Enero del 2006

Tony Soprano: o, por lo menos, querible...

Por Manuel Márquez - 31 de Enero, 2006, 21:45, Categoría: Medios

Aunque no se trata de un fenómeno nuevo –ya había un número considerable de ellas editadas en soporte videográfico-, ha sido el DVD el que ha provocado una auténtica eclosión de ediciones de series televisivas, hasta el punto de que se hace inimaginable a día de hoy que una serie de televisión medianemente exitosa no sea lanzada al mercado, en un plazo de tiempo relativamente corto, para gozo y disfrute de aquellos televidentes que la hayan seguido en su emisión catódica.

Ante tal avalancha de ofertas, se hace preciso aplicar un criterio bastante selectivo, so pena de encontrarse, más pronto que tarde, en dos situaciones nada recomendables: primera, la de no encontrar ni un hueco en todas las estanterías de casa para poder encasquetar un simple cenicero; y segunda –y no por ello menos grave-, la de tener que escarbar en unos bolsillos esquilmados, al borde de la extenuación absoluta, para poder comprar una baguette integral con la que acompañar la pitanza diaria. Como ven, amigos lectores, situaciones ambas dos a las que nadie en sus cabales desea verse abocado, pero a las que no es nada complicado llegar –aunque no les hable por experiencia propia, los casos en mi entorno cercano son tan numerosos y horripilantes que darían para un artículo monográfico tremendamente jugoso-; se hace al respecto lo que buenamente se puede, y, hasta este momento, se ha conseguido, al menos, minimizar los daños, lo cual no es poco. De hecho, puedo presumir, con un puntito de vanidad, de que la única serie (concretamente, sus tres primeras temporadas) que ocupa un lugar en mi videoteca particular es ésa que ustedes pueden imaginar, a tenor del título que encabeza este artículo: sí, efectivamente, Los Soprano.

Que mi fascinación por el universo bizarro y lunático en el que se desenvuelve esta caterva de indocumentados que pueblan el "territorio Soprano" no es algo exclusivo ni personalísimo, ya me consta sobradamente, no en balde estamos ante una de esas series que se suelen calificar como "de culto". Lo que me cuesta más trabajo entender es de dónde puede partir tal fascinación, si tengo en cuenta que el personaje de Tony Soprano, esa especie de Rey Sol alrededor del cual giran todos y cada uno de los personajes –tanto los de su esfera, digamos, "profesional", como los del ámbito familiar- que pululan por su peculiar mundillo –y un personaje con el cual su intérprete, el simpar James Gandolfini, ha alcanzado un grado tal de simbiosis que se me hace imposible, a estas alturas, verlo creíble en un registro diferente-, viene a resultar un compendio de todos aquellos atributos que, de concurrir en un ser real, una persona de carne y hueso, harían que la misma me resultara alguien absolutamente abominable.

Tony Soprano es un hombre que, en un plano consciente, carece de la más mínima capacidad reflexiva acerca de su moralidad: él asume, de manera estricta, los códigos heredados de la más rancia tradición mafiosa, y entiende que el mantenimiento de su estatus –no tanto frente a sus adversarios (externos) como frente a sus potenciales enemigos (internos)- depende, básicamente, de dos factores: su capacidad para llevar a cabo un ejercicio totalmente brutal –desproporcionado, siempre, y gratuito, llegado el caso- de la violencia física (no hay imperio sin una demostración permanente de poderío: el amedrentamiento como vía hacia el respeto; ¿les recuerda a ustedes, amigos lectores, a algún país actualmente presente militarmente en suelo iraquí?), y su convicción de que todo aquello que cualquier mortal entiende que no es susceptible de transacción económica –la dignidad, el honor, la integridad y cualesquiera otras menudencias por las que se preocupan las gentes pequeñas-, se puede comprar con dinero.

Tony Soprano es capaz de apalear –por sí o por persona interpuesta, tanto da- a todo aquel que no se pliega a sus exigencias –generalmente, relacionadas con sus pingües (e ilegales) negocios-; Tony Soprano es un diligente esposo que no ve incompatible tal condición con el mantenimiento de una amante (más o menos estable) e innumerables ligues ocasionales (aquellas que han de dar cumplimiento a esas fantasías sexuales a las que no está bonito que dé rienda suelta una casta y cristiana madre de familia, la ejemplar y sufrida Carmela); Tony Soprano asimila el amor a sus hijos con la concesión de cualquier capricho (en lo material) contrapesado con un férreo control de todo aquello que atañe a sus deseos o anhelos (en lo afectivo). En conclusión, Tony Soprano es, parece, una auténtica joya.

Pero, ¿qué es todo eso que Tony Soprano exhibe tan impúdica como brutalmente? Fachada, sólo la fachada tras la que se esconde un hombre vulnerable, un hombre que duda, un hombre que sufre. Ellos, esas personas que integran su mundo, no pueden verlo, porque él lo esconde; nosotros, sí: es la magia de la ficción televisiva. Por eso, porque sabemos que el oso no es el oso feroz, sino un grandullón y enorme osito de peluche, nos compadecemos de Tony Soprano. Por eso, porque sabemos que, aunque no sea blando, sí que puede que sea tierno, sentimos lástima por Tony Soprano. Y por eso, porque podemos reconocernos en su vulnerabilidad, en su debilidad, en su sufrimiento, nos identificamos con Tony Soprano. Eso, nada más (y nada menos) que eso, es lo que lo hace (como al elegido de la canción de Silvio Rodríguez) querible, ¿besable, amable...? Todo un tipo, mi Tony...

Grageas de cine III

Por Manuel Márquez - 29 de Enero, 2006, 9:26, Categoría: Cine: Grageas de ...

