reacción habitual frente a este tipo de personajes, no simpatizamos, debido a su carácter irascible y desabrido (Blaine empatiza muy poco, que diría un apóstol de la inteligencia emocional al uso). Alrededor de ellos, y junto a ellos, toda una pléyade de personajes secundarios de muy diversa entidad en el desarrollo de la historia y que tienden a desplegar situaciones y relaciones frecuentemente triangulares en cuyo vértice se sitúa uno de los dos protagonistas –sólo uno de los secundarios, el inpsector-jefe de policía Oxford, alcanza un cierto punto de autonomía: sin llegar a alcanzar el rango de trama secundaria, sus episodios culinarios domésticos sí que constituyen una vía de contrapunto humorístico ciertamente muy lograda-.

En cuanto al desarrollo de la trama, la misma se apuntala sobre cuatro hitos: tantos como los cadáveres de las víctimas que se producirán a lo largo de la historia, marcando los tránsitos de una a otra situación e impulsando la acción con ritmo metódico, hasta su desenlace final.

El primero constituye toda una tarjeta de presentación, y aparece al final de la secuencia con que se abre la película. Tras varios planos generales de los rincones más emblemáticos de la capital británica, acompañados de un fondo musical ligero y festivo, surge, fuera de campo, la voz de un discurso político; en ese momento, la cámara nos va acercando, en panorámica,a la figura de un responsable local que canta las excelencias de la limpieza efectuada en el Támesis, cuando, de pronto, una panorámica en sentido inverso nos lleva a la orilla de ésta para mostrarnos el cadáver de una mujer desnuda, boca abajo y con una corbata al cuello, entre las excalamaciones de asombro de la concurrencia. Todo un golpe de efecto al más puro estilo Hitch –para abrir boca-, que nos pone en la rampa de lanzamiento hacia lo que habrá de venir después, y nos arroja ya varias claves acerca de los impulsos y modus operandi del criminal –aunque ni hayamos contemplado el crimen ni sepamos quién es la víctima-.

Los dos siguientes, incursos ya en pleno despliegue de la historia, sí aparecen ya claramente vinculados a la acción criminal que los genera: incluso, en el primero de ellos, el segundo del film, Hitchcock muestra, con una secuencia trabajadísima cuyo detallismo en la planificación nos remite a hitos legendarios (la escena de la ducha en Psicosis, o la muerte que constituye el leit motiv de Crimen perfecto Dial M for murder-), y cerrada con un plano impactante por lo grotesco del mismo, el desarrollo íntegro del hecho, reservándose, incluso, un golpe de efecto final para el descubrimiento del cadáver (tras un ominoso e interminable silencio, un grito –de nuevo, fuera de campo- espeluzante). Por el contrario, el tercero no se nos muestra en imágenes, aunque Hitchcock vuelve a recrearse en un juego de movimiento de cámara –que se va alejando del escenario de su comisión en un silencio igualmente llamativo- que nos lo termina haciendo tan explícito como si nos hubiera sido mostrado; otro golpe de efecto más, aunque sea a costa de escamoternos la visión de un cadáver, que, no obstante, reaparecerá, algunas secuencias más tarde, no para confirmarmos un asesinato que ya sabemos claramente que se había producido, sino para darle ocasión al director de organizar uno de esos numeritos de tensión angustiosa a los que siempre fue tan aficionado (en esta ocasión, a costa de la necesidad del asesino de recuperar un objeto perdido cuyo hallazgo por otras personas podría depararle serios problemas).

En cuanto al cuarto y último, el que cierra la serie, es el que termina generando el desenlace de la trama, y recupera, cual si un periplo circular hubiéramos recorrido, con su alfa y su omega, las constantes del primero: víctima desconocida y cadáver que aparece de manera inopinada e impactante (aunque, a tenor del escalonamiento de hechos de la secuencia que lo precede, más o menos esperable). Un broche óptimo para un despliegue extraordinario de una carrera criminal intachable que se terminará yendo al garete –como no podía ser de otra manera- por un detalle nimio.

