Febrero del 2006
Desconozco cuántos de ustedes, amigos lectores, serán aficionados y/o seguidores de aquello que, hace no tanto tiempo, solía denominarse parapsicología, o mundo de lo paranormal, y que, hoy día, suele designarse con denominaciones más diversas y difusas (y bastante poco definitorias, todo hay que decirlo): a aquellos que lo son, y tienen acceso a los medios audiovisuales españoles, no les debería resultar extraño, más bien al contrario, un nombre, el de Íker Jiménez; a los que no lo son, no se preocupen por ello, y tiempo al tiempo: este joven periodista vitoriano aún dará mucho que hablar en un futuro próximo, y no necesariamente en ese ámbito temático tan limitado y específico en el que ha venido desarrollando, hasta ahora, su quehacer profesional. Alguien con tamaña capacidad para vender humo, haciéndolo pasar, además, por hormigón armado, puede aspirar a cotas muchísimo más altas que las ya alcanzadas, ya de por sí ciertamente estimables: no en balde, estamos ante el sucesor indiscutible de figuras periodísticas como Jiménez del Oso o Antonio José Alés, auténticas leyendas entre los fieles del mundillo.
Su reciente salto a las pantallas televisivas (Íker Jiménez dirige y presenta Cuarto milenio -domingos por la noche, en Cuatro-) no ha hecho más que confirmar y apuntalar (a base de un mimetismo absoluto, tanto en los temas tratados como en el enfoque con que se abordan) toda la batería de elementos que ya venía exhibiendo en su experiencia radiofónica -que aún se mantiene en antena-, con su programa Milenio 3, en las madrugadas del fin de semana en la cadena Ser: ésa que él gusta de denominar como "la nave del misterio", una nave cuyos cohetes propulsores, sabiamente guiados por su comandante astronauta, la han llevado hasta cotas de éxito -medible en audiencia- con las que, probablemente, ni el más avezado y certero de los gurús de los medios hubiera podido siquiera soñar.
Íker Jiménez es listo, tremendamente listo. Huye de las etiquetas que, habitualmente, han convertido los temas que constituyen su "campo de acción" (lo paranormal, lo paracientífico) en reducto para "friquis" incondicionales (él siempre habla de "misterio": nada tan dúctil como las palabras -para mí, amigos lectores, un misterio es lo de la OPA de Gas Natural o E.On o quién sabe sobre Endesa, por ejemplo...-); pregona un escepticismo (en teoría) que no cultiva (en la práctica), a base de constantes declaraciones de principios acerca de la posibilidad de una explicación racional (sobre la que, posteriormente, nunca incide, o, si lo hace, pasa de puntillas) para todos aquellos temas que trata, en cuyas dimensiones más "mistéricas" se ceba a continuación de manera intensa; y, sobre todo, se emplea con una labia melosa y envolvente, a la que acompaña excelentemente de unas dotes declamatorias que bien le podría envidiar (y de qué manera...) una buena parte de nuestra clase política: salvando las distancias (de tono y estilo), soy incapaz de recordar nada con tal potencial embaucador desde los tiempos más gloriosos de Felipe González.
Con el despliegue de tamañas habilidades, Íker Jiménez ha conseguido la cuadratura del círculo: conservar el cariño de los suyos (todos aquellos amantes de lo oculto, que constituyen el grueso de su legión de oyentes y televidentes, y cuya pasión por estos temas ya los lleva, sin necesidad de mucho estímulo, a un punto de cuasi idolatría por su pope mediático); captar el interés de un numeroso grupo de personas, a priori, poco predispuestas hacia dichos temas; y, lo que quizá sea más importante, no suscitar el rechazo de los que, desde posiciones de rigorismo científico y racionalista, suelen jugar el papel de fustigadores implicables de todos aquellos que se mueven en la esfera de los temas de esta índole. Bingo....
Tiene mucho mérito, porque no es nada sencillo. Y, pese al tono crítico que se puede vislumbrar en algunas de las aseveraciones hechas en los párrafos precedentes, me alegro por él, porque, aun con todas las prevenciones apuntadas, soy seguidor y admirador de Íker Jiménez. He de reconocerlo: a mí también me sedujo, en su día, y aún sigo balanceando, harto frecuentemente, la cabeza fuera del canasto... Y ahora, amigos lectores, habrán de disculparme: corro raudo a atender a los espíritus de mis antepasados, que andan aporreando la puerta...
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- Veo un documental de corta duración (apenas 25') que, formando parte del paquete de extras de una edición no excesivamente brillante de su película El cuarto mandamiento (The magnificent Ambersons), y bajo el título de Hollywood remembers, efectúa un recorrido somero y sintético, muy sintético, por la carrera cinematográfica de Orson Welles. Aun cuando, insisto, su calidad no es muy alta, no se le puede dejar de reconocer el mérito de haber incluido en tan magra duración una panorámica completa de la obra de un genio tan proteico, excesivo y corrosivo como fue el señor Welles, hombre capaz de aglutinar en su persona todos los excesos y todas las salidas de tono que siempre se han podido esperar de aquellos genios artísticos a los que su tiempo -¿y qué tiempo no les hubiera venido con idéntico tallaje...?- les venía corto, estrecho y, definitiva y ridículamente, pequeño. En cualquier caso, ahí está lo que verdaderamente importa, eso que ya nadie nos puede arrebatar: sus películas, pocas, pero de tan extraordinario valor, que compensan sobradamente con su calidad ese escaso volumen. Tiempo y ocasión habrá, amigos lectores, para entrar en comentarios más detenidos sobre todas y cada una de ellas: más allá de los millones de litros de tinta que se hayan podido verter acerca de las mismas, siempre es un placer incidir, una vez más, en sus innumerables y enormes bondades.