- Ya está anunciado el estreno, para el próximo 17 de marzo, de la última película de Pedro Almodóvar,  Volver: un título que, según confesiones del propio director, recogidas en su web personal, supone una auténtica declaración de intenciones, en la medida en que este nuevo film marca el retorno a una serie de referentes del universo almodovariano (la coralidad femenina del reparto, la fuerte presencia del personaje materno, sus raíces natales en La Mancha...) que no hacen sino incrementar la expectación que, de unos años a esta parte, y coincidiendo con el reconocimiento generalizado de este director por parte de público y crítica, ya suelen suscitar todas sus nuevas entregas. Siento una especial veneración por el cine de Pedro Almodóvar, un director al que sigo desde sus inicios y que nunca -jamás de los jamases-, incluso en aquellas ocasiones en que la crítica ha considerado que alguna de sus películas quedaba lejos del nivel mostrado en sus más exquisitas creaciones, me ha defraudado en demasía. Y, despojando al personaje de la hojarasca con que se cubre en esa dimensión pública que no siempre ha cultivado de manera muy diplomática, me quedo con el enorme cineasta que es, y ha sido siempre; uno de los mejores que el cine español haya podido tener, y disfrutar, a lo largo de toda su historia. Consecuentemente, mi expectación también es fuerte, y espero que haya ocasión de hacerles llegar mis comentarios sobre el particular.

- Que no será tarea sencilla, amigos lectores. Pueden darse situaciones como la de esta semana, en que no haya ni una sola película sobre la que pueda darles referencia alguna -por breve que sea-, dado que no he tenido ocasión de ver ninguna -ni siquiera parcialmente; momento y ocasión habrá para extenderme un poquito más acerca de ciertas fórmulas de visionado que parecen ir marcadas por el signo de los tiempos, tanto en soportes como en disponibilidades-. A aquellos de ustedes que sean padres de hijos de corta edad, y, por tanto, sabedores de las veleidades del sueño infantil, es muy probable que no haya de darles excesivas explicaciones: así son las cosas, y (parafraseando a aquel legendario filósofo -¿o era un presentador televisivo de infausto recuerdo...?-) así se las cuento...

- Aun a pesar de tales consideraciones, no quería cerrar la prescripción facultativa de esta semana sin hacer referencia (más bien, sentido homenaje) a Pascale Bussières (la chica que aparece en la foto que pueden ver ustedes en la pantalla, a la izquierda de este texto). Esta intérprete canadiense, nacida en Quebec en el año 1968, no es una actriz muy conocida -no llega, desde luego, al rango de estrella-, y tampoco sus dotes artísticas destacan especialmente, pero consiguió que una película que apenas cabe calificar como discreta (Cuando cae la noche, de Patricia Rozema) se convirtiera para mí en una experiencia impresionante. Un fenómeno similar al que les comentaba en una reseña crítica reciente sobre La flaqueza del bolchevique, respecto a dicho film y su protagonista, María Valverde: no soy partidario de las "visiones parciales", pero hay ocasiones en que esta visión refulge con tal brillo, que se hace difícil concretar una mirada sobre lo que se despliega alrededor. Desde aquí, Pascale, besos admirativos. Y a ustedes, amigos lectores, feliz semana.

Breve divertimento III

Por Manuel Márquez - 25 de Enero, 2006, 13:16, Categoría: Breves divertimentos

- El ex campeón del mundo de ajedrez, Gari Kasparov, anuncia públicamente su paso al mundo de la política y su intención de desbancar a Vladimir Putin de la presidencia de la república rusa. Francamente, no me sorprende: Kasparov conserva intacto el carisma que ya exhibiera a lo largo de su amplia y brillantísima carrera deportiva (a juicio de los que de dicho deporte entienden, merecedora de los epítetos reservables al mejor de toda la historia) y, además, ya ofreció atisbos más que suficientes, en sus habituales comparecencias públicas, de que ese mundo, el del ajedrez, se quedaba bastante estrecho para dar acogida a un ámbito de inquietudes e intereses que iba mucho más allá del que pudiera desprenderse de los límites del tablero. Sustituir los gambitos de dama por las puñaladas traperas, y el enroque y el jaque a la reina por la refriega tanto público-mitinera como subterránea, no debe ser algo que asuste en exceso a alguien del carácter firme y aguerrido que se le puede presumir (a tenor de lo mostrado) a Gari Kasparov, pero está por ver si eso le puede ofrecer resultados positivos y tangibles en un mundo donde lo turbio y lo truculento hacen que no sean suficientes, ni mucho menos (aunque sí necesarios), talento y determinación para triunfar. Tiempo al tiempo.

- Vientos de crisis en la industria del automóvil (o, para ser más exactos, en los gigantes norteamericanos de dicha industria: porque, me pregunto yo desde mi ignorante ingenuidad macroeconómica, alguien debe ganar -¿en Japón...? ¿en Polonia...?- lo que éstos pierden). Y, como siempre, para no perder las sanas costumbres de este sacrosanto sistema de consagración del capital, los paganos son los de a pie: miles y miles de puestos de trabajo que se irán al garete, con el consiguiente revolcón existencial para una ingente masa de personas que no tiene responsabilidad alguna en ese estado de las cosas, ni excesivas alternativas -en la mayoría de los casos- para rehacer su vida en idénticas condiciones de bienestar material. Ojo, no es un problema estricto de pérdida de puestos de trabajo (al fin y al cabo, no sé si bíblica o si satánica, maldición sí que es el trabajo, ciertamente; y algún día, además, nuestros políticos habrán de confesar sin tapujos que el camelo del pleno empleo, en el estado actual de progreso tecnológico, es eso, un camelo...), sino de reparto social del beneficio generado por la conjunción de unos esquemas de producción y unos avances técnicos de los que disponemos a día de hoy. ¿Es eso viable bajo las premisas de funcionamiento de un sistema económico como el capitalista? Lisa y llanamente, no.

- Ejercicios de búsqueda del punto medio, capítulo 3: entre la indiferencia hiriente y la efusividad empalagosa.

- La apoteosis del "conceto", I: coralidad hormonal (Ángeles Yagüe, directora de contenidos de Antena 3 TV, dixit, para justificar el éxito de la telenovela Pasión de gavilanes).

¿Las mejores intenciones?

Por Manuel Márquez - 24 de Enero, 2006, 12:29, Categoría: Medios

 

Pues no, amigos lectores, no es mi intención la de hablarles del film de Bille August que fue estrenado en España con tal título, sino de algo bastante más difuso e inconcreto: me refiero a las intenciones y propósitos con que los medios de comunicación manejan ésa que constituye la materia prima de su producto final, la información. 

