- Escribe Javier Marías, en la edición del pasado domingo de El País Semanal, un interesantísimo artículo acerca de la gloria efímera del futbolista y lo cinematográfico que una circuntancia de este tenor puede llegar a resultar -dicho así, a grandes rasgos, y en un par de líneas-. Una reflexión serena, inteligente y atinada acerca de uno de esos fenómenos sobre los cuales, a fuerza de tenerlos ante nuestras narices de manera permanente, nunca nos paramos a pensar. Y aunque uno, a estas alturas (y sin ánimo de pretender estar por encima de ningún bien ni ningún mal), ya no necesita de "habilitaciones intelectuales" para poder proclamar su pasión futbolera -aunque no sea ése uno de los objetos de atención habitual de este rincón/vertedero de ínfulas "escritureras"...-, supongo que todos aquellos que profesamos tal pasión siempre habremos de estarle agradecidos a gente como Marías, o el (aún tan) llorado Vázquez Montalbán, por el hecho de que, gracias a ellos, a su exhibición impúdica de esa misma pasión, mucha gente haya podido llegar a entender, sin necesidad de ir a Harvard o a Cambridge, que ser aficionado al fútbol no está reñido con ser degustador amante de las creaciones de Haydn, Borges o Julio Bocca -por citarles tres nombres cualesquiera: la nómina, obviamente, puede alargarse ad infinitum...-; que ser seguidor del Atleti, el Barça o el Madrid no te condena a tener como único alimento intelectual los discos de las Sex Bomb, las novelas de Stephen King o las peripecias del Gran Hermano (dicho sea con todos los respetos a los tres productos mencionados -hasta dónde se les puede respetar, claro está, tampoco pidamos peras al olmo...-). En fin, obviedades, pero que (no tenemos arreglo) parecen requerir de un descubrimiento con pedigrí para que las demos como tales. Lo dicho, muchas gracias.
- Escribía, hace no mucho, demasiado, bastante tiempo, una magnífica, excelente, maravillosa columna la insigne, fantástica, genial escritora Elvira Lindo, acerca de que la utilización excesiva, abusiva, torrencial de adjetivos denotaba una ínfima, insulsa, nula calidad de escritura por parte de su infausto, torpe y necio autor. Resulta evidente, claro, prístino que este humilde, sencillo y modesto escribiente no comparte tan rotunda, tajante y concluyente afirmación; así que con el más intenso, cálido y afectuoso cariño, vayan desde aquí estas deslavazadas, vacuas e inocuas líneas. "Zin acritú", y con ánimo de mejorar: tomada nota (uno es propenso a la adjetivación excesiva, qué le vamos a hacer...).
- Adoro la socarronería, pero me falta el cuajo suficiente para sostenerla a modo de estandarte estilístico sin descomponer el ademán (como decían los Radio Futura, hace falta valor...). No desesperemos, no obstante, y demos tiempo al tiempo.
- Ejercicios de búsqueda del punto medio, capítulo 6: entre la ignorancia y desatención hacia fenómenos de trascendencia social y la observación entomológica y asfixiante de estos mismos fenómenos.
- La apoteosis del "conceto", y IV: el espíritu de Juanito (una vez salido del armario futbolístico, ándeme yo caliente...).
- Mi primera interrogante -no retórica- acerca del problema del terrorismo en España: aquéllos que, escudándose en la existencia de la violencia, se niegan a admitir que se discutan ciertos planteamientos, pero que tampoco están dispuestos a permitir que se discutan cuando la violencia desaparezca, ¿reconocerán esto último algún día, para que todos lo tengamos definitivamente claro? ¿los desenmascarará alguien? Seguiremos preguntando...