- Les hablaba, en las grageas de la pasada semana, de una "batallita" relacionada con mi acercamiento al cine de Pier Paolo Pasolini, y les hacía un breve apunte acerca de mi (un tanto "complicada") experiencia con uno de sus títulos más señeros, Saló o los 120 días de Sodoma. Corrían los primeros años de la decada de los 80' del pasado siglo, y, muy cerquita de mi casa -del domicilio de mis padres-, en Córdoba (España), se encontraba la Escuela de Magisterio, en la que, por obra y gracia de un auténtico loco por todo lo que tuviera que ver con el celuloide, Martín Cañuelo (aun a día de hoy, un auténtico romántico, un hombre que mantiene abiertos, contra viento y marea -es decir, contra la especulación inmobiliaria más galopante...-, tres cines de verano en pleno casco antiguo de la capital cordobesa: hacen falta muchos cojones -con perdón-, y no sólo metafóricos, para aguantar ese tirón: vaya desde aquí mi más sentido homenaje, que se lo debía, don Martín...), funcionaba un cine-club que, visto en perspectiva, y haciendo memoria (con la única neurona aún en funcionamiento), ofrecía una programación de auténtico lujo -la nómina de títulos, tanto en cantidad como en calidad, te empuja, comparada con la cartelera de cualquier sala comercial de hoy día (y aun siendo consciente de que se trata de cosas distintas...), a hartarte de llorar sin consuelo alguno-. Bien, uno de esos títulos, que asistí a ver en compañía de la que por entonces era mi novia (que, además de unos gustos cinematográficos bastante "ratitos", también terminó demostrando su inmensa torpeza: acabó casándose conmigo...), fue, precisamente, Saló... Me considero una persona (y creo que la experiencia acreditada respalda, en la práctica, tal consideración), con bastante aguante (lo que comúnmente se suele calificar de "estómago"...) para encajar imágenes de inmensa dureza, sea tal dureza de la índole que sea (sexual, violenta, afectiva...), y ya se trate de imágenes reales o ficticias (difícilmente me habrá visto nadie apartar la mirada del televisor ante los disparates que ofrece, a diario, cualquier informativo). Pero aquel día no pudo ser: los gironi del sexo y de la mierda, mal que bien, conseguí soportarlos, pero, ay, los de la sangre fueron superiores a mi capacidad de resistencia. Mi novia salía del salón de actos donde se proyectaban las películas justamente en su comienzo, y yo lo hacía segundos después, al borde del... en fin, creo que los detalles escatológicos son perfectamente evitables sin que ustedes, amigos lectores, me puedan reprochar autocensura, es sólo cuestión de no apurar el trago del mal gusto.
En cualquier caso, no lo considero, ni muchísimo menos, una asignatura pendiente: no tengo el más mínimo interés (y, por tanto, no creo que vaya a reincidir en ello) por volver a intentarlo. Sencillamente, todo tiene un límite. Tengan ustedes feliz semana, amigos lectores.
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- Escribe Javier Marías, en la edición del pasado domingo de El País Semanal, un interesantísimo artículo acerca de la gloria efímera del futbolista y lo cinematográfico que una circuntancia de este tenor puede llegar a resultar -dicho así, a grandes rasgos, y en un par de líneas-. Una reflexión serena, inteligente y atinada acerca de uno de esos fenómenos sobre los cuales, a fuerza de tenerlos ante nuestras narices de manera permanente, nunca nos paramos a pensar. Y aunque uno, a estas alturas (y sin ánimo de pretender estar por encima de ningún bien ni ningún mal), ya no necesita de "habilitaciones intelectuales" para poder proclamar su pasión futbolera -aunque no sea ése uno de los objetos de atención habitual de este rincón/vertedero de ínfulas "escritureras"...-, supongo que todos aquellos que profesamos tal pasión siempre habremos de estarle agradecidos a gente como Marías, o el (aún tan) llorado Vázquez Montalbán, por el hecho de que, gracias a ellos, a su exhibición impúdica de esa misma pasión, mucha gente haya podido llegar a entender, sin necesidad de ir a Harvard o a Cambridge, que ser aficionado al fútbol no está reñido con ser degustador amante de las creaciones de Haydn, Borges o Julio Bocca -por citarles tres nombres cualesquiera: la nómina, obviamente, puede alargarse ad infinitum...-; que ser seguidor del Atleti, el Barça o el Madrid no te condena a tener como único alimento intelectual los discos de las Sex Bomb, las novelas de Stephen King o las peripecias del Gran Hermano (dicho sea con todos los respetos a los tres productos mencionados -hasta dónde se les puede respetar, claro está, tampoco pidamos peras al olmo...-). En fin, obviedades, pero que (no tenemos arreglo) parecen requerir de un descubrimiento con pedigrí para que las demos como tales. Lo dicho, muchas gracias.