Entiendo que algún alma cándida me pueda argüir lo que debiera ser obvio. ¿Intenciones? Muy sencillo: mostrarnos la realidad, contarnos lo que pasa, ¿no? Pues no; sinceramente, pienso que no. Aun suponiendo que eso fuera materialmente posible (que no lo es, por imperativos de espacio y tiempo: la realidad es demasiado amplia como para poder mostrarla en su globalidad dentro de un marco físico limitado –no habría suficientes páginas para un periódico de extensión razonable, ni suficientes horas para un informativo televisivo o radiofónico convencional-), permítanme que tenga mis serias dudas acerca de si, además, está en la voluntad y el ánimo de las personas que dirigen esos medios que tienen la responsabilidad de "contarnos lo que pasa".

No se trata tampoco de pintar un panorama apocalíptico, basada en paranoias conspiratorias o en proclamas catastrofistas, con invocaciones a la implantación real de algún Leviatán o Gran Hermano encargado de manipularnos, alienarnos y hacer de nosotros marionetas cómplices, por omisión aturdida, de las injusticias que consagra un orden económico y social manifiestamente desequilibrado a favor de grandes (y escasas) oligarquías. Por muy tentador o sugerente que pueda pintar, no tengo el más mínimo interés en ese discurso, ni por vocación ni por convicción, aun reconociéndole su buena parte de fundamento cierto. Y es que las cosas suelen funcionar de una forma, por así decirlo, mucho más pedestre.

Los medios de comunicación –los de masas, los que tienen un impacto verdadero en la conformación de eso que se da en llamar opinión pública-, en el marco de una economía capitalista de mercado, como es la nuestra (tanto la de este país como la de los de su entorno), son el producto de empresas mercantiles. Empresas cuyo objetivo último no es la transmisión de información (más o menos veraz), la puesta en conocimiento de la realidad circundante a los ciudadanos que los consumen, sino, como en cualquier otra empresa mercantil, la obtención de un beneficio –bien es cierto que cabe hallar una excepción en el supuesto de medios de comunicación de titularidad pública, pero sobre éstos mejor corramos un tupido velo (o hablemos otro día, para no atragantarnos con excesos)-. ¿Y –me preguntará alguien, bientintencionadamente- es incompatible la obtención de un beneficio con la veracidad y objetividad de la información? Pues no siempre ni necesariamente; pero en un supuesto de conflicto de intereses, ya se imaginan ustedes lo que pienso acerca de a qué se le confiere la prioridad pertinente. Blanco, y en botella...

¿Renegar, pues, de los medios? No, tampoco se trata de eso: en mi caso, he de confesar que soy un consumidor voraz de prensa en todos sus formatos, registros y soportes. Eso sí, procuro aplicar un mínimo de cautela y ciertas prevenciones "operativas" a la hora de valorar las informaciones que me transmiten, partiendo de la base que ha de implicar el conocimiento de las empresas responsables del producto, sus tendencias, querencias, afinidades y recelos: es ese mecanismo (no siempre de fácil aplicación: cada vez se hila más fino en ese aspecto) el que permite corregir sesgos, parcialidades y otros aditamentos indeseables. O, lo que es lo mismo, se trata de abordar la información que se recibe con un mínimo de espíritu crítico.

Aun así, resulta evidente que, por más prevenciones que se articulen y lleven a la práctica, hay aspectos contra las que resulta de todo punto imposible actuar. Me refiero, concretamente, a lo que no aparece, a lo que no se cuenta. Que, además, por los motivos arriba expuestos, es muchísimo más, en términos cuantitativos, que lo que sí aparece, lo que sí se cuenta. Ahí es donde realmente radica un peligro contra el que no existe arma posible: la información inexistente –pese a la existencia de hechos que, por su relevancia e interés, tendrían que ser objeto de la misma- es el más tremebundo de los molinos de viento al que Quijote alguno pueda pretender hacer frente. Y también tengo la completa seguridad de que no hay selecciones neutrales, también en este terreno operan intencionalidades muy, muy específicas ¿Resignación, pues? No, no, no: búsqueda incesante a través de medios alternativos. Pero ésa es –además de tarea ardua y costosa- harina de otro costal.

Otro día, amigos lectores, hablamos de los medios públicos, si bien les parece.

Grageas de cine II

Por Manuel Márquez - 22 de Enero, 2006, 13:49, Categoría: Cine: Grageas de ...

- Movido por la curiosidad surgida tras el visionado reciente de Eros -proyecto del cual fue principal impulsor, amén de autor del primero de sus capítulos-, me dispuse, hace unos días, a ver, en pase televisivo, Blow-up -prescindiré del sobretítulo que le "asestó" la distribución española de la misma (Deseo de una mañana de verano): las navidades ya han terminado, y los anuncios de perfumes guardan un merecido (para sus sufridores) descanso...-, el celebradísimo film que, a mediados de los 60' del pasado siglo, consagrara a Michelangelo Antonioni como director internacional de culto con el marchamo de "Autor", así, con mayúsculas. Poco menos de dos horas después, ya había podido comprobar, amén de mi catadura de auténtico super-héroe (les aseguro, sin ánimo de parecer presuntuoso, que llegar hasta el final despierto sólo está al alcance de quienes ostentan tal condición), que la infumabilidad no era algo que el cine del director italiano hubiera adquirido con el paso inexorable de los años, sino que se trataba de una característica que ya estaba inscrita en sus "genes fílmicos", y que, por tanto, afectaba de manera plena a su producción de cuarenta años atrás. Si Antonioni pretendía, con su película, reflejar algunos elementos de la condición humana particularmente caros a una buena parte de la intelectualidad de la época -el hastío existencial, el vacío vital, la desorientación personal (anímense, y, sin necesidad de excesivo esfuerzo, añadan dos ó tres más de tenor similar: es divertido...)-, y ofrecer un retrato fiel de ciertas tendencias estéticas (sobre todo, en el campo de la moda), doy fé de que lo consiguió, y de manera rotunda. Eso sí, no hubiera estado de más que, además de la deslumbrante presencia de una casi debutante Vanessa Redgrave, hubiera añadido alguna ligera partícula de eso que el común de los mortales entiende por cine. Hubiera sido muy digno de agradecimiento, y, además, es muy probable que el celuloide utilizado no hubiera envejecido de una manera tan inclemente. En fin...

