Sólo me fui, no me alejé...

Por Manuel Márquez - 5 de Noviembre, 2006, 13:46, Categoría: Un poquito de todo...

Le tomo el título prestado a un verso de Mariposa teknicolor, de Fito Páez (hermosa canción), aunque bien podría utilizar una que tanto suena ahora, como es el Me voy, de Julieta Venegas: qué lástima, pero adiós, me despido de tí, me voy... a otra ubicación, a un nuevo servidor, desde donde, si ustedes lo tienen a bien, amigos lectores, seguiré dándoles la tabarra -con las mejores intenciones, desde luego, pero la tabarra, quede claro también...-.

Podrán leer los nuevos artículos pinchando en este enlace, pero todo el "fondo documental" permanecerá (al menos, por ahora) en esta misma ubicación, que seguirá abierta sine die (o hasta que el suministrador del servicio de alojamiento lo considere oportuno). También espero que el aspecto visual del nuevo blog les resulte agradable, apetecible y suponga una incitación o invitación a la lectura de unos contenidos sobre los cuales, supongo, puedo prometerles pocos cambios, dado que su autor, más allá del natural mudable de la condición humana, va a seguir siendo el mismo.

Hasta aquí, ha sido un placer. ¿Por qué habría de cambiar en lo sucesivo...? Gracias por su lectura y atención, y seguimos en la brecha.

Ni desesperadas, ni al borde de un ataque de nervios: simplemente... Mujeres

Por Manuel Márquez - 31 de Octubre, 2006, 20:19, Categoría: Medios

Dado el aluvión de series que puebla las parrillas de programación de las diversas cadenas televisivas, tanto generalistas como temáticas, suelo ser bastante cauto a la hora de hacer probaturas con cualquiera de ellas: a decir de los entendidos (permitan, amigos lectores, que este humilde escribiente sea, a título personal, bastante más escéptico sobre el particular), su nivel de calidad general, o promediado, ha subido de tal manera que se hace difícil no resultar víctima de un enganchón fulminante con cualquiera de ellas, y bien sabido es –debe ser el signo de estos tiempos convulsos y acelerados- que no anda el horno de la disponibilidad temporal para tales dispendios. Si malamente saca uno un huequecito para ver una película de vez en cuando, abonarse -a piñón fijo- a una serie de emisión más o menos regular, y más o menos frecuente, puede convertirse, desde esa perspectiva, en una especie de pequeña tragedia cotidiana (puestos a exagerar y decir barbaridades, naturalmente).

De ese modo, fue totalmente casual el hecho de que, hace unas semanas (cuatro, si mal no recuerdo), empezara a ver, ya iniciado, el capítulo que la 2 de Televisión Española emitía en ese momento de la serie Mujeres. Y... touché: en pocos minutos, había pasado a convertirme en un integrante más de la fiel cohorte de seguidores (desconozco si muy o poco numerosa aunque está claro que la cadena en la que se emite tiene unos índices de audiencia bastante bajos, y ésa es una circunstancia que, sin duda, pesará, y mucho, a este respecto) de un universo poblado por un conjunto de mujeres que, sin vivir en Whisteria Lane ni estar más desesperadas de lo que cualquiera de sus congéneres podría llegar a estarlo (en una tesitura similar), se nos hacen, cada noche de lunes, cercanas, tiernas, entrañables; o, como decía el bardo, por lo menos queribles, amables...

Félix Sabroso y Dunia Ayaso, un tándem que ya ha demostrado una mano más que hábil en la creación de comedias sencillas, ligeras y plenas de ingenio (o sea, ésas que son tan fáciles de disfrutar como difíciles de hacer...) en el formato largo cinematográfico, han sido capaces de poner en pie y dar vida –con la ayuda, ciertamente impagable, de un elenco de actrices que no se puede calificar más que de excelente- a un entramado dramático en el que la naturalidad y cotidianidad de las situaciones –ésas que todos podemos identificar sin demasiado esfuerzo; cercanas, familiares (sin que, por ello, carezcan de efectividad narrativa)-, el equilibrio –exquisito- en el peso de las tramas y personajes, y la frescura y espontaneidad de sus diálogos –y ahí es donde el cuadro de intérpretes pone toda la carne en el asador: me niego a citar particularmente a ninguna de ellas, porque supondría no hacer justicia con el resto- consiguen un resultado final que brilla muy por encima de sus pretensiones.

