- Empieza a causarme auténtico hartazgo el comprobar, día sí, día también, cómo los medios de comunicación más señalados, y con mayor grado de difusión, muestran un tratamiento claramente despectivo hacia el recientemento electo presidente de Bolivia, Evo Morales–y no me refiero a la broma de infausta gracia que le gastaron recientemente en cierta cadena radiofónica, cuyo solo comentario ya le da una trascendencia que no merece-. Líder cocalero y dirigente indigenista son etiquetas que acompañan, de manera sistemática, a la mención del señor Morales en cualquier noticia relacionada con su persona y actividad, y me da la impresión de que imprimen un sesgo inequívocamente negativo a su dimensión pública. Yo no tengo juicio de valor alguno acerca de Evo Morales, porque no me considero con elementos de conocimiento suficientes para formármelo, pero sí que me resulta indignante ver cómo las grandes oligarquías que proclaman, de pura boquilla, su respeto por las democracias formales, mueven hábilmente sus hilos más sutiles e invisibles para segar la hierba bajo los pies de aquellos gobernantes que, elegidos en procesos intachables desde el punto de vista del respeto a la soberanía popular, no parecen dispuestos a bailar al son que más les agrada (que no es otro que aquel que respeta escrupulosamente sus sacrosantos intereses). Tiempo al tiempo....
- La otra cara de la moneda: el ínclito Mohamed VI, que, según información profusamente difundida por la inmensa mayoría de los medios antes señalados en días pasados, vuelve a anunciar un amplio y profundo programa de reformas para mejorar la situación de los derechos humanos en su (masacrado y esquilmado, fundamentalmente, por él mismo y su familia...) país. Y van... Perdí ya la cuenta, y no hace poco tiempo, de cuántas han sido las ocasiones en que, desde el comienzo de sus reinado, este mamporrero consentido, y consentidor, de las grandes potencias occidentales (a las que tan buenos servicios de contención de la marea islamista y de introducción en el mundo árabe presta) ha hecho anuncios del mismo corte y jaez, de los que luego jamás se vuelve a saber. Ciertamente, en cuanto a su aplicación práctica, la población de ese país, Marruecos, que, con inmensas riquezas naturales, sigue viajando en el furgón de cola de la economía mundial, podría dar fe, con total rotundidad, de cuán poco han variado las cosas respecto a la situación que ya se vivía con su augusto padre, el omnipresente y cuasidivino Hassan II. Eso sí, la dación de fe, bajito y en silencio, que una voz más alta que otra puede acarrear serios problemas a aquel que la levante. Pero a éste, aunque su pedigrí democrático no valga mucho más que de un Pinochet o un Videla de tres al cuarto, nadie le segará la hierba bajo los pies.
- Ejercicios de búsqueda del punto medio, capítulo 2: entre la complacencia bobalicona y la acritud crítica.
- Posdata 1: es posible que la expresión "divertimento" no sea la más acertada a la vista del tono de las breves reseñas arriba desarrolladas. Bien, sean flexibles de entendederas, amigos lectores, y cuenten con que, en todo caso, este humilde escribiente sí se divirtió, de alguna manera, pergeñándolas.
- Posdata 2: y hablando de tonos –y no de móvil, precisamente...-, busco un tono. No un estilo –ésa sería una aspiración demasiado elevada: una voz propia, reconocida y reconocible, por la que se me identificara de manera clara e inequívoca; hace falta algo más de talento-, pero sí un tono: algo que no haya de depender de lo subjetivo del estado de ánimo, ni de lo objetivo de la temática del asunto que se trata, sino de la mirada. Prometo avisarles el día que lo encuentre (o, si procede, que sean ustedes los que me avisen a mí).