- El pasado 13 de enero, en Málaga, daban inicio las representaciones -que se desarrollarán, a lo largo de los próximos meses, en diversos puntos de la geografía española- de la obra teatral 84 Charing Cross Road, que, basada en una recopilación epistolar de la escritora estadounidense Helene Hanff, cuenta con la dirección de Isabel Coixet y las interpretaciones de Carme Elías y Josep Minguell.

Sabedor del inmenso amor por la palabra que la directora catalana profesa (no sólo en la medida en que ella así lo ha manifestado, reiteradamente, sino a través de las demostraciones que de ello hace su cine), así como de su talento para contar historias (y en ésta ha debido afrontar un reto verdaderamente difícil: no es sencillo poner en pie un armazón narrativo basado en un intercambio de dos cartas entre dos personas, por muy interesantes y valiosos literariamente que tales textos puedan llegar a ser), no me cabe ninguna duda de que la obra ha de merecer la pena, y mucho. Y, en cualquier caso, más allá de sus calidades -que ardo en ganas por contrastar y sopesar personalmente-, la actitud de la Coixet denota un arrojo envidiable: si poco frecuentes son las alternancias habituales entre cine y teatro a nivel interpretativo, menos aún lo son (ni siquiera con carácter puntual o episódico) las que atañen a los responsables de la tarea de dirección. Vaya pues, desde aquí, mi aplauso y reconocimiento.

- Tras una larga temporada sin tener ocasión de aparecer por una sala de cine (mi última asistencia a una de ellas se remontaba al mes de noviembre del pasado año: llover, ha llovido muy poco, por desgracia, pero tiempo sí que ha pasado...), tuve ocasión, por fin, de volver a disfrutar de tal placer el pasado jueves. ¿La elección? Cuando uno es consciente de que los cartuchos en la canana son, a todas luces, escasos (por no decir que de una pobreza pírrica), no queda más remedio que intentar hilar muy fino, y, fundamentalmente, apostar sobre seguro. Así que no había mucha alternativa: la última de Woody Allen. Por mucho que el maestro ande flojeando en sus últimas entregas, siempre cabe esperar de un mago que se saque algún conejo de la chistera, ¿no?. Pues bien, amigos lectores, ni mago, ni chistera, ni nada que se le parezca. Match point me decepcionó, y de forma contundente, sin paliativo alguno. Sin entrar en profundidades ni detalles, sobre los cuales me extenderé en una crítica más amplia, sí que he de manifestar mi profunda tristeza ante la constatación de una decadencia (¿pasajera? ¿definitiva?) que siempre duele más cuando atañe a un autor con cuya obra se ha disfrutado enormemente. Una auténtica pena.

- Y, para terminar, una recomendación. A todos aquellos de ustedes, amigos lectores, que tengan acceso a las emisiones de TVE-2, quisiera rogarles encarecidamente que, si las circunstancias se lo permiten (y, en caso contrario, no dejen de tirar del manual de instrucciones de sus magníficos aparatos de grabación-reproducción de imagen, sea en el formato que sea...), y no la han visto aún (y, si lo han hecho, tampoco hay excesivo problema en repetir el visionado), no se pierdan la película que esta próxima madrugada (concretamente, a las 0'35 horas), y dentro del ciclo dedicado al genial director aragonés Luis Buñuel, programará dicha cadena: El ángel exterminador. Les dejo aquí un enlace a un artículo dedicado, parcialmente, a ese film (publicado recientemente en Ciberanika), y en el cual me extiendo en algunas consideraciones acerca del mismo (sin entrar, tampoco, en excesivas profundides), pero, en todo caso, se trata de una de las obras más demoledoras y vitriólicas de un director que, muchos años antes de que se inventara la etiqueta esa de lo "políticamente correcto", ya se encargaba de aplicarle cañonazo tras cañonazo (y sin la más mínima misericordia). Siéntense, disfruten y feliz semana, amigos. 

Fidelidades televisivas

Por Manuel Márquez - 17 de Enero, 2006, 9:31, Categoría: Medios

Un suelto en un diario del pasado domingo: Silvia Jato, una de las presentadoras estelares de Antena 3, abandona esta cadena para pasar a su más directa competidora, Tele 5 (no especifica de qué tipo de programa se hará cargo, aunque cabe suponer que las perspectivas serán las de asumir la presentacion de algún programa de entretenimiento, dado que ha sido en tales formatos en los que la orensana ha aportado mejores registros). Que una noticia de este tenor, que no hace tantos años hubiera generado un cierto revuelo "metamediático" (válgame el "palabro", hermanos...), pase actualmente desapercibida, sin pena ni gloria, obedece, sin duda alguna, al hecho de que se ha convertido en un fenómeno tan habitual, tan cotidiano, que no genera sorpresa alguna. Una más, un nuevo caso. ¿Qué ha pasado, en una televisión que devora iconos a velocidad de vértigo, para que los otrora "buques insignia", las estrellas cabeza de cartel, se hayan convertido en el objeto de un baile frenético, más parecido al de San Vito que a otros de ritmos más reposados, que les hace perder su condición de tales?

Y es que, no nos engañemos; hoy día, el único referente indicador de una cadena televisiva con ciertos visos de estabilidad (ma non troppo: también se cambia cada cierto tiempo, aunque con algo más de mesura) es la "mosca de la esquina": los programas y sus protagonistas están tan tremendamente sometidos a la dictadura del audímetro que resulta impensable que una cadena esté dispuesta a mantener más allá de un periodo mínimo (concepto indeterminado, éste del periodo mínimo, que si por algo se caracteriza, es por su cada vez menor duración) a cualquiera de ambos que no esté cubriendo las expectativas (y no meramente subjetivas, o aproximativas, sino cuantificadas en cifras muy concretas y rigurosas) fijadas de antemano. De ahí a que el "mercado de fichajes" televisivo se convierta en un magma convulso en el que todo se mueve a una velocidad de espanto, un solo paso. Y ya se dio.