Ciertamente, Frenesí carece de la profundidad psicológica y la riqueza referencial que las más ilustres joyas de la filmografía hitchcockiana –aquellas que integran su nómina de títulos más prestigiosos, conocidos y reconocidos- exhiben. Pero no deja de ser una excelente muestra de suspense criminal, perfectamente concebida y ejecutada, y llevada a término con una maestría difícilmente igualable. La de un maestro indiscutible. Como Hitchcock: aun gordo, viejo y achacoso, lo seguía siendo –y ya nunca va a dejar de serlo....-.

Breve divertimento VIII

Por Manuel Márquez - 15 de Marzo, 2006, 20:55, Categoría: Breves divertimentos

- Las conmemoraciones en torno al segundo aniversario de la tragedia del 11 de marzo de 2004 traen, entre un auténtico batiburrillo de imágenes, no siempre afortunadas -todo hay que decirlo-), una presencia intensa en los medios de la presidente de su asociación de víctimas, Pilar Manjón. Me descubro ante la figura pública de esta mujer que, más allá de la politización a que se ve sometida por la presión de unos y otros (cada cual apretando y presionando en función de sus muy particulares intereses), demuestra, en todas y cada una de sus comparecencias, una entereza, una serenidad, una firmeza y una presencia de ánimo que sólo me cabe entender desde la percepción de que únicamente con tan altos niveles de implicación y motivación, se puede, si no sepultar (eso es imposible), sí, al menos, mitigar (en su dimensión externa, evidentemente), un dolor tan inmenso como el suyo. Desde aquí, desde este tan humilde espacio, mi más sincero y profundo reconocimiento, y, por encima de todo, mi respeto y solidaridad ante su sufrimiento.

- Más sobre el 11-M. Sostenella y no enmendalla: vieja expresión castellana, de amplia y rancia tradición, a la que parece haberse abonado toda la dirigencia, en pleno, del Partido Popular, y, muy en especial, su máximo líder (?), Mariano Rajoy, a la hora de abordar -en todos los frentes: político, judicial, policial, mediático....- el tema de las responsabilidades e implicaciones acerca de los infaustos hechos acaecidos en tal fecha. ¿Hay algún límite de fondos, formas y tiempos, en la estrategia desestabilizadora y deslegitimadora del principal partido de la oposición? Visto lo visto, y oído lo oído, diríase que no, y todo vale, bajo el paraguas de la vieja máxima del periodismo más mendaz que reza aquello de "no dejes que la realidad (tozuda ella...) te arruine una buena noticia (mutatis mutandi, una línea de estrategia política)". Francamente, creo que esa foto de Osama Bin Laden bailando un aurresku en una herriko-taberna del casco viejo de Donostia con la que sueñan a diario Acebes y Zaplana (oníricamente instigados por el gran timonel Aznar), no va a aparecer. Lo siento, amiguetes...

- Ejercicios de búsqueda del punto medio, capítulo 8: entre una frialdad que genera distancia y un (falso) calor que provoca acercamientos ficticios, endebles, sin fundamento.

- La apoteosis del "conceto", y VI: el kelifinder. Las cosas que pasan cuando dejamos sueltos a los políticos...

El jueves, milagro

Por Manuel Márquez - 14 de Marzo, 2006, 21:19, Categoría: Medios

Pues no, amigos lectores: no erraron el día ni la sección. Hoy no es jueves, y esto no es una crítica de cine. Este artículo no está dedicado a glosar la película berlanguiana con la que comparte título, sino que sólo pretende ser un modesto y sentido homenaje a una publicación semanal que, para sorpresa de propios y extraños (o, al menos, la mía, con toda seguridad), está a punto de cumplir treinta años de presencia ininterrumpida en los quioscos españoles. Les hablo, obviamente, del semanario de humor El jueves.