- Escribía, hace no mucho, demasiado, bastante tiempo, una magnífica, excelente, maravillosa columna la insigne, fantástica, genial escritora Elvira Lindo, acerca de que la utilización excesiva, abusiva, torrencial de adjetivos denotaba una ínfima, insulsa, nula calidad de escritura por parte de su infausto, torpe y necio autor. Resulta evidente, claro, prístino que este humilde, sencillo y modesto escribiente no comparte tan rotunda, tajante y concluyente afirmación; así que con el más intenso, cálido y afectuoso cariño, vayan desde aquí estas deslavazadas, vacuas e inocuas líneas. "Zin acritú", y con ánimo de mejorar: tomada nota (uno es propenso a la adjetivación excesiva, qué le vamos a hacer...).
- Adoro la socarronería, pero me falta el cuajo suficiente para sostenerla a modo de estandarte estilístico sin descomponer el ademán (como decían los Radio Futura, hace falta valor...). No desesperemos, no obstante, y demos tiempo al tiempo.
- Ejercicios de búsqueda del punto medio, capítulo 6: entre la ignorancia y desatención hacia fenómenos de trascendencia social y la observación entomológica y asfixiante de estos mismos fenómenos.
- La apoteosis del "conceto", y IV: el espíritu de Juanito (una vez salido del armario futbolístico, ándeme yo caliente...).
- Mi primera interrogante -no retórica- acerca del problema del terrorismo en España: aquéllos que, escudándose en la existencia de la violencia, se niegan a admitir que se discutan ciertos planteamientos, pero que tampoco están dispuestos a permitir que se discutan cuando la violencia desaparezca, ¿reconocerán esto último algún día, para que todos lo tengamos definitivamente claro? ¿los desenmascarará alguien? Seguiremos preguntando...
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Hace algún tiempo (me resultaría totalmente imposible precisar cuánto, concretar en qué momento esto se despendoló hasta el punto al que ahora hemos llegado), la capacidad de denuncia de los medios de comunicación era un arma tan, tan poderosa -aquello del "cuarto poder", ¿recuerdan...?-, que todo aquel personaje, corporación, institución o similar susceptible de ser pillado en falta -es decir, la práctica totalidad de ellos: tal es la condición humana, me temo- tenía que jugar, permanentemente, con esa espada de Damocles sobre sus hombros, y arriesgar en el envite a un cara o cruz en el que todo se reducía a manejarse con la máxima habilidad para que tal evento no llegara a producirse. Una especie de lotería, o algo similar.
Hoy día, las cosas son más complejas (o más sencillas, según se mire), en la medida en que los peligros no se ciñen a una cuestión de probabilidades estadísticas, sino que el quid de la cuestión radica en la capacidad de aguante del tirón mediático. Y me explico: dado que la vorágine informativa impone que ningún tema, por trascendente que sea, pueda ocupar un espacio de atención significativo por mucho tiempo, de lo que se trata es de tener afinadas las herramientas y estrategias para ser capaces de aguantar el chaparrón durante dicho tiempo: si la respuesta es afirmativa, todos tus problemas, a ese respecto, están perfectamente resueltos. Tan triste como cierto, amigos lectores, y aunque, por mi parte, les voy a proponer un ejemplo en los párrafos subsiguientes, tengo la completa seguridad de que no tendrán que hacer excesiva memoria para recordar un sinfín de casos que les resultarán igual de (escandalosamente) paradigmáticos.
A mediados de noviembre del pasado año, saltaba a los medios de comunicación -incluso de ámbito nacional- la noticia del lanzamiento de una acción por parte de Greenpeace contra la construcción de un macro-hotel en la cala de El Algarrobico, en los confines del Parque Natural de Cabo de Gata-Níjar, dentro del término municipal de Carboneras (Almería). Las imágenes que acompañaban a la información -tanto las fotografías en la prensa escrita, como las imágenes televisivas- confirmaban el espanto, y nos devolvían a la memoria de los más negros tiempos del desarrollismo sesentero, cuando la Costa del Sol malagueña, desde Nerja hasta Marbella, quedaba convertida en un amasijo informe de hormigón y cemento tendido a pie de costa: un hotel de monstruosas dimensiones, cuya entrada apenas distaba cincuenta metros de la línea de agua (es, ni más ni menos, que eso que pueden ver ustedes en la fotografía de la izquierda).