¿El signo de los tiempos? Posiblemente: la aceleración, digna de estudio einsteniano, de los cambios televisivos no hace sino acompasarse a un vértigo social generalizado en el que hasta la mismísima obsolescencia se hace obsoleta en un pispás; vértigo que, en todo caso, no tiene este humilde escribiente muy claro si no resultará excesivo incluso para los individuos más integrados en la dinámica social predominante. Y que, desde luego, sí que resulta claramente incompatible con el mínimo de estabilidad y asentamiento que, para la fidelización y anclaje de una audiencia respecto de un programa o una figura determinadas, se requiere en condiciones normales. Pero, claro está –y ésta no es, amigos lectores, una pregunta retórica...-, ¿cuáles son las "condiciones normales"?

La cuestión es que hablar de fidelizaciones y familiaridades en esta agitada coctelera, en la que no resulta extraño oír hablar de nichos de audiencia, segmentación de mercados y zarandajas de ese tenor como si fueran conceptos ordinarios, "de los de toda la vida", quizá resulte hasta ingenuo, o de un tierno romanticismo, pero uno no deja de tener su corazoncito, y, sin ánimo de ponerse en tesitura "batallitera", recuerda con cierta nostalgia aquella época en que los grandes comunicadores imprimían a una cadena televisiva un sello, un marchamo identificativo, más asociado a cuestiones de espíritu que a índices estadísticos (bien es cierto también que, en un régimen de cadena única, era imposible un planteamiento de mercado abierto). ¿Sería posible, quizá, y en beneficio de todos, un punto equidistante entre regímenes de funcionamiento tan distantes, tan dispares? A eso, amigos lectores, contesten ustedes, si son tan amables...

Grageas de cine I

Por Manuel Márquez - 15 de Enero, 2006, 14:37, Categoría: Cine: Grageas de ...

- Shelley Winters, in memoriam: me desayuno con la noticia del fallecimiento, en su residencia de Beverly Hills y por causas naturales, de Shelley Winters. Tenía 85 años y un historial de actuaciones cinematográficas verdaderamente apabullante por su volumen. Nunca fue una estrella al uso, porque su perfil físico no se lo permitió, pero sí una actriz de carácter y tremendamente valiosa a la hora de dotar a sus personajes de matices y recovecos enriquecedores de su perfil. Y aunque siempre será recordada por sus secundarios, con ribetes de protagónico, en dos obras maestras como La noche del cazador (The night of the hunter, 1955) o Lolita (1962), yo me quedo, quizá porque constituye un paradigma de su condición (la de secundaria que adornaba y engrandecía aquel film en el que hacía aparición), con su Pat Kroll, esa prostituta ingenua y vulnerable que termina convirtiéndose en la víctima del protagonista de Doble vida (A double life, 1947), una extraña y fascinante obra menor de George Cukor. Hasta siempre, Shelley...

- Lo profesional y lo personal: sin entrar en valoraciones acerca de sus méritos artísticos, me da la impresión, visionando en su reciente pase televisivo por TVE-2 Soldados de Salamina, que a su director, David Trueba, se le ha ido la mano (y muy largamente), en el recreo y solaz basado en primeros y primerísimos planos de su bien amada Ariadna Gil. No me parece ni bien ni mal –además, he de confesarlo, siento por Ariadna Gil una franca admiración, me parece enormemente atractiva-, y no tengo juicio de valor alguno acerca de tal circunstancia, pero me planteo la pregunta de si se hubiera reproducido en términos similares en el supuesto de que el personaje de Lola Cercas hubiera estado interpretado por cualquiera otra actriz. Creo, sinceramente, que no...

- Campanella, o las bondades de una fórmula: tuve ocasión de ver hace unos días Luna de Avellaneda, el último largo del director argentino –del que, actualmente, y con marchamo estelar, Tele 5 emite su serie Vientos de agua- Juan José Campanella, y volví a disfrutar de una comedia dramática, o drama cómico (ya sé que en la jerga anglicista tan bienamada por los perseguidores de "palabros" a eso se le llama dramedy, pero me resisto, hasta donde me sea posible, a pasar por ese aro), entretenida, consistente, tierna, efectiva y talentosa. Campanella trabaja con un coguionista (Fernando Castets) con el que elabora unos entramados de situaciones y diálogos enormemente ingeniosos y eficaces, basados en unas constantes de situación muy sugerentes (un protagonista en situación familiar y profesional inestable, alrededor del cual gira un universo humano diverso y antitético, y un entorno social en crisis) y cuenta con una dupla de actores fija (Fernando Darín y Eduardo Blanco), alrededor de los cuales dispone a otros elementos de peso y personalidad variables (pero siempre enormente enriquecedores), y con ambos elementos, sabiamente mezclados en su probeta, obtiene la fórmula: películas que, desde la ternura y la apelación a la inteligencia del espectador, resultan tremendamente accesibles y, en consecuencia, comerciales. Luna de Avellaneda es, tras el bombazo de El hijo de la novia (2001) –el que le confirmó la buena mezcla de sus ingredientes-, un paso más en la senda que ya abriera, en 1999, El mismo amor, la misma lluvia. Queremos más...

- No es ingenua la mirada: a alguien que no haya visto Solas (1999), los cantos a la dignidad, la incorruptibilidad y la integridad personales que se desprenden de las actitudes de uno de los protagonistas de Habana Blues (2005) –concretamente, el personaje de Ruy, al que da vida el actor cubano Alberto Yoel- pueden resultarle, en el contexto de una situación social como la cubana, un rasgo de ingenuidad excesiva, o el producto de una mirada intencionadamente naïf, fruto mayormente de la simpatía que por la isla caribeña profesa abiertamente el director y guionista del film, Benito Zambrano. Pero resulta indudable que un autor novel que ha sido capaz de trasladar al celuloide una mirada sobre el mundo tan amarga, descorazonadora y tremenda como la que, magistralmente, refleja Solas, puede ser calificado con muchos epítetos, pero no con el de ingenuo. En Habana Blues hay, simplemente, una mirada a través de otros cristales (que también son auténticos y reales, no una mera invención del autor: gracias por regalarnos una Habana sin mugre ni desconchones en las paredes, también existe, como el sur...).