Productos televisivos de este corte son los que reconcilian a un telespectador embrutecido por su sometimiento habitual a una auténtica andanada de banalidades y porquerías, con el gusto por la obra tan sencilla como bien hecha. Para ustedes, amigos lectores, mi más encarecida recomendación (valga la redundancia: no creo que fuera muy necesario explicitarla, pero me curo en salud...). Y para ellos y ellas, sus creadores y ejecutores, mi felicitación y mi agradecimiento: los martes por la mañana llego al trabajo algo más cansado, pero pienso, sinceramente, que mereció la pena...

NOTA: talento y generosidad son atributos que no siempre van de la mano, pero, en esta ocasión, sí. La simpatiquísima foto con la que, pese a los numerosos problemas que vengo teniendo en los últimos días para "pinchar" imágenes en el blog, tengo ocasión de ilustrar este artículo, se muestra con la autorización, y por cortesía, de Félix Sabroso y Dunia Ayaso.De corazón, muchas gracias.

Grageas de cine XXVI: a propósito de... Viggo Mortensen y Gimlet

Por Manuel Márquez - 29 de Octubre, 2006, 20:34, Categoría: Cine: Grageas de ...

Aunque el enorme revuelo generado a raíz de Alatriste –ya palpable y evidente desde que se iniciara su rodaje, pero más agudo aún, si cabe, a partir de la fecha de su estreno-, puede hacer pensar que ésta constituía la primera experiencia de su protagonista, Viggo Mortensen, en el cine español, no es así, ni muchísimo menos. Hace la friolera de once años que el bueno de Viggo tuvo ocasión de protagonizar una película española: Gimlet, de José Luis Acosta.

Gimlet –de la que tengo un recuerdo algo difuso: lógico, si se tiene en cuenta que la ví hace bastantes años, con motivo de un pase televisivo en La 2, de RTVE- era, es, una suerte de film noir, con una atmósfera bastante turbia y misteriosa, que constituyó el espléndido debú en la dirección de su realizador, el que hasta aquel entonces era un joven y exitoso guionista televisivo, José Luis Acosta (un hombre afable y sencillo, al que tuve la ocasión de conocer personalmente pocos años después del estreno de su opera prima), y que unió como pareja protagonista a una estrella consolidada, como Ángela Molina, y un, en ese momento, prácticamente desconocido actor norteamericano de mirada enigmática y expresión difícilmente definible, que, desde luego, encajaba como anillo al dedo en el papel y la trama de un film totalmente a contracorriente de lo que el cine español venía ofreciendo por aquellas fechas, y que, con algo más de fortuna (y una promoción más potente, todo hay que decirlo), hubiera podido llegar a convertirse, fácilmente, en una auténtica pieza de culto.

Circunstancias del cine (y de la vida, que, para el caso, vienen a resultar similares...); mientras que José Luis Acosta –que sigue siendo un reputadísimo y cotizadísimo guionista televisivo-, sólo dirigió una película más, tras Gimlet (un film situado en las antípodas de éste, No dejaré que no me quieras, una comedia romántica, coral y ligera, de resultados, seamos sinceros, bastante mediocres, y con la que se dio un batacazo, tanto de crítica como de taquilla, ciertamente espectacular), ese chico pálido, ojeroso y enigmático, de un atractivo magnético e irresistible, se convirtió, previo paso por la trilogía anular, en una megaestrella de calibre internacional, y, como tal, volvió a aterrizar en nuestro país para encarnar a un personaje situado en las antípodas de aquel (que, puestos a acentuar sus rasgos mistéricos, carecía hasta de nombre) al que diera vida en esa su primera película en España. ¿Y Ángela Molina? Bien, gracias, cómo no....

Vayan, desde estas líneas, el reconocimiento para los méritos de un actor al que, más allá de su mayor o menor valía artística, creo que es difícil cuestionarle un carisma de proporciones brutales, y el recuerdo cariñoso para un director al que, más allá de eventuales tropezones y disgustos (y me consta que la experiencia de ese segundo film fallido fue para él tan agotadora como mortificante), me gustaría ver de nuevo detrás de una cámara dando el grito de ¡Acción! Ojalá sea pronto, y que ustedes, amigos lectores, y el que esto escribe, lo veamos y disfrutemos...

