Le tomo el título prestado a un verso de Mariposa teknicolor, de Fito Páez (hermosa canción), aunque bien podría utilizar una que tanto suena ahora, como es el Me voy, de Julieta Venegas: qué lástima, pero adiós, me despido de tí, me voy... a otra ubicación, a un nuevo servidor, desde donde, si ustedes lo tienen a bien, amigos lectores, seguiré dándoles la tabarra -con las mejores intenciones, desde luego, pero la tabarra, quede claro también...-.
Podrán leer los nuevos artículos pinchando en este enlace, pero todo el "fondo documental" permanecerá (al menos, por ahora) en esta misma ubicación, que seguirá abierta sine die (o hasta que el suministrador del servicio de alojamiento lo considere oportuno). También espero que el aspecto visual del nuevo blog les resulte agradable, apetecible y suponga una incitación o invitación a la lectura de unos contenidos sobre los cuales, supongo, puedo prometerles pocos cambios, dado que su autor, más allá del natural mudable de la condición humana, va a seguir siendo el mismo.
Hasta aquí, ha sido un placer. ¿Por qué habría de cambiar en lo sucesivo...? Gracias por su lectura y atención, y seguimos en la brecha.
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SINOPSIS ARGUMENTAL.-
Barbara "Babs" Graham es una chica alegre y explosiva, con un gusto desmedido por la vida regalada: bonitos trajes, hombres guapos y fiestas interminables llenan una "agenda" cuya cobertura económica requiere el recurso constante a la pillería y, llegado el caso, la delincuencia menor: pequeñas estafas, cheques sin fondos y fruslerías de ese tipo, que, en alguna que en otra ocasión, la llevana visitar ciertos hoteles enrejados. No obstante, y tras una fachada de insolencia y descaro, nuestra chica alberga, en su fondo, un íntimo deseo, que es el de llevar una vida sosegada y hogareña: encontrar a un hombre bueno que la retire del desenfreno continuo y con el que poder fundar una familia tranquila y feliz. Parece que sus buenos deseos pueden cuajar en realidad: Babs se casa, y tiene un hijo, pero las cosas empiezan pronto a torcerse; su marido, adicto a las apuestas, amenaza con arruinar una economía doméstica cada vez más precaria, y, pese a la presencia del pequeño Henry, ella decide volver a las andadas, uniéndose a una banda de delincuentes habituales con los que colabora, dando cobertura a sus variados golpes y obteniendo, con ello, pingües ingresos. Los acontecimientos tomarán un cariz funesto cuando el último golpe resulta ser el asesinato de la anciana Mabel Monahan: aunque Barbara piensa que, una vez más, saldrá bien librada de su encuentro con la justicia, su actitud altanera y despreocupada, unida a la hostilidad interesada de una prensa ávida de morbo, terminará por llevarla a una situación trágica...
RESEÑA CRÍTICA.-
Para abrir, planos oblicuos en sucesion frenética, al ritmo de combos de free-jazz lanzando una música estridente y sincopada. Para cerrar, planos largos, prolongados, morosos, enfundados en un silencio sobrecogedor. De un extremo a otro de la cuerda, la enésima revisitación de la historia de la mujer marcada, aquella incapaz de huir de un destino que se le impone, que la arrolla y ahoga cualquier posibilidad de redención. Esa es la propuesta de Quiero vivir, una historia con componentes no excesivamente originales, pero trazada con eficiencia y buen hacer por su director, Robert Wise.
Aunque el protagonismo absoluto y omnipresente de su personaje principal, Babs Graham, sitúa en una posición destacada el que constituye su leit-motiv (ése al que se aludía, el de la mujer víctima de su sino), no es ése el único tema que se desliza a través de sus fotogramas, sino que hay muchas más componentes de fondo, que dotan al film de una consistencia muy elevada. Ahí están, también, cuestiones como la del papel que juegan los medios de comunicación y su avidez morbosa por llevar a su público esa carnaza de la que se alimenta su rueca imparable (y estamos en las postrimerías de los años 50, para pasmo de todos los que podemos contemplar, a fecha actual, cómo suelen correr esas turbias aguas: ha variado el volumen, pero no la esencia...), y, muy especialmente, por la ominosa presencia que adquiere en su tramo final, el de la pena de muerte y sus implicaciones morales y existenciales.