El nacimiento de este semanario, allá por el ya lejano año 1978, venía a coincidir con un momento de especial efervescencia social y política en nuestro país, del que el surgimiento de medios escritos con una particular vocación rompedora (encabezado, en las postrimerías de 1976, por ese icono libertario que fue Interviu) no era sino una manifestación más. El cadáver del dictador empezaba ya a enfriarse, y la oleada de libertad que nos sacudía dotaba de una particular significación a empeños como el de esta pandilla de cafres, que venía a recoger el testigo en una carrera cuyo último relevo venía dado por otra publicación de origen catalán (El papus), y cuyo referente histórico incuestionable (aun desde parámetros, tanto propios como de entorno, tan radicalmente diferentes) no era otro que el de la mítica La codorniz

El jueves venía a entroncar con esa línea, pero sus señas de identidad se decantaron, muy desde el principio, por una serie de elementos que, inalterados hasta el día de hoy (aun con la necesaria evolución que un periodo tan prolongado de vida siempre conlleva), la dotaron, y la dotan, de una personalidad tan irresistible como difícilmente imitable: la irreverencia por bandera -El jueves jamás ha dejado títere con cabeza, entendiendo por títere todo ser viviente, ya sea prototípico (genérico) o individualizado (personal)-, bajo un marcado cariz progresista -basta una somera mirada a los blancos predilectos de sus afilados dardos para atestiguarlo bien a las claras-; la atención permanente a la actualidad más rabiosa, sin desdeñar por ello una perspectiva muy abierta, con un abanico realmente abierto de objetos de interés, que no deja fuera del mismo prácticamente nada (pocos temas han escapado, y escapan, a su diabólico escalpelo); y una continuidad de autores y personajes que ha propiciado que alguno de ellos llegue a traspasar la frontera del papel (hay están las aventuras cinematográficas de Maki Navaja o el sargento Arensivia, surgidos de la genial pluma del llorado Ivà), y otra buena parte de los mismos (desde el profesor Cojonciano a El Dios, pasando por el inefable Martínez el facha -una de mis particulares debilidades, he de confesarlo: hasta lástima he llegado a sentir por el pobretico mío...-) haya llegado a alcanzar, sin ningún género de dudas, la categoría de auténticos personajes de culto, con fieles seguidores dispuestos a seguir sus andanzas en cualquier calibre, soporte o formato.

Más de 1.500 números publicados, con unas cifras de difusión más que respetables (por encima de los 80.000 ejemplares semanales), dan una exacta medida del éxito obtenido, y avalan plenamente lo que podría parecer, en un análisis somero, la consecuencia lógica de un trabajo bien hecho a la hora de elaborar un producto cuya etiqueta identificativa (la del humor) tiene un fuerte predicamento en nuestro país; algo, pues, normal y perfectamente esperable ¿A qué obedece, pues, esa extrañeza o sorpresa a la que aludía al principio de esta reseña? A dos factores fundamentales que les explico a continuación.

El primero está relacionado con los índices de lectura y difusión de prensa escrita en España: que, en un país como el nuestro, donde (más allá de los folletos de Carrefour y los catálogos de Ikea) se vende y se lee tan poquísimo material impreso, un producto como El jueves alcance las cifras a que aludía en el párrafo precedente (y más aún si se tiene en cuenta que su promoción publicitaria, en circuitos convencionales, es prácticamente inexistente) no se puede calificar más que de auténtico milagro, o, al menos, a mí así me lo parece.

El segundo factor, no menos importante, guarda relación con aspectos menos estadísticos (por así decirlo), aunque también entronque con una cuestión básicamente de idiosincrasia: y es que siendo, como somos, en general, los españolitos, tan proclives a reírnos de todo, hay que ver lo mal -fatal, diría más bien- que llevamos que en en ese "todo" estemos incluidos, eventualmente, nosotros mismos. Es ése el motivo por el que me causa un asombro, cercano al pasmo, que, en casi treinta años de andadura, El jueves haya sido capaz de aguantar las que, sin duda, han debido ser innumerables y potentísimas andanadas dirigidas a su línea de flotación, lanzadas desde los reductos (desgraciadamente, aún tan fuertes y numerosos) de la intolerancia y la incapacidad de asumir una crítica que envuelve la acidez en un manto de carcajadas. Es muy probable que el día que sus gentes nos cuenten (qué memorias tan jugosas que habrán de salir de ahí...) sabremos de multitud de historias tan sustanciosas como reveladoras acerca de más de un personaje o personajillo de esta nuestra piel de toro.