Los jueves, cine: La flaqueza del bolchevique

Por Manuel Márquez - 12 de Enero, 2006, 16:51, Categoría: Cine: Los jueves, ... (críticas)

Hay realidades que parecen estar específicamente diseñadas para desmantelar aquellas convicciones con las que nos hemos podido manejar durante muchísimo tiempo. Concretamente, hay una que se llama María Valverde, y sobre la cual habría de dar alguna explicación, por somera que fuese. Uno sostiene la tesis –no sé hasta qué punto con mayor o menor fundamento técnico-, y bajo el dictado de  la misma suele desarrollar su ejercicio crítico, de que la obra cinematográfica no debe ser valorada como una mera suma de los diversos elementos que en ella confluyen, sino como un todo integral y unitario, cuya valoración ha de atenerse a tal condición. Bien, llega María Valverde, y su presencia es tan arrasadora, tan desarmante, que se hace difícil hacer cualquier valoración de La flaqueza del bolchevique que no pase por el tamiz de su ejercicio interpretativo: y no es una mera cuestión de calidades, sino, más bien, de magnetismo, algo –al igual que el glamour- tan intangible y tan difícil de definir.

De todos modos, sería una tremenda injusticia no hacer abstracción, por difícil que resulte, de una presencia tan fuerte, y no adentrarse en una apreciación de La flaqueza del bolchevique desde una pserspectiva global, porque lo cierto es que la ópera prima de Manuel Martín Cuenca supera, y con nota, la prueba que siempre supone el trasladar a la pantalla un texto literario de referencia que viene precedido de credenciales exitosas tanto a nivel de público como de crítica. Y lo hace gracias a la tremenda elegancia de sus formas y a la sutileza y adecuada progresión de su ritmo narrativo: un empeño que no resulta fácil cuando estamos ante una historia que transita por parajes, tanto físicos como humanos, que no son los más habituales de un cine español más apegado a una cierta tradición de feismo y estética bizarra que a la de una modernidad estética que, cuando se aborda, suele salir bastante malparada –especialmente, por el ánimo mimético de quienes trabajan con ella-.

Si a esas bondades formales, le añadimos que la historia ofrece un material dramático de excelente calidad –una trama central basada en esa relación de amor tan imposible como cierto entre dos personas a las que separan dos mundos y unen dos corazones, simplemente, convenientemente enmarcada en un contexto no excesivamente detallado, pero sí lo suficientemente como para que quede "desubicada"-, a la que sólo lo abrupto de su final (brusquedad que contrasta con la suavidad narrativa que impregna todo el metraje anterior) puede poner un mínimo pero; y que las interpretaciones de todo su cuadro actoral alcanzan un nivel excelente, haciendo creíbles situaciones con las que, pese a su cotidianidad, no nos solemos encontrar "en superficie" -con especial mención para un Luis Tosar que borda un papel complicadísimo (en el que todo su recorrido emocional, de una tremenda intensidad, ha de transcurrir soterradamente, dadas sus carencias de efusividad exterior y las circunstancias del caso...)-, terminamos encontrándonos ante un producto de excelente nivel, y una muestra de que nuestro cine, cuando trabaja con buenos mimbres, puede tejer cestos perfectamente homologables a los de cinematografías más potentes y con mayor tradición.

Tras una calurosa acogida en el Festival de San Sebastián, donde se efectuó su presentación, y una carrera comercial aceptable –dentro de los parámetros de ridiculez en que se mueve el cine español en la taquilla-, quizá sea ahora un excelente momento para recuperar esta estimable pieza de nuestra cinematografía más reciente: un claro ejemplo de que, más allá de clichés y encasillamientos, para hacer buen cine sólo se requieren trabajo y talento; dos elementos que no se echarán en falta en el visionado de este film. Ah, y no se sorprendan si, durante algunas noches posteriores, sueñan con ella: yo la ví hace muchos meses, y aún lo sigo haciendo...

Breve divertimento II

Por Manuel Márquez - 11 de Enero, 2006, 16:35, Categoría: Breves divertimentos

-          Empieza a causarme auténtico hartazgo el comprobar, día sí, día también, cómo los medios de comunicación más señalados, y con mayor grado de difusión, muestran un tratamiento claramente despectivo hacia el recientemento electo presidente de Bolivia, Evo Morales–y no me refiero a la broma de infausta gracia que le gastaron recientemente en cierta cadena radiofónica, cuyo solo comentario ya le da una trascendencia que no merece-. Líder cocalero y dirigente indigenista son etiquetas que acompañan, de manera sistemática, a la mención del señor Morales en cualquier noticia relacionada con su persona y actividad, y me da la impresión de que imprimen un sesgo inequívocamente negativo a su dimensión pública. Yo no tengo juicio de valor alguno acerca de Evo Morales, porque no me considero con elementos de conocimiento suficientes para formármelo, pero sí que me resulta indignante ver cómo las grandes oligarquías que proclaman, de pura boquilla, su respeto por las democracias formales, mueven hábilmente sus hilos más sutiles e invisibles para segar la hierba bajo los pies de aquellos gobernantes que, elegidos en procesos intachables desde el punto de vista del respeto a la soberanía popular, no parecen dispuestos a bailar al son que más les agrada (que no es otro que aquel que respeta escrupulosamente sus sacrosantos intereses). Tiempo al tiempo....

-          La otra cara de la moneda: el ínclito Mohamed VI, que, según información profusamente difundida por la inmensa mayoría de los medios antes señalados en días pasados, vuelve a anunciar un amplio y profundo programa de reformas para mejorar la situación de los derechos humanos en su (masacrado y esquilmado, fundamentalmente, por él mismo y su familia...) país. Y van... Perdí ya la cuenta, y no hace poco tiempo, de cuántas han sido las ocasiones en que, desde el comienzo de sus reinado, este mamporrero consentido, y consentidor, de las grandes potencias occidentales (a las que tan buenos servicios de contención de la marea islamista y de introducción en el mundo árabe presta) ha hecho anuncios del mismo corte y jaez, de los que luego jamás se vuelve a saber. Ciertamente, en cuanto a su aplicación práctica, la población de ese país, Marruecos, que, con inmensas riquezas naturales, sigue viajando en el furgón de cola de la economía mundial, podría dar fe, con total rotundidad, de cuán poco han variado las cosas respecto a la situación que ya se vivía con su augusto padre, el omnipresente y cuasidivino Hassan II. Eso sí, la dación de fe, bajito y en silencio, que una voz más alta que otra puede acarrear serios problemas a aquel que la levante. Pero a éste, aunque su pedigrí democrático no valga mucho más que de un Pinochet o un Videla de tres al cuarto, nadie le segará la hierba bajo los pies.