La mezcla de todas esas cuestiones requiere, como condición indispensable para conseguir que el resultado final no se convierta en un pastiche de retazos inconexos, un equilibrio narrativo y un sentido del ritmo más que correctos: tanto en uno como en otro aspecto, Wise demuestra buen pulso y dotes técnicas más que suficientes; la historia se desarrolla con brío e interés, y cada aspecto temático consigue su relieve sin ensombrecer al resto y sin generar ningún tipo de confusión. Acierto pleno, pues, en este sentido.
Capítulo aparte merece, también, el excelente trabajo de la actriz protagonista, una Susan Hayward que dota a su personaje de todos aquellos componentes emocionales y de carácter que el papel exige: muy especialmente, el descaro y la insolencia como armas defensivas, bajo las cuales subyace un fondo de bondad que se esfuma ante los señuelos de la vida regalada por la que prefiere deslizarse, incapaz de sobreponerse a la fatalidad que terminará engulléndola. El tramo más complicado, que es el de ese final donde ha de dejar traslucir una desesperación acorde con lo dramático de su situación sin por ello perder, hasta el último suspiro, ese punto de soberbia bajo la cual se ha ido refugiando a lo largo de toda la trama, lo solventa con nota, y es, posiblemente, ahí donde radica el mayor de sus méritos. El Oscar a la mejor actriz protagonista que la Academia le concedía no hacía sino reconocer la tremenda valía de su trabajo, frente al cual el resto de intérpretes no hace sino orbitar como complemento necesario pero poco lucido.
En definitiva, Quiero vivir constituye una excelente muestra de film-noir, que, basado en un hecho real, se nos ofrece trufado de elementos complementarios en el orden temático y magníficamente rodado, con buen cuidado de sus aspectos formales y accesorios –excelente fotografía y magnífica la banda sonora musical (no cabía esperar menos con la autoría de Wise, todo un maestro de ese género)-, y en el cual, sobre el fastuoso trabajo interpretativo de su actriz principal, se termina erigiendo, amén de la sempiterna historia de la mujer marcada, todo un alegato –con la mera plasmación de su ominosa realidad, sin mayores aditamentos de exacerbación dramática- contra la pena de muerte. Para los convencidos de la justicia de la causa, ya es motivo más que suficiente para acercarse a ella con enorme interés.
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Dado el aluvión de series que puebla las parrillas de programación de las diversas cadenas televisivas, tanto generalistas como temáticas, suelo ser bastante cauto a la hora de hacer probaturas con cualquiera de ellas: a decir de los entendidos (permitan, amigos lectores, que este humilde escribiente sea, a título personal, bastante más escéptico sobre el particular), su nivel de calidad general, o promediado, ha subido de tal manera que se hace difícil no resultar víctima de un enganchón fulminante con cualquiera de ellas, y bien sabido es –debe ser el signo de estos tiempos convulsos y acelerados- que no anda el horno de la disponibilidad temporal para tales dispendios. Si malamente saca uno un huequecito para ver una película de vez en cuando, abonarse -a piñón fijo- a una serie de emisión más o menos regular, y más o menos frecuente, puede convertirse, desde esa perspectiva, en una especie de pequeña tragedia cotidiana (puestos a exagerar y decir barbaridades, naturalmente).