Naturalmente, saltó el escándalo, y las administraciones implicadas (Ayuntamiento de Carboneras, Junta de Andalucía y Ministerio de Medio Ambiente), todas ellas regidas por la misma fuerza política -el P.S.O.E.-, no tenían más remedio que saltar a la palestra, y tomar posiciones. El Ayuntamiento, para defender las bondades de tal iniciativa (los tropecientos mil puestos de trabajo directos que iba a generar) y argumentar que todo estaba en regla, con las preceptivas licencias municipales (no me considero ningún ecologista radical, pero ser capaz de decir eso y autocalificarse de progresista, ¿qué quieren que les diga...? Que Pablo Iglesias debe andar retorciéndose en su tumba, supongo...). La Junta, para lavarse las manos, cual Poncio Pilatos (no es asunto de mi competencia ni mi incumbencia; además, ¿no es unos kilómetros más arriba, allá por la comunidad valenciana, dónde tienen un serio problema de especulación urbanística masiva? Pues eso...). Y el Ministerio de Medio Ambiente, para, sin más remedio que dar la apariencia de que alguien ponía algo de sensatez ante tanto dislate, anunciar la inmediata apertura de un expediente a efecto de depurar las responsabilidades y analizar bla, bla, bla.... Eso sí, las tres administraciones tenían claro que se trataba de aguantar el chaparrón, y manejar la patata caliente con los dimes y diretes suficientes para dejar que el tema muriera -como así sucedió- de "muerte natural": y, efectivamente, pasaron los 15, 20 días de rigor, y el tema, con la misma abrupta virulencia con que apareció, se esfumó. Y nunca más se supo, hasta la fecha. Y me temo que las próximas noticias -o más que noticias, hechos consumados- serán las que todos ustedes, amigos lectores, se pueden barruntar.
Ejemplos como el descrito se pueden espigar a diario: es la dinámica, vertiginosa y voraz, de los medios la que da lugar a ellos. Probablemente, tampoco se trata de un fenómeno nuevo -nunca hubo lugar, en la historia del periodismo, para la eternización de las noticias; sería algo contra natura, que atentaría contra el sentido último de la información periodística, que exige actualidad permanentemente-, y el único elemento novedoso es el de la velocidad: ahora todo gira en un carrusel tremendamente acelerado. Pero así funciona. Y quizá no debería hacerlo, porque se pierde buena parte del sentido -el del papel fiscalizador de los abusos de los poderes públicos y privados- que algún día pudo tener la prensa. Pero ya lo dijo Bob Dylan: los tiempos están cambiando.... una barbaridad (bueno, esto ya no era de Dylan, ¿no...?).
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- Veo, en un pase televisivo, Mi mujer es una actriz, film francés reciente (2001), que supuso el debut en la realización del actor y director francés Yvan Attal, que protagoniza la película junto a su esposa (tanto en la vida real como en la peli), Charlotte Gainsbourg, en un ejercicio de comicidad autorreferencial que va deslizando dulces gotas de equívoco a lo largo de todo el metraje. Más allá de la fascinación que, en general, ejerce sobre mí el cine francés -con ese punto de encanto tan indefinible como difícil de encontrar para toda aquella gente que, con el mismo fervor con el que yo lo adoro, lo detesta...-, la peliculita, una obra menor y sin grandes pretensiones, me pareció una pieza simpática y de muy agradable visionado, una comedia romántica y tierna que, sin grandes alardes, ofrece algunos momentos particularmente gratos, y en la que, por encima de todo -y ya se encarga bien de ello su responsable, a quien la admiración amorosa por su conyuge se le trasluce en cada uno de los planos en que ésta aparece en pantalla-, brilla la esplendidez de la presencia de la actriz protagonista. Adoro a Charlotte Gainsbourg, que ya me impactó cuando la ví, por primera vez, protagonizando la más que correcta versión que de Jane Eyre rodara en 1997 Franco Zeffirelli, y que, aunque nunca se suele hablar de ella, pese a su magnífica labor -ensombrecida, sin duda alguna, su presencia por el fulgor con que brilla el trío protagonista (Sean Penn, Naomí Watts y Benicio del Toro)- cuando se alude al rubro interpretativo de 21 gramos, la magnífica segunda película de Alejandro González Iñarritu, me parece uno de los puntos más estimulantes de ese film. Es de esas bellezas extrañas, poco convencionales y difícilmente catalogables que tienen la facultad de engancharte desde la pantalla con un magnetismo avasallador. Eso, magnetismo, quizá sea esa la palabra más concreta, más exacta...