-          Ejercicios de búsqueda del punto medio, capítulo 2: entre la complacencia bobalicona y la acritud crítica.

-          Posdata 1: es posible que la expresión "divertimento" no sea la más acertada a la vista del tono de las breves reseñas arriba desarrolladas. Bien, sean flexibles de entendederas, amigos lectores, y cuenten con que, en todo caso, este humilde escribiente sí se divirtió, de alguna manera, pergeñándolas.

-          Posdata 2: y hablando de tonos –y no de móvil, precisamente...-, busco un tono. No un estilo –ésa sería una aspiración demasiado elevada: una voz propia, reconocida y reconocible, por la que se me identificara de manera clara e inequívoca; hace falta algo más de talento-, pero sí un tono: algo que no haya de depender de lo subjetivo del estado de ánimo, ni de lo objetivo de la temática del asunto que se trata, sino de la mirada. Prometo avisarles el día que lo encuentre (o, si procede, que sean ustedes los que me avisen a mí).

Jesús Quintero: loco, pero no tonto...

Por Manuel Márquez - 10 de Enero, 2006, 14:06, Categoría: Medios

Tras una temporada de descanso, posterior a la finalización de la emisión en Canal Sur TV de sus Ratones coloraos, vuelve, en horario estelar y en la cadena de cadenas –por más que los índices de audiencia se empeñen en marcar tendencias contrarias a tal consideración-, la primera de TVE, el inefable Jesús Quintero, más conocido antaño, y aun a día de hoy –y qué difícil que le está resultando descolgarse de la "denominación de origen"- como el loco de la colina.

Loco, pero no tonto. O sea, que más bien diría que se lo hace. El loco, digo... Jesús Quintero se ha convertido, en la actualidad, en una especie de referente de un perfil, el suyo propio –personal, intransferible-, al que, sin embargo, traiciona en lo sustancial de manera inmisericorde, muy lejanos ya aquellos tiempos en que, desde su púlpito radiofónico, a primeros de los años ochenta del pasado siglo, creara escuela, otorgando a las hasta entonces lánguidas madrugadas de radio el rango de objeto de interés y especial seguimiento, a base de congregar a todo un pelotón de oyentes ávidos por saborear su especial manejo de los silencios, sus estentóras carcajadas, con ese puntito socarrón y maquiavélico, y su extraña, casi alquímica, capacidad para, cumpliendo el viejo sueño de Sylock, arrancar libras de carne sin derramar una sola gota de sangre de sus invitados-entrevistados.

Ese Quintero, que en su momento trasladó sus esquemas radiofónicos al formato televisivo, con evidente acierto (algunos de sus programas forman parte ya, por méritos propios, de la pequeña –o grande, quién sabe- historia de la televisión en España) y sin viaje de retorno (jamás ha vuelto a dicho medio), además de un éxito bastante notable -en consonancia con lo acertado de su trabajo-, logró cuajar una maniobra que, según nos enseña la experiencia más que reiterada, no siempre alcanza buen puerto, dado lo complicada de la misma (de cadáveres exquisitos está lleno el puente que enlaza a ambos soportes comunicativos, ahí están las hemerotecas para atestiguarlo).

Pero su última aventura televisiva, esos Ratones coloraos que tan excelentemente han funcionado en la televisión pública andaluza, nos han mostrado a un Quintero tramposo, un loco muy poco loco y con una doble faz bastante cínica: la de aquel que, pretendiendo erigirse en paladín de la lucha contra la telebasura –a base de diatribas en su línea más lisérgica y mefistofélica: abstracciones a base de mucha filosofía de barra de bar, puros fuegos de artificio-, no dudó en edificar sus magníficas ratios de público sobre la base de exprimirle el jugo (o, al menos, intentarlo: en muchos casos, ciertamente, no había zumo alguno que sacar de tales "frutas"...) a toda esa caterva de personajes que constituían (y aún constituyen, y no sabemos qué cuerda le quedará a este relojito...) el sustento de toda la bazofia que llena el espectro catódico de las grandes cadenas generalistas.

A eso, por más que se vista el muñeco con la (bastante presuntuosa, por cierto) pretensión de buscar el "lado oculto", esa faceta humana que los carroñeros (los otros, qué gracia...) no son capaces de sacar (y él sí, qué gracia...), le llamamos en mi tierra, que es también la de Jesús Quintero, echarle mucho morro. Pero, en fin, amigos lectores, como siempre cabe la posibilidad de que aquel que ha tenido (talento, y mucho, y grandes dotes para la comunicación televisiva, aunque también esos ratoncitos coloraos nos ofrecieron a un Quintero bastante aliviado –prácticamente, con el piloto automático-), algo haya retenido, habrá que esperar y ver si, para esta nueva singladura televisiva, aún dispone de algún conejo que sacar de la chistera. Ojalá, y suerte...

Varietés artísticas I

Por Manuel Márquez - 3 de Enero, 2006, 17:42, Categoría: Varietés artísticas

- En la languidez de la tarde del día de Año Nuevo, esa tarde cansina y resacosa (aun cuando no hayas probado una gota de alcohol en las setenta y dos horas precedentes), un canal temático por cable dedicado a la música pop, con especial predilección por artistas de las últimas decadas del pasado siglo, me regala un especial dedicado a los grandes éxitos (reflejados en sus correspondientes videoclips) de Blondie.