De ese modo, fue totalmente casual el hecho de que, hace unas semanas (cuatro, si mal no recuerdo), empezara a ver, ya iniciado, el capítulo que la 2 de Televisión Española emitía en ese momento de la serie Mujeres. Y... touché: en pocos minutos, había pasado a convertirme en un integrante más de la fiel cohorte de seguidores (desconozco si muy o poco numerosa aunque está claro que la cadena en la que se emite tiene unos índices de audiencia bastante bajos, y ésa es una circunstancia que, sin duda, pesará, y mucho, a este respecto) de un universo poblado por un conjunto de mujeres que, sin vivir en Whisteria Lane ni estar más desesperadas de lo que cualquiera de sus congéneres podría llegar a estarlo (en una tesitura similar), se nos hacen, cada noche de lunes, cercanas, tiernas, entrañables; o, como decía el bardo, por lo menos queribles, amables...
Félix Sabroso y Dunia Ayaso, un tándem que ya ha demostrado una mano más que hábil en la creación de comedias sencillas, ligeras y plenas de ingenio (o sea, ésas que son tan fáciles de disfrutar como difíciles de hacer...) en el formato largo cinematográfico, han sido capaces de poner en pie y dar vida –con la ayuda, ciertamente impagable, de un elenco de actrices que no se puede calificar más que de excelente- a un entramado dramático en el que la naturalidad y cotidianidad de las situaciones –ésas que todos podemos identificar sin demasiado esfuerzo; cercanas, familiares (sin que, por ello, carezcan de efectividad narrativa)-, el equilibrio –exquisito- en el peso de las tramas y personajes, y la frescura y espontaneidad de sus diálogos –y ahí es donde el cuadro de intérpretes pone toda la carne en el asador: me niego a citar particularmente a ninguna de ellas, porque supondría no hacer justicia con el resto- consiguen un resultado final que brilla muy por encima de sus pretensiones.
Productos televisivos de este corte son los que reconcilian a un telespectador embrutecido por su sometimiento habitual a una auténtica andanada de banalidades y porquerías, con el gusto por la obra tan sencilla como bien hecha. Para ustedes, amigos lectores, mi más encarecida recomendación (valga la redundancia: no creo que fuera muy necesario explicitarla, pero me curo en salud...). Y para ellos y ellas, sus creadores y ejecutores, mi felicitación y mi agradecimiento: los martes por la mañana llego al trabajo algo más cansado, pero pienso, sinceramente, que mereció la pena...
NOTA: talento y generosidad son atributos que no siempre van de la mano, pero, en esta ocasión, sí. La simpatiquísima foto con la que, pese a los numerosos problemas que vengo teniendo en los últimos días para "pinchar" imágenes en el blog, tengo ocasión de ilustrar este artículo, se muestra con la autorización, y por cortesía, de Félix Sabroso y Dunia Ayaso.De corazón, muchas gracias.
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Aunque el enorme revuelo generado a raíz de Alatriste –ya palpable y evidente desde que se iniciara su rodaje, pero más agudo aún, si cabe, a partir de la fecha de su estreno-, puede hacer pensar que ésta constituía la primera experiencia de su protagonista, Viggo Mortensen, en el cine español, no es así, ni muchísimo menos. Hace la friolera de once años que el bueno de Viggo tuvo ocasión de protagonizar una película española: Gimlet, de José Luis Acosta.
Gimlet –de la que tengo un recuerdo algo difuso: lógico, si se tiene en cuenta que la ví hace bastantes años, con motivo de un pase televisivo en La 2, de RTVE- era, es, una suerte de film noir, con una atmósfera bastante turbia y misteriosa, que constituyó el espléndido debú en la dirección de su realizador, el que hasta aquel entonces era un joven y exitoso guionista televisivo, José Luis Acosta (un hombre afable y sencillo, al que tuve la ocasión de conocer personalmente pocos años después del estreno de su opera prima), y que unió como pareja protagonista a una estrella consolidada, como Ángela Molina, y un, en ese momento, prácticamente desconocido actor norteamericano de mirada enigmática y expresión difícilmente definible, que, desde luego, encajaba como anillo al dedo en el papel y la trama de un film totalmente a contracorriente de lo que el cine español venía ofreciendo por aquellas fechas, y que, con algo más de fortuna (y una promoción más potente, todo hay que decirlo), hubiera podido llegar a convertirse, fácilmente, en una auténtica pieza de culto.