Eso sí, abrigo la absoluta confianza de que sabrán contárnoslas a su peculiar modo y manera, aliñaditas con un buen chorro de vitriolo, sin el más mínimo componente dramático (los llantos, para las tablas del teatro...) y riéndose de todo y de todos (en primer lugar, de ellos mismos: coherencia obliga...). Por tantos buenos ratos, tantas medias sonrisas (suaves) y tantas carcajadas (desaforadas): enhorabuena, felicidades y, sobre todo, muchísimas gracias, cabronazos...

Enlazando, que es gerundio (II)

Por Manuel Márquez - 13 de Marzo, 2006, 21:19, Categoría: Enlazando, que es gerundio...

Largo tiempo ha transcurrido (más de dos meses), desde aquella mi primera incursión en una reseña explicativa acerca de la justificación de los que fueron primeros enlaces que hallaron acogida en este humilde cuaderno de bitácora; y, en dicho transcurso, varios han sido los enlaces que se han incorporado a éste, sin que haya tenido ocasión de cumplir con esa originaria intención de dar cumplida cuenta de los motivos y fundamentos de tales inclusiones. Cumplamos, pues, sin más demora con tal requisitoria (aunque sea impuesta por uno mismo), y hablemos un poquito, sin entrar en excesivas profundidades, de esas referencias que, vía enlace, vienen enriqueciendo las virtualidades de esta página sin mayor esfuerzo para este humilde escribiente: un póker (pues cinco es su número) de cualidades más que acrisoladas, y que, si en algo coinciden, es en su condición, que comparten con ésta, de integrantes de eso que se viene llamando blogosfera.

Tres de ellos son blogs de cine: el primero de ellos, Blog de cine se ha convertido, por derecho propio, y desde una perspectiva claramente profesional (de hecho, se integra en una plataforma multitemática mucho más amplia, que tiene un enfoque comercial evidente), en un auténtico diario cinematográfico de referencia, en el que todo buen aficionado puede encontrar un abanico de contenidos amplio, diverso y de calidad de redacción más que aceptable, en el que se auna tanto la información al día como contenidos de espectro más abierto (desde críticas de clásicos hasta reseñas de estrenos o curiosidades misceláneas). Aunque no me gusta hablar, en ningún ámbito, de elementos imprescindibles, cuesta trabajo no aplicar esa etiqueta a un producto como éste. Las dos restantes, Cine-cuak!!! y El cronicón cinéfilo, se tratan de dos weblogs personales dedicadas en exclusiva al cine, y que están dirigidas (en el primero de los casos) y mantenida en exclusiva (en el segundo), por dos buenos compañeros, con los que comparto presencia en el ciberespacio desde hace bastante tiempo: con el logroñés Jorge, a través de nuestra común presencia en la lista de cine de La Butaca (de una vitalidad y permanencia auténticamente incombustibles), y con ese magnífico analista y cronista cinematográfico que es J.P. Bango (y no es coba barata, compañero, que tú sabes lo bien que escribes...), desde los ya lejanos tiempos (año 2001, cómo pasa el tiempo...) en que compartíamos tareas críticas en la ya extinta (y magnífica) Canalcine.net, bajo las "órdenes" de la simpar Tònia Pallejà (si quieren saber de sus andanzas actuales, trasteen por aquí: igual encuentran alguna lengua más viperina, pero díficilmente más ingeniosa...). En cualquier caso, les puedo asegurar que cualquiera de los tres enlaces, cada uno desde su particular perspectiva, puede satisfacer perfectamente sus pretensiones de saber cinéfilo con toda garantía.

En cuanto a los otros dos blogs, agrupados bajo la etiqueta de Blogcelánea (y disculpen el palabro, pero el sacrosanto derecho a la incongruencia siempre debe contemplar la posibilidad de que uno, de vez en cuando, haga alguna de esas tonterías que tan vehemente y frecuentemente suele criticar), sí que les puedo asegurar que se trata de dos referencias tremendamente dispares: la primera de ellas, Actualidad escritofrénica, dice bastante de sí misma a través del enunciado de su título, y es que se trata de una verdadera delicatessen de humor delirante que hubiera cautivado hasta al mismísimo Groucho Marx; en cualquier caso, una lectura muchísimo más gratificante que la de esa realidad que tan descojonantemente distorsiona y retuerce con ingenio siempre renovado. Un auténtico hallazgo. La segunda, por el contrario, el blog de Sonia Blanco -del que ya les he hablado en alguna ocasión con anterioridad-, se trata de algo con una componente mucho más seria, pero no por ello menos interesante ni digna de atención: una visión panorámica del mundo de los medios que se atiene rigurosamente al esquema estándar de los blogs de máxima audiencia y que, excelentemente situado en diversos rankings especializados, merece la pena seguir para tener una información actualizad y de máximo interés sobre ese mundo por el que algunos sentimos auténtica fascinación. No reirán tanto, pero les puedo asegurar que les resultará enormemente interesante.