- La edición española de febrero de Le Monde Diplomatique ofrece un interesantísimo artículo de Guy Scarpetta acerca de la figura de Pier Paolo Pasolini. Me ha hecho rememorar -un recuerdo nostálgico y cariñoso- cómo tuve ocasión de conocer una buena parte de su obra, comprobando, a través de esa remembranza, cuánto nos puede llegar a condicionar en la percepción de cualquier obra artística una coyuntura concreta (la de un tiempo y de un país, parafraseando el título de aquel fabuloso disco recopilatorio del maestro Serrat). Les cuento, amigos lectores, la "batallita" en cuestión. A principios de los años 80 del pasado siglo, Televisión Española (por aquel entonces, la única en nuestro país, las privadas aún tardarían en llegar) comenzó a emitir, en las madrugadas de los viernes (y, precisamente, bajo el título de Cine de madrugada), películas caracterizadas por su contenido más o menos erótico (las dosis eran altamente variables...). El episodio, visto ahora, resulta de un tono hasta naïf, pero no podemos perder la perspectiva: no hacía ni diez años que Franco había muerto, y aun cuando los despendoles "destapísticos" de los primeros momentos posteriores al feliz suceso habían sido una espita abierta por la que este país había podido respirar aliviado, tras cuarenta años de "dieta rigurosa", una iniciativa de este tipo, aun en tales circunstancias (horas verdaderamente intempestivas para pases seudoclandestinos), todavía levantaba ciertas ampollas. En mi caso personal, aquello constituyó una total y genuina celebración, que disfruté con fruición y a conciencia: pocos fueron los títulos que no me eché al coleto, y aun guardo cierto recuerdo de buena parte de ellos. La primera película que se emitió fue Defensa (Deliverance), de John Boorman, y a ésa siguió un auténtico reguero de títulos (relativamente) míticos, desde la japonesa El imperio de los sentidos (Ai no corrida), de Nagisa Oshima, a varios films del ínclito Valerian Borowczyk (quintaesencia de la pretenciosidad al servicio de pajilleros irredentos: de otra forma, no se explica...), entre los cuales se encontró una buena parte de la filmografía pasoliniana. Su encaje en un ciclo de ese carácter tenía bastante lógica, si tenemos en cuenta la profusión de escenas sexualmente explícitas que cabe encontrar en un buen número de películas de Pasolini, pero también me quedaba muy claro, desde mis cortas entendederas cinematográficas, que en esas películas había más, algo más, que el mero atractivo morboso que pudiera derivar de sus contenidos eróticos -que también estaba ahí, obviamente-. Y no es que sea un gran entusiasta del cine de Pasolini, pero no puedo dejar de reconocer el atractivo poético y la visión personalísima que se desprende de sus imágenes -incluso de las de una película tan espeluznante como Saló o los 120 días de Sodoma, probablemente la única que me ha hecho abandonar una sala de cine por mi incapacidad para soportar la dureza de su tramo final; pero ésa es otra historia, que en otra ocasión será contada...-.
- Si han sacado ustedes la conclusión, a tenor de lo contado en los párrafos anteriores, de que este humilde escribiente tiene una especial querencia por el cine europeo, he de confesarles que están ustedes en lo cierto. Tengan una feliz semana, amigos lectores...
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- No sé si llegaré algún día a tal grado de bajeza intelectual como para jactarme de mi desconocimiento en alguna materia concreta (además de la bajeza, necesitaría mucho tiempo y mucho espacio, dado el sinfín de materias "afectadas"), pero, no siendo ése aún el caso, sí que he de confesar que, por ejemplo, en materia económica, ando con las nociones muy, muy justitas (fórmula suave para designar la más supina ignorancia), y que los arcanos de la macroeconomía me son, además de manifiestamente aburridos, totalmente desconocidos -o quizá sea lo uno consecuencia de lo otro, vayan ustedes a saber...-. La cuestión es que todo lo relacionado con la famosa OPA de Gas Natural sobre Endesa, sobre la que tanto y tanto se viene hablando, se me hace mortalmente soporífero, y, en consecuencia, procuro no prestarle la más mínima atención, aun desde la convicción muy, muy profunda de que, de una forma o de otra, también es algo que me terminará afectando, como a todo hijo de vecino. Eso sí, también tengo muy claro que tal afectación se regirá por la famosa ley que formulara el bardo Sabina en su día, en una letrilla simple de una sintonía televisiva, y que, para ocasión como ésta, podemos contar (y cantar), con toda seguridad, todos aquellos que formamos parte del pueblo llano y soberano: gane quien gane, yo siempre pierdo...
- Si para la lírica, siempre fueron malos -según cuentan los que saben al respecto-, todo parece indicar que, últimamente, también lo vienen siendo (los malos tiempos, que son a los que me refiero, naturalmente) para la libertad de expresión. Y no voy a hablarles del celebérrimo episodio de las caricaturas islamistas, sobre el cual puedo entender (en la medida en que lo comparto) su natural hartazgo; no, no se trata de eso. Se trata del último episodio conocido de censura en ese "paraíso de las libertades" que responde al nombre de Estados Unidos, y que tuvo lugar durante la pasada celebración de la final de la SuperBowl: según informa la edición de ayer de El País, en el concierto de 20 minutos que los Rolling Stones ofrecieron en el descanso de la misma, dos de las tres canciones fueron censuradas (mediante el silenciamiento del micrófono durante los fragmentos en cuestión) por sus referencias sexualmente explícitas, con el previo acuerdo del grupo al respecto. Está claro que las ex-satánicas majestades ya dejaron de ser (si es que alguna vez, más allá de la pura pose, llegaron a serlo...) un símbolo de rebeldía, y parecen encontrarse más cómodas en el redil de Benedicto que en territorios más "comanches". Y más allá de que todos sabemos que cualquier mitomanía se atempera con la edad, también hay que reconocer que hay quienes se empeñan en ayudar a que el proceso evolucione mucho más rápidamente de lo que sería de esperar a tenor de su curso natural. Libertades, dignidades, economías; ecuaciones muy, muy complicadas...
- Ejercicios de búsqueda del punto medio, capítulo 5: entre el ejercicio crítico y respetuoso del derecho a la libertad de expresión y el ataque injurioso y calumnioso a la dignidad personal, individual o colectiva.
- La apoteosis del "conceto", y III: web semántica (en algún lugar de la blogosfera, y "zin acritú", compañeros...).