Circunstancias del cine (y de la vida, que, para el caso, vienen a resultar similares...); mientras que José Luis Acosta –que sigue siendo un reputadísimo y cotizadísimo guionista televisivo-, sólo dirigió una película más, tras Gimlet (un film situado en las antípodas de éste, No dejaré que no me quieras, una comedia romántica, coral y ligera, de resultados, seamos sinceros, bastante mediocres, y con la que se dio un batacazo, tanto de crítica como de taquilla, ciertamente espectacular), ese chico pálido, ojeroso y enigmático, de un atractivo magnético e irresistible, se convirtió, previo paso por la trilogía anular, en una megaestrella de calibre internacional, y, como tal, volvió a aterrizar en nuestro país para encarnar a un personaje situado en las antípodas de aquel (que, puestos a acentuar sus rasgos mistéricos, carecía hasta de nombre) al que diera vida en esa su primera película en España. ¿Y Ángela Molina? Bien, gracias, cómo no....
Vayan, desde estas líneas, el reconocimiento para los méritos de un actor al que, más allá de su mayor o menor valía artística, creo que es difícil cuestionarle un carisma de proporciones brutales, y el recuerdo cariñoso para un director al que, más allá de eventuales tropezones y disgustos (y me consta que la experiencia de ese segundo film fallido fue para él tan agotadora como mortificante), me gustaría ver de nuevo detrás de una cámara dando el grito de ¡Acción! Ojalá sea pronto, y que ustedes, amigos lectores, y el que esto escribe, lo veamos y disfrutemos...
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SINOPSIS ARGUMENTAL.-
Seleccionados entre la flor y nata de la aviación militar estadounidense, los siete integrantes del Programa Mercury serán los encargados de dar la réplica al fulgurante arranque del programa espacial soviético y, como tripulantes de las naves estadounidenses, convertirse en los primeros "hombres libres" que navegan por el espacio. Imbuidos del alto espíritu de su misión, estos hombres vivirán como una experiencia personal y familiar irrepetible su condición de símbolo del poderío norteamericano y asumirán la necesidad de desempeñar de manera irreprochable un papel que va mucho más allá de su mera experiencia profesional. Mientras tanto, sobrevolando los desiertos de Baja California, un héroe solitario, el piloto Chuck Yeager, continúa manteniendo su particular lucha, a riesgo de la propia vida, contra los límites de la barrera del sonido. Dos filosofías de la vida y dos formas, radicalmente opuestas, de afrontar la conquista de los cielos como un reto para la condición humana.
RESEÑA CRÍTICA.-
Difícil hallar un territorio más apropiado para la épica al gusto norteamericano que el de la conquista, ya sea la del lejano Oeste (semilla germinal capaz de engendrar todo un género específico, como es el western), ya sea la del espacio sideral, ésa sobre uno de cuyos primeros episodios –prácticamente, el comienzo de eso que, con la guerra fría como telón de fondo, vino a llamarse la carrera espacial- gira Elegidos para la gloria.
Una película con un arranque más que interesante, ya que busca un punto de conexión y de precedencia al cuerpo central de su trama, en un episodio anterior en el tiempo y en el proceso evolutivo de la técnica aeroespacial que habría de desembocar en los vuelos astronaúticos: el de la búsqueda (y superación) de la barrera del sonido, el mítico Match 1, en pos del cual dejó salud y vida más de un piloto probador, víctima del sometimiento a unas condiciones físicas extremas para los cuales ni la preparación corporal ni los elementos técnicos estaban debidamente acondicionados. En este tramo inicial de la película, cuyo protagonismo recae básicamente sobre el personaje de Chuck Yeager, una especie de "llanero" (valga la contradicción) solitario –al que da vida magistralmente un hierático y contenido Sam Shepard-, se sientan unas premisas bastante prometedoras, que nos hacen abrigar esperanzas de encontrarnos ante una historia tan intensa emocionalmente –a base de escarbar bajo los acontecimientos- como bien construida desde un punto de vista fílmico.