Y esto es todo por hoy, amigos lectores. Aunque no pretendo que mi relación de enlaces se convierta en una interminable lista de referencias, tampoco quiero manejar esa opción con criterios elitistas o exclusivistas: o sea, que irán apareciendo más (y espero que de, al menos, idéntico grado de interés y calidad) en fechas sucesivas. Espero poder informarles cumplidamente de ellos, de su fundamento y contenidos (y sin tanto retraso, ciertamente...), según vayan apareciendo. Y que ustedes los disfruten... 

Breve divertimento VII

Por Manuel Márquez - 8 de Marzo, 2006, 20:00, Categoría: Breves divertimentos

- La portada del diario El País del sábado, 4 de marzo, nos ofrece una hermosa fotografía en la que podemos observar a los dos líderes del Partido Popular, el actual (y coyuntural), Mariano Rajoy, y el pasado (y sempiterno: larga es la mano...), José María Aznar, en actitud alegre, fraternal y dicharachera, sentados sobre la moqueta de la primera fila del centro donde se celebra la convención de su partido, cual si de dos joviales y picaruelos estudiantes de instituto se trataran. Pocos espectáculos más patéticos que el de señores de natural tendencia envarada y ceremonial, intentando transmitir una imagen de cercanía y sencillez a base de gestos que rayan más en lo pueril que en lo espontáneo. ¿Se los cree alguien? Yo, sinceramente, no...

- Polémica (difícil que no se hubiera planteado, dados los términos de la declaración) ante las palabras de Tony Blair, en una entrevista concedida a la BBC: él sólo está dispuesto a rendir cuentas ante Dios por su decisión de enviar tropas británicas a Iraq. Cosas veredes, u oyeres: cuando aún resuenan (afortunadamente, con tremenda sordina) los ecos de aquel triste sarcasmo (uno de tantos...) que proclamara nuestro ínclito generalísimo, acerca de sus muy peculiares autoexigencias de asunción de responsabilidades (él sólo pensaba responder ante Dios y ante la historia), hete aquí como se empieza a extender entre gobernantes formalmente democráticos (Bush, Blair y algún otro más que habría rescatar, a buen seguro, vía hemeroteca) una asunción de listón todavía más bajo (éstos ni siquiera apelan, a veces, al juicio de la historia, que, supongo, les trae absolutamente al fresco, al menos en este momento: tiempo tendrán para redimir, vía fundaciones pacificadoras, sus desmanes presentes...).

- El último, en clave local-nacional. El pasado lunes, con motivo de una conferencia pronunciada en el hotel Ritz de Madrid (parece que ya pasaron los tiempos de las charlas en los gimnasios de institutos de secundaria...), Rosa Aguilar, alcaldesa de Córdoba, de Izquierda Unida (?), era piropeada-cortejada por José Bono, ministro de Defensa, del PSOE (?), que sugería-insinuaba su posible condición de futura ministra (no me gusta ese palabro que ustedes saben, ése...) en un gobierno socialista. ¿Les suena extraño? A mí, no. José Bono y Rosa Aguilar comparten, fundamentalmente, un rasgo político -entre otros muchos, como pueden ser su populismo y su desatención a consignas partidarias-, que es el de su escasa (por no decir nula) identificación con el ideario de las fuerzas políticas bajo cuya etiqueta desarrollan su actividad pública (orgánica y/o institucional). Para algunos, puede constituir un rasgo de independencia; para otros, de incoherencia. En mi caso, tengo la íntima convicción de que, sin duda alguna, a los dos les hubiera lucido bastante menos el pelo, y sus carreras políticas hubieran sido bastante menos brillantes, a tenor de coyunturas diversas, de haberse situado en sus, por así decirlo, "ubicaciones naturales" (Bono, en el P.P., y Aguilar, en el P.S.O.E.). Pero eso no deja de ser una mera suposición, por supuesto. Habrá que seguir atentos a la evolución de esta historieta, que promete episodios tremendamente jugosos (dignos del más infame espacio televisivo dedicado a la víscera cardiaca...).