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Sobre la relación entre Internet y los medios de comunicación convencionales, en todos sus soportes, es tantísima la tinta vertida (tanto "cibertinta", como de la de verdad...), que es fácil caer en la tentación de pensar que no merece la pena aportar nada más, en la medida en que, con toda probabilidad, no será nada nuevo, ni siquiera en lo que respecta a su formulación (¿existe alguien que tenga la certeza plena y permanente de que aquello que escribe no ha sido ya escrito? Le arriendo la fórmula, y a muy buen precio...). Así pues, resistamos y avancemos, ciñéndonos, en cualquier caso (para no divagar más allá de lo que ya es esperable en teorizaciones de este cariz), a un aspecto muy concreto, que es el del papel de intermediación de los medios.
En un mundo complejo y extenso, como es éste en el que nos movemos, el volumen de fuentes originarias de información, más allá de la propia realidad (las cosas que pasan, para entendernos), y en todos los ámbitos de interés informativo (lo que, en un orden académico, se entenderían como secciones) es bestial, inconmensurable. Y hasta no hace mucho, dichas fuentes sólo tenían una vía para hacer llegar la información generada a un público abierto, y ésta no era otro que la de los medios de comunicación. En consecuencia, quedaba reservada a éstos una misión de, por un lado, altavoz (sólo la presencia en ellos garantizaba que lo que la fuente quería transmitir podía llegar a un receptor inespecífico), y, por otro, filtro (ante un volumen tan inabarcable, el medio tenía que seleccionar necesariamente, y ahí operaba ya con criterios más o menos admisibles desde un punto de vista moral, pero, en cualquier caso, de aplicación ineludible). ¿Qué confería a los medios la atribución de esa "doble llave"? Algo muy elemental: una posición privilegiada, y, asociada a la misma, poder, un poder inmenso.
Internet no ha acabado, evidentemente, con el segundo de los papeles antes descritos -el de filtro-, porque no es ésa su misión, ni su vocación, ni su enfoque. Pero el papirotazo que ha asestado a los medios convencionales en su papel de altavoz ha sido tremendo, impresionante, y de un alcance que, muy probablemente, resulta aún hoy muy difícil de medir.
Siguiendo las recomendaciones del ínclito entrenador bilbaino Javier Clemente, bajaré del árbol, y les pondré, amigos lectores, un ejemplo de un caso concreto que he podido conocer bien, por mi experiencia personal y que, posiblemente, ilustra a la perfección y da concreción práctica a los apuntes teóricos delineados en los párrafos anteriores. Les hablaré de Amnistía Internacional.
Como muchos de ustedes sabrán, Amnistía Internacional es una de las más importantes Organizaciones No Gubernamentales del mundo, y se dedica al trabajo de defensa y salvaguarda de los derechos humanos en un ámbito y perspectiva universales, con especial incidencia en la lucha contra las violaciones que se cometen contra los más inherentes a la condición y dignidad de la persona. Viene desarrollando esta tarea desde su fundación, en 1961, y en el éxito de sus iniciativas -reconocido, a día de hoy, de forma prácticamente únanime- siempre ha tenido una importancia fundamental el papel de los medios, en la medida en que los mismos eran ese altavoz que permitía dar a conocer los casos individuales por cuya resolución abogaba la organización.
Aun con una presencia importante en los medios, contando con su colaboración, su simpatía y su apoyo, seguía existiendo un problema frecuente. ¿Cuál? La discordancia entre lo que era foco de interés informativo (en función de los criterios propios de los medios) y lo que era objeto de trabajo prioritario para Amnistía Internacional; esa discordancia generaba una "oscuridad informativa", un "trabajar fuera de foco", que mermaba considerablemente -en la medida en que la difusión y, consiguientemente, la captación de apoyos era mucho menor- las posibilidades de éxito de una acción.
Las cosas han cambiado, en ese sentido, enormemente. Para Amnistía Internacional sigue siendo importante, fundamental, contar con una fuerte presencia en los medios, y en pos de ello se sigue trabajando de manera intensa y sistemática. Pero los medios ya no son la única vía para dar a conocer las vías de trabajo y las acciones de la organización. Y la capacidad de movilización que se genera a través de las campañas que se ponen en marcha vía web ha demostrado unas potencialidades auténticamente impresionantes.
Extrapolen ustedes las circunstancias del caso narrado a cualquier otro ámbito de su interés vital (creo que huelga ya a estas alturas que les diga que uno de los míos, y prioritarios, es el del trabajo por los derechos humanos), y saquen sus conclusiones. Menos cancha para los intermediarios -aun cuando les siga quedando un inmenso terreno de juego-, o segundos fuera. ¿A las puertas de una auténtica revolución? Sigamos atentos...
