Hace algún tiempo (me resultaría totalmente imposible precisar cuánto, concretar en qué momento esto se despendoló hasta el punto al que ahora hemos llegado), la capacidad de denuncia de los medios de comunicación era un arma tan, tan poderosa -aquello del "cuarto poder", ¿recuerdan...?-, que todo aquel personaje, corporación, institución o similar susceptible de ser pillado en falta -es decir, la práctica totalidad de ellos: tal es la condición humana, me temo- tenía que jugar, permanentemente, con esa espada de Damocles sobre sus hombros, y arriesgar en el envite a un cara o cruz en el que todo se reducía a manejarse con la máxima habilidad para que tal evento no llegara a producirse. Una especie de lotería, o algo similar.
Hoy día, las cosas son más complejas (o más sencillas, según se mire), en la medida en que los peligros no se ciñen a una cuestión de probabilidades estadísticas, sino que el quid de la cuestión radica en la capacidad de aguante del tirón mediático. Y me explico: dado que la vorágine informativa impone que ningún tema, por trascendente que sea, pueda ocupar un espacio de atención significativo por mucho tiempo, de lo que se trata es de tener afinadas las herramientas y estrategias para ser capaces de aguantar el chaparrón durante dicho tiempo: si la respuesta es afirmativa, todos tus problemas, a ese respecto, están perfectamente resueltos. Tan triste como cierto, amigos lectores, y aunque, por mi parte, les voy a proponer un ejemplo en los párrafos subsiguientes, tengo la completa seguridad de que no tendrán que hacer excesiva memoria para recordar un sinfín de casos que les resultarán igual de (escandalosamente) paradigmáticos.
A mediados de noviembre del pasado año, saltaba a los medios de comunicación -incluso de ámbito nacional- la noticia del lanzamiento de una acción por parte de Greenpeace contra la construcción de un macro-hotel en la cala de El Algarrobico, en los confines del Parque Natural de Cabo de Gata-Níjar, dentro del término municipal de Carboneras (Almería). Las imágenes que acompañaban a la información -tanto las fotografías en la prensa escrita, como las imágenes televisivas- confirmaban el espanto, y nos devolvían a la memoria de los más negros tiempos del desarrollismo sesentero, cuando la Costa del Sol malagueña, desde Nerja hasta Marbella, quedaba convertida en un amasijo informe de hormigón y cemento tendido a pie de costa: un hotel de monstruosas dimensiones, cuya entrada apenas distaba cincuenta metros de la línea de agua (es, ni más ni menos, que eso que pueden ver ustedes en la fotografía de la izquierda).
Naturalmente, saltó el escándalo, y las administraciones implicadas (Ayuntamiento de Carboneras, Junta de Andalucía y Ministerio de Medio Ambiente), todas ellas regidas por la misma fuerza política -el P.S.O.E.-, no tenían más remedio que saltar a la palestra, y tomar posiciones. El Ayuntamiento, para defender las bondades de tal iniciativa (los tropecientos mil puestos de trabajo directos que iba a generar) y argumentar que todo estaba en regla, con las preceptivas licencias municipales (no me considero ningún ecologista radical, pero ser capaz de decir eso y autocalificarse de progresista, ¿qué quieren que les diga...? Que Pablo Iglesias debe andar retorciéndose en su tumba, supongo...). La Junta, para lavarse las manos, cual Poncio Pilatos (no es asunto de mi competencia ni mi incumbencia; además, ¿no es unos kilómetros más arriba, allá por la comunidad valenciana, dónde tienen un serio problema de especulación urbanística masiva? Pues eso...). Y el Ministerio de Medio Ambiente, para, sin más remedio que dar la apariencia de que alguien ponía algo de sensatez ante tanto dislate, anunciar la inmediata apertura de un expediente a efecto de depurar las responsabilidades y analizar bla, bla, bla.... Eso sí, las tres administraciones tenían claro que se trataba de aguantar el chaparrón, y manejar la patata caliente con los dimes y diretes suficientes para dejar que el tema muriera -como así sucedió- de "muerte natural": y, efectivamente, pasaron los 15, 20 días de rigor, y el tema, con la misma abrupta virulencia con que apareció, se esfumó. Y nunca más se supo, hasta la fecha. Y me temo que las próximas noticias -o más que noticias, hechos consumados- serán las que todos ustedes, amigos lectores, se pueden barruntar.
Ejemplos como el descrito se pueden espigar a diario: es la dinámica, vertiginosa y voraz, de los medios la que da lugar a ellos. Probablemente, tampoco se trata de un fenómeno nuevo -nunca hubo lugar, en la historia del periodismo, para la eternización de las noticias; sería algo contra natura, que atentaría contra el sentido último de la información periodística, que exige actualidad permanentemente-, y el único elemento novedoso es el de la velocidad: ahora todo gira en un carrusel tremendamente acelerado. Pero así funciona. Y quizá no debería hacerlo, porque se pierde buena parte del sentido -el del papel fiscalizador de los abusos de los poderes públicos y privados- que algún día pudo tener la prensa. Pero ya lo dijo Bob Dylan: los tiempos están cambiando.... una barbaridad (bueno, esto ya no era de Dylan, ¿no...?).