- Ejercicios de búsqueda del punto medio, capítulo 7: entre la compulsión adictiva por todo lo que te rodea y el desafecto diletante hacia todo lo que te rodea.

- La apoteosis del "conceto", y V: micromachismo (y déjenme, amigos lectores, ser por un día políticamente correcto: hoy, 8 de marzo, es el Día Internacional de la Mujer Trabajadora, y no quedaría bonito extenderse en disquisiciones acerca del palabro...).

Grageas de cine VII

Por Manuel Márquez - 5 de Marzo, 2006, 17:39, Categoría: Cine: Grageas de ...

-Revisando (que es gerundio) un clásico: La huella (Sleuth; U.S.A., 1972), de Joseph L. Mankiewicz. Si los duelos interpretativos de altura siempre han sido un elemento que ha dado muchísimo juego a la hora de erigirlos como gancho principal para atraer público hacia una película, el de ésta goza de todos los requisitos para poder ser considerado como uno de los más grandes que se hayan podido contemplar. Laurence Olivier y Michael Caine, envueltos en una trama endiablada de giros y retruécanos que se desarrolla en un entorno físico mágico y sorprendente: ¿hay quién dé más...? Cuenta la leyenda que las relaciones entre estas dos primadonnas a lo largo del rodaje no fueron muy diferentes a las que sus respectivos personajes viven en la trama de la película: si eso contribuyó a que los resultados fueran tan deslumbrantes como tenemos ocasión de comprobar mediante la contemplación de la cinta, gozos y albricias por ello -y ojalá cunda el ejemplo-. El producto final es, francamente, fabuloso, y de imprescindible disfrute (a ser posible, salvo impedimento insalvable, en V.O.). Ah, y huyan de versiones posteriores (más o menos confesas): hasta un director español, además novel -José García Hernández-, se atrevió a perpetrar, allá por el año 2000, algo que pretendía parecerse a esta película (Divertimento tuvo aquello por título), y, pese a contar en el papel de émulos de Olivier y Caine con dos monstruos de no mucho menor nivel, como fueron Paco Rabal y Federico Luppi, el fiasco fue morrocotudo. No debe ser tan sencillo, no...

- Recuperando (que es otro gerundio) un film actual: En la ciudad (España, 2003), de Cesc Gay. Tan decepcionante como me resultó su celebradísima película anterior, Krámpack (España, 2000), que me pareció aquejada de una cierta astenia poco congruente con su pretendido carácter rompedor, me ha resultado de gratamente sorprendente el descubrimiento de este muestrario de desorientaciones y despistes de la edad media urbanita que el director despliega a lo largo de un catálogo de imágenes elegantes, suaves y muy bien acompasadas con el sentido y la intención de la historia (o historias, para ser más exactos). Un trabajo que, como todo producto fílmico en el que pesa más el retrato de los personajes (dado que es ése, y no otro, el principal objetivo del narrador) que sus avatares concretos (meramente ejemplificativos a los efectos anteriores), se apoya fundamentalmente en la excelente labor interpretativa de un elenco consistente y equilibrado, pero en el que, aún dentro de un tono de bastante igualdad en cuanto a calidades, brillan sobremanera dos nombres en particular: Eduard Fernández y Mónica López. Lo de Eduard sorprende menos, porque es ya un monstruo consagrado, que, aún así, no deja de sorprendernos con un puntito más allá en cada una de sus (por suerte, muy frecuentes) comparecencias en pantalla; pero, en el caso de Mónica, estamos ante un ejercicio de contención de sentimientos que no está al alcance de muchas actrices. Habrá que seguirla, pues, muy, muy de cerca.