Nuestro gozo en un pozo: una vez finiquitada la parte introductoria, cuando entramos en el meollo central de la historia (la selección y preparación de los integrantes del Programa Mercury, así como los avatares que van surgiendo al hilo de sus vuelos sucesivos), a Philip Kaufman se le va la mano de forma tan espectacular como inexplicable, y, aunque desde un punto de vista técnico (como ejemplo significativo, la espectacularidad de las secuencias de los vuelos sigue siendo impresionante) y rítmico (no se debe ignorar, en el haber de la película, que sus más de 150 minutos de duración no se hacen lentos ni pesados), el film no pierde un ápice de sus méritos, en lo que se refiere al enfoque y planteamiento se convierte en un ejemplar del más zafio y ramplón cine patriotero-palomitero que la factoría hollywoodiense es capaz de pergeñar.
Esos soviéticos, convertidos en una extraña y paradójica mezcla de diabólicos satanases y peleles de baba caída (algo bastante contradictoria, la verdad sea dicha...); y esos norteamericanos, tan sanos, tan fuertes, tan honrados, tan listos, tan... todo, todo, no falta una sola virtud en ese puñado de generosos y abnegados héroes, y sus no menos entregadas y sufrientes esposas. Y barras y estrellas, y sonrisas de suficiencia (machacaremos a esos rusos...); y más barras y estrellas, y rostros tensos y crispados (llegaremos antes, y más alto, y más lejos...); y más barras y estrellas, aún, si cabe. Efectivamente, se le fue la mano.
No obstante, tampoco hay que descargar toda la responsabilidad del desaguisado en el debe del director –aunque, como responsable último, así haya de hacerse constar-: papel destacado en la debacle juega también el elenco actoral, con especial mención para los tres "mosqueteros", protagonistas principales: un Dennis Quaid que ofrece un repertorio desatado de sus más inoportunas muecas y risotadas (y pocos recursos más son los que tiene para ofrecernos el buen señor...), y, tristemente (en especial, a la vista de los muchos y muy buenos trabajos con que ambos nos han regalado a lo largo de sus prolíficas y fructíferas carreras; aquí sí que había, supongo, bastante margen de mejora), una pareja de buenos actores como son Ed Harris y Scott Glenn, que se disipan entre excesos gestuales y un histrionismo en los diálogos que los acerca más a una caricatura de sí mismos que a cualquier otro referente interpretativo más decente.
Una auténtica lástima, tanto por el talento desperdiciado como por la penosa constatación de que una tirada métrica realmente fastuosa de celuloide magníficamente filmado se convierte en algo vacuo e inane, al servicio de un relato fallido y distorsionado "gracias" a una intencionalidad lastrada por un exceso de parcialidad: y no se trata de plantear, aquí y ahora, un discurso ya bastante manido de antiyanquismo de progresía trasnochada, sino de afirmar que esas parcialidades casi nunca son buenas, ni en el cine, ni en la vida misma, y el patriotismo, que tanto y tan bien viste en desfiles y paradas militares, no es el aditamento más adecuado ni siquiera en territorios de conquista, porque, en última instancia, la conquista, la que avanza y trasciende, siempre es la del hombre y su especie, sin fronteras ni banderas (aunque tengan barras y estrellas...). Otra vez será...