De forma rápida, barata y nada contaminante, me siento transportado a un tiempo que conocí, el de finales de los 70" y principios de los 80", y un espacio que jamás hollé, el Nueva York frenético y espasmódico de la época (¿y en qué época pudo haber sido Nueva York de otra manera...?), y revivo la veneración por esa diosa rubia que atendía al nombre de Debbie Harry, una suerte de aparición fantasmagórica de fantasías musicales (más o menos calenturientas) de quinceañero con un punto desesperado, y la fascinación por un sonido de guitarras desenfrenadas y ritmos acelerados, tamizados y personalizados por el órgano Farfisa con el que Chris Stein supo personalizar y dotar de una identidad inequívoca a la troupe de la superdiva, que, transcurridos veinticinco años desde su surgimiento, suena con una intensidad y una vigencia que la inmensa mayoría de grupos de pop anglosajón que la prensa especializada intenta vender como la reencarnación agiornada de los Beatles, no llega siquiera a atisbar.

También descubro, para mi pasmo, y a través de su página web oficial, que el grupo sigue vivo y coleando, aunque con una formación bastante retocada: es más, actualmente se encuentra embarcado en una gira por Europa. Una lástima: los experimentos de resurrección de glorias pasadas, si no cuentan con la garantía de la absoluta imposibilidad del retorno del muerto (como sucederá, por ejemplo, y afortunadamente, con el aluvión mozartiano que nos espera al hilo del 200º aniversario de la muerte del genio de genios), suelen deparar escenas en las que prima el patetismo por encima de cualesquiera otros elementos.

o-o-o-o-o-o-o

- Continúa la emisión, en Cuatro, las noches de los martes, y en entregas dobles, de la serie Roma. Un producto televisivo a disfrutar, capaz de aglutinar bajo su manto (más bien, túnica, dado el contexto) un catálogo exhaustivo de las líneas bajo las que se desarrollan las nuevas tendencias televisivas, especialmente en lo que se refiere al rubro de series de ficción.

Series que se acercan, cada vez más, a los cánones cinematográficos: un cuidadísimo diseño de producción, seguidor (de manera evidente) de los cánones marcados por el Gladiator de Ridley Scott (atención especial, en ese aspecto, a la fotografía, cuyos tonos terrosos impregnan la imagen de una calidad rayana en lo mágico); un armazón dramático centrado y consistente, en el cual se ha buscado (y, francamente, creo que encontrado) un punto de equilibrio entre el elemento histórico y el elemento personal, entre lo público y lo privado, que no siempre es fácil de concretar; y un elenco intepretativo de gran nivel: solvencia sin fisuras en el cuadro artístico británico que encarna a unos personajes que reconocemos y asumimos como propios desde los primeros compases de la trama.

Y series que asumen que hoy día es difícil fijar la atención del telespectador si no se añade algún picante morboso: uno de los señuelos de Roma es su generosa profusión de escenas de violencia y sexo, escenas con un grado de explicitud bastante amplio y que, desde luego, hubieran resultado impensables en producciones de este corte (y pretensiones) no muy alejadas en el tiempo pasado. Potencial innovador que no se extiende al dibujo moral de los personajes: el maniqueísmo sigue imperando, y redunda en una caracterización ética poco acorde con un escenario complejo y difuso. Los tiempos cambian, ma non troppo...

En cualquier caso, no dejen de verla, si tienen ocasión...

Enlazando, que es gerundio (I)

Por Manuel Márquez - 2 de Enero, 2006, 21:32, Categoría: Enlazando, que es gerundio...

Aunque este blog aspira, desde su natural modestia, a dotarse exclusivamente de contenidos propios de este humilde escribiente que pasa por ser su autor, no renuncia, por supuesto, a hacer uso de las potencialidades que, vía opciones de edición, le proporciona su gestor hospedante, y, entre ellas, si hay alguna a la que pretende dotar de especial relevancia es a la que corresponde al menú de enlaces, que espera vaya ganando en consistencia y frondosidad de manera pertinaz y paulatina.

Y no se trata de hacer propaganda acerca de las supuestas bondades de las páginas a las que se establecen tales enlaces (al menos, al que esto suscribe le resultan las mismas más que acreditadas), pero creo que no está de más el hacer una breve reseña acerca de sus contenidos y, lo que quizá sea más importante, el motivo –a veces, con una componente inequívocamente personal- por el cual se hacen acreedoras a ocupar un lugar en ese apartado.

Para abrir boca, en línea con lo que ya apuntaba en uno de mis primeros artículos, dos enlaces temáticos dedicados a páginas de cine con las que colaboro desde hace ya bastante tiempo: La Butaca, publicación que desde Valencia edita el buen amigo Ángel Castillo –persona tan cabal como contumaz cinéfilo-, y que, en este momento, se encuentra, sin ningún género de dudas, entre las mejores webs en castellano dedicadas a la actualidad cinematográfica (fundamentalmente, crítica y seguimiento de cine de estreno) –y lo digo sin temor alguno a incurrir en pecado de soberbia, tan parcas son la cuantía y la frecuencia de mis colaboraciones-; y Ciberanika, publicación también valenciana que, desde un perfil bastante diferente (más misceláneo, más abierto; también más caótico, más disperso, maravillosamente caótico y disperso...), constituye un titánico empeño personal de la amiga Anika, todo un carácter, una especie de "web-pánzer" capaz, con su energía, de sacar adelante, ademásd e ésta, otras dos publicaciones temáticas (no dejen de dar un vistazo, desde el enlace correspondiente, a su revista de literatura: el maremagnum...) con un punto de confluencia que les confiere unidad de carácter: su inmenso amor por la cultura y la convicción de que su transmisión e intercambio, ya bien entrado el siglo XXI, se mueven en este cibercosmos...

Vayan desde estas torpes líneas mi agradecimiento expreso a ambos, a Ángel y a Ana, y mi deseo de que ustedes, amigos lectores, disfruten de sus páginas tanto como yo he tenido, y tengo, ocasión de hacerlo. Seguiremos enlazando...

El Blog

Calendario

<<   Enero 2006  >>
LMMiJVSD
            1
2 3 4 5 6 7 8
9 10 11 12 13 14 15
16 17 18 19 20 21 22
23 24 25 26 27 28 29
30 31      

Sindicación

Webs de cine

Estadisticas y contadores web gratis
Oposiciones Masters
Suscribir con Bloglines Add to Netvibes
Alojado en
ZoomBlog