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- Comienza a girar el carrusel: ya es inminente (su inauguración se producirá dentro de sólo cuatro días) la llegada del primero de los festivales de categoría A, el de Berlín, y, como era de esperar -si tenemos en cuenta que, este año, Ventura Pons no tiene película pendiente de estreno...-, no habrá presencia española en ninguna de sus secciones. No es buena noticia esta para el cine español -una más, que se acumula a las pobres estadísticas de ingresos comerciales durante el pasado año; la no selección de Obaba entre las cinco nominadas al Oscar a mejor película de habla no inglesa; o el escaso eco, en cuanto a audiencia televisiva, de la reciente gala de los Goya-, pero, como diría aquel, es lo que hay, y no sé si cabría esperar algo más, o diferente, teniendo en cuenta todo lo antedicho. En cualquier caso, parece que no viene a suponer sino la confirmación de una tendencia que lleva a que el único vehículo competitivo de máximo nivel que le termina quedando a nuestros films es el del festival de San Sebastián, con lo que ello implica, tanto para las películas en sí -demora de su lanzamiento- como para el propio festival -que corre un serio peligro de sufrir un menoscabo en su grado de internacionalización-. Mal asunto, me temo.
- Está claro que una iniciativa como la de los Razzies, esos anti-Oscars, o contra-Oscars -o llamémosle como queramos-, no podía dejar de tener una acogida mimética muy calurosa en este nuestro país, tan dado a (y amante de) todo aquello que suponga "jugar a la contra". De esa forma, aquí tenemos, para responder a los Goya -ésos de los que tanto y tanto se ha hablado a lo largo de esta semana, que me disculparán que me exima de insistir en el tema más allá de lo que ya lo he hecho (algo que, por otro lado, no estaría nada bonito, si tenemos en cuenta que ni ví la ceremonia ni la práctica totalidad de películas nominadas)-, y a falta de unos, dos premios a lo peor de lo peor de nuestra cinematografía (y mundos adyacentes): los Godoy y los Yoga. Sobre estos últimos -acerca de los cuales (para información más amplia) les remito, a través de un enlace, a la excelente reseña publicada en su blog por mi compañero Spaulding-, y, más concretamente, sobre uno de sus premios, quería detenerme en esta nota. Se trata del Yoga Horror Amarillo que el colectivo Catacric concede a todo el cine de terror asiático. Más allá de lo merecido, o no, del premio (algo que, siendo siempre enormemente difícil de apreciar, quizá lo sea mucho más en este caso...), me ha hecho recapacitar acerca de la enorme presencia -en términos relativos, claro está- del cine asiático, y no sólo de terror, en nuestras carteleras de unos años a esta parte, y en la entusiasta acogida que viene recibiendo de una buena parte de la crítica más "en la onda" (supongo que me entienden, amigos lectores, cuando uso esa expresión: en caso afirmativo, les rogaría me lo explicaran, ya que no termino de tenerlo demasiado claro). No seré yo quien niegue lo innegable: estamos ante un cine que, en general, desprende una gran creatividad, mucha fuerza visual y una idiosincrasia narrativa muy propias, pero a mí hay algo que no me termina de encandilar, y creo que películas como Oldboy, o Hierro 3 -por nombrar dos de las más celebradas, y que he visto recientemente-, no pueden ser aclamadas como obras maestras, por más deslumbrantes u originales que puedan resultar algunos de sus hallazgos (el final de esta última sí que me dejó francamente atónito). Tiempo y ocasión habrá de hablar más en detalle de ellas, pero quede aquí este apunte ¿para una polémica? Es turno para su opinión.
- A uno le gustaría, así, en general, poder afrontar la visión de cada película como un acontecimiento primigenio -sin referencias, sin precedentes, sin nada que enturbie la apreciación que vayas a lograr de ella sobre la base de su mera visión-. Pero eso, como decía aquel famoso fílósofo -¿o era un torero...?-, no puede ser porque no puede ser, y además, es imposible. En cualquier caso, es una pretensión que se ve más acentuada aún, si cabe, cuando la película que uno se dispone a ver, se trata de uno de esos títulos legendarios, sobre los cuales pesa una carga de historia que llega a hacerse mucho más onerosa que la que la propia significación del film, desde un punto de vista estrictamente cinematográfico, pudiera alcanzar. Me pasaba recientemente con El nacimiento de una nación (The birth of a nation; U.S.A., 1915), de D.W. Griffith; evidentemente, comparada con los grandes clásicos de decadas después, no alcanza, en absoluto, su mismo nivel de grandeza, pero la sensación que se experimenta constatando cómo en esos aún balbuceantes primeros pasos está empezando a cobrar cuajo buena parte de lo que constituirá el sustrato básico del lenguaje narrativo del cine convencional, supongo que debe ser muy similar a la que un amante del arte pictórico puede sentir ante la contemplación de las pinturas rupestres de Altamira: nada que ver, obviamente, en términos de calidad, con lo que ha venido después (ahí están, por ejemplo las obras de Botticelli, Rembrandt, Van Gogh o Miró, entre tantos y tantos maestros), pero, ¿cómo no sentir un cierto estremecimiento, un cierto pálpito de que algo grande pasa ante nuestros ojos? Si no la conocen, hagan la prueba; no lo tomen como un ejercicio de cinefilia autoflagelatoria, y déjense llevar, disfruten...
- Una semana más, castigado sin películas... Pero no está bonito ser rencoroso, ¿no creen? Tengan feliz semana, amigos lectores.