A salto de mata XI: incongruencias inmobiliarias

Por Manuel Márquez - 18 de Octubre, 2006, 18:51, Categoría: A salto de mata

Ya he tenido ocasión de extenderme en alguna otra ocasión, dentro de este blog, sobre cómo ciertas concatenaciones de noticias (¿casuales, no casuales...?) ponen de manifiesto la existencia de contradicciones, incongruencias, incoherencias difícilmente explicables –en términos concretos, y más allá de lugar común, aun no por ello menos cierto, de que la contradicción, la incongruencia y la incoherencia forman parte intrínseca de la condición humana-. La de hoy, pues, es una más, una de tantas, aunque he de reconocer, desde mi ignorancia y mis cortas entendederas, que, a más vueltas que le doy, más incapaz de veo de comprenderla.

Cuestión inmobiliaria. O LA cuestión inmobiliaria, quizá, puestos a ser más precisos. Búrbujas valorativas, cabalgadas especulativas, estrangulamientos hipotecarios.... conceptos y elementos de los que se habla insistentemente, que están en la mente de todos, y que constituyen, mal que bien, una realidad difícilmente rebatible como tal. Bien, bien, bien. Pero hay algo que no entiendo, que no logro entender de ninguna de las maneras. ¿Cómo se concilia el gravísimo problema de un amplísimo segmento de población, joven, con pocos recursos económicos –la famosa generación de mileuristas, de la que tanto se habla también-, que tiene prácticamente imposible el acceso a una vivienda digna en condiciones mínimamente aceptables, con ese frenesí constructor, esa fiebre del ladrillo, que está convirtiendo, no ya nuestras ciudades, sino cualquier pedazo de nuestro territorio, por mísero que sea y se ubique donde se ubique, en pasto de grúas y excavadoras?

Las leyes del mercado dicen, creo, que si hay un exceso de oferta (de plátanos, pantalones vaqueros o videojuegos, el producto concreto tanto da...), los precios bajan; hasta tal punto este fenómeno sucede en tales términos que, cuando se producen episodios de sobreproducción de un artículo concreto, los agentes que controlan el mercado del mismo prefieren destruir los excedentes a repartirlos gratuitamente, con el fin de evitar un derrumbe de precios. Y llegados a este punto, me pregunto ¿eso no vale para el producto vivienda? ¿no hay quien tumbe sus precios? Porque la oferta crece y crece sin freno alguno, y los precios, lejos de descender –o, en el peor de los casos, estabilizarse, o situarse en un ritmo de incremento suave-, siguen subiendo vertiginosamente.

No soy economista: salta la vista, y a leguas. Supongo que alguien con conocimientos técnicos en la materia me puede explicar, con relativa sencillez, los mecanismos y elementos en virtud de los cuales las cosas, en este terreno, son de esta manera; hasta he debido oírlos, en alguna ocasión, expuestos en cualquier tertulia radiofónica, debate televisivo o invento de similar jaez. Pero eso no eliminaría –ni siquiera reduciría- mi estupor o, más bien, mi considerable mosqueo: cuando las motivaciones técnicas no se atienen a una lógica comprensible para el común de los mortales, es que algo huele a podrido, y no precisamente en Dinamarca, sino bastante más cerquita: en Murcia, en Ciempozuelos o en la calita aquella en la que, hasta hace bien poco, uno podía bañarse en aguas paradisíacamente cristalinas en la más absoluta de las libertades y, dentro de bien poco, uno tendrá que esquivar mazacotes de treinta pisos para poder llegar a un trocito de playa infecto-contagiosa. Así es más fácil, también, que no se te olvide que, a la vuelta de la excursión playera, esa gruesa maroma que tu banco gusta de llamar crédito hipotecario, sigue estando ahí, en su mismo sitio: enroscada a tu cuello. Glups...

Metablog III: el tamaño ¿importa...?

Por Manuel Márquez - 15 de Octubre, 2006, 20:26, Categoría: Metablog

Constato, como tendencia predominante en los blogs punteros, aquellos que suelen ocupar las primeras posiciones en los rankings de mayor prestigio, que los artículos suelen ser cortos, muy cortos. Con maquetaciones y formatos más o menos espectaculares, con aditamentos gráficos de mayor o menor entidad, pero, en cualquier caso, casi siempre con textos de poca extensión.