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SINOPSIS ARGUMENTAL.-
Victor Marswell vive su particular exilio como cazador y guía de safaris en las sabanas africanas, listo para prestar sus servicios –más o menos confesables- al mejor postor. Hombre de vuelta de todo, y con una profunda misoginia, se habrá de enfrentar, repentinamente, a dos mujeres que aparecen en su plácida existencia de forma inopinada e inesperada, y que son como la noche y el día: Eloise "Honey Bear" Kelly, casi tan de vuelta de todo como Marswell, y, con su toque sardónico, la auténtica horma de su zapato, pese a lo cual se enamorará de él perdidamente; y Linda Nordley, una tierna y cándida muchacha, que acompaña a su marido en la búsqueda de chimpancés para un reportaje fotográfico, y terminará encontrando algo bien distinto: una caída fatal y completa en las redes del guía, a cuyos pies se rendirá totalmente encendida de amor; un amor al que, sorprendentemente, éste corresponde de una forma que ni él mismo podía prever. Entre la espada y la pared, habrá de optar entre dejarse atrapar por los brazos de un sentimiento que creía ya extinguido para siempre –y arruinar el feliz matrimonio de la cándida Linda- o tomar –convenientemente ayudado por la solícita (y nada altruista: ella juega sus cartas...) Eloise-, medidas drásticas antes de que la situación pase a mayores...
RESEÑA CRÍTICA.-
Lejos de sus escenarios habituales –los grandes espacios abiertos del western más clásico o los campos de batalla del cine bélico-, John Ford se marcó esta excursión exótica, nada menos que a las remotas selvas centroafricanas, para manufacturar esta sencilla película, centrada en unos amores tan intensos y tórridos como el clima del territorio en el que transcurre su acción. Mogambo, de todos modos, huye, a lo largo de todo su metraje, de la condición de drama desbocado, y, pese a cuán bien se presta a ello su premisa argumental –ese triángulo atípico, en el que el vértice es ocupado por el protagonista masculino, objeto de la querencia y el deseo de dos encarnizadas (y completamente antitéticas) competidoras-, no entra en esa dinámica gracias al contrapunto de fina ironía y humor ligero (casi valseado, diríase, si no nos halláramos tan lejos de los ampulosos salones vieneses...) con que se tiñen tanto su trama como la caracterización de sus personajes (sobre todo, los dos que encarnan Clark Gable y Ava Gardner).
Es en esa línea en la que inciden tanto la intencionalidad del director (aunque Mogambo no es, propiamente, una película de autor, sino de estudio –y de sus estrellas-, la mano, sabia mano, de Ford se deja notar, y mucho) como, muy especialmente, las interpretaciones de los dos arriba citados, Gable y Gardner. El primero compone, con su personaje de Marswell, un excelente retrato del cazador (magnífica metáfora: resulta evidente que entre las piezas que gusta de cobrar destacan, muy particularmente, los ejemplares femeninos de su misma especie...) poco escrupuloso en todos los aspectos morales (o no), muy de vuelta de todo (o casi), y con un sentido del humor socarrón y bastante negro en más de una ocasión que le sirve para acotar su territorio, ése en el que no hay cabida para nada ni nadie que no sea su propio interés. En cuanto a la segunda, su trabajo como Eloise también raya a gran altura, y ofrece a Gable una réplica de nivel más que estimable (y, aún así, su belleza sigue resplandeciendo por encima de su talento: demasiada belleza, claro...). Algunos de los diálogos que se entablan entre los dos personajes gozan de una chispa y un ingenio que ya quisieran exhibir muchas y buenas comedias de la época dorada del género.
No podemos olvidar, tampoco, a la tercera pata del trípode, al que da vida Grace Kelly –también belleza deslumbrante, aun en unos parámetros radicalmente diferentes a los de Ava-, y que nos ofrece una versión completamente distinta de la vivencia amorosa, más apasionada, ésa que corresponde a la mujer que aún está de ida, mientras que su partenaire ya hace tiempo que volvió... Una historia con muy mal cariz, y que sólo puede terminar como malamente acaba: así lo mandan los cánones, y así se respetan en esta historia.
En este colorín simpático que es Mogambo (no hay mayores pretensiones en la película, y bien que se agradece) no hay ni trampa ni cartón, y sí que tenemos, en cambio, un divertimento agradable, bien filmado y manufacturado, con sabio manejo (dentro de la más cruda sencillez) de los recursos técnicos imprescindibles. Su regusto a ese cine de sesión vespertina de sábado (o matiné de domingo) es su mayor valor, y, como tal, merece la pena disfrutarla, entre el rugir de los leones y el tam-tam de los tambores....
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