- El penúltimo (siempre el penúltimo, cómo no....) episodio de búsqueda de promoción gratuita para un producto cinematográfico a base de una polémica tan artificiosa como estéril (algo obvio, si no tiene otro objetivo tangible que ése, el de acaparar espacio en los medios de información sin aflojar una perra...): la campaña (?) lanzada por aquellos que se oponen a que el actor Daniel Craig se haga cargo del personaje de James Bond en la próxima entrega de la saga del ínclito detective al servicio de su graciosa majestad (para información más detallada, les remito a la reseña correspondiente en el blog del Colectivo Catacric, pulsando aquí). Aunque mi opinión sobre tal tipo de operaciones se puede desprender con facilidad del comentario que ya hago al hilo de esa noticia en esa misma reseña, no perderé la oportunidad de reiterarla en esta ocasión: un ejercicio de morro impecable (y una demostración de que ese tópico que reza que el hombre es el único animal que tropieza ¿doscientas mil eran? veces en la misma piedra, se trata de una verdad como un templo...).

- Aunque nunca he compartido esa admiración que, mayoritariamente (o, al menos, así se desprende de su magnánimo reconocimiento, en términos de premios y taquilla), suele sentir el público estadounidense por aquellas interpretaciones que cuentan como gancho principal con la profunda transformación física de sus protagonistas (algo en lo que gente como Robert de Niro, Daniel Day-Lewis, Tom Hanks o Charlize Theron han hecho, en estos últimos años, y por citar los casos, quizá, más representativos y reconocidos, auténticos alardes...), siento auténtica curiosidad por ver el aspecto físico de George Clooney en Syriana: es muy probable, incluso, que con un punto de envidia malsana, consiga abstraerme de la circunstancia de que se trata de algo coyuntural, fruto de un proceso de trabajo interpretativo, y llegue a pensar que al señor Clooney también le pasan esas cosas. Pero, claro está, lo suyo ya está arreglado, mientras que lo de otros, en fin... tengan ustedes feliz semana, amigos lectores.

Los jueves, cine: Viridiana

Por Manuel Márquez - 2 de Marzo, 2006, 13:06, Categoría: Cine: Los jueves, ... (críticas)

Envuelto en los ropajes temáticos y formales de un drama tórrido, pasional, surcado morbosamente por vetas de una religiosidad mortificada, lo que verdaderamente nos ofrece un film como Viridiana es un retrato poliédrico de las mezquindades humanas, no tan diferenciadas por sus calidades intrínsecas como por su plasmación en tipos y actitudes humanas distintas, pero que se asemejan en un fondo común tan execrable por su baja estofa moral como temible por lo complicado que resulta no verse identificado en alguno de ellos, tantos y tan variados resultan.

Es un terreno en el que un director como Luis Buñuel se desenvuelve con una comodidad y una maestría realmente envidiables, y en el que su querencia (y su mordacidad vitriólica) le permiten alcanzar resultados narrativos espectaculares, si partimos de un entendimiento del espectáculo alejado del que comúnmente se le suele otorgar a un cine excelentemente dotado en el plano de la alharaca formal, pero carente de la más mínima profundidad temática (más cercano, pues, al perfil de encefalograma plano que a los comerciantes del ramo les suele resultar más querido –por más rentable-, desgraciadamente). No es que Viridiana carezca de recursos formales de enorme atractivo, tanto desde una perspectiva genérica –por ejemplo, la fotografía, muy contrastada, en blanco y negro, y la dirección artística, que enmarca la acción en unos escenarios recargados y con un punto tétrico impresionantes, sirven a la intencionalidad del relato fílmico con una precisión impresionante- como descendiendo a una visión más particularizada de sus diferentes secuencias –puestos a elegir alguna genialidad, entre tantas, me quedaría con ese plano congelado con el que Buñuel establece una parodia sangrante de la última cena, a cargo del pelotón mugriento que la protagonista acoge entre los muros de la mansión solariega donde pretende poner en marcha su peculiar "experimento redentor"-.