¿Aplicación del viejo refrán aquel de que "lo breve, si bueno, dos veces bueno"? ¿Adaptación a una pauta importada de manuales que proclaman la conveniencia de esa característica para todo texto escrito? ¿Consciencia de que todos andamos con demasiada prisa, y devorados desde múltiples frentes que reclaman nuestra atención, como para "perder" demasiado tiempo en la lectura de un texto más amplio? No lo sé; supongo que de todo habrá en la viña del señor (bloguero), y no debe ser fácil apelar a un motivo concreto. Pero creo no equivocarme en la apreciación de que la tendencia es ésa que señalo en el párrafo anterior.

Y me parece muy respetable; incluso, a veces, muy positiva: un ejercicio de contención termina obligando a un pulimentado del texto al que otros, ciertamente, no nos entregamos. Pero no es mi opción, a mí me gustan más los textos extensos, prolijos, desarrollados ampliamente. ¿Pesados, aburridos? Probablemente, también, al menos en algún caso, pero supongo que lector habrá (alguno que otro) que prefiera afrontar un texto largo a algo más parecido a un pie de fotografía que a un artículo (dicho sea sin ánimo crítico alguno). Cuestión de gustos, de querencias. Y, obviamente, cada uno con la suya.

En cualquier caso, este artículo, en concreto, ha resultado particularmente corto. Pero aún podría haberlo sido bastante más. Veamos, pues.

Ahora, la versión corta de Metablog III: Los blogs más seguidos suelen tener textos cortos, muy cortos. Prefiero los textos largos. Cada loco con su tema...

Más o menos.

Grageas de cine XXV: a propósito de.... Cleopatra (Argentina/España, 2003)

Por Manuel Márquez - 14 de Octubre, 2006, 8:47, Categoría: Cine: Grageas de ...

Ya me consta que no está bonito, ni resulta políticamente correcto, criticar a quien ya no está presente para rebatir las críticas; pero ése es un elemento con el que todo creador artístico ha de contar: él desaparecerá, y su obra, no; perdurará, expuesta a que cualquier receptor pueda opinar sobre la misma. Y no siempre lo hará, obviamente, de forma positiva.

Viene el comentario al hilo de que, hace un par de días, el segundo canal de Radiotelevisión Española emitía, a título de homenaje y recuerdo del director argentino recientemente fallecido Eduardo Mignogna, su último film, Cleopatra. Es comprensible la elección si tenemos en cuenta la doble circunstancia de que se trataba del último de sus films que fue estrenado en España, y de que el mismo contaba con la participación en la producción de dicha cadena televisiva. Pero lo cierto es que, aun contando con que no conozco íntegramente la filmografía (por otro lado, no muy extensa) del realizador finado, hay en la misma alguna película bastante más interesante que esta especia de road movie, una suerte de remedo de Thelma y Louise a la argentina, eso sí, bastante desmejorado en relación con el "original", en la medida en que toda su trama, salvo aquellos de sus avatares (y no son pocos) que pecan de una inverosimilitud manifiesta, resulta de una previsibilidad que termina por hacerla mortalmente aburrida.

Exprimir de manera inmisericorde, como hace el malogrado Mignogna, las dotes interpretativas de esa gran dama de la pantalla argentina que es Norma Aleandro termina generando (o, más bien, degenerando, si se me permite el juego de palabras) una sensación de cierto hartazgo, hasta un punto en que uno llega a experimentar ciertas dudas acerca de si el film tiene algún otro objeto que no sea el de servir de plataforma de exhibición de toda la panoplia de habilidades de la actriz –cuya presencia en plano es casi permanente-, además de suponer un lastre demasiado pesado para su acompañante, la joven (y, ciertamente, muy bella) Natalia Oreiro, que, aun contando con la generosa presencia en pantalla que le otorga el peso de su personaje, más que ensombrecida o disminuida, termina quedando sepultada bajo losa de tamaño calibre. ¿Leo Sbaraglia...? Pasaba por ahí, y nos dejó unas sonrisas lánguidas, que le quedaron muy vistosas. ¿Ah, que me dicen que también tenía un papel en el film? Perdonen, no me llegó a quedar muy claro...

En fin, amigos lectores, ¿qué más quieren que les diga? Poco más; eso sí, que si hubiera tenido ocasión de elegir, por supuesto, La fuga: no la encontrarán en ninguna de esas listas de las cien mejores de la historia, o de las mil y una que hay que ver (como si hubiera alguna que no haya que ver...), pero les puedo asegurar que es mucho más entretenida. Creo...

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