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- Una sensación que me embarga a menudo ante determinados temas de la actualidad política, nacional o internacional -la de la relación inversamente proporcional entre el volumen de información recibida y el grado de conocimiento acerca del asunto: o, traducido al castellano antiguo, cuánto más me cuentan, menos me entero...- se agudiza aún más, si cabe, en el supuesto del sempiterno conflicto israelo-palestino. Da exactamente igual cuáles sean las variables que se introducen sobre el terreno de juego, tanto en el plano político como en el más específicamente "conflictual" (por tratarlo con palabras suaves): ese avispero no deja de ser una fuente inagotable de picaduras, siempre dolorosas, siempre agrias, cuyos destinatarios últimos, como en toda situación de ese tipo, siempre son los más desfavorecidos. Eso sí, alrededor del avispero giran y giran, hablan y hablan, las superpotencias occidentales, sin ser capaces de adoptar iniciativa alguna que ofrezca salidas reales -que, ojo, ya me consta que tampoco son fáciles-.Y preguntas, surgen preguntas, innumerables, complicadas, además de, en algún caso, inconcebibles en otros contextos: ¿cómo pueden admitirse, sin medidas contundentes para su paralización inmediata, las acciones que, en aras a una pretendida política antiterrorista, pone en marcha Israel de manera frecuente? ¿qué habría sucedido si, en España, un gobierno -cualquiera- hubiera decidido el "asesinato selectivo" de Josu Ternera, o de Pakito, o de Idoia López Riaño? ¿o el bombardeo, por parte de fuerzas militares, del domicilio de los familiares de éstos, en cualquier localidad de Euskadi? Preguntas sin respuesta. Y complicadas. Una pena.
- Oía hace días, en una emisora de radio, que Silvio Berlusconi, en una entrevista televisiva, había declarado que "a él no le gustaban lo más mínimo ni la televisión ni la política". Entiendo que, dadas las circunstancias (propietario de varias cadenas televisivas y primer ministro italiano desde hace varios años), cualquiera en su sano juicio puede entender que se trata de un comentario irónico, una boutade, o una suerte de chiste fácil por parte de un hombre que suele hacer gala (o, al menos, oposita a ello, con desigual fortuna, todo hay que decirlo) de un sentido del humor bastante acendrado. No crean, amigos lectores, no crean. En lo que atañe a la cuestión televisiva, tengo el absoluto convencimiento de que todos -sin excepción alguna- los altos directivos televisivos de las cadenas generalistas no invierten ni un solo segundo de su (valioso y escaso, supongo) tiempo de ocio en consumir la bazofia que manufacturan los emporios catódicos que dirigen: he de presumir en señores de tan alto rango un mínimo buen gusto y unas mínimas exigencias en cuanto al nivel cultural de aquello que se echan al coleto. Berlusconi, malgré tout, no tendría por qué ser una excepción. Y en cuanto a la política, resulta tan descaradamente evidente que la dedicación berlusconiana a tan noble profesión no tiene otro objeto que el de dar cobertura (presente, pasada y futura, bien sea mediante componendas legislativas o jugarretas judiciales...) a su inacabable catálogo de desmanes empresariales, que huelga casi cualquier otro tipo de consideración adicional. O sea, que ironías, las justas (y cabales); o sentido del humor ma non troppo...
- Por una vez -y no sé si servirá de precedente-, esta sección hará honor a su denominación, y recogerá hoy un divertimento cierto. Mi corta experiencia en lides blogueras hace que aún esté poco ducho en determinadas cuestiones, como la de aquello que se conoce por memes. No entraré en mayores disquisiciones, amigos lectores, acerca de ellos, y sólo les contaré que recibí uno hace unos días de mi compañera Sonia Blanco -excelente su blog, al que pueden enlazar desde la sección correspondiente del mío: no pierdan la oportunidad de hacerlo, si quieren conocer una mirada amplia e interesante sobre el mundo de los medios-, recabando una relación de cinco manías. Pues bien, hágase su voluntad y sean expuestas las tales: manía 01, no admitir el más mínimo pico descuadrado en cualquier montón de papel (sea del volumen que sea) que esté sobre una mesa de mi ámbito de influencia visual; manía 02, no admitir la más mínima mota de polvo sobre la superficie de cualquier mesa en idénticas condiciones a las anteriores; manía 03, no dejar sin contestar un correo personal en el más breve plazo de tiempo (aunque en esto, naturalmente, el hombre propone y...); manía 04, no coger el teléfono si estoy enfrascado en una lectura medianamente interesante (y viva la madre que parió al inventor de los contestadores y buzones de voz...); y manía 05... teniendo en cuenta que todos tenemos manías inconfesables, permítanme que la quinta, acogiéndose a tal condición, pues eso, no la confiese... Las 995 manías restantes (presuntas o reales) también se quedan en el ciber-tintero, pero no los nombres de las víctimas a quienes endoso este juego: J. P. Bango, Jorge F., Dr. Strangelove, Llusilanisa y Emma. Disfrútenlo, compas...
- Ejercicios de búsqueda del punto medio, capítulo 4: entre la irresponsabilidad irreflexiva y la reflexión atenazadora y paralizante.
- La apoteosis del "conceto", II: un país de ciudades (Alfredo Sánchez Monteseirín, alcalde de Sevilla, resolviendo en cuatro vocablos el meollo de la discusión estatutaria catalana -y se durmió a pierna suelta...-).
- No voy a hablar de... el vestido de la ministra de Cultura en la gala de los Goya.
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