Pero eso no debería hacernos olvidar que en Viridiana, el espectáculo lo pone, realmente, un catálogo de personajes encargados de mostrarle a esa aspirante a monjita, una chica cándida, muy poco hábil emocionalmente (de ahí su refugio en el mundo de seguridades sin fisuras que le ofrece un ejercicio de la religiosidad brutal e irreflexivo, inducido, sin duda alguna, por su prolongada estancia en un centro monacal) y desconocedora de los recovecos del alma humana, ya sean los más simples y evidentes o los más arteros y rebuscados, que sobre la faz de este planeta, las cosas (y, sobre todo, las personas) distan mucho de ser esos seres superiores a los que cierta divinidad dotó de cualidades morales que los ennoblecían y elevaban sobre el resto de productos de la creación. Ni a título individual ni a título colectivo, para que no quede sombra de duda.

Miseria individual del rijo y la concupiscencia: ésa es la que muestran (y con ella atormentan a la inocente novicia) dos seres tan antitéticos como don Luis, tío de la criatura –afectado, suave en las formas, pero prisionero de pulsiones sexuales morbosas no satisfechas que lo convierten en un desequilibrio andante-, y el señorito Jorge, el hijo de don Luis –bruto, directo, consciente de su magnético y animal ascendiente sobre el género femenino (la rendición incondicional a sus encantos de Ramona, la sirvienta, se muestra a través de dos secuencias magistrales, plagadas de miradas aviesas y simbolismos muy característicos del lenguaje buñueliano)-. Ambos tienen muy claro que la turbación que experimentan ante un ser tan atractivo (la belleza de Silvia Pinal juega un papel fundamental a ese respecto) sólo hallará salida con la consumación de sus (bajas) pasiones, algo que cada cual intentará con sus muy peculiares métodos y maneras. Un contraste genial y excelentemente plasmado y desarrollado por el trabajo de dos geniales intérpretes, Fernando Rey y Paco Rabal, que se sitúan, con su maestría habitual, en extremos opuestos de modos y talantes, para ofrecer una composición de personajes que, bajo una antítesis formal, terminan mostrando más similitudes que diferencias (¿es la influencia de la sangre...? Buñuel no sabe, no contesta...).

Y miseria colectiva de la pobreza, la traición, la vileza y el resentimiento: el cuadro de mezquindades (irredimibles y manifiestas, remarcadas además con ese trazo grueso con el que el monstruo de Calanda gustaba de recrearse a la hora de cebarse en el esperpento y lo grotesco llevado a sus extremos más sublimes –por lo terribles, claro está-) que exhibe el pelotón de desheredados al que Viridiana, en una especie de camino de redención sustitutorio de su abandonada vocación monjil, decide dar calor y cobijo, se erige en una de las muestras más tremebundas de las bajezas y ruindades de nuestra especie que se hayan podido encontrar jamás en una pantalla de cine. Es difícil, entre tanta maldad, violencia e inmoralidad, discernir el más mínimo atisbo de comprensión o conmiseración con aquellos y aquellas que se constituyen, simultáneamente y sin solución de continuidad, en víctimas y verdugos: ni su pobreza, ni su incultura ni su –en algunos casos- evidente falta de un mínimo cociente intelectual consiguen que Buñuel extienda sobre ellas el más ligero manto de justificación. Quedan, pues, desnudas y sometidas al juicio implacable de un espectador al que, posiblemente, no le costará mucho trabajo exorcizar determinados demonios a base de marcar las distancias con quienes, evidentemente, se hallan a años luz de sus coordenadas vitales de toda índole. Pero están ahí, y son humanas, que nadie se olvide de ello (en cuyo caso, ya se encargará el director maño de recordárselo en películas posteriores).

En definitiva, la contemplación de Viridiana no es, ciertamente, una experiencia agradable, si por tal entendemos aquello que nos produce sensaciones placenteras. Pero enriquece, vaya si enriquece; y, además, nos aporta una enseñanza complementaria de indudable valía: son frecuentes las ocasiones en que el crítico de cine, ya sea profesional, ya sea aficionado, recurre al socorrido tópico que se concreta en la expresión, tan manida, de la "potencia visual". Bien, el caso de esta obra maestra que es Viridiana rehúye completamente esa condición de tópico manido, desde el punto y hora en que cada vez que uno la ve, y muy especialmente al contemplar algunas de sus secuencias más impactantes, siente el mismo vacío desasosegante, angustioso en la boca del estómago. No debe ser casual...

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